I love the way you lie
El rastro de la bestia
El aire de las mazmorras se había vuelto irrespirable, no por la humedad del lago, sino por la premonición del desastre. Adeline caminaba por el pasillo hacia la sala común, apretando los libros de Runas Antiguas contra su pecho. Sus manos, finas y pálidas, temblaban con una intensidad que nada tenía que ver con el frío. Ese día, la voz en su cabeza había estado especialmente gritona, recordándole que cada gramo de peso era una debilidad, una invitación al desastre.
Se detuvo frente al gran ventanal que daba a las profundidades del Lago Negro. Una sombra inmensa, probablemente el calamar gigante, pasó rozando el cristal. Adeline cerró los ojos y trató de respirar, pero el aire se le quedó atascado en la garganta. De repente, un olor la golpeó.
No era el olor a pergamino, ni a incienso, ni a la humedad habitual de Hogwarts. Era un hedor rancio, una mezcla de sangre seca, almizcle animal y bosque podrido. Un olor que conocía demasiado bien. Un olor que habitaba en sus pesadillas más oscuras.
Abrió los ojos de golpe y, al final del pasillo, vio una figura que no debería estar allí. Era un hombre alto, desaliñado, con una túnica andrajosa que apenas cubría unos hombros anchos y encorvados. Sus ojos, amarillentos y salvajes, recorrieron el corredor con una avidez depredadora.
Fenrir Greyback.
El licántropo estaba hablando con un mortífago de bajo rango cerca de la entrada a las cocinas, pero en cuanto sintió el movimiento, su cabeza giró con una rapidez sobrenatural. Sus fosas nasales se dilataron. Una sonrisa cruel, que mostraba unos dientes afilados y amarillentos, se dibujó en su rostro cubierto de cicatrices.
—Vaya, vaya... —La voz de Greyback llegó a los oídos de Adeline como un gruñido bajo—. Si es la pequeña plata de los Malfoy. Hueles a miedo, niña. Hueles deliciosa.
Adeline no pudo gritar. El pánico, ese viejo enemigo, la inmovilizó. Sintió que sus piernas se convertían en gelatina y que el suelo empezaba a oscilar. La imagen de las garras de Greyback rasgando su camisón en la mansión volvió a ella con una fuerza demoledora. El recuerdo del aliento caliente en su cuello la hizo jadear, buscando un aire que no llegaba.
Greyback dio un paso hacia ella, con una elegancia animal que resultaba obscena en los pasillos de una escuela.
—Draco no está aquí para protegerte ahora, ¿verdad? —dijo el licántropo, soltando una risa ronca—. El Señor Tenebroso me ha dado permiso para... pasear. Dice que necesito estar familiarizado con el terreno para cuando el armario funcione.
Adeline reaccionó. El instinto de supervivencia, el único que le quedaba después de meses de privaciones, la obligó a moverse. Dio media vuelta y echó a correr. Sus pies apenas hacían ruido sobre la piedra, pero escuchaba las pisadas pesadas y rítmicas de la bestia detrás de ella.
—¡Corre, pequeña Malfoy! —gritó Greyback detrás de ella—. ¡Me encanta cuando la presa intenta escapar!
Adeline no fue hacia el Gran Comedor, ni hacia la biblioteca. Solo había un lugar en el mundo donde se sentía a salvo. Subió las escaleras hacia las habitaciones de los prefectos de Slytherin, sus pulmones ardiendo, su corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Llegó a la puerta de la habitación de su hermano y golpeó la madera con una desesperación frenética.
—¡Draco! ¡Draco, ábreme! —suplicó, su voz apenas un hilo quebrado.
La puerta se abrió de golpe. Draco estaba allí, sin la túnica, con la camisa blanca desabrochada en el cuello y el rostro demacrado por el insomnio. En cuanto vio a su hermana, su expresión de cansancio se transformó en una de alarma absoluta. Adeline se lanzó a sus brazos, sollozando, y Draco la arrastró hacia el interior del cuarto, cerrando la puerta con un portazo y sellándola con tres hechizos de protección en un solo movimiento de varita.
