Héroe Caído
Sabor a Ceniza y Esperanza
La mañana siguiente llegó con la misma crueldad con la que llega un despertador no deseado. El sol se filtraba por las ventanas del comedor de Blue Lock, pintando rayas de luz sobre las mesas de metal y el suelo pulido. El aire olía a café, a pan tostado y a la tensión no resuelta de doscientos egos compitiendo por el mismo sueño. Para Rensuke Kunigami, era el olor del campo de batalla al que debía regresar cada día, sin importar las heridas de la noche anterior.
Estaba sentado solo en una esquina, como siempre. Su plato contenía una montaña de proteínas calculadas con precisión: pechuga de pollo, arroz, brócoli. Comía con una eficiencia mecánica, metódica, cada bocado un paso más para mantener el motor de su cuerpo funcionando. Era la rutina que Noel Noa le había inculcado, la dieta de una máquina de marcar goles. Pero la comida sabía a cartón. Todo sabía a cartón últimamente.
Su cuerpo era un mapa de dolor sordo. No el dolor bueno del crecimiento muscular, sino el dolor fantasma de una noche de vulnerabilidad. La confesión en la terraza, el peso de las manos de Chigiri en su espalda, el colapso vergonzoso… cada recuerdo era una brasa caliente bajo su piel. Se había permitido ser débil. Se había permitido romperse frente a la única persona que, por alguna razón retorcida, se negaba a tratarlo como el monstruo en el que se había convertido.
Y ahora, la vergüenza era un sabor amargo que ni la comida más insípida podía enmascarar.
Mantuvo la mirada fija en su plato, construyendo un muro de indiferencia a su alrededor. Podía sentir las miradas. La de Isagi, cargada de una preocupación que ya no sabía cómo aceptar. La de Bachira, curiosa y errática. Y la de Shidou, que acababa de entrar al comedor como un huracán, una sonrisa de depredador en su rostro. Kunigami sintió un espasmo en el estómago y apretó el tenedor con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos como el mármol.
*«Noel Noa no siente. Noel Noa actúa. El físico lo es todo. La lógica es absoluta»*. Las palabras eran un mantra, un escudo. Pero el escudo estaba lleno de grietas.
Y luego estaba Chigiri.
No necesitaba levantar la vista para saber dónde estaba. Lo sentía. Era una nueva y alarmante conciencia que se había instalado en su sistema. Hyoma Chigiri estaba sentado a dos mesas de distancia, con Raichi y Gagamaru. Reía de algo que Gagamaru había dicho, una risa clara y melódica que cortaba el zumbido del comedor. Su cabello rosado era una llama brillante en la periferia de la visión de Kunigami.
Chigiri no lo miraba. O al menos, no lo hacía abiertamente. Pero Kunigami sentía su presencia como se siente el cambio de presión antes de una tormenta. Anoche, ese chico, esa "princesa" arrogante y frágil, lo había sostenido mientras se desmoronaba. Lo había visto en su punto más bajo, cubierto de lágrimas y autodesprecio, y no había huido. No se había burlado. Lo había abrazado.
La memoria del contacto, del calor de las manos de Chigiri rodeando su torso, de su mejilla apoyada en su espalda, era una quemadura diferente. No dolía. Confundía. Y eso era infinitamente peor.
Hyoma Chigiri, por su parte, fingía una normalidad que no sentía. Escuchaba a medias la discusión de Raichi sobre el "fútbol sexy" y asentía en los momentos adecuados, pero su radar interno estaba completamente sintonizado con la figura de Kunigami.
Lo veía. Veía la rigidez en sus hombros, la forma en que su mandíbula estaba tan apretada que debía dolerle. Veía al ex héroe tratando desesperadamente de volver a meterse en la armadura que él mismo le había ayudado a quitarse la noche anterior. Y le dolía. Pero también le daba una extraña sensación de propósito.
*«No es un monstruo»*, pensó Chigiri, tomando un sorbo de su zumo de naranja. *«Es solo un chico que tuvo que usar la piel de un monstruo para sobrevivir»*. Recordó al Kunigami de la primera selección. El que se sonrojaba cuando alguien le hacía un cumplido, el que hablaba de justicia con un fuego honesto en sus ojos. El chico cuyo sueño era tan puro que casi parecía ingenuo, cuya sonrisa, en los raros momentos en que se permitía una de verdad, parecía capaz de iluminar el día entero.
Ese chico no estaba muerto. Chigiri se negaba a creerlo. Anoche, entre lágrimas y confesiones rotas, lo había vislumbrado. Y no iba a perderlo de nuevo. No por el egoísmo de Kunigami, ni por el trauma de Shidou, ni por la filosofía despiadada de Blue Lock.
