Héroe Caído
El Demonio en el Paraíso
El aire del campo de entrenamiento vibraba con una energía caótica, una cacofonía de gritos, el eco de balones golpeados con furia y el chirrido de los tacos sobre el césped artificial. Era el primer entrenamiento oficial de la selección Sub-20 de Japón, un crisol donde los egos forjados en Blue Lock y los talentos del antiguo equipo nacional debían fusionarse. Para la mayoría, era el paraíso, el siguiente paso hacia la gloria. Para Rensuke Kunigami, era un infierno personal con césped bien cuidado.
Y el diablo en persona acababa de hacer su entrada.
Ryusei Shidou irrumpió en el campo como un tornado de pelo rubio y energía maníaca. No caminaba, se pavoneaba. No hablaba, proclamaba. Sus ojos, salvajes y desquiciados, recorrían el lugar como un depredador buscando su próxima comida.
—¡Vaya, vaya! —rugió, su voz resonando con una alegría demencial—. ¡Mirad cuántas larvas listas para explotar! ¡Espero que estéis preparados para la sinfonía de destrucción que estoy a punto de componer!
Chigiri, que estiraba su pierna sobre una valla baja, rodó los ojos. La presencia de Shidou era agotadora, un espectáculo de ruido y egocentrismo que incluso a él le parecía excesivo. Pero su atención no estaba en el autoproclamado demonio. Estaba en la estatua de piedra naranja que se había formado al otro lado del campo.
Kunigami se había quedado inmóvil.
No era una pausa normal. Era una parálisis total. Estaba a mitad de un ejercicio de agilidad, con un pie suspendido en el aire, pero todo su cuerpo se había congelado como si un rayo lo hubiera alcanzado. Sus manos, antes relajadas, se habían cerrado en puños tan apretados que los nudillos se volvieron blancos. Su mandíbula estaba tensa, un músculo palpitando violentamente en su mejilla.
Y sus ojos… Chigiri tragó saliva. Desde su posición, no podía verlos claramente, pero podía sentir la intensidad de su mirada fija en Shidou. Era una mirada que trascendía el odio. Era una mirada de reconocimiento, de un trauma tan profundo que parecía tener su propia fuerza de gravedad.
El mundo alrededor de Kunigami pareció desvanecerse. El ruido del entrenamiento, los gritos de sus compañeros, las instrucciones de Ego Jinpachi que sonaban por los altavoces… todo se convirtió en un zumbido sordo y distante. Solo existían él y la figura de Shidou, un recordatorio andante de la oscuridad.
*«Es un pozo donde los sueños van a morir»*, resonó su propia voz en su cabeza, las palabras que le había escupido a Chigiri en los baños. *«Donde tienes que pisotear los cadáveres de los demás y el tuyo propio para poder ver la luz de nuevo»*.
Y Shidou era el guardián de ese pozo. El que lo había arrojado dentro con una patada y una risa maníaca.
Shidou finalmente lo vio. Su sonrisa se ensanchó, mostrando demasiados dientes, una expresión de deleite sádico. Empezó a caminar hacia él, ignorando a todos los demás, cada paso una provocación deliberada.
—¡Pero mira a quién tenemos aquí! —canturreó, deteniéndose a unos metros de Kunigami—. ¡Si es mi copia barata! El héroe caído. ¿Qué tal el viaje al inframundo, Kunigami-kun? ¿Te gustó mi patada de despedida?
El silencio que cayó alrededor de ellos fue denso, pesado. Isagi, que estaba cerca, se tensó, mirando con preocupación entre los dos. Bachira dejó de juguetear con su balón. Incluso Nagi, normalmente perdido en su propio mundo, levantó la vista de su teléfono.
Kunigami no respondió. Lentamente, bajó el pie. Cada movimiento era controlado, rígido, como si estuviera luchando contra su propio cuerpo para no explotar.
—Veo que has vuelto… más grande —continuó Shidou, rodeándolo como un tiburón—. Más musculoso. Más callado. ¿Te comieron la lengua los otros fracasados de la Wild Card o simplemente te diste cuenta de que tus discursos de superhéroe eran pura mierda?
Chigiri observaba, su corazón latiendo con una extraña mezcla de ira y aprensión. Vio la vena en el cuello de Kunigami hincharse. Vio el temblor casi imperceptible en sus manos. Este no era el Kunigami frío y calculador de la Liga Neoegoísta. Este era un animal herido y acorralado.
