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Harry Potter: el poder del deseo

El Elixir del Poder y el Ocaso del Primer Acto

Las semanas en Hogwarts se deslizaron con una rapidez engañosa, como arena de plata entre los dedos. Para Harry, el castillo se había convertido en un laboratorio personal donde no solo perfeccionaba su magia, sino también sus alianzas. Su círculo íntimo se había consolidado de una manera que desafiaba siglos de prejuicios escolares. Neville Longbottom, ahora armado con una varita de madera de cerezo y pelo de unicornio que resonaba con su propia esencia, caminaba con una rectitud que imponía respeto. Ron Weasley, por su parte, se había convertido en la sombra estratégica de Harry, analizando cada movimiento del profesorado con una perspicacia que rozaba la paranoia.

Sin embargo, el equilibrio más delicado se encontraba en las mazmorras. Harry había decidido que la transparencia era la mejor herramienta de control. Una noche, en una sala oculta tras un tapiz en el séptimo piso, Harry presentó a Draco Malfoy y Matteo Riddle.

—Sé lo que están pensando —dijo Harry, observando la tensión palpable entre el rubio aristócrata y el moreno volcánico—. Ambos sienten el vínculo. Ambos saben que lo que tenemos no es un capricho adolescente.

—Es un insulto, Potter —escupió Matteo, aunque sus ojos traicionaban su deseo—. Esperas que comparta lo que es mío por derecho de alma.

—No soy propiedad de nadie, Matteo —replicó Harry, dando un paso hacia él con una autoridad que hizo que el aire vibrara—. Pero el destino me ha otorgado más de una mitad. Si quieren estar a mi lado en la cima, deben aprender a tolerarse en la cama y en el campo de batalla.

Draco, más pragmático y ya profundamente subyugado por el encanto de Harry, suspiró y guardó su varita.

—Si él es lo que necesitas para estar completo, lo aceptaré —murmuró Draco, mirando a Matteo con desdén—. Pero que no espere que seamos amigos.

Con el tiempo, la resignación se convirtió en una tregua armada, y Harry disfrutaba de la atención de ambos, alternando noches de seda y protocolo con Draco, y madrugadas de sudor y magia cruda con Matteo.

Pero el final del curso traía consigo un desafío más tangible. Harry sabía que Dumbledore estaba esperando que él diera un paso hacia el pasillo del tercer piso. El Director quería un héroe; Harry solo quería el premio.

Una noche de junio, cuando el calor se volvía pegajoso en las torres, Harry hizo una señal a Ron y Neville.

—Es hora —sentenció Harry—. La piedra no puede seguir bajo el control de un hombre que la usa como carnada.

Llegaron a la puerta prohibida. Harry la abrió con un movimiento perezoso de su mano, ignorando la necesidad de una varita. Dentro, Fluffy, el perro de tres cabezas, gruñó con la fuerza de un terremoto. Harry simplemente silbó una melodía monótona, infundiendo su magia en el sonido. Las tres cabezas cayeron pesadamente, sumidas en un sueño profundo.

—Bajen —ordenó Harry.

Saltaron por la trampilla, cayendo sobre una masa vegetal que comenzó a enroscarse en sus extremidades como serpientes hambrientas.

—¡No se muevan! —gritó Neville, su voz cargada de autoridad botánica—. Es Lazo del Diablo. Si luchan, los matará más rápido. Relájense, dejen que la magia fluya a través de ustedes.

Ron y Harry obedecieron. Neville, manteniendo la calma que solo alguien que ama las plantas puede tener, se hundió suavemente a través de las hojas, seguido por los otros dos. Cayeron sobre el frío suelo de piedra de la siguiente cámara.

—Buen trabajo, Neville —dijo Ron, sacudiéndose el polvo—. Ahora, ¿qué es ese ruido?

Eran miles de llaves aladas, zumbando como insectos metálicos. En el centro, una puerta cerrada esperaba. Harry no se molestó en buscar la escoba vieja que descansaba en un rincón.

—*¡Accio llave antigua de plata!* —exclamó Harry, proyectando su voluntad.

Una llave con un ala rota luchó contra el hechizo, pero la magia de Harry era un huracán. La llave voló directamente a su mano, vibrando con protesta. Harry abrió la puerta y pasaron a la siguiente etapa: el tablero de ajedrez gigante.

Las piezas de mármol blanco y negro se alzaban como torres. Ron dio un paso al frente, sus ojos brillando con la luz de la batalla.

—Este es mi terreno —dijo Ron—. Harry, tú ve al lugar del alfil. Neville, tú serás la torre. Yo seré el caballo.

La partida fue una carnicería de piedra. Ron movía a sus amigos y a las piezas del tablero con una frialdad magistral, sacrificando peones y caballos sin dudar.

—¡Caballo a E5! —gritó Ron. Una reina blanca destrozó su montura, lanzándolo al suelo, pero Ron se levantó de inmediato—. ¡Harry, ahora! ¡Jaque mate!

Harry se movió a la posición final, y el rey blanco dejó caer su espada. La puerta se abrió.

—¿Estás bien, Ron? —preguntó Neville, ayudándolo a caminar.

—He tenido peores caídas jugando con mis hermanos —gruñó Ron, aunque cojeaba ligeramente.

En la siguiente cámara, el olor era nauseabundo. Un troll de montaña, mucho más grande que el de Halloween, bloqueaba el camino.

—¡A mi señal! —gritó Harry—. ¡Neville, enrédalo! ¡Ron, distráelo!

