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Hxh

El único dueño de la fiera

La mansión de la familia Zoldyck era, por definición, un lugar donde el orden se mantenía a través del miedo o del dinero. Sin embargo, en esta línea temporal, el orden dependía exclusivamente del humor de Killua. A sus dieciséis años, el joven heredero no solo era el asesino más talentoso que la estirpe hubiera visto en generaciones, sino también el más volátil. Su palabra era ley, y su temperamento, un campo de minas.

Los sirvientes caminaban de puntillas por los pasillos de mármol. Sabían que si el joven amo Killua no encontraba sus dulces favoritos o si el entrenamiento matutino no era de su agrado, las paredes de la Montaña Kukuroo vibrarían con sus gritos y berrinches, capaces de agotar incluso la paciencia de piedra de Silva. Pero había una regla no escrita que todos en la casa, desde el mayordomo jefe Gotoh hasta la propia Kikyo, respetaban: si Killua estaba fuera de control, solo había una solución. Llamar a Gon.

Esa tarde, el caos se había desatado en el ala este.

—¡He dicho que no quiero que nadie más entre en esta habitación! —El grito de Killua resonó, seguido del estrépito de un jarrón de la dinastía Ming haciéndose añicos contra la puerta cerrada—. ¡Llévense esa comida! ¡No voy a comer nada si no es lo que pedí exactamente!

Afuera, Canary y otros tres subordinados intercambiaron miradas de angustia. Killua estaba en medio de una de sus crisis de posesividad. Desde que él y Gon habían cruzado la línea de la amistad meses atrás, el instinto territorial de Killua se había disparado a niveles alarmantes. No soportaba que Gon pasara más de una hora entrenando con su hermano mayor, Illumi, ni que se detuviera a charlar amistosamente con el personal.

—Joven amo —intentó Canary con voz temblorosa—, Gon-sama está simplemente terminando sus ejercicios de respiración en el jardín. Volverá en un momento.

—¡Me importa un bledo! —rugió Killua desde adentro—. ¡Dijo que estaría aquí hace diez minutos! ¡Si no aparece ahora mismo, voy a destruir cada mueble de esta mansión!

En ese momento, el sonido rítmico de unos pasos seguros y tranquilos se escuchó por el pasillo. Los guardias suspiraron al unísono al ver la figura de Gon Freecss. El chico vestía su ropa de entrenamiento, ligeramente sudada, y traía esa expresión de calma imperturbable que solo él poseía.

—¿Otra vez, Killua? —preguntó Gon con una sonrisa suave, asintiendo hacia los guardias para que se retiraran.

—Gon-sama, por favor —susurró Canary—, está muy alterado. No ha dejado que nadie se acerque.

Gon puso una mano en el hombro de la chica y le guiñó un ojo.

—No te preocupes, Canary. Yo me encargo. Vayan a descansar.

Gon esperó a que el pasillo estuviera despejado antes de girar el pomo de la puerta. Estaba cerrada por dentro con el cerrojo electrónico, pero Gon simplemente golpeó suavemente con los nudillos, siguiendo un patrón rítmico que solo ellos dos conocían.

—Killua, abre. Soy yo.

—¡Vete al cuerno, Gon! —se escuchó desde el interior, aunque el tono ya no era de furia, sino de un reproche infantil—. ¡Llegas tarde! ¡Seguro te quedaste hablando con el idiota de mi hermano o con alguna de las criadas!

Gon suspiró, pero no se movió.

—Si no abres en tres segundos, me iré a la cocina a comer con los demás y no volveré hasta la noche —dijo Gon con una firmeza que nadie más se atrevería a usar con el heredero Zoldyck.

El silencio fue absoluto durante dos segundos. Al tercero, el clic electrónico de la cerradura resonó y la puerta se abrió de golpe. Killua estaba allí, con el cabello plateado revuelto y las mejillas encendidas. Sus ojos azules, usualmente fríos como el hielo, estaban nublados por una mezcla de deseo, rabia y una vulnerabilidad que solo mostraba ante Gon.

