Harry Potter: el poder del deseo
El Despertar de la Sangre y el Trono del Destino
El sol de la mañana se filtraba por las rendijas de las cortinas en el número 4 de Privet Drive, pero para Harry Potter, antes conocido como Vicente, el día no era uno cualquiera. Había pasado una semana desde su encuentro con Mark, un encuentro que le había servido para confirmar que su aura de atracción era tan letal como recordaba. Hoy, sin embargo, el aire se sentía cargado de una electricidad diferente. El sonido metálico del buzón al abrirse y el golpe seco de la correspondencia sobre el felpudo marcaron el inicio de su verdadera ascensión.
Bajó las escaleras con una parsimonia que desesperaba a su tío Vernon. El hombre, que cada vez parecía más pequeño ante la imponente presencia de su sobrino, gruñó desde la mesa de la cocina mientras devoraba unos huevos con tocino. Harry recogió el montón de sobres. Allí estaba: un sobre de pergamino amarillento, pesado, con una dirección escrita en tinta esmeralda y un sello de cera roja con un escudo de armas que mostraba un león, un águila, un tejón y una serpiente.
Con un movimiento fluido de sus dedos, Harry deslizó la carta de Hogwarts dentro de la parte trasera de su pantalón, cubriéndola con su camiseta negra. Entró en la cocina y dejó el resto de las facturas y postales frente a Vernon sin decir una palabra.
—¿Es todo? —preguntó Vernon con la boca llena.
—Todo lo que te interesa —respondió Harry con una voz tan profunda que hizo que Petunia soltara el trapo de cocina por un segundo.
Sin esperar respuesta, Harry se dio la vuelta y subió de nuevo a su habitación. Cerró la puerta con llave y sacó la carta. La leyó con una sonrisa gélida. Hogwarts lo esperaba. Pero no iba a permitir que un gigante ruidoso o un mago entrometido viniera a "rescatarlo". Él no necesitaba ser rescatado; él necesitaba tomar lo que era suyo.
Buscó un trozo de papel y una pluma que había "tomado prestada" de la escuela secundaria meses atrás. Su caligrafía era firme y elegante, muy alejada de la de un niño de once años, lo cual era lógico, pues tenía dieciocho y la mente de un hombre que había estudiado ingeniería.
"A quien corresponda en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería:
Confirmo mi asistencia para el presente curso. No es necesario que envíen a nadie para escoltarme al Callejón Diagon. Mi tía, Petunia Dursley, conoce el camino y se encargará de llevarme para realizar las compras necesarias.
Atentamente, Harry J. Potter."
Dobló la carta y se acercó a la ventana. Una lechuza parda esperaba pacientemente en el alféizar. Harry le entregó el sobre y acarició suavemente la cabeza del ave, inyectando una pizca de su magia en el contacto.
—Llévala rápido —susurró—. Y no vuelvas con una respuesta.
La lechuza emprendió el vuelo. Harry no perdió el tiempo. Sabía que los Dursley estarían fuera el resto del día visitando a unos amigos de Vernon, así que se cambió de ropa, optando por una chaqueta de cuero oscura y unos vaqueros que resaltaban su figura atlética. Salió de la casa sin mirar atrás, caminando varias manzanas hasta llegar a una calle transitada. Sacó su varita —o lo que él sentía como su conexión con el mundo mágico— y, aunque aún no tenía una física, simplemente extendió el brazo derecho.
Un estruendo ensordecedor y un destello de luz púrpura precedieron la aparición de un autobús de tres pisos que parecía desafiar las leyes de la física. El Autobús Noctámbulo.
—Bienvenido al Autobús Noctámbulo, transporte de emergencia para el brujo o bruja en apuros —anunció un joven de aspecto desaliñado—. Me llamo Stan Shunpike y seré su... —Stan se detuvo en seco al mirar a Harry. Sus ojos se abrieron de par en par y sintió un calor repentino recorrer su cuerpo. Harry le dedicó una sonrisa depredadora que dejó al revisor sin aliento—. ¿A... adónde va, señor?
