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Héroes Entre Mundos

El Despertar de los Soberanos y el Juicio del Monte Fuji

El rugido que emanó de las entrañas del Monte Fuji no fue un sonido físico, sino una vibración ontológica que sacudió los cimientos de la realidad en todo el archipiélago japonés. Los sismógrafos de la Agencia Meteorológica se volvieron locos, pero los sensores de maná de la Asociación de Cazadores de Corea, monitoreados desde la suite de Jinwoo, simplemente se saturaron hasta quedar en blanco.

—Ya está aquí —dijo Jinwoo Sung, de pie en el borde del balcón del hotel. Su capa de sombras ondeaba violentamente, aunque no soplaba ni una pizca de viento—. La arquitectura de este mundo es demasiado débil para contener lo que intenta cruzar.

Izuku se colocó a su lado, ajustando los brazales de obsidiana que Jong-in le había regalado esa misma mañana. El calor que emanaba de su cuerpo era tal que las gotas de lluvia que caían se evaporaban antes de tocar su piel.

—No es un portal común, ¿verdad, padre? —preguntó Izuku, entrecerrando los ojos hacia el horizonte, donde una columna de luz carmesí rasgaba la cima del volcán sagrado.

—Es una Grieta de Colisión —respondió Choi Jong-in, apareciendo tras ellos con una expresión inusualmente sombría—. No es una mazmorra que podamos limpiar y cerrar. Es un solapamiento de dimensiones. Si ese ser cruza por completo, las leyes de la física de Japón serán reemplazadas por las leyes del Reino del Caos.

Izuku apretó los puños. Sentía el llamado en su sangre: una mezcla de la autoridad absoluta de las sombras y el hambre voraz del fuego.

—Entonces no dejaremos que cruce —sentenció el joven—. Vamos.

***

En las faldas del Monte Fuji, el ejército japonés y los diez mejores héroes de la clasificación nacional habían establecido un perímetro de tres kilómetros. Helicópteros de noticias sobrevolaban la zona, transmitiendo en vivo lo que parecía ser el fin del mundo.

—¡Endeavor, los muros de hielo de Todoroki no resistirán la presión térmica! —gritó Hawks, sobrevolando las grietas que se abrían en la tierra, de las cuales brotaba un vapor corrosivo.

—¡Ya lo sé! —rugió el héroe número uno, lanzando ráfagas de fuego que parecían simples cerillas frente al resplandor carmesí de la cima—. ¡All Might, saca a los civiles de la zona de exclusión! ¡Esto va a estallar!

Toshinori Yagi, en su forma debilitada pero forzando sus límites, cargaba a dos niños bajo sus brazos mientras corría hacia las líneas de evacuación. A su lado, Izumi usaba el One For All al cien por ciento para desviar los escombros volcánicos que caían como meteoritos.

—¡Papá, mira el cielo! —gritó Izumi, señalando hacia arriba.

Tres estelas de energía —una púrpura, una roja y una verde esmeralda— cortaron las nubes a una velocidad que superaba la barrera del sonido. El impacto contra la ladera del volcán provocó una onda de choque que apagó instantáneamente los incendios forestales cercanos.

Izuku, Jinwoo y Jong-in aterrizaron en el epicentro del caos, justo frente a la grieta monumental.

—¡Ustedes otra vez! —exclamó Endeavor, aterrizando con pesadez—. ¡Esto es territorio japonés! ¡Retírense y dejen que los profesionales...!

Jinwoo ni siquiera lo miró. Simplemente extendió su mano derecha y una presión gravitacional aplastante obligó a Endeavor a hincar una rodilla en el suelo.

—Cállate, humano —dijo Jinwoo con una frialdad que heló la sangre del héroe de fuego—. Estás frente a una entidad que devora galaxias por diversión. Tus llamas no son más que un juego de niños aquí.

—Izuku —llamó Jong-in, ignorando a los héroes que se congregaban alrededor con asombro y miedo—, el sello está a punto de romperse. Necesito que satures el área con tu fuego sombrío. Crearemos una jaula de maná mientras tu padre invoca el territorio del Monarca.

—Entendido —respondió Izuku.

El joven cerró los ojos y respiró hondo. Visualizó la conexión entre sus dos padres adoptivos: la oscuridad infinita de Jinwoo y el incendio purificador de Jong-in. En el centro de ese nexo, estaba él.

—¡Surjan, llamas del abismo! —rugió Izuku.

De su cuerpo brotó un torrente de fuego negro con bordes carmesíes que se extendió por toda la cima del monte, formando un mandala gigante que brillaba con una luz maligna.

Desde la grieta, una mano gigantesca, recubierta de una armadura que parecía hecha de carne fosilizada, emergió y se aferró al borde de la realidad. La presión espiritual fue tan grande que varios héroes de menor rango se desmayaron en el acto. Bakugo, que acababa de llegar con el resto de la Clase 1-A, cayó de rodillas, vomitando por la náusea que provocaba la presencia del ser.

