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Harry Potter: Herencia Oculta

El Despertar del Monarca: El Entrenamiento en el Reino de las Sombras

El aire en el castillo de Jinwoo Sung no se parecía a nada que Harry hubiera experimentado antes. No era el frío húmedo de las mazmorras de Hogwarts ni el calor sofocante de la cocina de los Dursley en pleno verano. Era una atmósfera cargada, densa, que vibraba con una frecuencia que hacía que el vello de sus brazos se erizara constantemente. Era el peso de la autoridad.

Harry caminaba por un pasillo de obsidiana pulida, flanqueado por estatuas que, juraría, lo seguían con la mirada. A su lado, Lyra Black caminaba con una elegancia renovada. Ya no tenía que ocultar su linaje ni encorvarse para pasar desapercibida entre los leones de Gryffindor. Aquí, en el nexo entre dimensiones que su padre llamaba hogar, ella era una princesa de la guerra en potencia.

—Es fascinante, ¿verdad? —comentó Lyra, rompiendo el silencio—. En Hogwarts nos enseñaron que la magia viene de una varita o de fórmulas latinas mal pronunciadas. Aquí, la magia es... voluntad pura. Tu padre no conjura, Harry. Él ordena, y la realidad obedece.

Harry asintió, todavía tratando de asimilar los eventos de Gringotts. Habían pasado apenas tres días desde que dejó atrás Londres, y su mente seguía reproduciendo la expresión de Dumbledore al ver cómo su "arma elegida" se marchaba con dos hombres que emanaban el poder de dioses antiguos.

—Todavía me cuesta creer que sean mis padres —confesó Harry en voz baja—. Toda mi vida me dijeron que Lily y James murieron por mí. Me hicieron sentir culpable por su sacrificio durante años.

—Y lo hicieron para encadenarte —dijo una voz profunda que pareció surgir de las mismas paredes.

Jinwoo Sung apareció frente a ellos. No caminó hacia ellos; simplemente estuvo allí. Vestía una túnica de entrenamiento ligera, pero las sombras a sus pies se movían como si tuvieran vida propia, extendiéndose como zarcillos curiosos hacia Harry.

—Lily y James Potter fueron valientes —continuó Jinwoo, colocando una mano firme sobre el hombro de Harry—. Pero ellos fueron tus guardianes en este mundo, Harry. Cuando Choi Jong-in y yo cruzamos el velo hacia esta dimensión hace trece años, nuestra esencia se entrelazó con la de ellos para protegerte. Dumbledore usó esa conexión para sellar tu verdadero linaje, creyendo que si te mantenía débil y "Potter", serías más fácil de moldear. Se equivocó.

—¿Por qué ahora? —preguntó Harry—. ¿Por qué se rompió el sello ahora?

—Porque tu núcleo mágico alcanzó la madurez necesaria para rechazar la parásito —explicó una voz cálida. Choi Jong-in se acercó desde el lado opuesto del pasillo. Su presencia era como un amanecer reconfortante—. El fragmento de alma que ese tal Voldemort dejó en ti... mi fuego lo consumió en el momento en que entramos en Gringotts. Ya no eres un recipiente para la oscuridad de otro, Harry. Eres el dueño de tu propia luz y de tu propia sombra.

Harry sintió un peso que ni siquiera sabía que cargaba desaparecer de su pecho. Durante años, sus cicatrices y sus sueños extraños lo habían atormentado. Ahora, se sentía limpio.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Harry, con una determinación que sorprendió incluso a Lyra—. Dumbledore no se quedará de brazos cruzados. Los Weasley y Hermione... ellos querrán recuperar lo que creen que les pertenece.

Jinwoo sonrió de esa manera depredadora que Harry empezaba a admirar.

—Ellos son hormigas intentando detener una avalancha —dijo el Monarca de las Sombras—. Pero antes de que regreses a reclamar tu lugar, debes aprender a ser un Sung-Choi. No usaremos esas ramitas de madera que llaman varitas. Tu magia es visceral. Es fuego y es sombra.

El entrenamiento comenzó esa misma tarde en una arena que parecía flotar en un vacío estelar. Choi Jong-in fue el primero en tomar la palabra.

—En el mundo mágico británico, te enseñan a canalizar la magia a través de un objeto externo —dijo Choi, extendiendo su mano. Una esfera de fuego carmesí, tan intensa que el aire alrededor comenzó a distorsionarse, apareció sobre su palma—. Eso es una limitación. La magia está en tu sangre, en tus células. Es una extensión de tu sistema nervioso. Si dependes de una varita, eres vulnerable. Si tú eres el arma, eres invencible.

Harry intentó imitar el gesto. Cerró los ojos y buscó ese calor que siempre había sentido en lo profundo de su ser, ese que solía estallar cuando estaba asustado o enfadado.

—No lo pidas, Harry —le ordenó Jinwoo desde el borde de la arena—. Ordénalo. Tú eres el heredero del trono de las sombras. El fuego de Jong-in corre por tus venas para purificar, y mi sombra para conquistar. Haz que el mundo arda y luego gobierna sus cenizas.

