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Humano y híbrido

El precio de la corona y la miel del olvido

La luz de la mañana en Nueva Orleans solía ser vibrante, pero en la habitación de Klaus, las pesadas cortinas de terciopelo filtraban el sol hasta convertirlo en un resplandor ámbar y denso, casi como si el tiempo se hubiera detenido bajo el agua. Stiles estaba despertando, pero no lo hacía con la agitación nerviosa que había definido sus años en Beacon Hills. No había pesadillas sobre el Nogitsune, ni planes de contingencia para el próximo ataque de un alfa. Solo había una pesadez dulce y cálida que lo anclaba al colchón.

Klaus no estaba en la cama, pero el espacio que había ocupado aún irradiaba calor. Stiles se incorporó lentamente, sintiendo el roce de las sábanas de seda contra su piel desnuda. Su cuerpo era un mapa de la semana pasada: marcas de succión en las clavículas, sombras de dedos en sus muslos y ese dolor sordo y satisfactorio que le recordaba constantemente quién lo había reclamado.

Se puso una bata de seda negra que Klaus había dejado para él —demasiado larga, demasiado lujosa— y salió al balcón que daba al patio interior. Abajo, Klaus estaba sentado en una mesa de hierro forjado, dibujando en un cuaderno con una concentración feroz. Elijah estaba frente a él, leyendo un periódico con la elegancia de un busto romano.

Al sentir la presencia de Stiles, Klaus levantó la vista. La intensidad de su mirada fue como un golpe físico.

—Buenos días, amor —dijo Klaus, dejando el carboncillo—. Empezaba a pensar que tendrías que dormir hasta el próximo siglo para recuperarte de lo de anoche.

Stiles se apoyó en la barandilla, dejando que la bata se abriera un poco, consciente de los ojos de los dos hombres sobre él. Elijah asintió con cortesía, aunque había una sombra de preocupación en su semblante.

—Buenos días —respondió Stiles, su voz aún ronca—. ¿Se han ido ya? Los fantasmas del pasado, quiero decir.

Elijah cerró el periódico con un chasquido seco.

—El señor Hale y el joven McCall abandonaron la ciudad al amanecer —explicó Elijah—. Crucé unas palabras con ellos en el límite del pantano. No estaban contentos, pero comprendieron que Nueva Orleans no es un lugar que reciba bien a los intrusos, especialmente a aquellos que intentan llevarse lo que no les pertenece.

—¿Qué te dijeron? —preguntó Stiles, bajando las escaleras hacia el patio. Sus pies descalzos se sentían frescos contra la piedra.

—Intentaron apelar a mi sentido de la moral —Klaus soltó una carcajada oscura, levantándose para recibir a Stiles—. Como si eso existiera. Scott McCall cree que estás bajo un hechizo. Yo le dije que simplemente habías encontrado un hogar donde no eres el alivio cómico de nadie.

Klaus rodeó la cintura de Stiles y lo atrajo hacia sí, besando su frente con una ternura que contrastaba con la violencia de sus palabras. Stiles se dejó hacer, apoyando la cabeza en el hombro del híbrido.

—No estoy bajo un hechizo —murmuró Stiles, mirando a Elijah—. Pero a veces se siente como si el mundo de fuera hubiera dejado de existir. Como si Beacon Hills fuera una película que vi hace mucho tiempo y de la que apenas recuerdo la trama.

—Eso es porque finalmente estás donde debes estar —sentenció Klaus—. Pero hoy tenemos asuntos que atender. Marcel está organizando una fiesta en el Vieux Carré. Quiere "celebrar" la paz, lo que en su idioma significa que quiere ver si mi nuevo favorito es una debilidad o una fortaleza.

Stiles se separó un poco, sus ojos brillando con un rastro de su antigua chispa.

—¿Una fiesta? ¿Con vampiros que quieren arrancarme la garganta y brujas que probablemente quieran usar mis huesos para un caldo? Suena encantador. ¿Qué me pongo? ¿Un chaleco antibalas de diseñador?

