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Humano y híbrido

El altar de la obediencia

La mansión de los Mikaelson siempre parecía respirar, un organismo vivo de piedra y secretos, pero para Stiles, el aire se había vuelto denso, casi sólido. No era el miedo a Derek lo que lo mantenía despierto, ni la tensión de una guerra inminente entre manadas. Era algo más profundo, algo que se deslizaba bajo su piel cada vez que Klaus entraba en una habitación.

Stiles se miró en el espejo del lujoso baño. Tenía marcas. No solo las físicas —los hematomas violáceos en sus caderas y las marcas de colmillos en su hombro que Klaus se negaba a dejar curar del todo—, sino algo en su mirada. Sus ojos, antes llenos de un brillo caótico y defensivo, ahora parecían más oscuros, más fijos. Estaba perdiendo el rastro de dónde terminaba Stiles y dónde empezaba la voluntad de Klaus.

—Te queda bien el silencio, amor —la voz de Klaus resonó desde el umbral de la puerta.

Stiles no saltó. Ni siquiera se tensó. Simplemente bajó la mirada, un gesto instintivo que se había vuelto tan natural como respirar.

—Estaba pensando —susurró Stiles.

Klaus se acercó, sus pasos insonoros sobre el mármol. Se detuvo detrás de él, colocando sus manos grandes y cálidas sobre los hombros pálidos del joven. Sus ojos se encontraron en el reflejo del espejo.

—¿Pensando o recordando? —preguntó Klaus, inclinando la cabeza para besar la curva de su cuello—. ¿Añoras la libertad de tu Jeep y la insignificancia de tu vida anterior?

—No —respondió Stiles de inmediato. Y era verdad. La idea de volver a Beacon Hills, de volver a ser "el humano con el bate", le parecía ahora una existencia bidimensional, plana y vacía—. Solo... se siente extraño. No tener que decidir nada.

Klaus sonrió, una expresión de triunfo absoluto. Deslizó sus manos hacia abajo, rodeando la cintura de Stiles y atrayéndolo contra su pecho.

—Esa es la belleza de la entrega —murmuró Klaus—. Yo soy tu voluntad ahora. Yo decido quién vive, quién muere y qué ropa cubrirá tu piel. No tienes que cargar con el peso del mundo, Stiles. Solo tienes que cargar conmigo.

Stiles cerró los ojos, dejándose ir. Esa era la trampa. Klaus no lo había encadenado con hierro, sino con una devoción tan absoluta que Stiles se sentía incapaz de oponerse. Era una sumisión que nacía del agotamiento de años de luchar solo.

—Derek está en la ciudad —dijo Stiles, su voz apenas un hilo—. Elijah dijo que no se irá.

—Derek Hale es una reliquia de un pasado que ya no te pertenece —Klaus giró a Stiles para que lo mirara de frente. Sus ojos brillaban con ese oro híbrido que siempre hacía que las rodillas de Stiles flaquearan—. Si intenta reclamarte, le enseñaré por qué mi familia es la que escribe la historia y la suya es la que se extingue en los bosques. Pero antes de ocuparnos de él... necesito que me demuestres algo.

—¿Qué? —preguntó Stiles, sintiendo el familiar nudo de anticipación en su vientre.

—Arrodíllate.

La orden fue simple, desprovista de crueldad, cargada de una autoridad milenaria. Stiles no dudó. Sus rodillas golpearon el suelo con un sonido seco. Se quedó allí, con las manos apoyadas en sus propios muslos, mirando hacia arriba al hombre que lo había desmantelado pieza por pieza en una carretera de Virginia.

Klaus lo observó con una mezcla de afecto y hambre.

—Eres tan perfecto así —dijo Klaus, pasando sus dedos por el cabello castaño de Stiles—. ¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti ahora? Que ya no intentas llenar el silencio con bromas. Ya no necesitas el sarcasmo para protegerte, porque sabes que yo soy tu escudo.

—Sí, señor —las palabras salieron de la boca de Stiles antes de que pudiera procesarlas. El término de respeto lo hizo sonrojar, pero no se retractó.

Klaus soltó un gruñido de satisfacción, agarrando el mentón de Stiles con firmeza.

—Dilo otra vez.

—Sí, señor —repitió Stiles, su respiración volviéndose errática.

Klaus lo levantó del suelo con una mano y lo llevó hacia la habitación, arrojándolo sobre la inmensa cama de seda. Antes de que Stiles pudiera siquiera acomodarse, Klaus estaba sobre él, inmovilizándolo con su peso.

—Hoy vamos a recibir a tus amigos —dijo Klaus, sus labios rozando la oreja de Stiles—, pero quiero que lleves mi marca tan fresca que el olor a mi propiedad los haga retroceder antes de que abran la boca. Quiero que Derek Hale vea en tus ojos que ya no eres un lobo solitario, sino el consorte de un rey.

