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El hambre del cazador y la impaciencia del heredero
La mansión de la familia Zoldyck era, para cualquier extraño, un mausoleo de piedra y silencio donde la muerte se gestaba en cada rincón. Pero para Killua, aquel lugar se había convertido en un tablero de juegos personal donde las reglas las dictaba él y el premio siempre era el mismo: la atención absoluta de Gon. Sin embargo, tras haber cruzado la frontera de la intimidad, Killua había descubierto un nuevo tipo de poder, uno que no requería de garras afiladas ni de electricidad, sino de una simple mirada, un roce accidental o una palabra susurrada al oído.
Lo que Killua no terminaba de calcular era la sensibilidad de los instintos de Gon. El chico de Isla Ballena, criado en la selva y entrenado en las artes del rastreo, poseía una naturaleza primitiva que reaccionaba a Killua con la misma intensidad con la que un depredador detecta a su pareja. Para frustración y deleite secreto del peliblanco, Gon parecía estar en un estado de alerta constante, y su cuerpo respondía a la menor provocación de Killua con una urgencia que a veces resultaba difícil de ocultar.
Todo comenzó una mañana en la biblioteca privada de Silva. El lugar era vasto, con estanterías que llegaban hasta el techo y un silencio sepulcral que solo se rompía por el pasar de las páginas. Killua estaba sentado en una de las escaleras de madera, buscando un mapa antiguo, mientras Gon permanecía en el suelo, rodeado de libros sobre botánica.
—Oye, Gon, no alcanzo ese tomo de arriba —dijo Killua, balanceando sus piernas con una despreocupación estudiada. Su camiseta de seda se había deslizado un poco, dejando al descubierto la línea de su clavícula y un hombro pálido.
Gon se levantó y subió los peldaños de la escalera hasta quedar justo detrás de Killua. Al estirarse para alcanzar el libro, su pecho rozó la espalda del peliblanco. Killua, lejos de apartarse, se inclinó hacia atrás, apoyando la nuca en el hombro de Gon y mirándolo de reojo con una sonrisa felina.
—Gracias, Gon. Eres muy útil —susurró, dejando que su aliento rozara la mejilla del moreno.
Gon se quedó congelado con el libro en la mano. Killua sintió, contra su propio muslo, cómo la respiración de Gon se volvía pesada y cómo algo sólido y ardiente comenzaba a presionar contra su cadera a través de la tela de los pantalones de entrenamiento.
—Killua... —la voz de Gon salió más ronca de lo habitual—, baja de la escalera. Ahora.
—¿Por qué? —preguntó Killua, fingiendo una inocencia que no tenía—. ¿Acaso te molesta que esté aquí?
—Sabes perfectamente lo que me pasa —gruñó Gon, dejando el libro en el peldaño y rodeando la cintura de Killua con una mano posesiva—. Si no quieres que te tome aquí mismo sobre estos mapas polvorientos, será mejor que dejes de jugar.
Killua soltó una risita triunfal, sintiendo el poder vibrar en sus venas. Le encantaba saber que podía desarmar al "gran cazador" con un simple gesto. Pero ese fue solo el inicio de una serie de incidentes que pusieron a prueba el legendario autocontrol de Gon.
Dos días después, durante una de las tediosas cenas familiares, el ambiente era tenso. Kikyo hablaba sin parar sobre la etiqueta que Killua debía mantener en su próxima misión, mientras Silva observaba a su heredero con una mezcla de orgullo y escrutinio. Gon, invitado a la mesa como siempre, intentaba concentrarse en su filete, pero Killua tenía otros planes.
Bajo la mesa, Killua se despojó de uno de sus zapatos y comenzó a deslizar su pie por la pantorrilla de Gon. Subió lentamente, acariciando la rodilla y luego el muslo interno con la punta de los dedos de los pies.
Gon se atragantó con un sorbo de agua, tosiendo violentamente.
—¿Te encuentras bien, Gon-kun? —preguntó Kikyo, sus ojos electrónicos brillando con curiosidad.
—Sí, señora Kikyo —respondió Gon, con el rostro volviéndose de un color rojo intenso—. Solo... el agua estaba muy fría.
Killua no se detuvo. Su pie continuó su ascenso hasta que sintió la dureza evidente entre las piernas de Gon. Presionó suavemente, trazando círculos, mientras mantenía una expresión de aburrimiento total, pinchando un trozo de brócoli como si fuera la cosa más interesante del mundo.
—Padre, creo que Gon necesita aire —dijo Killua con voz casual—. Ha estado entrenando mucho y parece... congestionado.
Silva miró a Gon, quien estaba apretando los cubiertos con tanta fuerza que el metal empezaba a doblarse.
—Puedes retirarte, Gon —dijo Silva con una nota de sospecha en su voz—. Killua, acompáñalo. No quiero que se desmaye en los pasillos.
Apenas cruzaron el umbral del comedor y la pesada puerta de roble se cerró tras ellos, Gon agarró a Killua del brazo y lo empujó contra la pared del pasillo, en una zona de sombras donde los retratos de los ancestros Zoldyck no podían verlos.
—Eres un demonio, Killua —jadeó Gon, pegando su frente a la del peliblanco. Su erección era tan evidente que Killua podía sentir el calor irradiando a través de sus ropas—. Casi haces que me levante de la mesa con esto a la vista de tus padres. ¿Tienes idea de lo difícil que es controlarse frente a Silva-san?
—Oh, ¿entonces lo sentiste? —Killua sonrió, pasando sus brazos por el cuello de Gon—. Pensé que estabas demasiado concentrado en la etiqueta de mi madre.
