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Humano y híbrido

Lecciones de seda y sombras

La habitación de la posada en Falls Church parecía haber encogido. El aire, antes cargado con el aroma de la lluvia y la madera vieja, ahora vibraba con una electricidad estática que hacía que a Stiles le castañetearan los dientes, aunque no de frío. Klaus estaba de pie frente a él, habiendo cerrado la puerta con un clic definitivo que sellaba el resto del mundo fuera.

—Estás temblando, Stiles —observó Klaus. Su voz era un ronroneo bajo, una caricia auditiva que recorrió la columna vertebral del joven como una descarga eléctrica.

—Es... es el café. Demasiada cafeína. Ya sabes, metabolismo acelerado, cerebro a mil por hora —Stiles soltó una risa nerviosa, agitando las manos en el aire hasta que Klaus las atrapó entre las suyas.

—Mientes —dijo el híbrido, dando un paso que eliminó cualquier espacio personal—. Tu corazón late como el de un pájaro atrapado. ¿Tienes miedo de mí?

Stiles tragó saliva, mirando hacia arriba para encontrarse con esos ojos claros que parecían contener tormentas milenarias.

—No de ti —confesó en un susurro—. De esto. De no... de no saber qué hacer. Klaus, soy sarcástico, soy molesto y he sobrevivido a monstruos, pero no he hecho esto antes. Soy virgen. Completamente. Ni siquiera un "intento fallido en el asiento trasero de un coche" virgen.

Klaus se detuvo. Una suavidad inesperada, una ternura que rara vez mostraba a nadie que no fuera de su propia sangre, bañó sus facciones. Llevó una de las manos de Stiles a sus labios, besando los nudillos con una reverencia casi antigua.

—Eso es un regalo que no merezco, pero que atesoraré más de lo que imaginas —murmuró contra su piel—. No tienes que saber nada, amor. Yo te enseñaré. Seré tan paciente como los siglos que he vivido.

Cuando Klaus comenzó a desvestirlo, lo hizo con una lentitud agónica. Cada prenda que caía al suelo parecía un peso que Stiles se quitaba de encima. Cuando finalmente quedaron piel contra piel, la diferencia era abrumadora. Klaus era puro músculo endurecido por mil años de batallas, una estatua de mármol cálido. Stiles era delgado, pálido, cubierto de lunares que Klaus comenzó a contar con sus labios.

—Eres hermoso —susurró Klaus, bajando hacia el cuello de Stiles—. Tan frágil y, sin embargo, tan valiente.

Cuando llegaron a la cama, Stiles se sintió abrumado por la presencia física del Original. Klaus se posicionó sobre él, y cuando sus pies se entrelazaron, Stiles soltó un jadeo. Sin embargo, el verdadero choque llegó cuando Klaus se deshizo de su propia ropa interior. Stiles abrió mucho los ojos, su respiración deteniéndose por completo.

—Oh... Dios mío. Klaus... eso es... ¿es legal tener eso en este estado? —Stiles soltó una risa histérica, su mirada fija en el impresionante tamaño del hombre—. Creo que mi anatomía humana básica está teniendo un error de sistema ahora mismo.

Klaus soltó una carcajada oscura, divirtiéndose genuinamente con la honestidad brutal del chico.

—Te prometo que no te haré daño. Confía en mí.

—Confío en ti —dijo Stiles, y lo decía en serio—. Solo... avísame si necesito llamar a una ambulancia o a un exorcista.

Klaus se deslizó hacia abajo, ignorando el comentario, y comenzó a besar el abdomen de Stiles.

—Primero —dijo Klaus, mirando hacia arriba desde la entrepierna de Stiles—, vamos a asegurarnos de que estés tan relajado que no puedas recordar ni tu propio nombre.

Lo que siguió fue una lección de placer que Stiles jamás habría podido imaginar. Klaus fue increíblemente tierno, usando su lengua y sus dedos con una maestría que dejó a Stiles retorciéndose contra las sábanas. Cuando Klaus envolvió el miembro de Stiles con su boca, el joven sintió que su alma abandonaba su cuerpo.

—¡Klaus! ¡Oh, por todos los...! —Stiles arqueó la espalda, hundiendo los dedos en el cabello rubio del híbrido—. ¡Eso es... es ilegal! ¡No puedes hacer eso!

Klaus se detuvo un segundo, con una sonrisa traviesa y húmeda.

—¿Te gusta, amor?

—¡Me encanta! ¡Sigue, no te atrevas a parar o te lanzaré un hechizo que no conozco!

Stiles alcanzó su primer orgasmo en cuestión de minutos, un estallido de luz blanca que lo dejó temblando y sollozando de puro placer. Pero Klaus no había terminado. Con una paciencia infinita y usando aceites que parecían haber aparecido por arte de magia, comenzó a preparar el cuerpo de Stiles para él.

Cuando finalmente se unieron, Stiles sintió una plenitud que rozaba el dolor, pero que rápidamente se transformó en algo trascendental. Klaus se movía con una cadencia perfecta, llenándolo por completo, cada embestida arrancándole un gemido nuevo a Stiles.