—No te atreverías —masculló Killua, aunque retrocedió para dejarlo pasar.

Gon entró en la habitación, esquivando los restos del jarrón roto y observando el desorden. Killua había tirado las sábanas de seda al suelo y varios libros de la estantería estaban desparramados. Gon cerró la puerta tras de sí y se cruzó de brazos, mirando fijamente a su amante.

—Mira este desastre, Killua. Pareces un niño de cinco años otra vez.

—¡Soy un Zoldyck! ¡Puedo romper lo que quiera! —exclamó Killua, acercándose a Gon y agarrándolo por la pechera de su camisa—. Y tú eres mío. Te pedí hace diez años y mi padre pagó por ti. No tienes derecho a hacerme esperar.

Gon no se inmutó por la agresividad. En lugar de eso, rodeó la cintura de Killua con sus brazos y lo atrajo hacia su cuerpo, obligándolo a soltar su camisa.

—Nadie pagó por mí, Killua —dijo Gon en un susurro cálido, pegando su frente a la del peliblanco—. Estoy aquí porque quiero estarlo. Pero si sigues comportándote como un mocoso malcriado con todos, voy a empezar a pensar que necesitas un castigo en lugar de mimos.

Killua se tensó, el rubor extendiéndose por su cuello. La forma en que Gon le hablaba, esa mezcla de autoridad y cariño, era la única cosa en el mundo capaz de domar su espíritu salvaje.

—Me dejaste solo demasiado tiempo —se quejó Killua, aunque su voz ya no tenía fuerza. Hundió el rostro en el hombro de Gon, aspirando el aroma a bosque y esfuerzo que tanto lo obsesionaba—. Siento que si no te tengo a la vista, alguien va a intentar quitárteme. Eres demasiado amable con todos, Gon. Me da asco cómo les sonríes.

Gon soltó una carcajada suave y comenzó a acariciar la nuca de Killua, justo donde el cabello era más suave.

—Nadie puede quitarme de tu lado, tonto. Pero tienes que dejar de asustar a los sirvientes. Canary estaba a punto de llorar. Ahora, vas a ayudarme a recoger este desastre.

Killua se separó de golpe, mirándolo con incredulidad.

—¿Qué? ¡Yo no limpio! ¡Para eso están los mayordomos!

—He dicho que vas a ayudarme —repitió Gon, y sus ojos ámbar brillaron con una intensidad que no admitía réplicas—. Si quieres que me quede aquí toda la tarde contigo, la habitación tiene que estar en orden. Es mi condición. ¿O prefieres que me vaya?

Killua apretó los dientes. En cualquier otra circunstancia, habría pateado una pared y gritado hasta que sus padres intervinieran. Pero bajo la mirada de Gon, se sentía extrañamente pequeño, y lo peor de todo es que le encantaba esa sensación. Le encantaba que Gon fuera el único capaz de ponerle una correa invisible.

—Eres un tirano —gruñó Killua, pero se agachó para empezar a recoger los libros.

Gon sonrió con triunfo y se unió a él. Trabajaron en silencio durante unos minutos. Killua lo hacía con desgana, lanzando miradas furtivas a los músculos de la espalda de Gon mientras este se movía. La posesividad de Killua no era solo por capricho; era un hambre física que parecía crecer cada día. Quería marcar a Gon de tal manera que el mundo entero supiera a quién pertenecía.

Cuando terminaron de ordenar lo básico, Gon se sentó en la enorme cama y palmeó el lugar a su lado. Killua no tardó ni un segundo en lanzarse sobre él, rodeándolo con sus piernas y ocultando su rostro en su cuello.

—Gon... —murmuró Killua, su voz cargada de una necesidad que ya no era de niño—. No te vayas más tarde. Quédate a dormir conmigo. Mañana también. No vayas a entrenar con Illumi.

