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Harry Potter: el poder del deseo

El Vuelo del Monarca y el Despertar de los Leales

El aire de noviembre en los terrenos de Hogwarts era como una cuchilla de cristal, fría y afilada, pero para Harry Potter no era más que un recordatorio de que estaba vivo y en control. El estadio de Quidditch vibraba con una energía eléctrica; las bufandas rojas y doradas se agitaban contra las verdes y plateadas en una marea de anticipación. Era el partido más esperado de la década: Gryffindor contra Slytherin. Los leones contra las serpientes.

Harry montó su Saeta de Fuego, sintiendo el ronroneo del mango de fresno bajo sus palmas. A su lado, Ron Weasley ajustaba sus guantes de guardián, con la mandíbula apretada y una determinación que Harry había ayudado a forjar. En el otro extremo, Draco Malfoy lo observaba con una mezcla de deseo y rivalidad competitiva, mientras los hermanos Riddle flotaban como sombras letales en sus posiciones de ataque.

—¡Y comienza el partido! —gritó el comentarista, su voz amplificada por la magia—. ¡Bell de Gryffindor toma la Quaffle, pero Matteo Riddle se la arrebata con una maniobra que desafía la gravedad! ¡Ese chico es un demonio en el aire!

El juego se convirtió rápidamente en una exhibición de fuerza bruta y técnica refinada. No era el Quidditch de niños; era una guerra aérea. Los buscadores, Harry y Draco, se perseguían en espirales cerradas, ignorando las Bludgers que Tom Riddle enviaba hacia ellos con una puntería sádica.

De repente, la escoba de Harry dio un respingo violento.

—¿Qué demonios...? —murmuró Harry, aferrándose al mango.

La Saeta de Fuego, la escoba más estable del mundo, empezó a sacudirse como un caballo encabritado. Harry sintió una presión oscura en su mente, un hilo de magia externa que intentaba derribarlo. En las gradas, Hermione Granger, con sus binoculares fijos en Harry, notó el movimiento errático.

—¡Es Quirrell! —susurró ella a Ron, quien acababa de realizar una parada espectacular—. Está murmurando un maleficio, no aparta la vista de Harry.

—Yo me encargo de la distracción, tú ve por la capa —respondió Ron, descendiendo rápidamente hacia la zona de los profesores bajo el pretexto de recoger una Quaffle caída.

Ron provocó un pequeño incendio "accidental" en las túnicas de los espectadores cercanos a Quirrell, mientras Hermione, moviéndose con la agilidad de una sombra, lanzó un hechizo de confusión hacia el palco de los profesores. El contacto visual de Quirrell se rompió por un segundo crucial.

Harry sintió que la presión cedía. Con un rugido de pura voluntad, recuperó el equilibrio y se lanzó en picado. Había visto el destello dorado cerca del suelo. Draco lo vio al mismo tiempo. Ambos se precipitaron hacia el césped en una caída libre suicida.

—¡Es mía, Draco! —gritó Harry, extendiendo el brazo.

—¡Tendrás que alcanzarme primero, Potter! —replicó el rubio, sus escobas casi rozándose.

A escasos centímetros del suelo, Harry realizó un giro imposible, pasando por debajo de la escoba de Draco y cerrando su puño alrededor de la Snitch Dorada. El estadio estalló en un estruendo ensordecedor.

—¡Harry Potter atrapa la Snitch! ¡Gryffindor gana en un partido histórico!

Tras la adrenalina del Quidditch, el castillo se sumergió en la calma de las vacaciones de Yule. Harry recibió una invitación formal, escrita en pergamino de alta calidad y sellada con el escudo de los Malfoy. Draco quería presentarlo formalmente en la fiesta anual de su familia. Era el momento de que el Lord de las Seis Casas hiciera su debut en la alta sociedad.

El día de la fiesta, Harry se miró al espejo de su habitación en Grimmauld Place. Vestía una túnica de gala de seda de dragón color verde bosque, bordada con hilos de plata y obsidiana que formaban sutiles runas de protección. Los anillos de sus señoríos brillaban en sus dedos, ya no ocultos, sino reclamando su lugar. Tomó el traslador que Draco le había enviado y, con un tirón en el ombligo, se encontró en el majestuoso vestíbulo de la Mansión Malfoy.

—Llegas a tiempo, y te ves... absolutamente letal —dijo Draco, acercándose con una túnica negra que resaltaba su palidez aristocrática.

—Espero que tus padres estén preparados para la realidad, Draco —respondió Harry, ofreciéndole el brazo.

Caminaron hacia el salón de baile, donde la élite del mundo mágico se congregaba bajo lámparas de cristal encantadas. Cuando el heraldo anunció su nombre, el silencio fue absoluto.

—Lord Harry James Potter-Black-Peverell-Gryffindor-Emrys-Le Fay —resonó la voz.

Lucius Malfoy se adelantó, con su máscara de indiferencia tambaleándose por un segundo al ver la cantidad de anillos en la mano del joven. Narcissa, sin embargo, hizo una reverencia perfecta, reconociendo el poder que emanaba de Harry.

—Es un honor recibirlo, Lord Potter-Black —dijo Lucius, midiendo sus palabras—. Mi hijo ha hablado mucho de sus... talentos.

—El honor es mío, Lord Malfoy —respondió Harry con una elegancia que dejó a los presentes sin aliento—. He oído que esta fiesta es el epicentro del poder en Gran Bretaña. Me pareció adecuado asistir ahora que he reclamado lo que por derecho me pertenece.

