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Harry Potter: el poder del deseo

El Despertar de los Instintos y la Marca del Destino

El aire del Callejón Diagon parecía haber cambiado desde que Harry salió de las profundas y frías bóvedas de Gringotts. No era solo una sensación subjetiva; la magia que ahora fluía por sus venas, anclada por el peso de los anillos fundidos en su mano, palpitaba en sincronía con el mundo que lo rodeaba. Cada paso que daba sobre el empedrado se sentía como una afirmación de su soberanía. Vicente, en su vida anterior, había aprendido que la información era el activo más valioso de cualquier empresa; ahora, como Harry Potter, sabía que en este mundo la información era sinónimo de poder arcano.

Su primera parada fue Flourish y Blotts. Al entrar, el olor a pergamino viejo y cuero le dio la bienvenida como un viejo amigo. No se molestó en buscar la sección de primer año. Se acercó al mostrador donde un mago flaco y con gafas lo miró con una mezcla de curiosidad y la sumisión instintiva que Harry provocaba.

—Quiero un ejemplar de cada libro de referencia sobre leyes mágicas, genealogía de las Grandes Casas, teoría de la magia avanzada, defensa oscura y pociones de nivel ÉXTASIS —dijo Harry, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas—. También quiero los compendios de historia que no hayan sido editados por el Ministerio en los últimos cincuenta años.

El librero parpadeó, atónito por la magnitud del pedido.

—Señor... eso es una fortuna en galeones. Y son cientos de tomos.

Harry simplemente mostró el anillo en su mano derecha. El brillo del metal oscuro y la gema cambiante hicieron que el hombre tragara saliva y asintiera frenéticamente. Gracias a su memoria perfecta, un regalo de su transición a este mundo, Harry sabía que solo necesitaba leer un libro una vez para dominar su contenido. En pocas semanas, sabría más que la mayoría de los profesores de Hogwarts.

—Envíelos todos al número 12 de Grimmauld Place, en Londres —ordenó Harry mientras pagaba con una bolsa de cuero que parecía no vaciarse nunca—. Y asegúrese de que el embalaje sea resistente a la humedad. No quiero que el conocimiento se pudra por negligencia.

Salió de la librería y se dirigió al Emporio de la Lechuza. Sabía que necesitaba un vínculo, algo que fuera suyo más allá de los títulos y el oro. Entre el bullicio de alas y ululatos, sus ojos verdes se encontraron con unos ámbar y gélidos. Una lechuza nival, de un blanco tan puro que parecía brillar en la penumbra de la tienda, lo observaba con una inteligencia casi humana.

—Ella es hermosa, ¿verdad? —comentó el dueño, acercándose con cautela—. Es muy selectiva. Ha picoteado a todos los que han intentado acercarse.

Harry extendió la mano hacia la jaula. La lechuza, en lugar de atacar, inclinó la cabeza y mordisqueó suavemente su dedo, reconociendo la tormenta de magia que habitaba en el muchacho.

—Se llamará Hedwig —sentenció Harry—. También me llevaré a ese pequeño de allá.

Señaló a un Bowtruckle que intentaba esconderse tras una maceta de corteza de árbol. La criatura, con sus dedos largos y su aspecto de corteza verde, lo miró con timidez. Harry recordó al pequeño Picket de las historias de Newt Scamander y sintió una extraña afinidad por el ser que vivía en los márgenes.

—Lo llamaré Picket —murmuró, permitiendo que el Bowtruckle trepara por su brazo hasta alojarse cómodamente en el bolsillo de su chaqueta de cuero—. Mande la jaula de lujo y la mejor comida para Hedwig a mi residencia. Ella irá volando.

Abrió la ventana de la tienda y soltó a la lechuza nival.

—Ve a casa, Hedwig. Ve a Grimmauld Place. Te veré allí pronto.

