Harry Potter: Herencia Oculta
El Trono de Sombras y el Resurgir de la Llama
El Gran Comedor de Hogwarts nunca había lucido tan imponente ni tan aterrador. Las cuatro largas mesas de las casas seguían allí, pero el ambiente festivo del banquete de bienvenida había sido reemplazado por un silencio sepulcral. En lugar de las velas flotantes habituales, el techo encantado reflejaba ahora un cielo nocturno profundo, surcado por nebulosas de color violeta y chispas de fuego anaranjado que bailaban como brasas vivas.
En la mesa de los profesores, la silla que solía ocupar Albus Dumbledore estaba vacía. A su derecha, Jinwoo Sung permanecía sentado con una elegancia gélida, su sola presencia distorsionando la luz a su alrededor. A su izquierda, Choi Jong-in se ajustaba las gafas, observando a los estudiantes con una mezcla de curiosidad científica y desdén protector. Harry se encontraba entre ellos, vistiendo sus nuevas túnicas que parecían hechas de noche líquida.
—Es extraño —comentó Harry en voz baja, mirando hacia la mesa de Gryffindor, donde los espacios que solían ocupar Ron y Hermione estaban vacíos—. Pasé dos años deseando que este lugar fuera mi hogar, y ahora que realmente me pertenece, se siente... pequeño.
—Eso es porque tu poder ha superado los muros de esta caja de piedra, hijo —respondió Jinwoo, su voz resonando con un eco metálico que solo Harry podía percibir plenamente—. Un monarca no se adapta a su entorno; el entorno se doblega ante el monarca.
—Aun así, hay belleza en el orden —añadió Jong-in, señalando con un gesto elegante hacia la mesa de Slytherin, donde Lyra Black se sentaba con la cabeza en alto, ignorando los susurros temerosos de sus compañeros—. Mira a la joven Black. Ella entiende que el poder no es solo fuerza bruta, sino posición.
En ese momento, las grandes puertas del comedor se abrieron. Minerva McGonagall entró, seguida por el resto del cuerpo docente. Su rostro estaba pálido y sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía el pergamino de los nuevos ingresos. Se detuvo ante el estrado, mirando a Harry con una mezcla de dolor y desconcierto.
—Sr. Potter... o Sr. Sung —comenzó ella, su voz quebrándose—. El Ministerio exige una explicación. Los aurores están en las puertas de Hogsmeade. Dicen que esto es un golpe de estado.
—Dígales que pueden entrar si lo desean —dijo Jinwoo sin siquiera mirarla—. Mis soldados necesitan ejercicio. Han pasado mucho tiempo en el vacío y los Dementores de esa isla no fueron más que un aperitivo.
Un jadeo colectivo recorrió la sala. La noticia de que Azkaban había caído ya se estaba filtrando entre los estudiantes de familias de sangre pura.
—Minerva —intervino Harry, levantándose de su asiento—, no hay necesidad de derramamiento de sangre si todos aceptan la nueva realidad. Hogwarts ya no es una herramienta política del Ministerio ni el laboratorio personal de Dumbledore. A partir de hoy, la educación aquí será real. No más profesores incompetentes, no más censura de artes "oscuras" que son simplemente ramas de la magia que Dumbledore temía.
—¿Y qué pasará con los que no estén de acuerdo? —preguntó una voz desde la mesa de Gryffindor. Era Seamus Finnigan, que se veía aterrorizado pero valiente.
Harry lo miró directamente. Sus ojos, ahora con un sutil tinte azul eléctrico, hicieron que Seamus retrocediera.
—Los que deseen irse, pueden hacerlo esta noche. Sus pertenencias serán enviadas a sus casas. Pero aquellos que se queden, aprenderán lo que significa ser un verdadero mago bajo la tutela de los hombres más poderosos que este mundo ha visto jamás.
—¿Y qué hay de Voldemort? —gritó alguien más desde el fondo—. ¡Él volverá! ¡Solo Dumbledore podía detenerlo!
Choi Jong-in soltó una risa suave, un sonido que recordaba al crujir de la madera en una chimenea. Se puso en pie y extendió una mano. Una pequeña llama de color blanco azulado apareció sobre su palma, irradiando un calor tan intenso que los estudiantes de las primeras filas tuvieron que cubrirse el rostro.
—¿Ese fragmento de alma que llaman "Señor Oscuro"? —preguntó Jong-in con desdén—. Si se atreve a mostrar su rostro en este castillo, lo reduciré a cenizas antes de que pueda pronunciar su primera maldición. Mi fuego no quema solo la carne, quema la esencia misma del ser.