—Al Caldero Chorreante. Y muévete, tengo prisa —dijo Harry, subiendo al vehículo.
El viaje fue un caos de sacudidas y giros imposibles, pero Harry se mantuvo imperturbable, disfrutando del efecto que su sola presencia causaba en los pocos pasajeros que, sin saber por qué, no podían dejar de mirarlo. Al llegar al Caldero Chorreante, bajó con elegancia y entró en el pub oscuro y polvoriento.
—¿Un lugar para dormir, joven? —preguntó Tom, el tabernero, cuya cara arrugada parecía iluminarse ante la visión de Harry.
—Solo quiero pasar al callejón —respondió Harry, acercándose a la barra—. Mi "escolta" se ha retrasado y no pienso esperar.
Tom, subyugado por la intensidad de la mirada esmeralda del muchacho, asintió rápidamente. Lo llevó al pequeño patio trasero y golpeó los ladrillos con su propia varita en la secuencia correcta. La pared se abrió, revelando el bullicio del Callejón Diagon. Harry no se detuvo a mirar las tiendas de escobas o las de túnicas; su objetivo era el edificio de mármol blanco que se alzaba al final de la calle: Gringotts.
Al entrar en el banco, el silencio se hizo sepulcral. Los duendes, criaturas que normalmente ignoraban a los humanos con desdén, levantaron la vista de sus libros contables. Harry caminó hacia el mostrador principal con una confianza que rozaba la arrogancia.
—Deseo realizar una prueba de herencia —dijo Harry, mirando directamente a los ojos del duende encargado—. Mi nombre es Harry Potter.
El duende entrecerró los ojos, pero tras un momento de duda, hizo una señal a otro compañero.
—Griphook lo llevará con el gerente de cuentas de la familia Potter. Sígalo.
Harry fue conducido a una oficina privada, decorada con armas antiguas y tapices que hablaban de una historia sangrienta. Un duende de aspecto anciano y astuto lo esperaba tras un escritorio de obsidiana.
—Soy Griphook —dijo el duende—. Para la prueba de herencia, necesito siete gotas de su sangre sobre este pergamino ritual.
Harry tomó la daga de plata que le ofrecieron y, sin vacilar, se hizo un corte en la palma. La sangre cayó sobre el papel, que comenzó a brillar con una luz dorada y púrpura. Las palabras empezaron a formarse, extendiéndose como raíces de un árbol antiguo.
**NOMBRE:** Harry James Potter-Black. **PADRES:** - James Potter-Black (Padre Biológico - Sangre Pura) - Regulus Black-Potter (Padre Biológico - Sangre Pura) - Lily Potter-Black nee Evans (Madre Biológica - Nacida de Mágicos/Ascendencia Fae oculta). *Nota: Concepción mediante ritual de tríada de sangre.*
**TÍTULOS:** - Heredero de la Noble y Ancestral Casa Potter (Padre). - Heredero de la Noble y Ancestral Casa Black (Padre). - Heredero de la Noble y Ancestral Casa Peverell (Sangre). - Heredero de la Noble y Ancestral Casa Gryffindor (Línea directa). - Heredero de la Ancestral Casa Emrys (Madre - Sangre). - Heredero de la Ancestral Casa Le Fay (Madre - Magia).
**ESTADO DE SANGRE:** Sangre Pura (Reclasificado por herencia múltiple).
**HABILIDADES MÁGICAS:** - Habla de Pársel (Hereditario/Alma). - Legeremancia Natural (Activa). - Oclumancia Natural (Activa). - Magia sin varita y no verbal (Afinidad 98%).
