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Hxh

El ritmo de la posesión

La mansión de la familia Zoldyck, erigida sobre la cumbre de la Montaña Kukuroo, era un monumento a la frialdad y al control. Sin embargo, en el ala privada del heredero, el aire vibraba con una frecuencia que nada tenía que ver con el asesinato o la disciplina marcial. Killua Zoldyck, el sol caprichoso de aquella casa, yacía sobre su cama de sábanas de seda negra, observando a Gon con una mirada que habría hecho temblar a cualquier enemigo, pero que para el chico de Isla Ballena era una invitación abierta al caos.

Habían pasado meses desde que la línea entre la amistad y el deseo se había borrado definitivamente. Lo que comenzó como un berrinche infantil de un Killua de seis años que se negaba a soltar a su nuevo "juguete", se había transformado en una simbiosis carnal y emocional que desafiaba las leyes de la lógica Zoldyck. Killua ya no pedía dulces ni parques; pedía a Gon. Y lo pedía con una urgencia que solo se calmaba entre gemidos y el roce de la piel sudorosa.

—¿En qué piensas, Killua? —preguntó Gon, que acababa de entrar en la habitación tras una sesión de entrenamiento con Silva.

El cuerpo de Gon había madurado de una forma casi insultante. Sus hombros eran anchos, su pecho sólido como la roca de la montaña y sus manos, siempre cálidas, estaban llenas de pequeñas cicatrices que Killua conocía de memoria.

—Pienso en que tardaste demasiado —respondió Killua, sentándose en el borde del colchón con una elegancia felina—. Mi padre te retiene demasiado tiempo. Debería recordarle que te trajo aquí para complacerme a mí, no para ser su saco de boxeo personal.

Gon soltó una carcajada vibrante, acercándose al peliblanco. Se detuvo entre las piernas abiertas de Killua, permitiendo que el asesino enredara sus brazos alrededor de su cintura.

—Sabes que Silva-san solo quiere asegurarse de que soy lo suficientemente fuerte para protegerte —dijo Gon, acariciando el cabello plateado de Killua—. Aunque ambos sabemos que tú no necesitas protección.

—No —susurró Killua, tirando de la camiseta de Gon hacia arriba—. Pero necesito otras cosas.

Killua no esperó una respuesta. Con la impaciencia que lo caracterizaba desde la infancia, empujó a Gon hacia la cama. Pero esta vez, no se quedó debajo esperando ser reclamado. En un movimiento fluido que demostraba su agilidad natural, Killua se posicionó sobre Gon, quedando a horcajadas sobre sus muslos.

—Hoy no quiero que me manejes tú —declaró Killua, con un brillo desafiante en sus ojos azules—. Hoy voy a tomar lo que quiero, cuando quiera y como quiera.

Gon sonrió, dejando caer los brazos sobre las almohadas, entregándole el control total. Sabía que a Killua le encantaba la sensación de poder, pero también sabía que esa sed de dominio era el reflejo de su total confianza en él.

—Soy todo tuyo, Killua. Haz lo que te plazca.

Killua se deshizo de su propia ropa con una rapidez asombrosa. Su cuerpo, pálido y fibrado, contrastaba con la piel bronceada de Gon bajo él. Sin necesidad de palabras, Killua se deshizo de los pantalones de su amante, revelando la erección que ya pulsaba con fuerza, lista para él.

En los primeros meses de su relación física, la preparación había sido larga y cuidadosa. Gon siempre se aseguraba de que Killua estuviera listo, temiendo lastimarlo debido a la diferencia de fuerza y tamaño. Pero el cuerpo de Killua, entrenado para resistir venenos, electricidad y torturas extremas, se había adaptado a Gon con una facilidad asombrosa. Ahora, el interior de Killua parecía reconocer a Gon, relajándose y humedeciéndose ante la simple cercanía del otro.

—Ni siquiera vas a usar tus dedos, ¿verdad? —preguntó Gon, notando cómo Killua se posicionaba directamente sobre él, guiando la punta de su miembro hacia su entrada.

—No los necesito —respondió Killua con una suficiencia que rozaba la arrogancia—. Ya estoy acostumbrado a ti, idiota. Mi cuerpo sabe perfectamente a quién pertenece.

Sin dudarlo, Killua se dejó caer hacia abajo.

El jadeo que escapó de sus labios fue una mezcla de triunfo y placer puro. La sensación de ser llenado por completo, de sentir el grosor y el calor de Gon abriéndose paso en su interior, era algo a lo que nunca llegaría a acostumbrarse del todo, a pesar de la frecuencia de sus encuentros. Sus músculos internos se contrajeron alrededor de Gon, dándole una bienvenida apretada y ardiente.

—Mierda, Killua... —gruñó Gon, cerrando los ojos mientras sus caderas daban un pequeño e involuntario empujón hacia arriba.

—No te muevas —ordenó Killua, apoyando las manos en el pecho de Gon para mantener el equilibrio—. Yo marco el ritmo.