Elijah sonrió levemente, ocultando su diversión tras una taza de café.

—Llevarás el nombre de los Mikaelson, Stiles —dijo Elijah—. En esta ciudad, eso es más protector que cualquier armadura.

***

La preparación para la fiesta fue un ritual de transformación. Klaus insistió en vestir a Stiles él mismo, rechazando la ayuda de los sastres que habían traído trajes a la mansión. Eligieron un traje de color azul noche, tan oscuro que parecía negro hasta que la luz lo golpeaba, con una camisa de seda blanca que destacaba la palidez de su piel.

—Estás nervioso —observó Klaus mientras le anudaba la corbata. Sus dedos se movían con una lentitud deliberada, rozando la garganta de Stiles con cada movimiento.

—No es nerviosismo —corrigió Stiles, aunque su corazón latía con fuerza—. Es... anticipación. En Beacon Hills, yo era el chico que corría detrás de los lobos. Aquí, voy a entrar del brazo del Rey. Es un cambio de perspectiva bastante radical.

Klaus terminó el nudo y colocó sus manos en las mejillas de Stiles, obligándolo a mirarlo.

—No vas a entrar del brazo del Rey, Stiles. Vas a entrar como mi igual ante los ojos de ellos, aunque en esta habitación sepas exactamente a quién obedeces —Klaus bajó la voz, su tono volviéndose peligrosamente seductor—. Si alguien te mira mal, si alguien te toca sin mi permiso, no quiero que busques mi ayuda. Quiero que les demuestres que el humano de los Mikaelson es más letal que cualquier inmortal.

Stiles sonrió de lado, esa sonrisa asimétrica y cargada de sarcasmo que Klaus tanto adoraba.

—¿Quieres que sea malo, Klaus? Puedo hacer eso. He pasado demasiado tiempo con Derek Hale; sé cómo poner cara de estreñimiento y decir cosas amenazantes.

Klaus rió, besando los labios de Stiles con fuerza antes de guiarlo hacia el coche.

La fiesta de Marcel era un despliegue de decadencia. El patio de la antigua farmacia estaba lleno de vampiros, música de jazz moderna y el olor metálico de la sangre mezclado con el perfume de las flores nocturnas. Cuando Klaus y Stiles entraron, el silencio se expandió como una onda en un estanque.

Marcel Gerard, vestido con su habitual carisma desenfadado, se acercó a ellos con una copa en la mano.

—Klaus. Elijah. Me alegra que hayan venido —Marcel desvió su mirada hacia Stiles, evaluándolo con una curiosidad descarada—. Y tú debes de ser la razón por la que Niklaus ha estado tan... distraído últimamente. El famoso Stiles Stilinski.

Stiles no bajó la mirada. Dio un paso adelante, extendiendo la mano con una confianza que sorprendió incluso a Klaus.

—Y tú debes de ser Marcel. El hijo que Klaus no pudo matar y el rey que no puede dejar de mirar por encima del hombro —Stiles sonrió con una dulzura venenosa—. He oído mucho sobre ti. Principalmente que tienes un gusto excelente para la decoración y un complejo de Edipo bastante serio.

Un murmullo recorrió el patio. Varios vampiros se tensaron, esperando que Marcel le arrancara la cabeza al humano por tal insolencia. Sin embargo, Marcel se quedó congelado por un segundo antes de soltar una carcajada genuina.

—Vaya, Klaus. Tenías razón. Tiene unos dientes muy afilados para ser un humano —Marcel estrechó la mano de Stiles, apretándola con fuerza—. Bienvenido a la boca del lobo, Stiles. Espero que sepas nadar, porque aquí las aguas son profundas.

—Oh, no te preocupes por mí, Marcel —respondió Stiles, sin retirar la mano—. He sobrevivido a cosas que harían que tus vampiros se escondieran bajo sus camas. Solo asegúrate de que el bourbon sea bueno.

Klaus observaba la interacción con un orgullo casi feroz. Se acercó a Stiles, rodeando su cuello con un brazo y dejando que sus dedos acariciaran la marca de propiedad que el cuello de la camisa apenas ocultaba.