—Tengo que entrenar, Killua. Tu hermano es fuerte y me ayuda a mejorar —respondió Gon, aunque sus manos ya estaban acariciando la espalda de Killua bajo su camisa—. Además, si paso todo el día encerrado aquí contigo, Silva-san empezará a sospechar que me estás distrayendo de mis deberes.

—¡Mi padre no dirá nada! —Killua levantó la cabeza, sus ojos encendidos—. Él sabe que si yo soy feliz, la mansión está en paz. Y tú me haces feliz. Así que quédate. Es una orden.

Gon lo miró durante un largo momento, luego, con un movimiento rápido, invirtió las posiciones, dejando a Killua atrapado bajo su cuerpo contra el colchón.

—¿Una orden? —preguntó Gon, su voz volviéndose peligrosa—. ¿Crees que puedes ordenarme cosas solo porque me trajeron aquí cuando teníamos seis años?

Killua tragó saliva, sintiendo el calor de la entrepierna de Gon presionando contra la suya. El desafío en la mirada de Gon lo excitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Soy un Zoldyck... —intentó decir, pero su voz falló cuando Gon le mordió suavemente el lóbulo de la oreja.

—Aquí, en esta cama, no eres un Zoldyck —le susurró Gon al oído—. Eres solo Killua. Mi Killua. Y si quieres que me quede, tienes que pedírmelo por favor, sin berrinches y sin órdenes.

Killua forcejeó un poco, su orgullo luchando contra su deseo. Pero la mano de Gon bajó con firmeza hacia su cadera, apretando con una posesividad que rivalizaba con la suya propia. Killua soltó un jadeo, su cuerpo rindiéndose instantáneamente.

—Por favor... —susurró Killua, cerrando los ojos con fuerza—. Por favor, Gon... quédate conmigo. No me dejes solo.

Gon sonrió, una expresión llena de ternura y dominio. Se inclinó y besó a Killua con una pasión que cortó el aliento del peliblanco. Era un beso que sabía a pertenencia, a años de juegos compartidos y a una lujuria que apenas estaban empezando a explorar en toda su magnitud.

—Así está mejor —dijo Gon al separarse apenas unos milímetros—. Me quedaré. Pero mañana, cuando yo diga que es hora de ir a entrenar, te quedarás tranquilo y me esperarás como un buen chico. ¿Entendido?

Killua asintió frenéticamente, sus manos buscando desesperadamente la piel de Gon.

—Sí, lo que quieras. Solo... tócame ya. Me estoy volviendo loco.

Gon no se hizo de rogar. Sus manos bajaron para deshacerse de los pantalones de Killua, mientras este gemía ante el contacto directo. La dinámica entre ellos era extraña para cualquier observador externo: el niño consentido que gobernaba una mansión de asesinos con sus caprichos, se convertía en la criatura más dócil y necesitada bajo el toque del chico que una vez fue su "juguete".

Killua se arqueó cuando los dedos de Gon comenzaron a prepararlo, sus ojos fijos en el rostro bronceado de su amante. Cada movimiento de Gon era deliberado, diseñado para llevar a Killua al borde de la locura.

—Eres tan impaciente —comentó Gon con una sonrisa juguetona, observando cómo Killua temblaba bajo él—. Pero supongo que eso es lo que pasa cuando siempre te dan lo que pides en el momento.

—¡No es por eso! —protestó Killua, aunque su voz se quebró cuando Gon introdujo un segundo dedo—. Es porque eres tú. Solo tú me haces sentir que voy a estallar si no te tengo dentro.

Gon se detuvo un momento, su expresión volviéndose seria.

—¿Sabes, Killua? A veces me pregunto qué habría pasado si no me hubieras pedido aquel día en el parque. Si no hubieras llorado y pataleado para que me trajeran aquí.

Killua estiró los brazos y rodeó el cuello de Gon, atrayéndolo para un beso rápido.