—Es... es demasiado grande... —susurró Izumi, viendo cómo una cabeza con cuernos retorcidos y seis ojos brillantes asomaba por la grieta—. Ni siquiera el One For All puede contra eso...

—Observen —dijo la voz de Izuku, amplificada por el maná—. Observen la diferencia entre jugar a ser héroes y ser el muro que contiene el fin de los tiempos.

Izuku se lanzó directamente hacia la cara del coloso. El Comandante de la Legión de Hierro, una de las calamidades de los mundos superiores, lanzó un rugido que desgarró el espacio, creando cuchillas invisibles de vacío.

—¡Escudo de Sombras! —gritó Izuku, invocando a diez mil soldados de sombra que formaron una muralla física frente a él, sacrificándose instantáneamente para absorber el impacto.

En el aire, Izuku desenvainó sus dagas. Sus movimientos eran un borrón de violencia estética. Cada tajo dejaba una herida de fuego que no se apagaba, consumiendo la esencia del monstruo.

—¡Padre, ahora! —gritó Izuku.

Jinwoo Sung alzó ambos brazos.

—Dominio del Monarca.

El mundo se volvió oscuro. Todo el Monte Fuji fue envuelto en una cúpula de sombras absolutas donde el tiempo parecía detenerse. En este espacio, Jinwoo era el dios absoluto.

—Igris, Beru, Bellion... —susurró Jinwoo—. Mátenlo.

Las tres sombras de grado Gran Mariscal aparecieron como centellas. Beru, con sus garras imbuidas en el poder de Izuku, atravesó uno de los ojos del coloso, mientras Igris cortaba los tendones de sus brazos con su espada colosal.

Abajo, los estudiantes de la U.A. y los héroes profesionales miraban la escena como si fuera una pintura de un apocalipsis antiguo. No podían intervenir. Sus Quirks eran inútiles en un entorno saturado de maná puro; intentar usar sus poderes era como intentar encender una cerilla en medio de un huracán.

—Es humillante —masculló Bakugo, apretando los dientes hasta que le sangraron las encías—. Estamos aquí... y no somos nada. Ese "Deku"... ese maldito nerd está luchando contra un dios.

Shoto Todoroki miraba fijamente a Choi Jong-in, quien estaba orquestando una tormenta de meteoros de fuego para evitar que otras criaturas menores cruzaran la grieta.

—No es solo poder, Bakugo —dijo Shoto con voz temblorosa—. Es propósito. Nosotros luchamos por puntos, por fama, por una licencia. Él lucha porque es lo único que mantiene este mundo unido.

En la cima, la batalla llegaba a su clímax. El Comandante de la Legión, desesperado, intentó autodestruirse para llevarse consigo toda la isla de Honshu. Su cuerpo comenzó a brillar con una luz blanca cegadora.

—No te lo permitiré —dijo Izuku, apareciendo frente al pecho del monstruo.

Colocó ambas manos sobre la armadura del coloso. Sus ojos brillaron con una intensidad que rivalizaba con el sol.

—*Devorador de Almas: Ignición Final* —pronunció con calma.

En lugar de una explosión hacia afuera, todo el fuego y la energía del monstruo fueron succionados hacia el interior de Izuku. El joven actuó como un pararrayos cósmico, absorbiendo la destrucción de un sistema solar entero en su propio cuerpo. Sus venas brillaron con un color dorado incandescente y su piel comenzó a agrietarse por la presión.

—¡Izuku! —gritó Jong-in, preocupado por primera vez—. ¡Es demasiado maná! ¡Tu cuerpo colapsará!

—¡No dejaré que este lugar arda! —rugió Izuku, forzando la energía hacia abajo, hacia la tierra, pero filtrándola a través de su propia red de sombras para purificarla—. ¡Yo soy el fin y el principio!

Con un grito que se escuchó hasta en los confines de la atmósfera, Izuku descargó toda la energía hacia la grieta. El impacto no solo desintegró al Comandante, sino que selló la fisura dimensional con una soldadura de fuego eterno que ningún monarca podría volver a abrir fácilmente.

El silencio volvió al Monte Fuji. La cúpula de sombras de Jinwoo se disipó, revelando un amanecer teñido de ceniza y gloria.

Izuku cayó desde el cielo, pero antes de tocar el suelo, Jinwoo lo atrapó en sus brazos. El joven estaba inconsciente, con el cuerpo cubierto de quemaduras que ya empezaban a sanar gracias a su regeneración acelerada.

All Might, Endeavor e Izumi se acercaron corriendo, pero se detuvieron a diez metros cuando Jinwoo los miró. No había odio en su mirada, solo una indiferencia absoluta que era mucho más dolorosa.