—Cállate, Shidou —dijo Isagi, dando un paso al frente.
Shidou ni siquiera lo miró. Sus ojos estaban fijos en Kunigami, disfrutando de cada segundo de su tormento.
—Oh, ¿todavía tienes a tus amiguitos para que te defiendan? Qué patético. En ese hoyo no había nadie para defenderte, ¿verdad? Solo estabas tú, y yo, y la absoluta certeza de que eres inferior a mí.
Fue entonces cuando Kunigami finalmente se movió. Se giró, no para enfrentar a Shidou, sino para alejarse. Le dio la espalda y caminó hacia la otra punta del campo, cogió un balón y, sin mediar palabra, empezó a disparar a la portería.
Cada disparo era un trueno. El balón se estrellaba contra la red con una violencia que hacía temblar el marco. No era práctica. Era un exorcismo. Era pura, concentrada y desesperada furia canalizada en un trozo de cuero.
Shidou soltó una carcajada estridente.
—¡Eso es! ¡Corre, héroe de pacotilla! ¡Huye de tu creador! ¡Pero no puedes esconderte de mí en el campo! ¡Te devoraré de nuevo!
Chigiri apretó los dientes. *«No es rabia»*, pensó, observando los disparos de Kunigami. *«Es pánico»*. La fachada de monstruo egoísta se había agrietado bajo la presión, y lo que se filtraba no era dominio, sino miedo en su forma más cruda.
El resto del entrenamiento fue una tortura. Kunigami se movía como una máquina de demolición defectuosa. Su fuerza era abrumadora, pero su precisión había desaparecido. Chocaba con sus propios compañeros, robaba balones en posiciones absurdas y fallaba tiros que normalmente marcaría con los ojos cerrados. Estaba jugando contra un fantasma, y ese fantasma era Ryusei Shidou.
Chigiri no le quitó los ojos de encima. Vio cómo evitaba cualquier tipo de contacto visual con Shidou, cómo su cuerpo se tensaba cada vez que el rubio pasaba cerca. Vio la frustración convertirse en un autodesprecio silencioso cada vez que cometía un error. El héroe no solo estaba aterrorizado; estaba reviviendo su ejecución pública una y otra vez.
Cuando el entrenamiento finalmente terminó, Kunigami fue el primero en salir del campo. Ni siquiera se dirigió a los vestuarios. Simplemente desapareció por uno de los pasillos que conducían a las zonas comunes del complejo.
Chigiri no lo dudó. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y lo siguió.
—Eh, Princesa, ¿a dónde vas? —le llamó Bachira.
—A cazar a un dragón herido —respondió Chigiri sin detenerse.
Sabía a dónde iba. Había una pequeña terraza de observación en el tercer piso, un lugar casi siempre desierto que daba al campo principal. Un lugar para estar solo.
Subió las escaleras de dos en dos, el sonido de sus pasos resonando en el silencioso corredor. Cuando llegó a la puerta de la terraza, la encontró entreabierta. Se asomó con cautela.
Allí estaba él. De espaldas a la puerta, con las manos apoyadas en la barandilla, mirando el campo vacío bajo las potentes luces. Su ancha espalda se subía y bajaba con respiraciones profundas e irregulares. La camiseta de entrenamiento estaba pegada a su piel por el sudor, delineando cada músculo tenso. Parecía una gárgola de piedra, vigilando el escenario de su fracaso y su tortura.
Chigiri entró en silencio, dejando que la puerta se cerrara suavemente detrás de él. El aire de la noche era fresco, un alivio después del calor del entrenamiento. Se acercó y se apoyó en la barandilla a su lado, dejando un metro de distancia entre ellos.
Durante un largo minuto, ninguno de los dos dijo nada. El único sonido era el zumbido de los focos del estadio.
—Bonita vista —dijo Chigiri finalmente, su voz tranquila, despojada de su habitual sarcasmo.
Kunigami no se movió. No respondió.
—Puedes ver todo el campo desde aquí —continuó Chigiri—. El lugar donde te convertiste en un héroe. Y el lugar donde te mataron. Y ahora, el lugar donde te obligan a bailar con tu propio verdugo. Poético, ¿no crees?
—Lárgate, Chigiri.
La voz de Kunigami era un gruñido bajo, ahogado. Un sonido roto.
—No —replicó Chigiri con calma—. Ya te lo dije. Es demasiado tarde para eso. Estoy metido hasta el cuello.