Sabía que no podía cambiar la nueva mentalidad futbolística de Kunigami. Ese camino lo había elegido él, forjado en el infierno de la Wild Card. Pero si Kunigami iba a ser una máquina en el campo, entonces alguien tenía que recordarle cómo ser humano fuera de él. Y Chigiri, con su característica arrogancia, había decidido que ese alguien sería él.
Le daría su apoyo emocional. Y si era necesario… físico.
La idea le cruzó la mente con una claridad sorprendente. No era solo un pensamiento altruista. Era un deseo. Un anhelo que había estado burbujeando bajo la superficie de su preocupación. La necesidad de darle a Kunigami un momento de paz, de tranquilidad, se mezclaba con su propio deseo de tomarla. De sentir, aunque fuera por un instante, que podía anclar a ese hombre a la realidad. A él. Y sí, parte de ese anhelo se centraba en la imagen de los labios de Kunigami, ahora perpetuamente apretados en una línea dura y seria. Ansiaba ver qué se sentía al fundir los suyos con ellos, si podría robar un poco de la tensión que lo consumía y reemplazarla con algo más.
Tal vez, esa pizca de tranquilidad era también lo que él necesitaba para sí mismo.
***
El día fue una prueba de resistencia. El entrenamiento bajo la supervisión de Ego Jinpachi fue brutal, diseñado para llevar al límite a la nueva selección Sub-20. Y en medio de todo, estaba Shidou, una bomba de relojería andante que parecía tener un placer especial en orbitar alrededor de Kunigami.
—¡Oye, copia! ¿Necesitas que te enseñe de nuevo cómo se patea un balón con sentimiento? —gritaba, después de marcar un gol acrobático.
Kunigami no respondía. Se convertía en una pared. Su rostro, una máscara de granito. Pero Chigiri veía las señales. La forma en que sus movimientos se volvían un poco más bruscos, la fuerza extra que ponía en cada disparo, una fuerza que a menudo sacrificaba la precisión. Estaba jugando con rabia, una rabia fría y controlada dirigida hacia dentro. Se estaba castigando por la debilidad de la noche anterior.
Al final del día, cuando el resto de los jugadores se arrastraban hacia las duchas, exhaustos, Kunigami se quedó. Ignoró las llamadas de Isagi y se dirigió directamente al gimnasio.
Chigiri lo observó irse, una decisión formándose en su mente. Dejó que los demás se adelantaran, tomó una ducha rápida y, en lugar de ir a su habitación, se desvió hacia el ala de entrenamiento.
El gimnasio estaba casi vacío y en penumbra, iluminado solo por unas pocas luces de servicio. El único sonido era el constante y rítmico golpeteo de una cinta de correr llevada a su máxima velocidad, y el sonido metálico y brutal de unos pesos siendo levantados y dejados caer.
Encontró a Kunigami en la zona de pesas. Sin camiseta, solo con sus pantalones de chándal, su cuerpo era una escultura de músculos tensos y sudorosos. Estaba haciendo press de banca, con una cantidad de peso que habría hecho sudar a un atleta profesional. Su rostro era una máscara de esfuerzo y agonía. Cada repetición era un gruñido ahogado, una batalla contra sí mismo.
Chigiri se apoyó en el marco de la puerta, cruzado de brazos, y observó en silencio. No estaba fortaleciendo su cuerpo. Lo estaba torturando. Estaba tratando de expulsar los fantasmas a través del agotamiento físico, esperando que si se esforzaba lo suficiente, podría borrar la sensación de las lágrimas en sus mejillas, el recuerdo de la voz rota de su propia confesión.
Diez repeticiones. Doce. Trece. Los músculos de Kunigami temblaban violentamente. Su respiración era un jadeo desesperado. Iba a lesionarse. O a colapsar.
Cuando Kunigami intentó una decimoquinta repetición imposible, Chigiri se movió.
Caminó con paso decidido, se colocó detrás de la banca y, justo cuando los brazos de Kunigami cedieron y la barra empezó a caer hacia su pecho, Chigiri la agarró con ambas manos, ayudándolo a colocarla de nuevo en el soporte. El estruendo metálico resonó en el silencio.
Kunigami se quedó tumbado en la banca, jadeando, con los ojos cerrados. El sudor le corría por la frente y el pecho.
—¿Qué coño haces? —gruñó, sin aliento.
—Salvarte de tu propia estupidez —replicó Chigiri, su voz tranquila pero firme—. ¿Cuál es el plan? ¿Romperte un brazo para tener una excusa para no enfrentarte a Shidou mañana?
