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Harry Potter: Herencia Oculta

Cenizas en la Cumbre de la Verdad

El viaje hacia Hogwarts no se realizó en el Expreso. Mientras el tren rojo se alejaba de la plataforma 9 y ¾ cargado de estudiantes confundidos y una familia Weasley humillada, Harry experimentaba una forma de viaje que hacía que la Aparición pareciera un juego de niños. Jinwoo Sung simplemente extendió su mano y la realidad pareció plegarse. Las sombras se arremolinaron alrededor de ellos como un manto líquido y, en un parpadeo, el frío asfalto de Londres fue reemplazado por la hierba húmeda de las colinas que rodeaban Hogsmeade.

Harry respiró hondo. A su izquierda, Choi Jong-in observaba las torres del castillo con una mirada analítica, sus gafas reflejando el sol de la tarde mientras su aura ígnea mantenía a raya el viento helado de las Tierras Altas. Lyra Black se mantenía cerca de Harry, con su varita de ébano descansando casualmente en su mano, lista para cualquier eventualidad.

—Es una estructura impresionante —comentó Jong-in, ajustándose el cuello de su túnica de diseño coreano—. Aunque está saturada de una magia que se siente... estancada. Demasiado vieja, demasiado manipulada.

—Es el nido de Dumbledore —dijo Harry, sintiendo cómo su propia magia, ahora despertada y resonando con la de sus padres, vibraba bajo su piel—. Pero ya no por mucho tiempo.

Jinwoo, que había permanecido en silencio observando el horizonte, giró la cabeza ligeramente. Sus ojos azules brillaron con una intensidad sobrenatural.

—Beru —llamó en un susurro que pareció vibrar en las sombras de los árboles.

De la nada, una figura encorvada y aterradora, con rasgos de insecto y una armadura de sombra, emergió de la oscuridad del suelo. Se arrodilló instantáneamente ante Jinwoo, su cabeza tocando casi la tierra.

—Mi soberano —siseó la criatura, con una voz que recordaba al roce de mil alas.

—Ve a la prisión de la isla. Ayuda a Igris con la extracción del hombre llamado Sirius Black. Si algo se interpone en su camino, no dejen cenizas —ordenó Jinwoo con una calma aterradora.

—Se cumplirá vuestra voluntad, mi Rey —respondió Beru antes de desaparecer en un estallido de velocidad que Harry apenas pudo seguir con los ojos.

Lyra soltó un suspiro tembloroso.

—¿De verdad van a sacarlo hoy? Dumbledore siempre dijo que Azkaban era inexpugnable.

Jinwoo miró a la chica con una pizca de suavidad en sus ojos fríos.

—Para los humanos de este mundo, quizás. Para mi ejército, Azkaban es solo una caja de piedra con juguetes rotos que se llaman a sí mismos guardianes. Tu padre estará con nosotros antes de que caiga la noche.

Harry sintió un nudo de emoción en la garganta. Sirius, el hombre que Dumbledore le había pintado como un traidor, era en realidad el único que había intentado protegerlo, el que había sido encarcelado para que el director pudiera tener el control total sobre el "arma" de la Luz.

—Harry —dijo Jong-in, poniendo una mano cálida sobre su hombro—, el director intentará usar sus palabras. Es un maestro de la retórica. No dejes que sus dulces promesas nublen lo que viste en el pergamino de Gringotts.

—No lo hará —aseguró Harry, apretando los puños—. Ya no soy el niño que busca aprobación.

El grupo comenzó a caminar hacia las puertas principales del castillo. Los terrenos de Hogwarts, que antes le parecían un refugio, ahora se sentían como una jaula que estaba a punto de ser abierta. A medida que se acercaban, las enormes puertas de roble se abrieron de par en par, revelando a un Albus Dumbledore que lucía visiblemente alterado, aunque mantenía su máscara de serenidad abuelo-maternal. A su lado, Minerva McGonagall parecía genuinamente preocupada, y un Severus Snape mantenía una expresión de absoluto desconcierto, con la varita baja pero lista.