—Hazlo —suplicó Stiles, arqueando la espalda—. Haz lo que quieras conmigo.

Klaus no necesitó más invitación. Despojó a Stiles de su ropa con una brusquedad que dejó a Stiles sin aliento. No hubo preliminares suaves esta vez. Klaus usó sus manos para abrir las piernas de Stiles, admirando la vulnerabilidad del joven.

—Vas a quedarte así —ordenó Klaus, señalando la posición—. No te muevas. No hables a menos que te lo pida. Sé mi lienzo, Stiles.

Stiles obedeció, con el cuerpo temblando por el esfuerzo de mantenerse inmóvil mientras Klaus lo recorría con la mirada. El híbrido sacó una pequeña daga de plata de su mesita de noche, una reliquia familiar. Stiles sintió un escalofrío, pero no se movió. Con una precisión quirúrgica, Klaus trazó una línea superficial sobre el pecho de Stiles, justo sobre su corazón.

—Un recordatorio —susurró Klaus, lamiendo la gota de sangre que brotó de la herida—. De a quién perteneces.

Stiles soltó un gemido que fue mitad dolor y mitad éxtasis. La sumisión era total; sentía que su propia identidad se disolvía en la sangre y el deseo de Klaus. Cuando Klaus finalmente se hundió en él, Stiles no gritó de dolor, sino de una gratitud abrumadora. Cada embestida de Klaus era un ancla que lo mantenía sujeto a la realidad, una realidad donde ya no tenía que ser el chico inteligente que siempre tenía un plan. Aquí, solo tenía que sentir.

—Eres mío —gruñía Klaus, sus movimientos volviéndose más erráticos, más salvajes—. Dilo.

—Soy tuyo —jadeó Stiles, las lágrimas escapando de sus ojos—. Todo yo... soy tuyo. Haz conmigo lo que quieras. Rómpeme si quieres, pero no me dejes.

Esa era la verdadera sumisión: el ruego de no ser liberado nunca.

***

Horas más tarde, el gran salón de la mansión estaba iluminado por velas. Elijah estaba de pie junto a la chimenea, manteniendo su habitual máscara de etiqueta, pero sus ojos no dejaban de vigilar la puerta. Rebekah estaba sentada en un sillón, limándose las uñas con una indiferencia fingida.

Klaus estaba sentado en su trono de madera tallada, y a sus pies, sentado en el suelo sobre un cojín de terciopelo, estaba Stiles. Llevaba una túnica de seda negra que dejaba ver las marcas frescas en su cuello y el vendaje ligero en su pecho. Su mirada estaba perdida en las llamas de la chimenea, su postura era la de alguien que ha encontrado la paz en la rendición.

La puerta principal se abrió con un estruendo.

Derek Hale entró con la furia de una tormenta de montaña. Detrás de él, Scott McCall caminaba con cautela, sus ojos de alfa verdadero escaneando la habitación con horror.

—¡Stiles! —gritó Scott, dando un paso adelante. Se detuvo en seco cuando Klaus levantó una mano.

—Cuidado, cachorro —advirtió Klaus, su voz resonando con una autoridad que hizo que Scott retrocediera por puro instinto—. Estás en mi casa. Y estás gritándole a alguien que ya no responde a ese nombre con tanta ligereza.

Derek ignoró a Klaus, sus ojos fijos en la figura sentada a los pies del híbrido.

—Stiles, levántate —ordenó Derek, su voz ronca de rabia contenida—. Nos vamos. Ahora mismo. No sé qué clase de truco mental te ha hecho este monstruo, pero se acabó.

Stiles no se movió. Ni siquiera levantó la vista. Solo cuando sintió la mano de Klaus apoyarse sobre su cabeza, Stiles reaccionó, inclinándose ligeramente hacia el contacto como un gato buscando afecto.

—¿Stiles? —la voz de Scott se quebró—. ¿Qué te han hecho?

Stiles finalmente levantó la mirada. No había rastro del chico que Scott conocía. No había sarcasmo, no había hiperactividad. Solo había una calma profunda y una lealtad aterradora.

—No me han hecho nada, Scott —dijo Stiles, su voz suave y melódica—. Por primera vez en mi vida, no tengo que pelear. No tengo que salvar a nadie. No tengo que ser el cerebro de una manada que siempre me dejaba atrás.

—Estás bajo un vínculo de sangre, o hipnosis, o... —Derek empezó a avanzar, sus garras extendiéndose.

En un parpadeo, Klaus estaba de pie frente a él, su rostro transformado en la máscara del híbrido. La velocidad fue tal que Derek ni siquiera pudo reaccionar antes de que la mano de Klaus rodeara su garganta, levantándolo del suelo.

