Harry Potter: Herencia Oculta
Sombras sobre el Expreso: El Retorno del Heredero de Sangre y Fuego
El Expreso de Hogwarts cortaba la niebla escocesa con una ferocidad que Harry nunca antes había notado. O tal vez, pensó mientras observaba el paisaje grisáceo a través del cristal, era su propia percepción la que había cambiado. Sentado en un compartimento de la zona de Slytherin, Harry sentía el ronroneo del motor del tren no como un sonido, sino como una vibración que resonaba con el poder latente en su propia sangre.
A su lado, Lyra Black revisaba un antiguo grimorio de la familia Black que su padre, Sirius, le había enviado mediante un mensajero sombrío antes de partir. La elegancia con la que pasaba las páginas contrastaba con la tensión que se respiraba en el pasillo del tren. Los estudiantes pasaban por delante de su compartimento, echando miradas furtivas y susurrando nombres que ya no le pertenecían.
—Sienten el cambio, Harry —comentó Lyra sin levantar la vista del libro—. La magia reconoce a su dueño. Ya no emanas esa desesperada necesidad de agradar que tenías en Gryffindor. Ahora emanas... peligro.
Harry esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Sus dedos jugaban con el anillo del fénix de rubí, sintiendo el calor reconfortante que Choi Jong-in había infundido en él.
—El peligro siempre estuvo allí, Lyra. Solo que Dumbledore le puso una correa y una etiqueta de "héroe sacrificable".
De repente, la temperatura en el compartimento cayó en picado. No era el frío natural de las tierras altas, sino un frío que devoraba la esperanza, un vacío gélido que Harry reconoció al instante. Las luces del tren parpadearon y se apagaron, sumiendo el vagón en una penumbra antinatural.
—Dementores —siseó Lyra, cerrando su libro de golpe. Su mano buscó instintivamente su varita, pero luego recordó las enseñanzas de Jinwoo y relajó los dedos, dejando que una neblina gris empezara a danzar entre sus nudillos.
En el pasillo, se escucharon gritos de terror. Una figura alta, envuelta en harapos negros y putrefactos, se deslizó frente a la puerta de cristal. El aire se llenó del sonido de una respiración estertórea, como si la criatura estuviera intentando succionar el alma misma del ambiente.
La puerta del compartimento se deslizó lentamente. La mano esquelética y grisácea del Dementor se aferró al marco, y la criatura inclinó su cabeza encapuchada hacia Harry.
Normalmente, Harry habría caído al suelo, reviviendo el grito final de Lily Potter. Pero esta vez, cuando el frío intentó invadir su mente, se encontró con un muro de sombras impenetrables y un fuego que rugía con el hambre de un sol.
—Fuera —dijo Harry. Su voz no era humana. Tenía el eco metálico de la autoridad de Jinwoo Sung.
El Dementor se detuvo. Por primera vez en su existencia inmortal, la personificación del miedo sintió algo que no comprendía: pavor. Las sombras en las esquinas del compartimento cobraron vida propia, transformándose en ojos azules eléctricos que observaban a la criatura desde el vacío.
—He dicho... que te largues —repitió Harry, poniéndose de pie.
Un estallido de llamas negras y doradas brotó de su cuerpo, expandiéndose en una onda de choque que no quemó la madera del tren, pero que golpeó al Dementor como un mazo físico. La criatura emitió un chillido sordo y salió despedida hacia el pasillo, huyendo hacia la oscuridad del exterior como si el mismo infierno la persiguiera.
—Vaya —susurró Lyra, recomponiéndose—. Creo que el Ministro va a recibir un informe muy interesante sobre "anomalías" en el tren.
—Que informen a quien quieran —respondió Harry, volviendo a sentarse mientras las luces del tren regresaban a la vida—. Si Dumbledore cree que estas cosas van a mantenerme bajo su control, es que es más senil de lo que pensaba.
El resto del viaje transcurrió en un silencio tenso. Cuando el tren finalmente llegó a la estación de Hogsmeade, Harry y Lyra bajaron con una calma insultante. No utilizaron los carruajes habituales; Harry simplemente caminó hacia la oscuridad del bosque y, con un gesto de su mano, las sombras se arremolinaron para formar una plataforma que los transportó hacia las puertas del castillo antes que a nadie.
El Gran Comedor estaba decorado con la pompa habitual, pero el ambiente era pesado. Los profesores estaban sentados en la mesa alta, con Dumbledore en el centro, luciendo una túnica de color azul medianoche. Sus ojos escudriñaban la entrada, buscando desesperadamente la figura del "Niño que Vivió".
Cuando Harry entró, el silencio fue absoluto. No se dirigió a la mesa de Gryffindor. Caminó con paso firme hacia la mesa de Slytherin y se sentó junto a Lyra, frente a un atónito Draco Malfoy.
—Potter... ¿qué demonios haces aquí? —preguntó Draco, aunque su voz carecía de su arrogancia habitual. Sus instintos de sangre pura le gritaban que el chico sentado frente a él era alguien a quien no debía provocar.
—Mi nombre es Harry Sung-Choi, Malfoy —respondió Harry, sirviéndose un poco de zumo de calabaza como si estuviera en su propia casa—. Y me siento donde me place.
En la mesa alta, Dumbledore se puso de pie, su rostro era una máscara de preocupación paternal que ya no engañaba a nadie.
—¡Harry! Muchacho, me alegra ver que has llegado a salvo después del incidente con los Dementores —dijo el director, su voz amplificada mágicamente para que llegara a todos los rincones—. Pero me temo que ha habido un error. Tu lugar está con tus amigos en la mesa de los leones.