—Él no solo sabe nadar, Marcel. Él es el dueño de la tormenta —dijo Klaus, su voz cargada de una advertencia silenciosa.

La noche avanzó entre conversaciones tensas y miradas cargadas de odio. Stiles se movía por el salón con una elegancia natural, usando su ingenio para desarmar a los enemigos de Klaus antes de que pudieran siquiera formular un insulto. Era brillante ver cómo los vampiros milenarios se quedaban sin palabras ante la lógica circular y el sarcasmo punzante de un chico de veinte años.

Sin embargo, a mitad de la noche, Stiles se alejó hacia uno de los balcones más apartados para buscar un poco de aire fresco. La humedad de Nueva Orleans empezaba a pesarle.

—Es un juego peligroso el que estás jugando, Stiles —una voz femenina y suave surgió de las sombras.

Era Hayley. La híbrida se acercó a él, vestida con un traje elegante pero con una mirada que delataba su naturaleza de loba.

—¿Qué juego? —preguntó Stiles, apoyándose en la barandilla—. Solo estoy asistiendo a una fiesta.

—Estás dejando que Klaus te consuma —dijo Hayley, poniéndose a su lado—. He visto a mucha gente entrar en el círculo de los Mikaelson. Algunos mueren, otros se vuelven monstruos. Pero tú... tú te estás desvaneciendo en él. ¿Dónde queda el chico de Beacon Hills? ¿El hijo del Sheriff?

Stiles guardó silencio por un momento, mirando las luces de la ciudad.

—Ese chico estaba cansado, Hayley —confesó finalmente—. Estaba cansado de ser el que siempre tenía que ser fuerte sin tener poder. Estaba cansado de que sus amigos lo vieran como el "eslabón débil" que había que proteger. Klaus no me protege porque me crea débil. Me protege porque cree que soy su tesoro. Y hay una diferencia enorme en eso.

—Él te posee, Stiles —insistió Hayley—. Te ha marcado como si fueras un objeto.

Stiles se desabrochó el primer botón de su camisa, mostrando la cicatriz en forma de línea sobre su corazón que Klaus había trazado con la daga.

—Él me dio su sangre, su protección y su verdad —dijo Stiles con una firmeza que hizo que Hayley retrocediera—. Si el precio de eso es pertenecerle, es un precio que pago con gusto. En Beacon Hills yo era un peón. Aquí, soy el corazón de la bestia. ¿Tú qué preferirías ser?

Hayley no tuvo respuesta. Antes de que pudiera decir algo más, Klaus apareció detrás de ellos, su presencia llenando el balcón como una sombra alargada.

—¿Hay algún problema aquí? —preguntó Klaus, su voz fría como el hielo.

—Ninguno —respondió Stiles, girándose hacia él con una sonrisa instantánea—. Solo estábamos discutiendo sobre la geografía de los pantanos.

Klaus miró a Hayley con desconfianza, pero luego se centró en Stiles. Lo tomó de la mano y lo atrajo hacia el interior.

—Es hora de irnos. Ya les hemos dado suficiente de qué hablar por una noche.

El regreso a la mansión fue rápido. En cuanto cruzaron el umbral de su habitación, la fachada de civilización de Klaus se desmoronó. Empujó a Stiles contra la puerta cerrada, besándolo con una desesperación que bordeaba la locura.

—¿Qué te ha dicho ella? —gruñó Klaus entre besos—. ¿Ha intentado convencerte de que huyas? ¿De que soy un monstruo?

—Ha intentado decirme quién soy —respondió Stiles, jadeando mientras las manos de Klaus buscaban desesperadamente su piel—. Pero se equivoca. Ella no entiende que ya no quiero ser ese Stiles. Solo quiero ser el tuyo.