—¡Adeline! ¿Qué ha pasado? —Draco la sujetó por los hombros, obligándola a mirarlo—. Estás blanca como un fantasma. ¿Es el armario? ¿Ha pasado algo con Theo?
—Él... él está aquí, Draco —logró decir ella, hundiéndose en el pecho de su hermano—. Greyback. Está en las mazmorras. Me ha visto. Me ha dicho que... que huelo a miedo.
Draco se tensó de tal manera que Adeline pensó que sus huesos se romperían. Su rostro se volvió una máscara de piedra, y una furia fría, mucho más peligrosa que cualquier grito, se instaló en sus ojos grises.
—¿Te ha tocado? —preguntó Draco, su voz era un susurro letal—. Adeline, mírame. ¿Te ha puesto una mano encima?
—No... he corrido. Pero venía detrás de mí. Se reía, Draco. Se reía de nosotros.
Draco la llevó hacia su cama y la hizo sentarse, envolviéndola con su manta de lana verde. Se arrodilló frente a ella y tomó sus manos, que no dejaban de temblar.
—Escúchame bien —dijo Draco, fijando su mirada en la de ella—. Ese animal no va a volver a acercarse a ti. Me importa una mierda lo que diga el Señor Tenebroso o lo que diga nuestro padre. Si Greyback pone un pie en este ala del castillo, lo mataré yo mismo, aunque sea lo último que haga.
En ese momento, un golpe seco sonó en la puerta. Adeline dio un respingo y se encogió, tapándose los oídos.
—¡Malfoy! —La voz de Greyback se filtró por la madera, cargada de una burla maliciosa—. Tienes algo que me pertenece. El Señor Tenebroso prometió que, si el armario funcionaba, yo podría elegir mi recompensa. Y tu hermanita tiene un brillo que me gusta mucho.
Draco se puso en pie con la lentitud de un depredador que ya no tiene nada que perder. Caminó hacia la puerta, pero no la abrió.
—¡Vete al infierno, Greyback! —rugió Draco—. Si vuelves a pronunciar su nombre, te arrancaré la lengua y se la daré de comer a los escregutos de Hagrid. ¡Vete de aquí antes de que llame a Snape y le diga que estás interfiriendo con la misión del Señor Tenebroso!
Se hizo un silencio tenso al otro lado de la puerta. Luego, se escuchó un gruñido bajo y el sonido de unas garras rascando la madera, un sonido que hizo que Adeline se estremeciera de puro asco.
—Esta vez te libras, cachorro —dijo Greyback—. Pero el castillo pronto será nuestro. Y entonces... no habrá puertas que me detengan.
Las pisadas del licántropo se alejaron finalmente. Draco se quedó apoyado contra la puerta, con la frente pegada a la madera, respirando con dificultad. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la varita.
—Se ha ido —dijo Draco después de un minuto. Regresó al lado de Adeline y se sentó en el suelo, apoyando la cabeza en el colchón—. Se ha ido, Addie. Estás a salvo.
Adeline se dejó caer hacia un lado, apoyando su cabeza sobre el hombro de su hermano. El pánico empezaba a remitir, dejando paso a una fatiga devastadora.
—Tengo tanto miedo, Draco... —susurró ella—. Siento que no importa cuánto luche, la oscuridad siempre nos encuentra. La voz en mi cabeza me dice que si no como, seré demasiado pequeña para que él me encuentre. Que si desaparezco, estaré a salvo.
Draco se giró y la tomó de la barbilla, obligándola a verlo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas.
—Esa voz es una mentirosa, Adeline. Si desapareces, me dejas solo. Y yo no puedo hacer esto sin ti. Eres lo único que me recuerda que todavía soy humano, que no soy solo una marca en un brazo y una misión suicida.
—Pero él dijo que yo era su recompensa...