—Voy a cobrarme esto —advirtió Gon, su mano bajando para apretar el trasero de Killua con una fuerza que hizo que el peliblanco soltara un suave "oh"—. Pero ahora no podemos. Tenemos que ir al dojo para la práctica nocturna.
—Entonces aguántate —se burló Killua, dándole un beso rápido antes de salir corriendo por el pasillo, riendo como el niño travieso que, en el fondo, seguía siendo.
Sin embargo, el juego alcanzó su punto máximo durante una tarde de lluvia en el invernadero de la mansión. El lugar estaba lleno de plantas exóticas, algunas de ellas carnívoras y venenosas, que creaban una atmósfera de humedad y fragancia embriagadora. Se suponía que debían estar meditando bajo la supervisión de un instructor, pero el hombre se había retirado unos momentos para buscar unos pergaminos.
Killua estaba sentado en posición de loto frente a Gon. El calor del invernadero había hecho que ambos sudaran. Killua se quitó la camisa, dejando que las gotas de sudor resbalaran por su pecho y se perdieran en la cintura de sus pantalones.
—Hace demasiado calor aquí, ¿no crees? —dijo Killua, estirando sus brazos sobre su cabeza, arqueando la espalda de tal manera que sus pectorales se tensaron—. Siento que me falta el aire.
Gon intentaba mantener los ojos cerrados, pero la imagen mental de Killua era demasiado poderosa. Abrió un ojo y luego el otro, encontrándose con la visión del peliblanco lamiéndose un poco de sudor del labio superior.
—Killua, detente —ordenó Gon, su voz era casi un gruñido animal.
—¿Detener qué? Solo me estoy refrescando —dijo Killua, inclinándose hacia adelante hasta que sus rostros quedaron a centímetros. Sus pezones rozaron accidentalmente —o no— el pecho de Gon.
Fue el fin. Gon soltó un gruñido de frustración y derribó a Killua sobre el suelo de tierra fértil y musgo. El contraste entre la piel blanca de Killua y el verde vibrante de las plantas era una imagen que Gon grabaría en su mente para siempre.
—No me importa quién venga —dijo Gon, sus manos desabrochando los pantalones de Killua con una urgencia que no admitía réplicas—. Me has estado provocando todo el día, Killua. En la biblioteca, en la cena, y ahora aquí. No soy de piedra.
—Ya me di cuenta —susurró Killua, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de Gon, sintiendo la presión de la erección de su amigo, que ahora era una necesidad compartida—. Me gusta cuando pierdes el control por mi culpa. Me hace sentir que... que realmente soy el único que puede volver loco al gran Gon Freecss.
Gon no respondió con palabras. Se deshizo de sus propias ropas y se posicionó entre las piernas de Killua. El ambiente húmedo del invernadero, el sonido de la lluvia golpeando el cristal del techo y el aroma de las flores crearon un escenario casi irreal.
—Eres el único, Killua —dijo Gon, penetrándolo con un empuje lento y profundo que hizo que Killua echara la cabeza hacia atrás, hundiendo sus dedos en la tierra húmeda—. Siempre has sido el único.
El encuentro fue salvaje, marcado por la urgencia de los deseos reprimidos durante el día. Cada vez que Killua intentaba burlarse o decir algo ingenioso, Gon lo silenciaba con un beso profundo o un cambio de ritmo que le quitaba el aliento. En ese rincón escondido de la mansión, Killua aprendió que jugar con fuego era divertido, pero que quemarse con Gon era la experiencia más gratificante de su vida.
Cuando finalmente terminaron, ambos yacían sobre el musgo, jadeando y cubiertos de una mezcla de sudor y tierra. Killua se acurrucó contra el costado de Gon, sintiéndose extrañamente satisfecho.
—Supongo que esto significa que ya no estás enfadado por lo de la cena —murmuró Killua, trazando patrones sin sentido en el abdomen de Gon.
—Nunca estuve enfadado —respondió Gon, besando la coronilla de Killua—. Solo... desesperado. No tienes idea de lo que me haces, Killua. A veces siento que mi cuerpo reacciona antes de que mi mente pueda procesar lo que estás haciendo.
—Es un buen instinto —declaró Killua con suficiencia—. Significa que me perteneces por completo.
—Lo hago —admitió Gon sin dudarlo—. Pero la próxima vez que intentes algo bajo la mesa mientras Silva-san está presente, te juro que te llevaré a rastras a la habitación sin dar explicaciones.
Killua soltó una carcajada, sintiéndose el ser más afortunado del mundo. Había crecido obteniendo todo lo que quería mediante berrinches y dinero, pero lo que tenía con Gon era algo que no se podía comprar. Era un vínculo forjado en la provocación, el deseo y una lealtad que iba más allá de lo físico.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Killua, levantando la vista hacia los ojos ámbar de Gon.
—¿Qué?
—Que todavía nos queda la tarde libre. Y creo que hay un rincón en el ala oeste que aún no hemos explorado.
Gon suspiró, pero una sonrisa predadora volvió a aparecer en su rostro mientras ayudaba a Killua a levantarse.
—Parece que mi entrenamiento de resistencia nunca termina cuando estoy contigo.
—Es el precio de ser mi capricho favorito —respondió Killua, guiñándole un ojo mientras caminaban de regreso a la mansión, dejando atrás el invernadero y el eco de un deseo que, lejos de apagarse, ardía con más fuerza con cada minuto que pasaban juntos.
En la Montaña Kukuroo, el heredero Zoldyck seguía siendo el amo de su destino, pero ahora compartía ese trono con un cazador que no necesitaba armas para dominarlo, solo la intensidad de un amor que se manifestaba en cada reacción involuntaria de su cuerpo y en cada mirada cargada de una promesa eterna de pertenencia. Y Killua, por primera vez en su vida, no tenía intención de pedir nada más. Ya lo tenía todo.