—Él ha salvado su mundo —dijo Jinwoo, su voz resonando en la ladera de la montaña—. Ha absorbido una calamidad que habría borrado su historia. Y lo ha hecho sin pedirles nada a cambio.

—Queremos ayudar —dijo All Might, con lágrimas corriendo por sus mejillas—. Por favor, déjennos llevarlo a un hospital, a nuestras instalaciones...

—¿Sus instalaciones? —intervino Choi Jong-in, caminando hacia ellos y ajustándose la corbata como si no acabara de pelear contra un ejército interdimensional—. Sus médicos no entenderían la fisiología de Izuku más de lo que un cavernícola entendería un reactor nuclear. Él viene con nosotros a Seúl. Allí están los mejores sanadores de rango S del mundo.

—¡Es mi hermano! —gritó Izumi, dando un paso adelante—. ¡Tengo derecho a estar con él!

Jinwoo bajó la mirada hacia la chica.

—El parentesco es una construcción de la carne. La lealtad es una construcción del alma. Tú elegiste tu bando hace años, Izumi Midoriya. Izuku eligió el suyo cuando nos llamó "padres" por primera vez.

Jinwoo se dio la vuelta, cargando a Izuku como un tesoro precioso.

—Escuchen bien, héroes de Japón —dijo Jinwoo antes de desvanecerse—. La era de los Quirks está llegando a su fin. Los portales seguirán abriéndose, y las amenazas serán cada vez más grandes. Si quieren sobrevivir, dejen de mirarse en el espejo y empiecen a mirar al abismo. Porque la próxima vez, puede que Izuku no esté aquí para salvarlos.

En un parpadeo de sombras, los tres hombres desaparecieron.

El Monte Fuji quedó en calma, pero el mundo que conocían los héroes había muerto ese día. La noticia de la "Batalla del Fuji" dio la vuelta al globo en minutos. Las imágenes de Izuku Sung-Choi, el joven que una vez fue el "Deku" sin don, luchando como una deidad, se convirtieron en el nuevo estándar de poder.

Días después, en la sede de la Asociación de Cazadores en Seúl, Izuku despertó en una cama de hospital de alta tecnología. A su lado, sentado en un sillón, estaba Jong-in leyendo unos informes, y Jinwoo observaba la ciudad desde la ventana.

—Has dormido por tres días —dijo Jong-in, sin levantar la vista del informe—. Tu absorción de maná fue exitosa. Has ascendido a un nuevo nivel de Rango Nacional. Los medios te llaman el "Soberano del Fuego Sombrío".

Izuku se incorporó lentamente, sintiendo una fuerza renovada, una conexión más profunda con el mundo.

—¿Y Japón? —preguntó con voz ronca.

—Están en shock —respondió Jinwoo, girándose—. La Comisión de Seguridad ha dimitido en bloque. La U.A. ha cerrado temporalmente para reevaluar su plan de estudios. All Might ha intentado contactarnos cuarenta y dos veces. Inko Midoriya envía cartas todos los días.

Izuku miró sus manos. Ya no temblaban. Ya no buscaban el calor de una madre que no estuvo o el reconocimiento de un padre que lo ignoró.

—Quema las cartas —dijo Izuku con calma—. Y diles a los de la U.A. que no hay nada que reevaluar. O se convierten en cazadores, o se convierten en víctimas.

Jong-in sonrió, una sonrisa afilada y satisfecha.

—Ese es mi hijo.

—Hay algo más —continuó Jinwoo, su expresión volviéndose seria—. Mientras estabas inconsciente, recibimos un mensaje de la Asociación de Cazadores de Estados Unidos. Un portal de rango especial ha aparecido en Nueva York. Pero no es una mazmorra. Es una invitación.

Izuku se bajó de la cama, sus pies tocando el suelo frío.

—¿Una invitación de quién?

—De los otros Monarcas —respondió Jinwoo—. Se han dado cuenta de tu existencia, Izuku. Saben que el heredero del fuego y las sombras es real. El juego ha dejado de ser local.

Izuku caminó hacia la ventana, mirando el horizonte de Seúl. Su pasado en Japón se sentía ahora como una vida ajena, un prólogo aburrido de una epopeya que apenas comenzaba.

—Que vengan —dijo Izuku, y sus ojos brillaron con un poder que hizo que las sombras de la habitación se arrodillaran—. Ya no soy el niño que esperaba a ser salvado. Soy el que decide quién vive y quién arde.

El destino de Izuku Midoriya estaba sellado. Ya no era un héroe, ni un estudiante, ni un hijo abandonado. Era el puente entre dos mundos, el Monarca que Japón no merecía, pero que el universo necesitaba. Y mientras las sombras se alargaban y el fuego interno crecía, Izuku supo que su verdadera batalla —la lucha por el trono de la realidad misma— acababa de empezar.