—Habría ido a buscarte tarde o temprano —aseguró Killua con una convicción absoluta—. No importa en qué mundo o en qué vida, te habría encontrado y te habría hecho mío. Estás marcado por mí desde el momento en que me sonreíste en esos columpios.

Gon sintió un escalofrío recorrer su columna. La intensidad de Killua era aterradora, pero también era lo que lo mantenía anclado a él. En el mundo de los Zoldyck, donde todo era muerte y frialdad, el fuego obsesivo de Killua era lo más real que Gon conocía.

—Entonces —dijo Gon, posicionándose entre las piernas abiertas de Killua—, deja que te demuestre a quién pertenezco realmente.

El empuje fue profundo y certero, sacando un grito de puro placer de la garganta de Killua. No había delicadeza en el acto, sino una urgencia cruda. Gon se movía con una fuerza rítmica, reclamando cada rincón de Killua, mientras este se aferraba a su espalda, dejando marcas de uñas en su piel.

—¡Gon! ¡Más... más fuerte! —suplicaba Killua, sus caderas moviéndose en busca de más profundidad.

Gon lo complació, aumentando la velocidad hasta que el sonido de sus cuerpos chocando y los jadeos pesados llenaron la habitación. Killua sentía que se desintegraba. Cada estocada de Gon borraba su identidad como heredero, como asesino, como el niño mimado de la montaña. En ese momento, solo era un cuerpo que vibraba bajo el mando de Gon Freecss.

—Mírame, Killua —ordenó Gon, agarrando su barbilla para que sus ojos se encontraran—. No cierres los ojos. Quiero que veas quién te está haciendo esto.

Killua obedeció, sus pupilas dilatadas por el éxtasis. Ver a Gon así, con el rostro endurecido por la pasión y el sudor brillando en su frente, era la imagen más hermosa que podía concebir. Era su posesión más preciada, pero también su dueño absoluto.

El clímax llegó como una explosión de luz blanca. Killua gritó el nombre de Gon mientras su cuerpo se tensaba en un espasmo interminable. Segundos después, Gon lo siguió, hundiéndose una última vez con un gruñido profundo antes de derramarse dentro de él.

El silencio volvió a la habitación, solo roto por sus respiraciones entrecortadas. Gon se dejó caer sobre Killua, ocultando su rostro en el hueco de su cuello. Killua lo abrazó con una fuerza posesiva, como si temiera que se desvaneciera si soltaba el agarre.

—Te odio —susurró Killua después de un rato, aunque sus dedos acariciaban con ternura el cabello de Gon—. Me tienes completamente a tus pies. Mi padre se avergonzaría si me viera así.

Gon soltó una risita ahogada contra su piel.

—Silva-san es un hombre inteligente, Killua. Él sabe que la única forma de controlar a una fiera como tú es dándole algo que desee más que su propia libertad.

Killua no respondió, porque sabía que era verdad. Había pasado toda su infancia exigiendo cosas materiales, juguetes, dulces y parques. Pero al final, el capricho más caro que los Zoldyck habían pagado resultó ser el único que realmente tenía el poder de dominar al heredero de la familia.

—Mañana —dijo Killua, su voz volviéndose somnolienta mientras el cansancio lo vencía—, no te vayas temprano. Te daré lo que quieras... pero quédate un poco más.

Gon se incorporó lo suficiente para besar la frente de Killua y cubrir a ambos con las sábanas de seda que antes habían estado en el suelo.

—Solo si te portas bien mañana en el desayuno —sentenció Gon con una sonrisa—. Duerme, Killua. No voy a ir a ningún lado.

Mientras el joven Zoldyck se sumía en un sueño profundo, protegido por los brazos del único ser humano al que permitía mandarlo, en los pasillos de la mansión reinaba la paz. Los mayordomos suspiraron aliviados. El amo Killua estaba tranquilo, y mientras Gon estuviera a su lado, la montaña Kukuroo seguiría en pie un día más. Porque aunque Killua creyera que Gon era su capricho, todos sabían que Gon era, en realidad, su única y necesaria ley.