Klaus soltó un rugido bajo y lo levantó, llevándolo hacia la cama. Esa noche, el sexo no fue una lección ni una demostración de poder, sino una comunión desesperada. Klaus lo tomó con una urgencia que hablaba de su miedo constante a perderlo, y Stiles respondió con una entrega total, dejando que Klaus lo marcara de nuevo, que lo llenara, que borrara cualquier rastro de duda.

—Dilo —suplicó Klaus, enterrando su rostro en el pecho de Stiles mientras ambos temblaban en el clímax—. Di que no te irás.

—No puedo irme, Klaus —susurró Stiles, acariciando el cabello del híbrido—. Me has arruinado para cualquier otra persona. Me has dado el mundo y me has hecho tu esclavo al mismo tiempo. ¿A dónde podría ir que fuera mejor que esto?

Klaus se relajó sobre él, su respiración calmándose poco a poco.

—Te daré todo, Stiles. Te daré la inmortalidad si la deseas. Te daré las cabezas de tus enemigos en bandejas de plata. Solo quédate así. Solo sé mío.

—Soy tuyo —repitió Stiles, sintiendo cómo el sueño lo reclamaba—. Por siempre y para siempre.

***

A la mañana siguiente, Stiles se despertó con una sensación de claridad absoluta. Salió de la cama y se dirigió al escritorio de Klaus. Tomó un papel y una pluma y comenzó a escribir.

"Papá, no me busques. Estoy donde siempre debí estar. He encontrado a alguien que me ve, que me valora y que me da el poder que el mundo siempre me negó. No soy una víctima. Soy una reina en un mundo de monstruos, y por primera vez en mi vida, no tengo miedo. Te quiero, pero Stiles Stilinski ha muerto. No intentes resucitarlo."

Dobló la carta y la dejó sobre la mesa. Sabía que Klaus la leería, y sabía que Klaus se encargaría de que llegara a su destino. Era el último vínculo con su antigua vida, el último hilo de seda que lo unía a la humanidad.

Caminó hacia el espejo y se miró. Sus ojos ya no eran los mismos. Había una sombra en ellos, una oscuridad que reflejaba la de Klaus. Se pasó la mano por el cuello, sintiendo las marcas de la noche anterior.

—¿Estás listo, amor? —Klaus estaba en la puerta, vestido con un traje impecable, listo para enfrentarse a las facciones de la ciudad.

Stiles se giró, sonriendo con una confianza que habría aterrorizado a Scott McCall.

—Estoy listo —dijo Stiles—. Vamos a enseñarles a estas brujas y vampiros quién manda realmente en Nueva Orleans.

Klaus le tendió la mano, y Stiles la tomó sin dudarlo. Al salir de la habitación, Stiles no miró atrás. El Jeep averiado en Virginia, el sarcasmo como defensa y el miedo a lo sobrenatural eran recuerdos de otra vida. Ahora, él era el compañero del Híbrido Original, el humano que había encontrado su trono en el corazón del caos.

Y mientras caminaban por los pasillos de la mansión, el eco de sus pasos resonaba como una promesa de destrucción para cualquiera que se atreviera a interponerse en su camino. Nueva Orleans tenía un nuevo Rey, y a su lado, un humano que había aprendido que el amor más verdadero es aquel que te consume por completo y te reconstruye a su imagen y semejanza.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Klaus? —preguntó Stiles mientras bajaban las escaleras.

—¿Qué, amor?

—Que ya no tengo que preocuparme por el sarcasmo. Ahora, si alguien no me gusta, simplemente puedo pedirte que lo mates. Es mucho más eficiente.

Klaus rió, un sonido rico y oscuro que llenó la mansión.

—Ese es mi chico.

La historia de Stiles Stilinski en Beacon Hills había terminado en una carretera solitaria, pero su leyenda en Nueva Orleans acababa de empezar. Y en las sombras del Barrio Francés, los lobos y los vampiros empezaron a susurrar sobre el humano que no temía a la oscuridad, porque se había convertido en su parte más brillante. El precio de la corona era el olvido de quién fue una vez, pero para Stiles, el sabor de la miel del poder y el amor de Klaus eran más que suficientes para compensar la pérdida.