Harry rugió, y por primera vez, no hubo chispas rojas ni luces tenues. Una columna de fuego negro y dorado estalló desde sus manos, elevándose hacia el cielo del vacío. La presión mágica fue tal que Lyra, que observaba desde la distancia, tuvo que clavar sus pies en el suelo para no ser desplazada.

—¡Eso es! —exclamó Choi, sus ojos brillando con orgullo—. ¡Controla el flujo! ¡No dejes que te consuma, tú eres el incendio!

Durante semanas, el tiempo pareció fluir de manera diferente en el reino de Jinwoo. Harry no solo aprendió a manipular el fuego destructivo de Choi Jong-in, sino también a comunicarse con las sombras. Aprendió que cada sombra en el mundo era un espía potencial, un soldado esperando órdenes.

Un día, mientras Harry descansaba tras una sesión particularmente agotadora, Lyra se sentó a su lado. Ella también había estado entrenando, perfeccionando las artes oscuras de la familia Black bajo la tutela de las sombras de Jinwoo, quienes resultaron ser maestros mucho más eficientes que cualquier profesor de Hogwarts.

—He recibido noticias de mi padre —dijo Lyra, mostrándole un pergamino que parecía vibrar con magia antigua—. Sirius está en una de las casas seguras de tu padre en Corea. Está recuperándose. Los duendes han presentado las pruebas de su inocencia ante el Ministerio. Dumbledore intentó bloquear el proceso, pero Ragnok lo amenazó con cerrar todas las cuentas de los miembros del Wizengamot si interferían.

—¿Y los demás? —preguntó Harry, sus ojos ahora teñidos de un brillo violeta permanente.

—Los Weasley están en la ruina —respondió Lyra con una sonrisa fría—. Gringotts confiscó 'La Madriguera' como garantía por los galeones que Molly y Arthur no pudieron devolver. Están viviendo en un pequeño apartamento en el Callejón Diagon, pagado por Dumbledore con lo poco que le queda de su propio fondo personal. Ron ha sido expulsado de varios clubes de Quidditch juveniles por intentar usar tu nombre para obtener beneficios.

—¿Y Hermione?

—Ella es la que peor lo lleva —suspiró Lyra—. Sin el dinero de tu fondo de "beca", no puede pagar los libros raros que tanto ansía ni los materiales adicionales. Ha intentado escribirte docenas de cartas, Harry. Todas interceptadas y quemadas, por supuesto. En sus cartas, sigue insistiendo en que lo hicieron por tu bien, que "no entiendes las complejidades de la guerra".

Harry soltó una carcajada seca.

—¿Complejidades? La única complejidad era cuánto podían exprimir de un huérfano. No me importa lo que digan. Ya no soy su salvador.

En ese momento, Jinwoo Sung entró en la sala. Su expresión era seria.

—Es hora, Harry —dijo su padre—. El tercer año en Hogwarts está por comenzar. Dumbledore ha convencido al Ministro de Magia para que envíe Dementores a la escuela, supuestamente para buscar a Sirius Black, pero sabemos la verdad. Quiere crear un ambiente de miedo para forzarte a regresar a su protección.

—¿Quieres que vuelva? —preguntó Harry, poniéndose de pie. Su estatura había aumentado, y su presencia ahora demandaba respeto.

—Quiero que regreses —dijo Jinwoo, y de las sombras detrás de él, surgió una armadura ligera de color negro medianoche que se ajustó al cuerpo de Harry como una segunda piel—. Pero no como un estudiante. Regresarás como un soberano. Hogwarts se ha convertido en un nido de ratas y traidores. Es hora de que el mundo mágico vea lo que sucede cuando intentas robarle a un Monarca.

Choi Jong-in se acercó y le entregó un anillo con un fénix tallado en una piedra de rubí sangre.

—Este anillo es una llave —explicó Choi—. Si alguna vez necesitas que el sol caiga sobre ese castillo, solo tienes que girarlo. Estaremos allí en un latido.

—Lyra —dijo Harry, mirando a su amiga—. ¿Estás lista para volver a Slytherin?

La chica Black sacó su varita, pero luego la guardó con desdén. Sus manos se envolvieron en una neblina grisácea, el poder de la nigromancia Black potenciado por las enseñanzas de Jinwoo.

—Oh, Harry. Estoy deseando ver la cara de Draco Malfoy cuando se dé cuenta de que ya no es el depredador más grande de la casa de las serpientes. Y ni hablar de Granger.

Harry asintió. Se miró en un espejo de obsidiana. Ya no veía al niño flaco con gafas rotas y una cicatriz molesta. Veía a un joven con ojos que recordaban al abismo, una piel que irradiaba un calor sutil y una confianza que podría hacer temblar los cimientos del Gran Comedor.

—Padre —dijo Harry, mirando a Jinwoo—, ¿qué debo hacer con Dumbledore?