Kunigami abrió los ojos. Eran pozos oscuros de agotamiento y furia. Se incorporó de golpe, sentándose en la banca, su proximidad repentina haciendo que Chigiri no retrocediera ni un centímetro.
—No es asunto tuyo. Lárgate.
—Me convertí en asunto tuyo anoche, cuando decidiste derrumbarte en mis brazos —dijo Chigiri, su voz bajando un tono, volviéndose más íntima—. No puedes darme esa parte de ti y luego esperar que me vaya cuando te da la gana.
Kunigami se puso de pie de un salto, dándole la espalda. Se pasó las manos por el pelo húmedo, un gesto de frustración absoluta.
—¡No te di nada! ¡Fue un error! ¡Una puta debilidad!
—No, no lo fue —insistió Chigiri, rodeándolo para poder mirarlo a la cara—. Fue lo más honesto que has hecho desde que volviste de la Wild Card. Por un momento, dejaste de ser la copia de Noel Noa y volviste a ser Rensuke Kunigami.
—¡Ese tío está muerto! —rugió Kunigami, girándose para encararlo. Su pecho subía y bajaba con violencia. Estaba demasiado cerca, el calor que emanaba de su cuerpo era un horno. El olor a sudor y a esfuerzo era abrumador—. ¡Lo maté para sobrevivir! ¡Esto es lo que queda! ¡Una máquina! ¡Y las máquinas no sienten! ¡No se rompen!
—¡Pues esta máquina está a punto de explotar! —replicó Chigiri, levantando la voz para igualar la suya—. ¡Mírate! Estás temblando. Estás agotado. Estás intentando huir de ti mismo corriendo en una cinta que no va a ninguna parte. ¡Eso no es fuerza, Rensuke, es autodestrucción!
—¡Tengo que ser más fuerte! ¡Más rápido! ¡Más lógico! ¡Tengo que ser perfecto! —la desesperación se filtraba a través de la ira en su voz.
—No —dijo Chigiri, y su voz se rompió, cargada de una emoción que no pudo contener—. No tienes que ser perfecto. Solo tienes que respirar.
Y entonces, acortó la distancia final entre ellos.
Levantó ambas manos y las posó en el pecho sudoroso y palpitante de Kunigami. El corazón del otro latía como un tambor de guerra bajo sus palmas. Kunigami se quedó paralizado, su arenga muriendo en sus labios. El contacto fue un cortocircuito en su sistema sobrecargado.
—Anoche… te ofrecí mi apoyo —susurró Chigiri, levantando la vista para encontrar los ojos desorbitados de Kunigami—. Y lo digo en serio. No puedo cambiar tu filosofía en el campo. No puedo borrar lo que te pasó. Pero puedo darte esto.
Su mirada se desvió por una fracción de segundo hacia los labios de Kunigami.
—Puedo darte un momento. Un solo momento de tranquilidad. Un lugar donde no tengas que ser una máquina. Donde no tengas que ser un héroe. Donde solo puedas… ser.
Kunigami lo miraba como si le estuviera hablando en un idioma alienígena. Su cerebro, programado para la lógica y el rendimiento, no podía procesar la entrada. ¿Tranquilidad? ¿Qué era eso? Era un concepto tan extraño como la derrota para Noel Noa.
—Soy egoísta, ¿sabes? —continuó Chigiri, su voz ahora un murmullo apenas audible—. Porque verte así, consumiéndote… no me gusta. Porque recuerdo al chico que sonreía, y quiero ver un atisbo de él de nuevo. No por el equipo. No por el fútbol. Por mí.
Y con esa confesión, se puso de puntillas.
El beso fue un roce, al principio. Tentativo. Suave. Los labios de Chigiri, más blandos de lo que Kunigami podría haber imaginado, apenas presionaron los suyos, que estaban entreabiertos por la sorpresa. Sabían a la bebida isotónica que Chigiri siempre tomaba, un sabor ligeramente dulce y cítrico.
Kunigami se quedó de piedra. Su cuerpo, una máquina de combate de casi noventa kilos, se congeló por completo. El universo entero se redujo a la sensación de los labios de Chigiri contra los suyos. Era una sensación que no encajaba en ninguna de sus ecuaciones. No era dolor. No era placer por la victoria. No era la amargura de la derrota. Era… otra cosa.
Chigiri interpretó su inmovilidad no como un rechazo, sino como lo que era: un shock absoluto. Y en lugar de retirarse, presionó un poco más. El beso dejó de ser una pregunta y se convirtió en una afirmación. Inclinó la cabeza, profundizando el contacto, sus labios moviéndose con una lentitud deliberada, una invitación silenciosa.
