Volver al resumen

Hxh

El precio de la rendición

El aire en la habitación de Killua se volvió denso, cargado de una electricidad que no provenía de su Nen, sino de una tensión sexual acumulada durante años de convivencia forzada. Gon, que siempre había parecido la personificación de la pureza y la sencillez, ahora se cernía sobre él con una mirada que Killua solo había visto en los depredadores más letales de su familia. Era una mezcla de devoción absoluta y un deseo primitivo que amenazaba con devorarlo.

—¿Estás seguro de esto, Killua? —preguntó Gon, su voz descendiendo a una octava más profunda que hizo vibrar los huesos del peliblanco—. Si cruzamos esta línea, no habrá vuelta atrás. No seré solo tu amigo, y no podré detenerme aunque me lo pidas con uno de tus berrinches.

Killua soltó una risa entrecortada, enredando sus dedos en el cabello rebelde de Gon para atraerlo más hacia sí.

—Cállate y hazlo de una vez —susurró, con los ojos brillando de una forma desafiante—. He esperado demasiado para que ahora te pongas sentimental. Te quiero dentro de mí, Gon. Ahora.

Gon no necesitó más invitación. Sus manos, grandes y callosas por el entrenamiento constante, se deslizaron bajo la camiseta de seda de Killua, subiéndola con una urgencia que hizo que la tela se rasgara ligeramente. Killua jadeó cuando el aire frío de la habitación golpeó su piel, solo para ser reemplazado de inmediato por el calor abrasador de las palmas de Gon.

El contacto fue eléctrico. Gon bajó la cabeza, marcando el cuello de Killua con besos húmedos y mordiscos posesivos. Cada vez que sus dientes rozaban la delicada piel del heredero Zoldyck, Killua soltaba un gemido agudo que llenaba el silencio de la estancia.

—Eres tan suave... —murmuró Gon contra su clavícula—. Siempre me pregunté si sabrías tan bien como hueles.

Con un movimiento fluido, Gon se deshizo de su propia camiseta, revelando un torso esculpido por el esfuerzo y la disciplina. Killua no pudo evitar pasar sus manos por los pectorales de Gon, maravillado por la solidez de su cuerpo. Era irónico; él era el asesino entrenado, el arma perfecta, pero en ese momento, bajo el peso de Gon, se sentía deliciosamente vulnerable.

Gon bajó los pantalones de Killua junto con su ropa interior de un solo tirón, dejando su desnudez expuesta a la luz tenue de las lámparas de pared. Killua se sintió repentinamente expuesto, cerrando las piernas por instinto, pero Gon se interpuso entre sus muslos, abriéndolos con firmeza.

—No te escondas de mí —ordenó Gon, y la autoridad en su voz hizo que Killua se estremeciera de placer—. Me pediste esto. Mírame mientras te tomo.

Gon se deshizo del resto de su ropa con una impaciencia que delataba cuánto control estaba perdiendo. Cuando su erección, plena y palpitante, quedó a la vista, Killua sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era imponente, una promesa de dolor y placer que lo hizo humedecerse solo con la anticipación.

Gon buscó en el cajón de la mesita de noche —donde Killua, en un arrebato de previsión, había escondido un lubricante semanas atrás— y vertió una cantidad generosa en sus dedos.

—Va a estar un poco frío —advirtió Gon, aunque su mirada era cualquier cosa menos fría.

Killua soltó un grito ahogado cuando sintió el primer dedo de Gon presionando contra su entrada. Estaba tenso, sus músculos reaccionando a la invasión.

—Relájate, Killua —susurró Gon, besando sus labios con ternura para distraerlo—. Respira por mí.

Poco a poco, Gon fue introduciendo un segundo y luego un tercer dedo, estirando las paredes internas de Killua con una paciencia tortuosa. Killua arqueaba la espalda, sus manos apretando las sábanas con tanta fuerza que el tejido comenzó a ceder. El placer empezaba a nublar su juicio, convirtiendo el dolor inicial en un calor sordo que exigía más.

—Más... Gon, por favor, ya basta de dedos —suplicó Killua, con los ojos empañados por las lágrimas de excitación—. Te quiero a ti.

Gon se posicionó, la punta de su miembro rozando la entrada de Killua. Se detuvo un segundo, buscando los ojos azules del chico bajo él.

