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Harry Potter: Herencia Oculta

El Trono de Esmeralda y el Juicio de las Sombras

El aire en la Sala Común de Slytherin siempre había sido frío, pero esa noche, tras el estallido en el Gran Comedor, el ambiente se sentía cargado de una electricidad estática que hacía que las lámparas de cristal verde parpadearan rítmicamente. Harry se sentó en el sillón más grande, uno de cuero negro frente a la chimenea, con una naturalidad que sugería que ese asiento siempre le había pertenecido.

A su alrededor, los estudiantes de la casa de las serpientes mantenían una distancia prudencial. Incluso Draco Malfoy, que solía pavonearse como el dueño del lugar, se encontraba de pie cerca de una columna, observando a Harry con una mezcla de envidia y un terror mal disimulado.

—¿Vais a quedaros ahí de pie como estatuas de jardín o vais a aceptar que las cosas han cambiado? —preguntó Harry, sin apartar la vista de las llamas verdes que crepitaban en el hogar.

Lyra Black se sentó en el brazo del sillón de Harry, cruzando las piernas con elegancia. Su sola presencia, como heredera de la casa más oscura de Gran Bretaña y protegida de un Monarca, era suficiente para silenciar cualquier protesta.

—Potter... o Sung-Choi, como digas —comenzó Draco, aclarándose la garganta—, lo que hiciste en el comedor... Dumbledore no lo dejará pasar. Mi padre dice que el viejo tiene contactos en el Ministerio que pueden anular cualquier decreto extranjero.

Harry soltó una risa seca, un sonido que pareció resonar en las paredes de piedra.

—Tu padre, Draco, debería preocuparse más por sus propias deudas con Gringotts que por los contactos de Dumbledore —respondió Harry, girando la cabeza para mirarlo—. Los duendes han empezado a auditar todas las cuentas que recibieron "donaciones" del fondo Potter. Si mal no recuerdo, los Malfoy recibieron una generosa suma para "gastos de representación" hace dos veranos.

Draco palideció instantáneamente. La mención de Gringotts y las auditorías era un golpe directo al corazón de la aristocracia mágica.

—Eso fue un regalo legal —balbuceó Draco.

—Nada es legal cuando se roba a un menor bajo tutela fraudulenta —intervino Lyra—. Mi padre, Sirius, ya ha firmado las declaraciones. El Ministerio está colapsando, Draco. Mientras tú te preocupas por las reglas de la escuela, el mundo exterior está siendo purgado.

En ese momento, la entrada de la sala común se abrió con un estrépito. Severus Snape entró, con su capa ondeando como las alas de un murciélago gigante. Su rostro, habitualmente impasible, mostraba una agitación que Harry nunca había visto. Se detuvo frente a Harry, ignorando al resto de los estudiantes.

—El Director exige su presencia, Sr. Potter —siseó Snape, aunque sus ojos recorrieron la figura de Harry con una curiosidad científica—. Ahora mismo. Y ha convocado a una reunión de emergencia del Consejo Escolar.

—Dígale al Director que si desea hablar conmigo, puede solicitar una audiencia formal a través de mis padres —respondió Harry, sin moverse un ápice—. Ya no soy su estudiante "especial", Snape. Soy un ciudadano coreano bajo protección diplomática. Si intenta obligarme, se considerará un secuestro.

Snape apretó los dientes, pero antes de que pudiera responder, una sombra se alargó desde el rincón más oscuro de la sala. No era una sombra ordinaria. Tenía forma humana, una armadura negra que parecía absorber la luz y unos ojos de un azul espectral. Era Igris, uno de los caballeros de Jinwoo, que había sido asignado para vigilar a Harry desde el vacío.

La presencia del caballero hizo que Snape retrocediera instintivamente, llevando su mano a la varita.

—No lo haría si fuera usted, profesor —advirtió Harry con voz calmada—. Igris no entiende de jerarquías escolares. Solo entiende de amenazas a su señor.

Snape miró a la criatura de sombras y luego a Harry. Por primera vez, el Maestro de Pociones pareció comprender que el niño que tanto había despreciado por parecerse a James Potter ya no existía. Lo que tenía delante era algo mucho más antiguo y peligroso.

—Esto es una locura —murmuró Snape—. Dumbledore cree que puede salvarte.

—Dumbledore cree que puede controlarme —corrigió Harry—. Hay una gran diferencia. Ahora, si me disculpa, tengo que descansar. Mañana tengo mi primera clase y tengo curiosidad por ver cómo reacciona el profesor Lupin ante alguien que no puede ser asustado por un Boggart.

Snape se dio la vuelta y salió de la sala común sin decir una palabra más, con los hombros más tensos de lo habitual.

A la mañana siguiente, el castillo de Hogwarts se sentía como una olla a presión. Los rumores sobre los "padres dioses" de Harry y su cambio a Slytherin habían corrido como la pólvora. En los pasillos, los estudiantes de Gryffindor lo miraban con una mezcla de traición y reproche, mientras que los de Ravenclaw intentaban analizar la magia que emanaba de él.