—Voldemort es un problema del pasado —sentenció Harry—. Nosotros somos el futuro.
La cena transcurrió en un silencio tenso. Los elfos domésticos, que parecían haber reconocido instantáneamente a los nuevos señores del castillo, sirvieron manjares que superaban cualquier banquete anterior. A mitad de la comida, una sombra se separó de la pared detrás de Harry. Era Igris, el caballero de armadura roja y negra, que se inclinó ante Jinwoo.
—Mi señor —la voz de Igris era un susurro en la mente de los presentes—, el perímetro está asegurado. Los magos de túnicas rojas que llaman aurores han intentado cruzar la barrera. Los hemos inmovilizado sin matarlos, tal como ordenó el joven amo.
—Buen trabajo —respondió Jinwoo—. Tráelos al patio interior. Es hora de que el Ministerio vea con quién está tratando.
Harry se levantó, seguido por sus padres y Lyra, que se unió a ellos desde la mesa de Slytherin. Los estudiantes, impulsados por una curiosidad mórbida, los siguieron hacia el patio de la torre del reloj.
Allí, bajo la luz de la luna, una docena de aurores, incluyendo a Kingsley Shacklebolt y al mismísimo Cornelius Fudge, estaban de rodillas, rodeados por una legión de soldados de sombra cuyas capas ondeaban en un viento inexistente.
—¡Esto es un ultraje! —chilló Fudge, su sombrero de hongo tirado en el barro—. ¡Potter, detén esta locura! ¡Irás a Azkaban por esto!
Harry se acercó al Ministro. Se inclinó para quedar a su altura, permitiendo que Fudge viera el poder que emanaba de él.
—¿Azkaban, Ministro? ¿La prisión que mis padres acaban de desmantelar? Creo que sus amenazas han perdido toda su fuerza.
—Harry, por favor —dijo Kingsley, tratando de mantener la calma—. Entendemos que Dumbledore cometió errores, que hubo irregularidades con tus cuentas... pero esto es extremismo.
—¿Extremismo es reclamar lo que es mío? —preguntó Harry—. ¿Extremismo es querer a mis padres biológicos a mi lado después de que me fueran robados y mi memoria fuera violada? No, Kingsley. Extremismo es lo que ustedes hicieron: permitir que un niño fuera criado en un nido de abusadores para que fuera más fácil de manipular.
Jinwoo Sung dio un paso adelante, y la presión en el patio se volvió casi insoportable. Los aurores jadeaban, sintiendo como si el aire mismo se hubiera vuelto de plomo.
—Escuchen bien, gobernantes de este pequeño rincón del mundo —dijo Jinwoo, y sus ojos brillaron con la luz del Monarca—. No tengo interés en su política insignificante ni en su ministerio de papel. Pero este chico es mi sangre. Si intentan interferir con su educación o con su seguridad, borraré su sociedad de los mapas. No quedará piedra sobre piedra, ni un solo recuerdo de su existencia.
Jong-in se ajustó las gafas, una chispa de fuego saltando entre sus dedos.
—Considérenlo una advertencia diplomática —añadió el mago de fuego—. Ahora, llévense a su exdirector.
Dos sombras arrastraron a un Albus Dumbledore que parecía haber envejecido cien años en una sola tarde. Sus manos estaban atadas con cadenas de energía oscura que anulaban su magia. Fue arrojado a los pies de Fudge como un fardo de ropa vieja.
—Él es su problema ahora —dijo Harry—. Tiene mucho que explicar sobre el dinero desaparecido de las bóvedas familiares y los contratos ilegales. Si yo fuera usted, Ministro, me preocuparía más por limpiar su propia casa antes de intentar entrar en la mía.
Fudge miró a Dumbledore, luego a los soldados de sombra, y finalmente a Harry. El miedo en sus ojos era absoluto. Sin decir una palabra más, los aurores se levantaron y, escoltados por las sombras, desaparecieron en la oscuridad del camino hacia Hogsmeade.
Harry exhaló un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Sintió la mano de Jinwoo en su hombro izquierdo y la de Jong-in en el derecho. Por primera vez, se sentía verdaderamente protegido, no por profecías o sacrificios antiguos, sino por el poder real y el amor incondicional de quienes lo habían buscado a través de las dimensiones.
—¿Estás bien, Harry? —preguntó Lyra, acercándose a él.
—Sí —respondió él, mirando hacia las torres de Hogwarts—. Solo estaba pensando en mañana.