—No hay marcha atrás —repitió Gon, casi como un mantra.

—¡Entra de una maldita vez! —gritó Killua, tirando de los hombros de Gon hacia abajo.

Gon empujó con fuerza, hundiéndose en Killua de un solo movimiento decidido. El grito de Killua fue amortiguado por el cuello de Gon, donde enterró el rostro mientras sentía que su cuerpo se partía en dos. Era una plenitud abrumadora, una invasión total que reclamaba cada centímetro de su ser.

—Mierda... Killua... —gruñó Gon, quedándose inmóvil mientras sus músculos se tensaban al ser rodeados por el calor apretado de su amigo—. Estás tan estrecho... me vas a volver loco.

Killua sollozó, tratando de asimilar el tamaño de Gon dentro de él. Poco a poco, el dolor se transformó en una pulsación rítmica que pedía movimiento. Empezó a mover sus caderas hacia arriba, incitando a Gon a empezar.

—Muévete... —jadeó Killua—. Gon... por favor...

Gon comenzó a retirarse lentamente para luego volver a empujar, estableciendo un ritmo lento y profundo que hacía que Killua viera estrellas. Con cada estocada, Gon golpeaba un punto profundo que enviaba descargas eléctricas directamente a la entrepierna de Killua.

—¡Ahí! ¡Justo ahí! —exclamó Killua, su voz rompiéndose—. ¡No pares, Gon!

La bestia que Gon había mantenido bajo control durante años finalmente se desató. El ritmo se volvió frenético, violento, el sonido de sus cuerpos chocando resonando en la habitación lujosa. Gon no tenía piedad; cada embestida era una declaración de propiedad, un recordatorio de que, aunque Killua lo hubiera "comprado", ahora era Gon quien dictaba las reglas.

—¡Dime de quién eres! —exigió Gon, agarrando los muslos de Killua y levantándolos para penetrarlo aún más profundamente—. ¡Dilo!

—¡Tuyo! —chilló Killua, con la cabeza echada hacia atrás, su cabello plateado esparcido como un halo sobre las sábanas—. ¡Soy tuyo, Gon! ¡Hazme lo que quieras!

Gon gruñó, un sonido animal que vibró en el pecho de Killua. Sus embestidas se volvieron erráticas y poderosas, golpeando el clímax de Killua una y otra vez. El placer era tan intenso que Killua sintió que su mente se desconectaba de la realidad. Solo existía el peso de Gon, el calor de su piel y la forma en que lo llenaba por completo.

Killua se vino sin siquiera tocarse, su esencia manchando sus propios abdómenes mientras un espasmo violento recorría sus músculos. Gon, al sentir la contracción interna de Killua, perdió el último vestigio de control. Con un último empujón devastador que llegó hasta el fondo del cuello uterino de Killua, Gon se liberó, llenándolo con su calor.

Ambos quedaron colapsados uno sobre el otro, respirando con dificultad, el sudor mezclándose en el aire frío de la montaña. El silencio que siguió no fue incómodo; era el silencio de la victoria, de un deseo que finalmente había encontrado su destino.

Gon se retiró lentamente, un gemido de pérdida escapando de los labios de Killua ante el vacío repentino. Se acostó al lado de Killua, envolviéndolo en sus brazos y pegándolo a su pecho sudoroso.

—¿Sigue siendo un capricho? —preguntó Gon en voz baja, besando la coronilla de Killua.

Killua, aún temblando por las secuelas del orgasmo, se acurrucó más contra él, escondiendo su rostro en el pecho de su amigo... no, de su amante.

—No —susurró Killua, cerrando los ojos con una sonrisa de pura satisfacción—. Esto es lo único real que he tenido en mi vida.

—Me alegra —dijo Gon, su voz volviendo a ser cálida, aunque con una nueva nota de posesividad—. Porque no pienso dejar que nadie más te toque así. Eres mío, Killua Zoldyck. Y esta vez, no hubo negociación que valiera.

Killua se quedó dormido con esa promesa grabada en el alma, sabiendo que, por primera vez, el heredero que lo tenía todo finalmente había encontrado algo que no podía comprarse con dinero, sino que se ganaba con la entrega total de su corazón.