—¡Más... Klaus, por favor! —suplicaba Stiles, con las piernas enredadas en la cintura del híbrido—. Es demasiado... es perfecto...

Esa noche, Stiles experimentó lo que era perderse en otra persona. Tuvo cinco orgasmos en total, cada uno más intenso que el anterior, hasta que sus músculos no fueron más que gelatina y su voz se quedó ronca de tanto gritar el nombre de Klaus. Al final, se quedó dormido en el pecho del Original, sintiendo el latido constante y poderoso de un corazón que, por primera vez en siglos, se sentía en paz.

***

El viaje hacia Nueva Orleans comenzó al amanecer. El Jeep de Stiles fue enviado por transporte privado —cortesía de la inmensa fortuna de Klaus—, mientras ellos dos se acomodaban en el SUV de lujo.

Stiles estaba en el asiento del copiloto, todavía un poco aturdido por los eventos de la noche anterior. Se sentía diferente, como si una parte de él hubiera despertado.

—¿Estás cómodo, amor? —preguntó Klaus, con una mano en el volante y la otra descansando casualmente sobre el muslo de Stiles.

—Estoy... procesando —respondió Stiles, aunque no pudo evitar sonreír—. Siento que he pasado de cero a cien en una sola noche. Y me duele un poco el... ya sabes. Pero en el buen sentido. Como un trofeo de guerra.

Klaus soltó una risita y, sin previo aviso, su mano subió por la entrepierna de los pantalones de chándal que Stiles llevaba puestos.

—¿Ah, sí? —Klaus comenzó a masajear el miembro de Stiles a través de la tela—. Es tan pequeño comparado con el mío, tan delicado. Me fascina cómo algo tan normal puede darme tanto placer.

—Oye, no es pequeño, es... promedio-alto —protestó Stiles, aunque su respiración ya empezaba a agitarse—. Y no puedes hacer esto mientras conduces, es un peligro vial.

—Soy un vampiro original, Stiles. Puedo conducir con los ojos cerrados si quisiera —Klaus metió la mano dentro de los pantalones, rodeando el miembro de Stiles con sus dedos fríos—. Pero tengo algo mejor para este largo camino.

Klaus se detuvo en un área de descanso desierta y sacó una pequeña caja de la guantera. Stiles la miró con sospecha.

—¿Qué es eso? ¿Una joya? ¿Un anillo de compromiso? Porque vamos un poco rápido, Klaus.

—Es un juguete, Stiles. Un vibrador anal con control remoto —Klaus le guiñó un ojo—. Quiero que lo lleves puesto mientras conduzco. Quiero ver cómo intentas mantener tu sarcasmo mientras yo controlo tu placer desde este botón.

Stiles se puso rojo como un tomate.

—Estás loco. Eres un pervertido milenario.

—Y tú vas a dejar que lo ponga —sentenció Klaus con una seguridad absoluta.

Y lo hizo. La sensación de tener el dispositivo dentro de él mientras el coche retomaba la marcha fue extraña al principio, pero cuando Klaus pulsó el botón por primera vez, Stiles casi salta del asiento.

—¡Klaus! —gritó, apretando los muslos.

—Shh... Disfruta del paisaje, amor.

La semana de viaje fue una neblina de sexo explícito y descubrimientos. Se detuvieron en moteles de carretera, en bosques apartados bajo la luz de la luna y en ciudades donde nadie los conocía. Klaus aprovechaba cada oportunidad para explorar el cuerpo de Stiles, llevándolo a niveles de éxtasis que el joven humano no creía posibles. Tuvieron sexo en el asiento trasero, contra el capó del coche y en duchas de hoteles de cinco estrellas. Stiles aprendió que, aunque Klaus era un monstruo para el mundo, con él era un amante devoto, aunque dominante.

Stiles también descubrió que le encantaba la diferencia de tamaño entre ellos. Se sentía protegido, reclamado. Cada vez que Klaus jugaba con su miembro, comparándolo con el suyo propio, Stiles se sentía extrañamente orgulloso de pertenecerle a alguien tan imponente.

Finalmente, después de siete días de puro hedonismo y conversaciones que profundizaron su conexión emocional, el perfil urbano de Nueva Orleans apareció en el horizonte.

—Bienvenidos a casa —dijo Klaus, mirando a Stiles con una intensidad que no había disminuido ni un ápice desde que se conocieron en la carretera.

Stiles miró la ciudad, el corazón latiéndole con fuerza. Sabía que lo que venía no sería fácil. Habría drama familiar, peligros sobrenaturales y probablemente mucha gente intentando matarlos. Pero mientras miraba a Klaus, el hombre que le había enseñado que el placer podía ser una forma de adoración, supo que no quería estar en ningún otro lugar.

—Bueno —dijo Stiles, ajustándose la ropa y tratando de calmar el leve zumbido que todavía sentía en su interior—, espero que tu familia tenga buen sentido del humor. Porque voy a necesitar mucho sarcasmo para sobrevivir a esto.

Klaus tomó su mano y la besó.

—Tienen suerte de tenerte, Stiles. Y si no lo entienden, siempre podemos volver a la carretera.

Stiles sonrió, apoyando la cabeza en el asiento. El viaje apenas comenzaba.