—Harry, muchacho —dijo Dumbledore, extendiendo los brazos mientras bajaba los escalones de piedra—. Me han llegado noticias alarmantes de la estación. Se dice que has estado involucrado en un altercado... y veo que vienes acompañado de personas que no reconozco.

Harry no se detuvo hasta estar a pocos metros del director. La diferencia de altura era evidente, pero la presencia de Harry ahora eclipsaba a la de cualquier estudiante.

—Déjate de juegos, Albus —dijo Harry, omitiendo cualquier título—. Los nombres en el registro de Gringotts han cambiado. Los contratos han sido anulados. Y el oro que permitiste que los Weasley robaran será devuelto hasta el último galeón, con intereses de sangre si es necesario.

Dumbledore parpadeó, su mirada desviándose hacia Jinwoo y Jong-in. Sus ojos, que solían brillar con una chispa juguetona, ahora estaban llenos de un cálculo frío.

—Harry, la magia de sangre es un terreno peligroso. Estos hombres... no sabemos quiénes son ni qué oscuras artes han usado para engañarte. Ven conmigo a mi oficina, tomemos un té y hablemos de esto como la familia que somos.

—¿Familia? —La voz de Jinwoo Sung resonó por todo el patio, haciendo que las gárgolas de piedra temblaran—. Tú no sabes el significado de esa palabra. Has usado a mi hijo como un sacrificio para una guerra que tú mismo no tienes el valor de terminar. Has sellado su herencia y lo has dejado en manos de monstruos.

Dumbledore se irguió, su aura de "Gran Mago" expandiéndose.

—No sé quiénes son ustedes, pero este es mi colegio y Harry Potter está bajo mi protección legal y mágica. Les ruego que se retiren antes de que me vea obligado a actuar.

—¿Protección legal? —intervino Lyra con una sonrisa burlona, dando un paso al frente—. Director, como heredera de la Casa Black y con el respaldo del nuevo Jefe de la Casa, mi padre, le informo que la custodia de Harry Potter ha sido transferida formalmente a sus padres biológicos. Los documentos fueron sellados por el Ministerio hace dos horas, bajo la supervisión de los duendes.

—¡Sirius Black es un criminal convicto! —exclamó McGonagall, aunque su voz temblaba—. No puede ejercer ningún derecho legal.

—Sirius Black es un hombre libre —corrigió Harry—. O lo será en unos minutos. Y en cuanto a la propiedad de Hogwarts... creo que mi padre tiene algo que decir al respecto.

Jinwoo sacó un pergamino negro con el sello de Gringotts.

—Hogwarts fue fundada sobre deudas y favores de las antiguas familias. A lo largo de los siglos, el mantenimiento del castillo ha dependido de préstamos que el Ministerio nunca pagó. Compré esas deudas esta mañana. Técnicamente, Albus, eres mi empleado. Y estás despedido.

La cara de Dumbledore pasó del desconcierto a una palidez mortal. Snape, que había estado observando a Jong-in con una mezcla de sospecha y reconocimiento, finalmente habló.

—Esa magia... —susurró Snape, mirando las manos de Jong-in—. No es magia de varita. Es fuego elemental puro. ¿Quiénes son ustedes realmente?

—Soy el Soldado de la Llama —respondió Jong-in, y sus ojos se encendieron en un naranja violento—. Y el hombre a mi lado es el Monarca de las Sombras. Hemos venido por nuestro hijo, y no permitiremos que un anciano con delirios de grandeza vuelva a ponerle una mano encima.

Dumbledore, sintiendo que perdía el control de la situación, sacó la Varita de Saúco. El aire se cargó de electricidad estática.

—No me dejas otra opción, Harry. Es por el bien de todos. *¡Depulso!*

El hechizo fue poderoso, una onda de choque transparente que habría lanzado a un mago normal contra los muros del castillo. Pero Jinwoo ni siquiera se movió. Simplemente levantó una mano y la magia de la Varita de Saúco fue absorbida por un pequeño vórtice de sombras antes de llegar a ellos.

—¿Eso es todo? —preguntó Jinwoo con indiferencia.