—¿Mañana? —preguntó Jong-in con una sonrisa—. Mañana empezamos las clases de verdad. Te enseñaré cómo controlar el maná para que no necesites ese trozo de madera para encender un cigarrillo, y mucho menos para defenderte.
—Y yo —añadió Jinwoo— te enseñaré a caminar entre las sombras. Un heredero de mi linaje no debe temer a la oscuridad, porque la oscuridad le pertenece.
Mientras regresaban al castillo, Harry vio a Sirius Black observándolos desde un balcón. Su padrino, ahora limpio y vestido con túnicas nobles, le dedicó un brindis con una copa de vino. Sirius finalmente era libre, y Harry ya no era un huérfano.
Sin embargo, en el interior del castillo, la tensión no había desaparecido del todo. En un rincón oscuro del pasillo del tercer piso, tres figuras se encontraban ocultas.
—Esto no puede quedarse así —susurró Hermione Granger, con los ojos rojos de tanto llorar, pero llenos de una furia fanática—. Harry está bajo un embrujo. Esos hombres no son sus padres, son demonios. Tenemos que contactar con la Orden.
—¿Qué orden, Hermione? —siseó Ron, temblando violentamente—. ¿No viste a esos monstruos de sombra? ¡Aplastaron a Dumbledore como si fuera nada! ¡Y mi madre... si Harry le quita ese dinero, estamos arruinados!
—Harry volverá a nosotros —dijo Ginny, con una expresión vacía que delataba la influencia de las pociones de amor que ella misma había consumido para "sincronizarse" con su objetivo—. Él me ama. Solo necesita que lo purifiquemos. Dumbledore dejó un plan de contingencia en la Sala de los Menesteres.
Los tres se escabulleron por el pasillo, sin darse cuenta de que una pequeña sombra, con la forma de un cuervo, los observaba desde una gárgola.
En sus aposentos privados, que antes pertenecían al director, Harry se sentó frente a una chimenea de llamas azules. Jinwoo y Jong-in estaban con él, revisando los mapas del castillo.
—Tus "amigos" están planeando algo —dijo Jinwoo de repente, sin levantar la vista del mapa—. Mi sombra los está siguiendo.
Harry cerró los ojos y suspiró.
—Lo sé. Conocen el castillo mejor que nadie. Creen que pueden salvarme de mí mismo.
—¿Quieres que nos encarguemos de ellos? —preguntó Jong-in, sus ojos brillando peligrosamente—. Un pequeño accidente en las mazmorras podría solucionar muchas cosas.
Harry guardó silencio por un momento. Recordó las risas en la Madriguera, los juegos de ajedrez mágico y las tardes en la biblioteca. Pero luego recordó el frío de Gringotts, el rastro de los galeones robados y el contrato matrimonial que lo habría encadenado a una vida de servidumbre bajo el ala de los Weasley.
—No —dijo Harry finalmente—. Quiero que vean cómo se desmorona su mundo. Quiero que intenten su "plan de contingencia" y que se den cuenta de que, comparado con el poder que ahora poseo, sus trucos de salón son patéticos. Mañana, durante la primera clase, los llamaré al estrado.
—¿Para qué? —preguntó Lyra, que acababa de entrar.
—Para una demostración —respondió Harry con una sonrisa gélida que habría hecho que el mismísimo Voldemort se estremeciera—. Vamos a redefinir lo que significa "Defensa Contra las Artes Oscuras". Y ellos serán los voluntarios.
Esa noche, Harry Potter durmió sin pesadillas por primera vez en trece años. No soñó con destellos verdes ni con gritos de mujer. Soñó con un ejército de sombras que marchaba bajo un sol de fuego, y él, en el centro, liderando el camino hacia un nuevo amanecer.
Hogwarts ya no era una escuela de magia. Se había convertido en la forja de un nuevo tipo de poder. Y mientras el Monarca de las Sombras y el Soldado de la Llama vigilaban el sueño de su hijo, el resto del mundo mágico temblaba, sabiendo que el niño que vivió había muerto, y en su lugar, un soberano había despertado.
Al amanecer, la niebla cubría el Lago Negro, pero los soldados de sombra seguían allí, inmóviles, como estatuas de obsidiana guardando el santuario. El tercer año de Harry Potter no sería una lucha por la supervivencia, sino una lección magistral de justicia y poder absoluto. Las cenizas de la vieja guardia aún estaban calientes, pero sobre ellas, Harry estaba listo para construir su propio imperio.