Killua comenzó a moverse. Primero con lentitud, elevándose casi hasta el límite para luego dejarse caer con fuerza, buscando que el impacto llegara hasta lo más profundo de su ser. Sus ojos estaban fijos en los de Gon, observando cómo la calma habitual del cazador se desmoronaba ante la visión de su amante cabalgando sobre él con tal determinación.

—¡Ah! —Killua echó la cabeza hacia atrás, su cabello plateado brillando bajo la luz de las lámparas—. ¡Gon! ¡Es... es perfecto!

El ritmo de Killua se volvió más frenético. Sus caderas se movían con una cadencia hipnótica, buscando el ángulo exacto que hacía que sus rodillas temblaran. Cada vez que bajaba, sentía el roce de la piel de sus muslos contra los de Gon, el calor compartido y el sonido de sus cuerpos chocando rítmicamente.

Gon no pudo mantenerse quieto por mucho tiempo. Sus manos subieron para agarrar la cintura de Killua, ayudándolo en el descenso, guiando sus movimientos con una firmeza que hacía que Killua soltara pequeños gritos de placer.

—¡Más rápido, Killua! —instó Gon, su voz volviéndose ronca—. Sé que puedes más.

—¡Cállate! —respondió Killua, aunque obedeció al instante.

El movimiento se volvió salvaje. Killua ya no parecía un heredero refinado; era una criatura de instinto puro, buscando el éxtasis en los brazos de la única persona que lo veía como un igual. La fricción, el calor y la profundidad de la penetración lo llevaron a un estado de trance donde solo existía el peso de Gon bajo él y la forma en que lo llenaba.

—¡Gon! ¡Voy a...! —Killua no pudo terminar la frase. Sus músculos se tensaron, sus dedos se enterraron en los hombros de Gon y su espalda se arqueó de forma violenta.

El orgasmo lo golpeó como una descarga eléctrica, mucho más potente que cualquier tortura de su infancia. Killua se derrumbó sobre el pecho de Gon, su respiración agitada y su cuerpo aún vibrando por los espasmos del placer. Gon, sintiendo la intensidad de la liberación de Killua, perdió lo último que le quedaba de control. Con un último empuje poderoso que hizo que Killua gimiera contra su cuello, Gon se liberó dentro de él, llenándolo con su calor.

Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba el latido desbocado de sus corazones. Killua seguía a horcajadas sobre Gon, con el rostro escondido en el hueco de su hombro, negándose a moverse.

—¿Killua? —susurró Gon, pasando sus manos por la espalda sudorosa del peliblanco—. ¿Estás bien?

—Cállate, tonto —respondió Killua, su voz apenas un hilo—. Estoy descansando.

—Lo hiciste muy bien —dijo Gon con una sonrisa, besando la sien de Killua—. Te has vuelto un experto en esto.

Killua se incorporó un poco, mirando a Gon con un rubor que no desaparecía.

—Es tu culpa. Si no fueras tan... así... yo no tendría que esforzarme tanto.

—¿Así cómo? —preguntó Gon con inocencia fingida.

—Tan insistente. Tan grande. Tan... tú.

Killua se dejó caer de nuevo al lado de Gon, acurrucándose contra él. La arrogancia del heredero había desaparecido, dejando paso al chico que, a pesar de todo, seguía necesitando el calor de su mejor amigo.

—¿Sabes? —dijo Killua después de un rato—. A veces me pregunto qué diría Gotoh si viera cómo trato a mi "invitado VIP".

—Probablemente diría que el joven amo siempre obtiene lo que quiere —respondió Gon, rodeándolo con el brazo—. Y que yo soy el capricho más caro que han tenido que mantener, porque no me conformo con dinero.

Killua soltó una risita suave.

—No eres un capricho, Gon. Eres una necesidad. Y más te vale no olvidarlo, porque si algún día decides irte de esta montaña, iré a buscarte y te traeré de vuelta encadenado si hace falta.

Gon lo miró con una ternura infinita. Sabía que las amenazas de Killua eran su forma de decir "te amo" sin tener que usar esas palabras que tanto le costaban.

—No tendrás que encadenarme, Killua. Ya estoy atado a ti desde el día en que me pediste en aquel parque.

Killua cerró los ojos, sintiéndose finalmente en paz. En la mansión Zoldyck, el amor era una debilidad, pero allí, en la intimidad de su habitación, era la única fuerza que importaba. Había aprendido a cabalgar sobre sus miedos y sobre su amante, y en ambos casos, había salido victorioso.

—Mañana —dijo Killua en un susurro somnoliento—, quiero ir al lago. Y quiero que me lleves en tu espalda todo el camino.

—Como digas, Killua —respondió Gon con una sonrisa, sabiendo que, aunque él fuera el que llevaba el peso, era Killua quien siempre dirigía el rumbo.

El heredero de los Zoldyck se durmió con la certeza de que, sin importar cuántos años pasaran, siempre tendría a Gon para cumplir sus deseos, y que su cuerpo siempre estaría listo para recibir al único hombre que había logrado conquistar a la fiera de la Montaña Kukuroo.