Harry caminaba hacia el aula de Defensa Contra las Artes Oscuras junto a Lyra. En el camino, se cruzaron con Ron y Hermione. Ron parecía haber pasado la noche en vela; su túnica estaba arrugada y su rostro mostraba una furia contenida.

—¡Harry! —gritó Ron, bloqueando el paso—. Tienes que parar esto. Mi madre está llorando. Los duendes han precintado nuestra casa. ¡No tenemos a dónde ir!

Harry se detuvo y lo miró con una indiferencia que dolió más que cualquier insulto.

—¿Y qué esperabas, Ron? —preguntó Harry—. ¿Que os diera las gracias por vivir de mi dinero mientras yo dormía en una alacena? ¿Que os perdonara por ser los peones de Dumbledore?

—¡No sabíamos todo lo que pasaba! —exclamó Hermione, con los ojos llorosos—. El profesor Dumbledore dijo que el dinero era para tu seguridad, para mantener la Orden... ¡era por el Bien Mayor!

—El Bien Mayor siempre parece implicar que yo sufra y vosotros prosperéis —dijo Harry, dando un paso hacia ella—. ¿Sabes lo que es la verdadera magia, Hermione? No es leer libros y memorizar movimientos de muñeca. Es el poder de proteger lo que amas. Vosotros no me amabais. Amabais la fama que os daba estar cerca de mí y el oro que fluía de mis bóvedas.

—¡Eres un monstruo! —chilló Ron, sacando su varita—. ¡Ojalá te hubieras quedado con los muggles!

Antes de que Ron pudiera pronunciar un hechizo, la mano de Harry se movió con una velocidad sobrehumana. No sacó su varita. Simplemente agarró la muñeca de Ron y ejerció una presión que hizo que el pelirrojo soltara el trozo de madera con un grito de dolor.

—No vuelvas a levantar un arma contra mí, Weasley —susurró Harry, y por un momento, sus ojos brillaron con el fuego carmesí de Choi Jong-in—. La próxima vez, no me limitaré a desarmarte. Te quemaré desde dentro.

Harry soltó a Ron, quien cayó al suelo sujetándose la muñeca, y continuó su camino hacia el aula como si nada hubiera pasado.

La clase de Defensa Contra las Artes Oscuras fue, como Harry esperaba, un desastre para el profesor Lupin. El hombre lobo intentó presentar el Boggart como una lección sobre el miedo, pero cuando llegó el turno de Harry, la criatura salió del armario y se quedó paralizada.

El Boggart, que debía transformarse en el peor miedo de la persona frente a él, comenzó a mutar rápidamente: un Dementor, Lord Voldemort, un cadáver de Lily Potter... pero ninguna forma lograba asentarse. Finalmente, el Boggart se transformó en una simple sombra que temblaba en el suelo, antes de desvanecerse por completo ante la mera presencia de Harry.

—Parece que mi miedo no está disponible hoy, profesor —dijo Harry ante el asombro de la clase—. O tal vez es que el miedo mismo me tiene miedo a mí.

Lupin observó a Harry con una tristeza profunda. Veía en él los ojos de Lily, pero la frialdad de un extraño.

—Harry... tu padre no querría esto —dijo Lupin en voz baja, esperando apelar a su memoria.

—Usted no conoció a mi padre, profesor —respondió Harry, refiriéndose a Jinwoo—. Mi padre me enseñó que el miedo es una herramienta para los débiles. Y yo ya no soy débil.

Al terminar las clases, Harry fue interceptado por un mensaje de sombras. Era una invitación, o más bien una orden, para presentarse en el despacho del Director. Esta vez, sin embargo, Harry no iría solo.

Cuando llegó a la gárgola que custodiaba la entrada, Harry simplemente chasqueó los dedos. La piedra se hizo añicos ante el impacto de una ráfaga de fuego dorado, permitiéndole el paso sin necesidad de contraseñas.

En el despacho, Dumbledore no estaba solo. Los miembros del Consejo Escolar, incluyendo a Lucius Malfoy (que lucía extremadamente pálido) y a Cornelius Fudge, el Ministro de Magia, estaban presentes.

—Harry, esta destrucción de propiedad escolar es innecesaria —dijo Dumbledore, tratando de mantener su tono de abuelo decepcionado.

—Es una declaración, Albus —respondió Harry, entrando en la habitación. Detrás de él, las sombras de la oficina parecieron cobrar vida, oscureciendo el lugar a pesar de las numerosas velas—. He venido a escuchar vuestra rendición, no vuestras quejas.

—¡Sr. Potter! —exclamó Fudge, ajustándose el sombrero—. Esto es inaudito. El Ministerio no reconoce estos cambios de tutela. Usted es un ciudadano británico y debe cumplir con las leyes de este país.