La lechuza soltó un ululato majestuoso y se perdió en el cielo londinense. Harry continuó su camino hacia la tienda de Ollivander. La experiencia fue casi religiosa; el anciano fabricante de varitas parecía ver a través de su fachada, murmurando sobre el destino y la curiosa hermandad entre su futura varita y la de aquel que le había dejado la cicatriz. Al final, la combinación de acebo y pluma de fénix reaccionó en su mano con una explosión de chispas verdes y doradas, confirmando que, aunque era un hombre nuevo, el núcleo de su poder seguía ligado a las raíces de este mundo.

Después de adquirir una Saeta de Fuego —la escoba más rápida del mercado, pagando un extra por un kit de mantenimiento de plata— y de vaciar prácticamente la boticaria de ingredientes raros como escamas de dragón y veneno de acromántula, Harry se dirigió a su última parada antes del descanso: la tienda de túnicas de Madame Malkin.

El establecimiento estaba relativamente tranquilo, a excepción de un joven rubio que estaba subido a un pedestal mientras le tomaban medidas. Harry entró y el ambiente pareció densificarse. El rubio se giró, con una expresión de arrogancia grabada en sus rasgos finos, pero al ver a Harry, su máscara se desmoronó.

Draco Malfoy sintió un vuelco en el corazón. Nunca había visto a nadie con una presencia tan abrumadora. El chico que acababa de entrar no solo era atractivo; emanaba un aura de poder y una fragancia a sándalo y tormenta que hizo que las manos de Draco temblaran ligeramente. Harry, por su parte, sintió una descarga eléctrica recorrer su espina dorsal. Su mente analítica recordó las palabras de la prueba de herencia: "Almas gemelas: pendiente de encuentro".

—Vaya —dijo Harry, caminando hacia el pedestal de al lado con una gracia depredadora—. Parece que no soy el único que busca renovar su guardarropa para el inicio de clases.

Draco tragó saliva, tratando de recuperar su compostura de sangre pura.

—Soy Draco, de la familia Malfoy —logró decir, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo habitual—. ¿Y tú eres...?

Harry lo observó de arriba abajo. El rubio era elegante, con una belleza pálida y aristocrática que encendió algo oscuro y posesivo en el interior de Harry. Vicente siempre había obtenido lo que quería, y Harry Potter no iba a ser diferente.

—Puedes llamarme Vicente, por ahora —respondió Harry, permitiendo que sus ojos recorrieran el cuello de Draco—. Mi nombre real es un secreto que me guardo para ocasiones más... especiales.

Madame Malkin comenzó a tomarle las medidas a Harry, moviéndose con nerviosismo mientras el centímetro de costura flotaba alrededor del cuerpo atlético del joven Lord. Harry no dejó de mirar a Draco, cuya piel pálida se había teñido de un rosa suave bajo el escrutinio.

—Eres muy directo, Vicente —murmuró Draco, fascinado por la intensidad del otro—. Mi padre dice que la discreción es una virtud, pero tú pareces llevar el mundo sobre tus hombros como si fuera un juguete.

—El mundo es un juguete, Draco. Solo hay que saber qué hilos tirar —Harry se inclinó un poco hacia él, bajando la voz—. Voy a pasar la noche en el Caldero Chorreante. Mi residencia principal está bajo reformas y no soporto el desorden. Si tienes curiosidad por saber más sobre esos "hilos", búscame allí esta noche. Pregunta por Vicente.

Draco asintió, casi hipnotizado. La atracción era física, mágica y absoluta. Era como si sus almas estuvieran tratando de fusionarse a través del aire que compartían.

—Lo haré —prometió el rubio.

Harry encargó un guardarropa completo: túnicas de seda de dragón, trajes de gala con hilos de plata, ropa informal de la mejor calidad y, por supuesto, el uniforme de Hogwarts con los mejores acabados. Dio la orden de envío a su casa y salió de la tienda tras comprar un baúl de siete compartimentos con expansión indetectable y seguridad por reconocimiento de sangre.