**ALMAS GEMELAS:** Pendiente de encuentro (Vínculos latentes).
**PROPIEDADES E INVERSIONES:** - Mansión Potter (Gales), Grimmauld Place 12 (Londres), Castillo Peverell (Localización oculta), Fortaleza Gryffindor (Escocia), Isla Le Fay (Mar de Irlanda). - Inversiones en el mundo mágico: 40% de El Profeta, 25% de Escobas Nimbus, 15% de diversas tiendas en el Callejón Diagon. - Bóvedas: 687 (Fideicomiso), 1, 3, 7, 12, 45 (Bóvedas Ancestrales). Total estimado: Incalculable en galeones, artefactos y libros.
Harry leyó el pergamino y una risa fría escapó de sus labios. Así que no era solo el hijo de James y Lily, sino que Regulus Black también estaba implicado. Una tríada. Eso explicaba por qué se sentía tan poderoso, tan... completo.
—Griphook —dijo Harry, recostándose en la silla—, quiero que mis asuntos se manejen con discreción. Primero, tengo una lista de empresas en el mundo no mágico. Quiero que Gringotts invierta grandes sumas de mis bóvedas de oro en ellas. Apple, Microsoft, Samsung... todas las que he anotado aquí.
El duende revisó la lista con curiosidad.
—Son empresas de... ¿artilugios electrónicos? —preguntó Griphook extrañado.
—Confía en mí, en diez años esas acciones valdrán más que todo el oro de esta sala —sentenció Harry—. Además, necesito una bolsa con expansión de espacio vinculada directamente a mi bóveda de fideicomiso para mis gastos actuales.
—Se hará como desea, Heredero Potter-Black —asintió el duende, visiblemente impresionado por la visión del joven.
Harry se levantó, sintiendo el peso de su herencia, y salió de la oficina. Caminó por los pasillos de mármol hacia la salida, pero al llegar a las grandes puertas de bronce, se detuvo en seco. Su mente analítica dio una vuelta de campana. ¿A dónde iba a ir? No pensaba volver a Privet Drive ni un segundo más. El aire allí apestaba a mediocridad.
Se dio la vuelta y regresó a la oficina de Griphook, entrando sin llamar. El duende levantó la vista, sorprendido.
—He cambiado de opinión sobre el alojamiento —dijo Harry con firmeza—. No volveré con los muggles. Quiero que la residencia principal en Londres, el número 12 de Grimmauld Place, sea limpiada y preparada de inmediato para mi llegada. Que los elfos domésticos se pongan a trabajar o contrate a quien deba, pero la quiero lista hoy mismo.
Griphook mostró sus dientes afilados en una sonrisa.
—Ah, casi lo olvido. Al haber cumplido los dieciocho años en nuestro mundo, según las leyes de emancipación por línea de sangre extinta, usted tiene el derecho de reclamar los anillos de Lord de sus casas.
—¿Los anillos? —preguntó Harry, interesado.
—Sí. Usted no es solo un heredero; es el último de varias líneas. Al reclamarlos, obtendrá sus asientos en el Wizengamot. La Casa Potter tiene 4 votos, la Casa Black 4, Peverell 6, Gryffindor 8... y las casas Emrys y Le Fay tienen 10 votos cada una. Un total de 42 votos, Sr. Potter. Usted sería, esencialmente, el dueño del gobierno mágico.
Griphook sacó varias cajas de madera de sándalo.
—Cada anillo tiene una prueba —advirtió el duende—. Si no es digno, la magia lo consumirá. Además, cada uno otorga habilidades únicas: protección contra venenos, detección de mentiras, incremento de poder elemental... Pero antes de que se los ponga, debo advertirle algo. Actualmente, sus asientos están siendo ocupados ilegalmente por otros magos que han "comprado" el derecho al voto alegando que no había herederos. Al ponerse los anillos, esos impostores serán expulsados físicamente de sus asientos, dondequiera que estén.
Los ojos de Harry brillaron con una furia contenida. ¿Gente usando su poder? ¿Políticos gordos decidiendo su futuro con sus votos?
—Dámelos —ordenó Harry.