Durante la noche, Harry se movió entre los invitados con la gracia de un monarca. Habló de leyes con los miembros del Wizengamot, de inversiones con los magnates y de teoría mágica con los eruditos. Su encanto personal, potenciado por su magia ilimitada, subyugaba a cada persona con la que hablaba. Para cuando la fiesta terminó, Harry no era solo el "Niño que Vivió"; era el hombre que todos querían tener como aliado.

Cuando los invitados se retiraron, Draco guio a Harry hacia su habitación en el ala este de la mansión. En cuanto la puerta se cerró, la fachada de aristócrata de Draco se desmoronó, reemplazada por un hambre desesperada.

—No puedo creer lo que hiciste ahí fuera —jadeó Draco, desabrochando la túnica de Harry—. Los tenías a todos a tus pies. A mi padre, a los ministros... a mí.

—Tú ya estabas a mis pies, Draco —susurró Harry, empujándolo hacia la cama con dosel—. Pero me gusta que me lo recuerdes.

La noche fue una tormenta de pasión desenfrenada. En el territorio de los Malfoy, Harry reclamó a Draco con una intensidad renovada, dejando marcas de posesión que el rubio llevaría con orgullo bajo sus túnicas escolares. Fue un acto de comunión y poder, sellando su alianza en el lugar más sagrado de la familia Malfoy.

El regreso a Hogwarts trajo consigo el frío de enero y nuevos encuentros. Harry estaba sentado en la sala común de Gryffindor cuando notó a un joven de rostro redondo y expresión melancólica sentado solo en un rincón, mirando una varita que parecía demasiado grande para sus manos. Era Neville Longbottom.

—Neville —dijo Harry, acercándose y sentándose frente a él—. Te veo muy concentrado en esa madera. ¿Algún problema con tus encantamientos?

Neville saltó un poco en su asiento, sorprendido por la atención del chico más popular del colegio.

—Oh, Harry... no, es solo que... no soy muy bueno. La abuela dice que soy un fiasco comparado con mi padre. Esta varita era de él, ¿sabes? —Neville suspiró, acariciando la madera de cerezo—. Siento que me rechaza cada vez que intento lanzar un hechizo simple.

Harry sintió una vibración en su pecho. El vínculo de "Hermano de Alma" se activó, reconociendo la lealtad inquebrantable y el valor oculto tras la timidez de Neville.

—Ven conmigo —ordenó Harry suavemente—. Trae a Ron. Vamos a mi habitación.

Minutos después, los tres estaban sentados en los cómodos sillones frente a la chimenea privada de Harry. Harry sacó una botella de hidromiel envejecida y sirvió tres copas.

—Escúchame bien, Neville —comenzó Harry, mirándolo fijamente a los ojos—. Conozco la historia de tus padres. Frank y Alice fueron héroes, guerreros que lucharon hasta el final. Pero tú no eres Frank.

—Lo sé —murmuró Neville, bajando la vista—. Por eso no puedo usar su varita.

—No es por eso, Neville —intervino Ron, entendiendo a dónde quería llegar Harry—. Es porque la varita elige al mago. Si usas la de tu padre, estás intentando vivir su vida, no la tuya. La magia es una extensión de tu alma, no una herencia que se pasa como un reloj viejo.

Harry asintió y tomó la varita de Neville, examinándola.

—Esta varita no te es fiel porque nunca te ganó, ni tú a ella. Te está frenando, Neville. Mañana mismo iremos a Hogsmeade o enviaré un mensaje a Ollivander. Necesitas tu propia herramienta.

Neville bebió un trago de hidromiel, sintiendo el calor del alcohol y de las palabras de Harry.

—Nunca nadie me había dicho eso —confesó Neville, con la voz quebrada—. En casa solo me dicen que debo esforzarme más para ser como él. La abuela vive en el pasado.

—Pues tú vas a vivir en el futuro, Neville —sentenció Harry, poniendo una mano en su hombro—. Eres un Longbottom, una de las casas más antiguas y respetadas. Tienes un poder en tu sangre que ni siquiera has empezado a tocar porque tienes miedo de decepcionar a un fantasma.

Neville miró a Harry y luego a Ron. Por primera vez en su vida, no se sintió como el "niño casi squib". Se sintió parte de algo más grande.

—Gracias, Harry. De verdad.

—Para eso estamos los hermanos, Neville —respondió Harry con una sonrisa—. Ahora, cuéntanos más sobre esa afición tuya por la Herbología. He oído que tienes unas plantas en el invernadero que incluso a la profesora Sprout le dan miedo.

Pasaron la noche hablando, riendo y compartiendo secretos. Neville les contó sobre las visitas a San Mungo y el dolor de ver a sus padres sin reconocerlo, mientras Harry y Ron escuchaban con un respeto que Neville nunca había experimentado. Para cuando se fueron a dormir, el vínculo entre los tres estaba sellado con acero y magia. Harry se quedó solo frente al fuego, observando cómo las llamas bailaban. Ya tenía a su estratega en Ron y a su guerrero leal en Neville. Sus amantes en Slytherin mantenían el control de las serpientes.

El tablero estaba casi completo. Harry se recostó en su cama, sintiendo el peso de su destino. El Niño que Vivió era un mito; el Lord que Reinaba era la realidad. Y mientras el invierno cubría Hogwarts, Harry Potter sabía que el próximo paso no sería solo ganar un partido o asistir a una fiesta. El próximo paso sería cambiar el mundo mágico para siempre, y nadie, ni siquiera Dumbledore o los Riddle, podría detener la tormenta que él mismo había desatado.