Tras una comida rápida en las Tres Escobas, donde la cerveza de mantequilla le supo a gloria tras el largo día, Harry regresó al Caldero Chorreante. Tom lo recibió con una reverencia casi cómica y le entregó las llaves de la mejor habitación del segundo piso.

—Señor Vicente, un joven de cabello rubio ha preguntado por usted hace apenas unos minutos —dijo Tom, con un guiño cómplice—. Le he dicho que subiera directamente.

Harry sonrió. Draco no había perdido el tiempo. Subió las escaleras de madera que crujían bajo sus botas y abrió la puerta de su habitación. El cuarto era espacioso, con una cama de dos plazas y una chimenea que proyectaba sombras danzantes en las paredes. Draco estaba allí, de pie junto a la ventana, luciendo nervioso pero decidido.

En cuanto Harry cerró la puerta y echó el cerrojo con un movimiento de su mano, el aire pareció desaparecer. La atracción que habían sentido en la tienda se multiplicó por mil en la intimidad de la habitación. Era un hambre antigua, una necesidad de reclamar y ser reclamado que ninguno de los dos podía entender, pero que ambos aceptaban.

—Viniste —dijo Harry, su voz era un ronroneo profundo.

—No podía dejar de pensar en ti —confesó Draco, dando un paso hacia él—. En tu olor, en tus ojos... Siento que me estoy volviendo loco.

Harry acortó la distancia en dos zancadas. Agarró a Draco por la nuca, hundiendo sus dedos en el cabello rubio platino, y lo besó con una ferocidad que hizo que el menor soltara un gemido ahogado. No había ternura en el encuentro; era una colisión de dos fuerzas de la naturaleza. Harry, impulsado por su naturaleza dominante y el encanto mágico que el ser de luz le había otorgado, no tuvo piedad.

Empujó a Draco hacia la cama. El rubio cayó de espaldas, con la respiración agitada y los ojos dilatados por el deseo. Harry se deshizo de su chaqueta y su camisa en un movimiento fluido, revelando un torso esculpido que hizo que Draco soltara un jadeo.

—Vas a ser mío, Draco —sentenció Harry, su voz cargada de una promesa oscura—. No me importa quién sea tu padre o qué planes tengan para ti. A partir de esta noche, tu lealtad me pertenece a mí.

—Sí... por favor —suplicó Draco, sus manos buscando desesperadamente la piel de Harry—. Tómame. Haz lo que quieras conmigo.

Harry no esperó más. La ropa desapareció en un caos de telas rasgadas y movimientos urgentes. Bajo el influjo de la magia de almas gemelas y el deseo desenfrenado, el encuentro fue brutal y absoluto. Harry tomó el control total, dominando el cuerpo de Draco con una fuerza que el rubio nunca había imaginado. Cada embestida era una marca, cada beso un sello de propiedad.

Draco gritaba el nombre de Vicente —el único nombre que conocía— mientras se arqueaba bajo el cuerpo del moreno, sintiendo cómo su voluntad se desvanecía ante el poder de Harry. El sexo era salvaje, una danza de poder donde Harry era el activo indiscutible, guiando a Draco hacia un abismo de placer y sumisión que el joven Malfoy abrazaba con desesperación.

Cuando finalmente el clímax los alcanzó, Harry se hundió profundamente en Draco, reclamando no solo su cuerpo, sino el hilo mismo de su existencia. Se quedaron abrazados en el silencio de la habitación, solo interrumpido por sus respiraciones entrecortadas.

Harry miró al joven rubio que ahora dormitaba contra su pecho, marcado y exhausto. Sabía que esto era solo el principio. Mañana sería el Lord que el mundo mágico temía y respetaba, pero esta noche, simplemente era un hombre que había empezado a reclamar su imperio, un alma a la vez. El juego de Hogwarts estaba a punto de comenzar, y Harry Potter ya tenía a su primer y más leal peón... o quizás, algo mucho más profundo.