Se giró para mirarlo de perfil. La luz de los focos esculpía su rostro, acentuando la dureza de su mandíbula y las sombras bajo sus ojos. Estaba temblando. Un temblor fino y violento que intentaba controlar apretando la barandilla con todas sus fuerzas.
—Él fue, ¿verdad? —preguntó Chigiri, su voz ahora apenas un susurro—. Ryusei Shidou. Él fue quien te eliminó. El que te envió a… ese lugar.
Kunigami soltó una risa seca, un sonido horrible que fue más un sollozo ahogado que una risa.
—¿Eliminarme? —dijo, la palabra goteando veneno—. Eso fue solo el principio. Eso fue un acto de piedad.
Chigiri esperó. Sabía que estaba en el borde de un precipicio. Un empujón equivocado y Kunigami se cerraría para siempre.
—No sabes lo que es la Wild Card —continuó Kunigami, su voz temblando—. Crees que es solo un entrenamiento más duro. No lo es. Es un matadero psicológico. Te encierran en la oscuridad, con los otros fracasos. Y te obligan a competir día y noche, sin descanso. No juegas por la gloria. Juegas para no ser el último. Juegas por un trozo de pan, por una hora de sueño. Juegas por tu puta supervivencia.
Su agarre en la barandilla era tan fuerte que Chigiri temió que la abollara.
—Y él estaba allí. No desde el principio. Llegó después, como una plaga. Con su risa, su filosofía… Su puto ego explosivo. Lo infectó todo. Para sobrevivir, no bastaba con ser fuerte. Tenías que ser como él. Tenías que ser un monstruo. Tenías que estar dispuesto a destruir a los demás sin piedad.
Se giró bruscamente para encarar a Chigiri, y por primera vez, el pelirrojo vio la devastación total en sus ojos. La máscara de frialdad se había hecho añicos, y debajo solo había un abismo de dolor.
—¿Entiendes lo que es eso, Chigiri? —le espetó, su voz subiendo de volumen, quebrándose por la emoción—. ¿Entiendes lo que es mirar a tu alrededor y ver cómo todos los que aún creen en algo, los que aún tienen un código, son devorados uno por uno? ¿Ver cómo tus propios ideales, los que te definían, se convierten en un ancla que te hunde en la mierda?
Dio un paso hacia Chigiri, su enorme figura proyectando una sombra sobre él.
—¡Me gritaba todos los días! ¡"Héroe falso"! ¡"Justicia de mierda"! ¡Me demostraba a cada segundo que mi camino era el del fracaso! Que para volver a ver la luz, tenía que abandonar todo lo que era. ¡Tenía que matar al héroe que había dentro de mí!
Golpeó la barandilla con el puño. El sonido metálico y sordo resonó en la noche.
—Y lo hice —susurró, la furia desvaneciéndose para dejar paso a una desesperación absoluta—. Lo hice. Tuve que pisotear mi propio sueño. Tuve que convertirme en una copia de la persona que más odiaba en el mundo solo para poder salir de ese puto agujero. Tuve que arrancarme el alma y reemplazarla con su egoísmo.
Se detuvo, jadeando, el pecho subiendo y bajando con violencia. La confesión quedó suspendida en el aire, cruda y sangrante.
Chigiri lo miró, y su corazón se encogió. El monstruo que tenía delante no era un monstruo en absoluto. Era un superviviente que se odiaba a sí mismo por haber sobrevivido. Era un Icaro al que no solo se le habían quemado las alas, sino que se las había arrancado él mismo para no volver a caer.
—Así que sí —dijo Kunigami, su voz ahora un murmullo roto, la mirada perdida en el campo vacío—. Verlo aquí, en este paraíso… Es como si el diablo que te torturó en el infierno te diera la bienvenida a las puertas del cielo, riéndose en tu cara porque sabe que llevas su marca para siempre. Sabe que ganaste convirtiéndote en él. Y esa es la peor derrota de todas.
Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla.
Kunigami pareció sorprendido por ella, como si no reconociera la sensación. Se la secó con un movimiento brusco, furioso. Pero fue inútil. Otra la siguió, y luego otra.
La presa se había roto.
El cuerpo de Kunigami se convulsionó con un sollozo ahogado que intentó reprimir con todas sus fuerzas. Se dio la vuelta bruscamente, dándole la espalda a Chigiri, apoyando la frente en la fría barandilla, como si intentara esconderse del mundo, de sí mismo. Los temblores que antes eran finos ahora eran espasmos que sacudían todo su cuerpo.