—¿Las leyes que permitieron que un niño fuera entregado a maltratadores sin supervisión? —preguntó Harry, acercándose a la mesa de Dumbledore—. ¿Las leyes que permitieron que un hombre inocente como Sirius Black fuera encarcelado sin juicio para que Dumbledore pudiera controlar la herencia Black?

Lucius Malfoy se removió en su asiento, evitando la mirada de Harry.

—Tenemos pruebas, Ministro —dijo Lyra, apareciendo desde las sombras detrás de Harry—. Pruebas que los duendes ya han entregado a la prensa internacional. Mañana, el mundo mágico sabrá que Albus Dumbledore es un malversador de fondos y un secuestrador.

—Harry, muchacho, lo que hice fue por tu protección —insistió Dumbledore, su voz temblando ligeramente—. El sacrificio de tu madre creó un vínculo de sangre que solo funcionaba si vivías con tus parientes.

—Ese vínculo de sangre era una jaula —sentenció Harry—. Mis verdaderos padres, los que están fuera de este castillo esperando mi señal para reducir este lugar a cenizas si es necesario, me han dado algo que tú nunca pudiste: la verdad.

—¿Y qué es lo que quieres, Harry? —preguntó Dumbledore, pareciendo finalmente derrotado—. ¿Quieres destruir Hogwarts?

Harry miró a su alrededor, a los instrumentos de plata que zumbaban en las estanterías, a los retratos de los antiguos directores que observaban con asombro.

—No quiero destruir la escuela —dijo Harry—. Quiero purificarla. A partir de hoy, el Consejo Escolar queda disuelto. Gringotts asumirá la gestión financiera de Hogwarts para asegurar que cada galeón se use en la educación de los estudiantes y no en vuestras guerras privadas.

—¡No puedes hacer eso! —gritó Fudge.

—Puedo, porque soy el heredero de tres de las casas fundadoras a través de líneas de sangre que tú ni siquiera sabías que existían —mintió Harry con una sonrisa depredadora, sabiendo que el poder de Jinwoo podía reescribir la realidad de los contratos mágicos—. Y si alguien tiene alguna objeción, puede discutirlo con el ejército de sombras que rodea este castillo en este mismo instante.

Como si sus palabras fueran una señal, el cielo sobre Hogwarts se oscureció de repente. Miles de soldados de sombra, montados en dragones de oscuridad, se materializaron en el aire, rodeando las torres del castillo. El poder que emanaba de ellos era tan vasto que Fudge se desmayó en su silla y Lucius Malfoy cayó de rodillas, murmurando súplicas.

—Albus —dijo Harry, apoyando las manos sobre el escritorio del director—, tu tiempo ha terminado. Quédate como profesor si quieres, enseña a los niños a mover sus varitas. Pero el poder en este mundo ha cambiado de manos.

Harry se dio la vuelta y salió del despacho, dejando a un Dumbledore quebrado tras de sí. Al salir al pasillo, sintió una presencia cálida a su lado. Choi Jong-in se materializó, rodeado de un aura de fuego reconfortante.

—Lo has hecho bien, hijo —dijo Choi, poniendo una mano en su hombro—. Tu padre está orgulloso. Has reclamado tu lugar sin necesidad de derramar sangre innecesaria.

—Todavía no han terminado, padre —respondió Harry, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a ponerse—. Dumbledore intentará luchar. Los Weasley intentarán suplicar. Y Voldemort... él vendrá por lo que cree que es su destino.

—Que venga —dijo una voz profunda que surgió de la nada misma. Jinwoo Sung apareció al otro lado de Harry—. El Monarca de las Sombras necesita un nuevo general para su ejército, y un "Señor Oscuro" podría ser un entretenimiento interesante.

Harry sonrió, una sonrisa que contenía la promesa de una nueva era. Miró hacia el Gran Comedor, donde los estudiantes comenzaban a salir para la cena, ajenos a que el mundo que conocían había dejado de existir esa misma tarde.

—Vamos —dijo Harry—. Tenemos mucho que preparar. Hogwarts es solo el principio. El mundo mágico entero tiene que aprender que el fuego y la sombra no se pueden encadenar.

Caminaron juntos por los pasillos de piedra, tres figuras de poder incalculable que hacían que las antorchas se apagaran a su paso. Harry Sung-Choi ya no era el niño que vivió. Era el hombre que iba a reinar, y por primera vez en su vida, el futuro no era una profecía escrita por otros, sino un lienzo en blanco que él mismo pintaría con los colores de su propia voluntad.

Esa noche, en el dormitorio de Slytherin, Harry durmió sin sueños. No necesitaba soñar con el futuro cuando ya lo tenía firmemente sujeto entre sus manos. La justicia de los Sung-Choi había llegado a Gran Bretaña, y nada, ni siquiera la magia más antigua, podría detener la marea de sombras que se avecinaba.