Primero tomó el anillo Potter, de oro rojo con un rubí grabado. Sintió una calidez recorriendo su brazo. Aceptado. Luego el de la Casa Black, de platino con un ónice profundo; una frialdad cortante intentó penetrar su mente, pero su escudo mental —su deseo concedido— la aplastó. Aceptado. Siguió con Peverell, Gryffindor, y finalmente los imponentes anillos de Emrys y Le Fay, que vibraban con un poder que hacía que las antorchas de la habitación parpadearan violentamente.
Harry se puso cada uno de ellos. Los anillos brillaron y luego se fusionaron en uno solo, una banda de metal oscuro y cambiante que se adaptó a su dedo medio.
***
Mientras tanto, en el Ministerio de Magia, el Wizengamot estaba en plena sesión. Albus Dumbledore presidía la asamblea desde su estrado, observando a los diversos lores y funcionarios discutir sobre impuestos comerciales.
De repente, un grito ahogado interrumpió la sesión. En la sección de las Nobles Casas, un mago de mediana edad que ocupaba el asiento de la Casa Black fue levantado por una fuerza invisible. Una luz roja estalló bajo él y salió despedido hacia atrás, chocando contra la pared de piedra con un golpe seco.
—¿Qué significa esto? —exclamó Cornelius Fudge, el Ministro de Magia, poniéndose de pie.
No hubo tiempo para responder. En la fila superior, el hombre que ocupaba el asiento Potter sufrió la misma suerte, siendo arrojado por el pasillo como si una mano gigante lo hubiera golpeado. Dumbledore se puso de pie, su rostro perdiendo el color.
—La magia de las casas... —susurró el anciano—. Alguien ha reclamado el señorío.
Pero no terminó ahí. Los asientos de Gryffindor, que habían estado vacíos por siglos pero eran representados por "votos delegados" al Director, comenzaron a brillar con una luz dorada cegadora. Los documentos que Dumbledore tenía sobre su escritorio, los que le permitían usar esos votos, estallaron en llamas azules.
—¡No es posible! —gritó un miembro del consejo cuando los asientos de Peverell, Emrys y Le Fay, situados en lo más alto del anfiteatro, se iluminaron por primera vez en un milenio.
El caos se apoderó de la sala. Los magos gritaban y se empujaban, mirando con temor los asientos vacíos que ahora vibraban con una autoridad ancestral. Albus Dumbledore se hundió en su asiento, sus manos temblorosas acariciando su barba. El equilibrio de poder en Gran Bretaña acababa de ser destruido en cuestión de segundos.
***
De vuelta en Gringotts, Harry Potter se miraba la mano. Podía sentirlo. Podía sentir las conexiones mágicas, los hilos de poder que ahora se extendían desde él hacia todo el país. Sabía que en ese mismo instante, los ancianos del Ministerio estarían temblando de miedo.
—Me gusta esta sensación —dijo Harry, mirando a Griphook—. El poder real es mucho más adictivo que el dinero.
—Sin duda, Lord Potter-Black-Peverell-Gryffindor-Emrys-Le Fay —respondió el duende inclinándose profundamente—. ¿Desea que preparemos su carruaje hacia Grimmauld Place?
—No —dijo Harry, ajustándose la chaqueta de cuero, su mirada fija en la salida del banco—. Quiero caminar. Quiero que me vean. Quiero que empiecen a acostumbrarse a la sombra que va a cubrirlos a todos.
Harry salió de Gringotts con el paso de un rey que regresa a un reino que nunca debió dejar. El Callejón Diagon parecía más pequeño, más insignificante bajo sus pies. Ya no era un huérfano, ya no era una herramienta de una profecía. Era Vicente en el cuerpo de un dios entre magos, y el mundo mágico no tenía idea de la tormenta que acababa de desatarse. Al pasar frente a una tienda de ropa fina, se detuvo un segundo para mirar su reflejo en el cristal. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad antinatural.
—Que empiece el juego, Albus —susurró para sí mismo, antes de desaparecer entre la multitud, dejando un rastro de deseo y temor a su paso.