Neville lanzó un hechizo que hizo brotar raíces de las grietas del suelo, atrapando los tobillos del gigante. Ron lanzó ráfagas de luz roja a los ojos de la criatura. El troll rugió, agitando su maza, pero Harry ya estaba en posición.

—*¡Bombarda Máxima!* —rugió Harry.

El hechizo impactó directamente en el pecho del troll, lanzándolo contra la pared con una fuerza que hizo temblar el techo. La criatura no volvió a moverse.

Finalmente, llegaron a la prueba de las pociones. Siete frascos y un acertijo lógico. Harry lo leyó una vez y señaló el frasco más pequeño.

—Esta es la que nos permite pasar al frente —dijo Harry—. Solo queda para uno.

—Ve tú, Harry —dijo Ron—. Nosotros nos encargaremos de que nadie entre por detrás.

Harry bebió el líquido gélido y cruzó las llamas negras. En la última cámara, no encontró a Snape, ni a Voldemort. Encontró el Espejo de Oesed y, frente a él, a un atribulado profesor Quirrell.

—¿Tú? —preguntó Quirrell, su voz temblando—. ¿Cómo has llegado aquí tan rápido?

Harry no respondió. Caminó hacia el espejo. Su reflejo no mostraba a su familia, ni poder, ni amantes. Se veía a sí mismo, sonriendo con suficiencia, metiéndose una piedra roja en el bolsillo. En ese instante, Harry sintió un peso repentino en su pantalón.

—Él la tiene... ¡Mátalo! —susurró una voz siseante desde la nuca de Quirrell.

Quirrell se lanzó hacia Harry, pero Harry fue más rápido. Con un movimiento de manos, invocó un escudo de energía pura que lanzó al profesor hacia atrás. En ese momento, las puertas se abrieron y Dumbledore entró, con su varita en alto y una expresión de furia que Harry nunca había visto.

—¡Basta! —rugió el Director.

Quirrell, en un arranque de locura al ver que perdía la piedra y que el Director lo rodeaba, se arrancó el turbante. La cara de Voldemort, incrustada en su nuca, soltó un alarido de odio.

—¡Dumbledore! ¡Te destruiré! —gritó la sombra.

Dumbledore lanzó un hechizo de luz blanca tan potente que Harry tuvo que cubrirse los ojos. El cuerpo de Quirrell se desintegró bajo el poder del Director, y un humo negro y denso salió disparado hacia las sombras, huyendo del castillo.

Al día siguiente, el colegio era un hervidero de rumores. Se decía que la piedra había sido robada, que Quirrell era un traidor y que Dumbledore lo había ejecutado en las mazmorras. Harry, Ron y Neville se mantuvieron en silencio, disfrutando de la victoria oculta.

En el banquete de fin de año, las banderas de Slytherin colgaban del techo, pero Dumbledore se puso en pie con una sonrisa enigmática.

—Se han otorgado puntos de última hora —anunció el Director—. Al señor Ronald Weasley, por la mejor partida de ajedrez que Hogwarts ha visto en siglos, cincuenta puntos. Al señor Neville Longbottom, por demostrar que el valor viene en muchas formas, cincuenta puntos. Y al señor Harry Potter... por su temple y por recordarnos que el destino está en nuestras manos, cien puntos.

El Gran Comedor estalló. Las banderas cambiaron de verde a escarlata y oro. Gryffindor había ganado la Copa de las Casas.

Antes de partir hacia el Expreso de Hogwarts, Harry citó a Draco y Matteo en la Sala de los Menesteres. La habitación se había transformado en un nido de lujo, con cojines de seda y una chimenea que proyectaba sombras cálidas.

—Es nuestra última noche —dijo Harry, despojándose de su túnica—. Quiero que ambos recuerden a quién pertenecen durante este verano.

El trío fue una sinfonía de poder y posesión. Harry se movió entre ellos con una voracidad que no conocía límites, reclamando a Draco con dulzura cruel y a Matteo con una furia apasionada. Fue una despedida sellada con fluidos y promesas de dominio, un recordatorio de que, aunque estuvieran separados por la distancia, sus almas estaban encadenadas a la suya.

En el andén, Harry se despidió de Ron y Neville con un apretón de manos que decía más que mil palabras.

—Nos vemos en unas semanas —dijo Ron—. Mi padre dice que estás invitado a La Madriguera cuando quieras.

—Estaré allí —prometió Harry.

Antes de subir al tren, Hagrid se acercó a él, con los ojos rojos por el llanto.

—Harry... casi lo olvido —dijo el gigante, entregándole un libro encuadernado en cuero—. Es para ti. He estado reuniendo fotos de tus padres. Pensé que te gustaría tenerlas.

Harry abrió el álbum. Vio a James y Lily riendo, vio a Regulus Black en un rincón de una foto, y se vio a sí mismo como un bebé en sus brazos. Por un momento, el frío calculador de Vicente se suavizó ante la calidez de Harry Potter.

—Gracias, Hagrid. Esto significa más de lo que crees.

Harry subió al Expreso de Hogwarts y buscó un compartimento vacío. Mientras el tren se alejaba del castillo, Harry sacó la Piedra Filosofal de su bolsillo. La gema roja brillaba con una luz propia, prometiendo vida eterna y riqueza infinita.

—Primer año terminado —murmuró Harry, mirando por la ventana—. Y el mundo ni siquiera sabe que ya ha perdido la guerra.

El tren avanzaba hacia Londres, dejando atrás el primer acto de una epopeya que cambiaría la historia de la magia. Harry Potter, el Lord de las Seis Casas, cerró los ojos y comenzó a planear el segundo año. Porque la piedra era solo el comienzo, y el trono de Gran Bretaña lo esperaba al final del camino.