No eran lágrimas de tristeza. No eran lágrimas de autocompasión. Eran lágrimas de un dolor puro, antiguo, de un alma que había sido violada y que por fin se permitía gritar en silencio. Eran lágrimas humanas, las primeras lágrimas verdaderamente humanas que Chigiri le veía derramar desde su regreso.
El héroe no estaba encerrado. Estaba crucificado. Y Shidou había sido el que había clavado los clavos.
En ese momento, toda la arrogancia de Chigiri, toda su fachada de princesa, se desvaneció. No había lugar para provocaciones ni para análisis inteligentes. Solo había un chico roto que necesitaba desesperadamente un ancla.
Sin pensarlo dos veces, acortó la distancia entre ellos.
Kunigami debió de oír sus pasos, porque su espalda se tensó aún más, preparándose para un golpe, para una burla, para cualquier cosa menos para lo que Chigiri hizo a continuación.
Le abrazó por la espalda.
Pasó sus brazos alrededor del torso de Kunigami, entrelazando sus dedos sobre su abdomen. Apoyó la mejilla en la tela húmeda de su camiseta, entre sus omóplatos. Sintió la conmoción recorrer el cuerpo más grande, la forma en que se quedó absolutamente rígido, como si lo hubieran electrocutado.
—Suéltame —murmuró Kunigami, su voz ahogada.
—No —respondió Chigiri, su propia voz sorprendentemente firme, su aliento cálido contra la espalda del otro—. No lo haré.
Kunigami intentó zafarse, un movimiento débil, sin convicción. Chigiri simplemente se aferró con más fuerza. No era un abrazo romántico, no era posesivo. Era el abrazo de alguien que intenta mantener unidas las piezas de algo que se está desmoronando. Era un ancla.
—No tienes que… ser fuerte ahora —susurró Chigiri contra su espalda—. No conmigo. Suéltalo. Suéltalo todo, Rensuke.
El uso de su nombre de pila, de nuevo, fue la llave final.
El cuerpo de Kunigami se rindió. La tensión abandonó sus músculos en una oleada, y todo su peso pareció caer hacia delante, sostenido solo por la barandilla y por el abrazo de Chigiri. Un sollozo desgarrador se le escapó, un sonido animal de puro dolor que había mantenido encerrado durante meses. Y luego otro, y otro.
Se derrumbó.
Chigiri lo sostuvo, apretando más fuerte, absorbiendo los temblores de su cuerpo, sintiendo la humedad de las lágrimas de Kunigami filtrarse a través de su propia camiseta donde su rostro estaba presionado contra su hombro. No dijo nada más. No había palabras que pudieran arreglar esto. Solo podía estar allí. Solo podía ser el testigo silencioso de esa agonía, y ofrecer el simple, mudo consuelo de su presencia.
*«Este demonio…»*, pensó Chigiri, su mandíbula apretada con una furia fría y protectora, *«…le arrancó las alas a mi héroe. Lo rompió en pedazos y lo obligó a reconstruirse a su imagen y semejanza»*.
Sintió una oleada de odio hacia Shidou tan intensa que le sorprendió. Pero la apartó. Ahora no importaba. Lo único que importaba era el hombre que temblaba en sus brazos.
Se quedaron así durante un tiempo que pareció eterno. El héroe caído llorando en silencio en los brazos de la princesa arrogante, bajo la mirada impasible de las luces del estadio. El mundo se había reducido a ese pequeño espacio en la terraza, a ese abrazo desesperado.
Poco a poco, los sollozos de Kunigami amainaron, convirtiéndose en respiraciones temblorosas y agotadas. Su cuerpo seguía laxo, pesado, como si la confesión y las lágrimas le hubieran robado hasta la última gota de fuerza.
Lentamente, con una delicadeza que contradecía su habitual impaciencia, Chigiri aflojó su abrazo. No lo soltó del todo, sino que movió las manos para agarrar sus brazos, ayudándolo a enderezarse.
Kunigami se giró despacio. No lo miró a los ojos. Su rostro estaba rojo, hinchado, sus ojos oscurecidos por el dolor y la vergüenza. Las marcas de las lágrimas aún brillaban en sus mejillas. Era la imagen de la vulnerabilidad absoluta.