Harry levantó la vista y sostuvo la mirada de Dumbledore. Por un momento, el director sintió una presión en su mente, un intento de Legeremancia que fue devuelto con la fuerza de un tsunami de sombras. Dumbledore retrocedió un paso, sujetándose al borde de la mesa.
—No hay ningún error, Director —dijo Harry, y su voz resonó sin necesidad de magia—. El Sombrero Seleccionador me ofreció Slytherin en mi primer año y yo lo rechacé por los consejos de personas que resultaron ser ladrones y mentirosos. He decidido corregir ese error. Además, como jefe de las casas Sung y Choi, y heredero legítimo de la casa Black por designación, tengo el derecho de elegir mi afiliación.
—¡Eso es absurdo! —gritó Hermione desde la mesa de Gryffindor, poniéndose de pie con la cara roja de indignación—. ¡Harry, no puedes simplemente inventarte títulos y cambiar de casa! ¡Las reglas de Hogwarts son claras!
Harry se giró lentamente hacia ella. La mirada que le lanzó hizo que Hermione se sentara de golpe, con la boca abierta.
—Las reglas de Hogwarts, Granger, fueron escritas por magos que entendían el respeto a la sangre y al poder —dijo Harry con desdén—. Conceptos que tú, claramente, solo conoces por los libros que yo pagué.
—¡Harry, por favor! —intervino Molly Weasley, quien de alguna manera había conseguido entrar al Gran Comedor, probablemente bajo la protección de Dumbledore—. ¡Estás bajo un encantamiento! ¡Esos hombres... esos extranjeros te han hecho algo! ¡Vuelve con nosotros, vuelve a La Madriguera!
Harry se rió. Fue una risa fría, carente de alegría, que hizo que varios de los estudiantes de primer año comenzaran a temblar.
—¿Volver a la casa que comprasteis con mi herencia? —preguntó Harry—. No lo creo, Sra. Weasley. De hecho, tengo entendido que los duendes de Gringotts ya han comenzado el proceso de desahucio. Espero que el callejón Diagon sea cómodo en esta época del año.
Ron Weasley se levantó, con los puños cerrados, pero antes de que pudiera decir una palabra, una sombra se desprendió de los pies de Harry y se materializó detrás del pelirrojo, poniendo una mano de oscuridad pura sobre su hombro. Ron se quedó congelado, incapaz de moverse o hablar.
—Suficiente —dijo Dumbledore, recuperando algo de su compostura, aunque su mano derecha temblaba bajo la manga de su túnica—. Harry, hablaremos de esto en mi oficina. Ahora, demos la bienvenida a...
—No habrá ninguna charla en su oficina, Albus —lo interrumpió Harry, poniéndose de pie—. He venido aquí por dos razones. Primero, para terminar mi educación bajo mis propios términos. Y segundo, para entregarle esto.
Harry sacó un pergamino sellado con el escudo de armas de la Confederación Internacional de Magos y el sello real de Corea.
—Es una notificación oficial —continuó Harry mientras el pergamino volaba hacia la mesa alta y se desplegaba ante los ojos de los profesores—. Debido a las múltiples negligencias cometidas contra mi persona, la falta de seguridad en este castillo y el robo continuado de mis fondos bajo su supervisión, mi tutela legal y mágica ha sido transferida permanentemente a Jinwoo Sung y Choi Jong-in. Cualquier intento de interferir con mi libertad será considerado un acto de agresión diplomática.
Dumbledore leyó el documento, y por primera vez en décadas, el gran Albus Dumbledore pareció viejo. Realmente viejo. La red de mentiras que había tejido con tanto cuidado se estaba deshilachando a una velocidad alarmante.
—Harry... esto traerá consecuencias —advirtió Dumbledore en un susurro—. Voldemort volverá, y sin la protección que yo preparé...
—Voldemort es un fantasma que se esconde en los bosques de Albania —respondió Harry, comenzando a caminar hacia la salida del Gran Comedor, con Lyra a su lado—. Si alguna vez tiene el valor de enfrentarse a mí, descubrirá que un "Señor Oscuro" no es nada comparado con un Monarca.
Antes de salir por las grandes puertas dobles, Harry se detuvo y miró por encima del hombro hacia la mesa de Gryffindor, donde sus antiguos amigos lo observaban con una mezcla de odio y miedo.
—Ah, y Ron —dijo Harry con una sonrisa gélida—, dile a tu madre que no se moleste en enviarme el jersey de Navidad este año. El fuego de mi padre me mantiene lo suficientemente caliente.
Con un chasquido de sus dedos, una llamarada de color naranja intenso envolvió a Harry y Lyra, y en un parpadeo, ambos desaparecieron, dejando tras de sí solo el olor a ceniza y el silencio sepulcral de un castillo que acababa de darse cuenta de que su salvador se había convertido en su juez.
En las sombras de la entrada, dos figuras observaban la escena, invisibles para los ojos de los magos. Jinwoo Sung asintió con aprobación, mientras que Choi Jong-in ajustaba sus gafas con una sonrisa satisfecha.
—Lo ha hecho bien —comentó Jong-in—. Tiene tu dramatismo, Jinwoo.
—Tiene mi poder —corrigió el Monarca de las Sombras—. Y ahora, que el juego de Dumbledore termine. Es hora de que este mundo aprenda que no se juega con la familia de una sombra.
Ambos hombres se desvanecieron en la oscuridad, dejando a Hogwarts a merced de la tormenta que ellos mismos habían desatado. El tercer año no había hecho más que empezar, y las paredes de piedra del castillo ya empezaban a agrietarse ante el peso de la nueva realidad. Harry Potter había muerto en el armario bajo la escalera; Harry Sung-Choi había llegado para reclamar su trono.