En ese momento, el cielo sobre Hogwarts se oscureció. Un portal masivo se abrió sobre el Gran Comedor. De él descendió Beru, llevando en sus garras a un hombre demacrado, de cabello largo y sucio, pero cuyos ojos grises brillaban con una lucidez recuperada.

—¡Papá! —gritó Lyra, corriendo hacia ellos.

Sirius Black aterrizó sobre sus pies, tambaleándose un poco, pero Beru lo sostuvo con una delicadeza sorprendente. Detrás de ellos, cientos de soldados de sombra comenzaron a materializarse en las almenas del castillo, sus armaduras negras brillando bajo la luz mortecina.

—Harry... —dijo Sirius, ignorando a Dumbledore y mirando directamente al chico—. Te pareces tanto a... no, te ves diferente. Tienes la mirada de un guerrero.

—Sirius —dijo Harry, sintiendo que una pieza del rompecabezas de su vida finalmente encajaba—. Gracias por no rendirte.

Dumbledore retrocedió, su varita temblando. Estaba rodeado. Sus aliados en el castillo, los profesores, estaban saliendo a los jardines, pero ninguno se atrevía a levantar su varita ante el ejército de sombras que cubría el lugar.

—Esto es una invasión —susurró McGonagall, horrorizada.

—Esto es una limpieza —corrigió Jong-in—. Harry, ¿qué quieres hacer con ellos?

Harry miró a Dumbledore. El hombre que le había dicho que "el amor era la magia más poderosa" mientras lo enviaba de regreso a un armario debajo de las escaleras. Miró a Snape, que lo había atormentado por los pecados de un hombre que ni siquiera era su padre.

—No voy a matarlos —dijo Harry, y su voz se proyectó con una autoridad que no admitía réplica—. Pero Hogwarts ya no será el tablero de ajedrez de Dumbledore. Director, tiene una hora para recoger sus pertenencias y abandonar los terrenos. Si vuelve a acercarse a mí, a mis padres o a los Black, mis sombras no serán tan amables.

—Harry, no puedes... —empezó Dumbledore, pero Jinwoo dio un paso al frente y la presión gravitacional aumentó tanto que el anciano cayó de rodillas.

—Él puede —sentenció Jinwoo—. Y lo hará.

—En cuanto a los Weasley y Hermione Granger —continuó Harry, mirando hacia la entrada donde los estudiantes empezaban a llegar en carruajes—, serán expulsados. No quiero traidores en mi círculo. Y Hermione... devuélvele los libros a la biblioteca Black. Si falta una sola página, Jong-in se encargará de que sientas el calor de su magia.

Hermione, que acababa de bajar de un carruaje junto a un Ron pálido, soltó un grito de terror al ver a los soldados de sombra.

—¡Harry, somos tus amigos! —chilló Ron, tratando de ocultarse tras su hermana.

—Los amigos no cobran por serlo, Ron —respondió Harry con desprecio—. Y las familias no se construyen sobre mentiras.

Jinwoo se acercó a Harry y le puso una mano en el cuello, un gesto de posesión y orgullo.

—Hijo, el castillo es tuyo. ¿Qué es lo primero que deseas hacer?

Harry miró hacia el horizonte, donde el sol se ponía, bañando a Hogwarts en una luz carmesí. Por primera vez en su vida, no sentía el peso de una profecía o el miedo al futuro.

—Quiero que este lugar sea lo que siempre debió ser —dijo Harry—. Una escuela, no un campo de entrenamiento. Y quiero cenar con mi verdadera familia.

Choi Jong-in sonrió, y con un chasquido de sus dedos, cientos de antorchas alrededor del castillo se encendieron con un fuego azul y naranja, marcando el inicio de una nueva era.

Dumbledore, derrotado y humillado, fue escoltado hacia las puertas por dos soldados de sombra. Hogwarts había cambiado de manos. La Sombra y la Llama habían reclamado su herencia, y el mundo mágico nunca volvería a ser el mismo. Mientras Harry caminaba hacia el Gran Comedor, flanqueado por sus dos padres y sus nuevos aliados, supo que su tercer año no sería sobre aprender a defenderse de los Dementores.

Sería sobre enseñar al mundo lo que sucede cuando intentas destruir a la familia de un Monarca.