Jinwoo caminó hacia él y le puso una mano en la nuca, un gesto de afecto paternal que Harry atesoraba más que cualquier tesoro en Gringotts.

—No lo mates todavía —instruyó Jinwoo—. Deja que vea cómo todo lo que construyó se desmorona. Deja que vea cómo su "Gran Plan" se convierte en polvo. Quiero que muera sabiendo que el niño que intentó sacrificar es el hombre que lo borró de la historia.

Con un movimiento de su mano, Jinwoo abrió un portal de sombras en medio de la sala. Al otro lado, se podía ver el andén 9 y 3/4, envuelto en la niebla de la mañana londinense. Los magos y brujas pasaban de largo, sin notar la distorsión en la realidad.

Harry dio un paso adelante, sintiendo el poder de sus padres fluyendo a través de él. Ya no necesitaba el Expreso de Hogwarts para llegar a su destino. Él era el destino.

—Vamos, Lyra —dijo Harry—. Tenemos una escuela que purificar.

Al cruzar el portal, la temperatura en el andén descendió drásticamente. Los relojes se detuvieron por un segundo y un silencio antinatural cayó sobre la multitud de padres y alumnos. En medio del bullicio, una figura vestida de negro y una chica de ojos plateados aparecieron de la nada.

—¡Miren! —gritó alguien—. ¡Es Potter!

Pero no era el Harry Potter que ellos recordaban. No había timidez en sus hombros, ni humildad en su mirada. Caminaba con la seguridad de alguien que poseía el lugar.

A lo lejos, Harry divisó la cabellera pelirroja de los Weasley. Molly estaba hablando animadamente con Hermione, quien sostenía un montón de pergaminos con expresión ansiosa. Ron estaba junto a ellos, luciendo una túnica de segunda mano que le quedaba corta, quejándose de algo.

Cuando Harry pasó cerca de ellos, el grupo se detuvo en seco.

—¡Harry! —gritó Hermione, corriendo hacia él con una sonrisa forzada—. ¡Harry, gracias a Merlín! Estábamos tan preocupados. No respondiste a ninguna de mis cartas, y el profesor Dumbledore dijo que habías sido secuestrado por...

Se detuvo cuando Harry la miró directamente. La frialdad en sus ojos era tal que Hermione dio un paso atrás, tropezando con su propio baúl.

—No vuelvas a pronunciar mi nombre, Granger —dijo Harry. Su voz no era alta, pero cortó el aire como un cuchillo—. Tú y yo no somos amigos. Nunca lo fuimos. Solo fuiste una empleada bien pagada con el dinero de mi familia.

—¡Eh! ¡No le hables así! —intervino Ron, poniéndose rojo—. ¡Después de todo lo que hemos hecho por ti! ¡Mi madre te trató como a un hijo!

Harry se giró hacia Ron. Una pequeña chispa de fuego negro bailó en la punta de sus dedos, y el aire alrededor de Ron comenzó a oler a ozono y quemado.

—¿Tratarme como a un hijo significa robarme para pagar vuestras deudas mientras yo vestía los trapos viejos de mi primo? —preguntó Harry—. Si eso es ser un hijo para vosotros, me alegra haber encontrado a mis verdaderos padres.

Molly Weasley se acercó, intentando usar su tono maternal más autoritario, aunque sus manos temblaban.

—Harry, querido, estás confundido. Esos hombres te han lavado el cerebro con magia oscura. El profesor Dumbledore solo quería protegerte del mundo...

—Dumbledore quería proteger su posición —interrumpió Harry—. Y ahora, lo que va a recibir es justicia. Dile que lo veré en el banquete de bienvenida. Tengo curiosidad por ver si todavía tiene el valor de mirarme a los ojos.

Sin esperar respuesta, Harry y Lyra continuaron su camino hacia el tren. Los estudiantes se apartaban a su paso, sintiendo el aura de poder que emanaba del joven.

—Eso ha sido satisfactorio —murmuró Lyra mientras subían al vagón de Slytherin—. Pero sospecho que el viejo director tiene algún truco bajo la manga para esta noche.

—Que lo intente —respondió Harry, sentándose en un compartimento vacío y observando cómo las sombras se arremolinaban en las esquinas, listas para obedecerlo—. Hogwarts cree que está recibiendo a su héroe de vuelta. No tienen idea de que acaban de abrirle las puertas a su fin.

El tren comenzó a moverse, dejando atrás a una familia Weasley desolada y a una Hermione Granger que, por primera vez en su vida, no tenía una respuesta lógica para lo que acababa de presenciar. El juego había cambiado. Las piezas se habían rebelado. Y en el centro de todo, el Monarca de las Sombras observaba a través de los ojos de su hijo, esperando el momento exacto para reclamar lo que por derecho de sangre y fuego le pertenecía.

El tercer año no sería sobre aprender hechizos de defensa contra las artes oscuras. Sería una lección sobre quién ostentaba el verdadero poder en el mundo mágico. Y Harry Sung-Choi estaba ansioso por ser el maestro.