Y entonces, algo dentro de Kunigami se rompió. O quizás, se rindió.
Fue un movimiento casi imperceptible. Un ligero aflojamiento de la tensión en sus hombros. Un suspiro tembloroso que se escapó de su nariz. Y luego, sus labios, que habían estado rígidos y pasivos, respondieron. Fue torpe, inexperto, el beso de alguien que ha olvidado cómo se hace, o que quizás nunca lo supo realmente. Pero fue una respuesta.
Chigiri sintió la rendición y se aferró a ella. Sus manos se deslizaron desde el pecho de Kunigami hasta su cuello, sus dedos enredándose en el pelo húmedo de su nuca. Lo atrajo hacia abajo, cerrando la poca distancia que quedaba. El beso se volvió más profundo, más desesperado. Ya no era solo Chigiri dando tranquilidad; era ambos tomándola. Un intercambio mudo de dolor y consuelo.
Para Kunigami, fue un ancla en medio de la tormenta más violenta de su vida. El ruido en su cabeza —la voz de Ego, la risa de Shidou, sus propios gritos de desesperación en la Wild Card— se desvaneció por un instante, reemplazado por el latido de su propio corazón en sus oídos y el sabor de Chigiri en su boca. Era una sobrecarga sensorial de un tipo completamente nuevo, y por primera vez en meses, no tenía que ver con el fútbol.
Chigiri finalmente se apartó, no porque quisiera, sino porque ambos necesitaban aire. Se quedaron así, con las frentes apoyadas, jadeando, el espacio entre ellos cargado de una electricidad palpable. Los ojos de Chigiri estaban cerrados, pero los de Kunigami estaban abiertos, fijos en el rostro sonrojado del pelirrojo con una expresión de absoluto desconcierto.
—¿Qué… —la voz de Kunigami era un susurro ronco, irreconocible—. ¿Qué fue eso?
Chigiri abrió los ojos. Su mirada rosada era intensa, despojada de toda arrogancia.
—Tranquilidad —respondió, su voz igualmente baja—. O mi intento egoísta de conseguirla. Tómalo como quieras.
Se apartó lentamente, dejando un vacío frío donde antes había estado su calor. Dio un paso atrás, creando distancia, dándole a Kunigami el espacio que no sabía que necesitaba.
—No te voy a pedir que hables. No te voy a pedir que cambies —dijo Chigiri, su compostura regresando, la máscara de la princesa arrogante volviendo a asentarse, aunque ahora parecía más una herramienta que una defensa—. Pero cuando sientas que la máquina va a explotar, cuando el ruido sea demasiado fuerte… búscame. Te daré silencio.
Kunigami no dijo nada. No podía. Su mente era un caos de códigos rotos y variables inesperadas. Miró a Chigiri, al chico que parecía tan delicado y que sin embargo poseía una fuerza de voluntad que rivalizaba con la suya. El chico que lo había visto llorar y ahora lo había besado.
—Eres… —comenzó Kunigami, pero no encontró la palabra. ¿Un idiota? ¿Un problema? ¿Una salvación?
Chigiri esbozó una media sonrisa, una que no llegó del todo a sus ojos.
—Soy tu peor pesadilla, héroe caído. Ya te lo dije. La que no te va a dejar hundirte.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida del gimnasio, sus pasos ligeros y silenciosos. No miró hacia atrás.
—Descansa un poco, Rensuke —dijo por encima del hombro antes de desaparecer en la oscuridad del pasillo—. Mañana te necesitaré en el campo, no en la enfermería.
Y se fue.
Rensuke Kunigami se quedó solo en medio del gimnasio silencioso. El único sonido era el de su propia respiración irregular. Lentamente, como un autómata, levantó una mano temblorosa y se tocó los labios.
Aún estaban húmedos. Hormigueaban. Podía sentir el fantasma de la presión de los de Chigiri. Podía saborear el recuerdo, una mezcla extraña del dulzor de su bebida y la sal de su propio sudor.
Sabor a ceniza y esperanza.
La ceniza de su antiguo yo, el héroe que había quemado. Y la esperanza… la esperanza era una sensación nueva, aterradora y extrañamente cálida que acababa de ser plantada en su pecho por un beso.
No entendía. Su mente lógica, su programación, no tenían un archivo para esto. Pero por primera vez desde que había regresado del infierno, por un fugaz y vertiginoso momento, el ruido se había detenido. Y en ese silencio, una nueva pregunta había surgido, una que no tenía nada que ver con goles o supervivencia.
¿Qué significaba que el sabor de Hyoma Chigiri fuera lo único que, por un instante, le había hecho sentir humano de nuevo?