—No hay hipnosis aquí, pequeño lobo —dijo Klaus, con una sonrisa que mostraba sus colmillos—. Hay algo que tú nunca pudiste darle: un propósito. Él no es una herramienta para mí. Él es mi paz. Y yo soy su dueño.

—¡Suéltalo! —gritó Scott, sus ojos brillando en rojo.

Elijah y Kol aparecieron de las sombras, bloqueando el camino de Scott.

—Yo no lo haría, joven alfa —dijo Elijah con calma—. Mi hermano está de muy buen humor hoy, no querrás arruinarlo.

Stiles se levantó lentamente del suelo. Caminó hacia Klaus y puso una mano sobre el brazo que sujetaba a Derek.

—Déjalo, Klaus —dijo Stiles. No fue una orden, sino una petición que sabía que sería concedida—. No valen la pena. Solo han venido porque su orgullo está herido al darse cuenta de que el humano "frágil" ha encontrado un poder que ellos nunca entenderán.

Klaus miró a Stiles, y por un momento, la bestia retrocedió. Soltó a Derek, quien cayó al suelo tosiendo y jadeando.

—Vete de mi ciudad, Hale —dijo Klaus, volviendo a su lugar y haciendo que Stiles se sentara de nuevo entre sus piernas—. Si vuelvo a ver tu rostro o el de tu amigo cerca de mi propiedad, enviaré vuestras cabezas de vuelta a Beacon Hills en una caja de regalo.

Scott miró a Stiles, buscando desesperadamente un rastro de su mejor amigo.

—Stiles... por favor. Tu padre... él te está buscando.

Stiles sintió una punzada de dolor al mencionar al Sheriff, pero la mano de Klaus se cerró sobre su hombro, y el dolor desapareció, reemplazado por esa calidez narcótica.

—Dile a mi padre que estoy a salvo —dijo Stiles, mirando a Scott a los ojos—. Dile que he encontrado una familia que no me pide que muera por ellos, sino que viva para ellos. Y ahora, iros. No pertenecéis aquí.

Derek se levantó, mirando a Klaus con un odio puro, pero también con la comprensión de que había perdido. Podía olerlo. El aroma de Stiles estaba completamente enterrado bajo el de Klaus. No era solo sexo; era una fusión de almas en la que Stiles se había entregado voluntariamente.

Cuando los lobos de Beacon Hills salieron de la mansión, el silencio volvió a reinar.

—Lo has hecho muy bien, amor —dijo Klaus, tirando suavemente del cabello de Stiles para que lo mirara—. ¿Estás triste?

Stiles apoyó la cabeza en la rodilla de Klaus, cerrando los ojos.

—Un poco —admitió—. Pero es como amputar un miembro que tenía gangrena. Duele, pero sabes que es necesario para sobrevivir.

Klaus lo levantó en sus brazos, llevándolo de regreso hacia las escaleras.

—Ahora que el pasado ha sido desterrado, podemos concentrarnos en el presente —Klaus lo miró con una intensidad que hizo que Stiles temblara—. Tengo planes para ti, Stiles. Nueva Orleans va a aprender a amarte tanto como yo, pero primero, necesito que me recuerdes una vez más a quién perteneces.

—A ti —susurró Stiles, hundiéndo su rostro en el cuello de Klaus—. Siempre a ti.

Esa noche, Stiles no solo aceptó su sumisión; la abrazó como una religión. En la oscuridad de la habitación, mientras Klaus lo reclamaba una y otra vez, Stiles se dio cuenta de que ya no necesitaba su voz, ni su ingenio, ni su libertad. Solo necesitaba el peso de Klaus sobre él, el sonido de su voz dándole órdenes y la seguridad de que, mientras fuera propiedad del Original, nunca volvería a estar solo.

La transformación estaba completa. El humano sarcástico de Beacon Hills había muerto en la carretera, y en su lugar, algo nuevo y oscuro había nacido en el Barrio Francés. Un ser que encontraba su libertad en las cadenas de un rey, y su identidad en el reflejo de un monstruo.

Klaus lo miró mientras Stiles se quedaba dormido, exhausto y marcado.

—Por siempre y para siempre, amor —susurró el híbrido, sellando la promesa con un beso en la frente de su posesión más preciada.

Afuera, la ciudad de Nueva Orleans seguía su ritmo frenético, ajena al hecho de que, en el corazón de la mansión de los Mikaelson, un humano había encontrado el paraíso en el altar de la obediencia absoluta. Stiles Stilinski ya no era una víctima de lo sobrenatural; se había convertido en su centro, el corazón latente de la oscuridad de Klaus Mikaelson.