Chigiri levantó una mano, y esta vez Kunigami no se apartó. Con el pulgar, secó suavemente una lágrima rezagada de su mejilla.
—Gracias —murmuró Kunigami.
La palabra fue tan baja, tan ronca, que Chigiri casi no la oyó. Fue la admisión más grande que Kunigami podría haber hecho. No un agradecimiento por el consuelo, sino por haber visto su verdad y no haber huido.
—No tienes que darme las gracias por no ser un imbécil, idiota —respondió Chigiri, y una sombra de su antigua dinámica volvió, pero ahora teñida de una nueva ternura—. Aunque es un evento raro, lo admito.
Una diminuta, casi imperceptible curva tiró de la comisura de los labios de Kunigami. No fue una sonrisa. Fue el fantasma de una.
—No va a desaparecer —dijo Kunigami, su voz recuperando un poco de su aspereza, aunque ahora sonaba frágil—. El odio. Lo que me hizo ser. Mañana, en el campo, seguiré siendo… esto.
—Lo sé —dijo Chigiri, dejando caer su mano—. No espero que cambies en una noche. No te estoy pidiendo que vuelvas a ser el héroe cursi de antes. Ese chico probablemente no sobreviviría aquí.
Hizo una pausa, y su mirada rosada se encontró con la ámbar oscura de Kunigami, ahora clara y terriblemente expuesta.
—Pero ya no tienes que llevar la armadura cuando estés conmigo. Puedes dejarla en la puerta. Yo la vigilaré por ti.
Kunigami lo miró fijamente, y por primera vez desde su regreso, Chigiri vio algo más que dolor o vacío en sus ojos. Vio una pregunta. Vio una pizca de esperanza tan frágil que daba miedo. Vio al chico que había sido, mirando a través de las grietas de la bestia en la que se había convertido.
—¿Por qué? —preguntó Kunigami, la pregunta que había estado flotando entre ellos desde la noche en los baños—. ¿Por qué haces esto, Chigiri?
Chigiri se encogió de hombros, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de chándal y desviando la mirada hacia el campo con una estudiada indiferencia que no sentía en absoluto.
—Porque soy egoísta —dijo—. Y no me gusta ver cómo un demonio de tercera categoría como Shidou se apunta la victoria de haberte destruido por completo. Porque el Kunigami que yo conocí, el que me inspiró, era más fuerte que él. Y quiero que ese tipo vuelva. No por el fútbol. No por el equipo. Por mí.
La honestidad brutal de la respuesta pareció pillar a Kunigami con la guardia baja. Se quedó en silencio, procesando las palabras.
—Eres increíblemente arrogante, ¿lo sabías? —dijo finalmente, y por primera vez, había un rastro de genuina, aunque agotada, exasperación en su voz. Un eco del pasado.
Chigiri sonrió, esta vez de verdad. Una sonrisa afilada, de princesa.
—Por supuesto que lo sé. Ahora, ve a darte una ducha y a dormir. Pareces un muerto viviente. Mañana tenemos que aguantar a ese payaso otra vez, y te necesito con un mínimo de energía para no tener que cargar contigo todo el día.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la puerta.
—Chigiri.
Se detuvo, mirando por encima del hombro.
Kunigami seguía allí, junto a la barandilla. Su postura era menos derrotada, un poco más erguida. No sonreía, pero la desesperación absoluta había sido reemplazada por un cansancio profundo y una extraña calma.
—No se lo digas a nadie —dijo en voz baja.
—Tu secreto está a salvo conmigo, héroe caído —respondió Chigiri con un guiño—. Ahora descansa.
Salió de la terraza y cerró la puerta, dejando a Kunigami solo con sus pensamientos y el campo iluminado. Mientras caminaba por el pasillo silencioso, Chigiri se tocó la mejilla, la que había apoyado en la espalda de Kunigami. Aún podía sentir el fantasma de sus temblores.
No había arreglado nada, no realmente. La herida seguía ahí, profunda y purulenta. Shidou seguiría siendo un tormento. Pero esta noche, había logrado algo más importante que en los baños. No solo había abierto una grieta; había entrado. Había compartido el peso de la carga, aunque solo fuera por un momento.
Y en la fría y solitaria fortaleza que Rensuke Kunigami había construido a su alrededor, Hyoma Chigiri acababa de encender una luz. Una pequeña y desafiante luz rosada en medio de la más absoluta oscuridad. Y no pensaba dejar que se apagara.