—Él no tendrá nada —sentenció Draco—. He estado hablando con Theo. Tenemos un plan. Si el armario funciona, no vamos a esperar a que ellos tomen el control. Theo tiene un traslador ilegal que nos llevará a la costa de Francia. Astoria ya lo sabe.
Adeline lo miró con sorpresa.
—¿Y tú? ¿Vendrás con nosotros?
Draco bajó la vista.
—Haré lo necesario para que vosotros podáis salir. Pero para eso, necesito que estés fuerte, Addie. Necesito que dejes de intentar desvanecerte. La fragilidad no es una armadura, es una trampa.
Draco se levantó y fue hacia una pequeña alacena que tenía en el rincón. Sacó un frasco de cristal con un líquido espeso y azulado: el suplemento nutricional que los elfos preparaban bajo las órdenes de Snape. También sacó un trozo de chocolate negro.
Regresó a la cama y se lo tendió.
—Come esto. Por favor. Hazlo por mí. Necesito saber que mi hermana no se va a desmayar si tenemos que correr mañana.
Adeline miró el chocolate. La idea de ingerirlo le provocó una punzada de ansiedad en el estómago, una sensación de pesadez inmediata antes siquiera de probarlo. Pero luego miró a Draco, vio el corte en su mejilla, la marca oculta bajo su manga y el terror que él mismo sentía pero que intentaba ocultar para ser su escudo.
Tomó el trozo de chocolate. Sus manos seguían temblando, pero su voluntad era más firme.
—¿Te quedarás conmigo? —preguntó ella antes de dar el primer bocado.
—Siempre —respondió Draco, sentándose a su lado y pasando un brazo sobre sus hombros—. No voy a dejar que nadie te toque, Addie. Ni Greyback, ni nuestro padre, ni el mismísimo Voldemort. Eres una Malfoy, pero antes de eso, eres mi hermana. Y mi lealtad termina donde empieza tu seguridad.
Adeline masticó el chocolate. Sabía a ceniza al principio, pero luego el azúcar le devolvió un poco de claridad a su mente nublada. Bebió el suplemento, ignorando la voz que le gritaba que se detuviera.
—Theo se va a volver loco cuando sepa que Greyback está merodeando —dijo Adeline, tratando de aligerar la tensión.
—Theo ya está loco —sonrió Draco con tristeza—, loco por ti. Snape ha reforzado las patrullas, pero Greyback tiene salvoconductos del Ministerio ahora que están infiltrados. Es un caos, Addie.
—¿Crees que Francia será como Theo dice? —preguntó ella, cerrando los ojos y dejándose acunar por el movimiento rítmico de su hermano—. ¿Con el olor a lavanda y el sol?
—Será mejor —prometió Draco—. Porque no habrá marcas, ni armarios, ni hombres lobo. Solo seremos nosotros.
Se quedaron en silencio durante mucho tiempo. El sol empezó a ponerse tras las montañas, tiñendo el Lago Negro de un color sangre que recordaba la violencia del mundo exterior. Pero dentro de esa habitación, rodeados de libros prohibidos y el peso de una guerra inminente, los dos hermanos Malfoy encontraron una paz efímera.
Adeline se quedó dormida con la cabeza en el regazo de Draco. Él no se movió. Se quedó allí, con la varita en la mano y la mirada fija en la puerta, vigilando el sueño de la única persona que amaba más que a su propia vida.
Horas más tarde, un golpe suave y rítmico sonó en la puerta. Draco se tensó, pero reconoció la señal.
—Es Theo —susurró para sí mismo.
Abrió la puerta lo justo para dejar entrar a su amigo. Theo entró como un torbellino, con la respiración agitada y la varita desenvainada.
—¿Está bien? —preguntó Theo, su mirada volando inmediatamente hacia la figura dormida de Adeline—. Me he cruzado con esa bestia en el pasillo central. Snape lo estaba escoltando fuera, pero Greyback olía a... olía a ella.
—Ha intentado cazarla —dijo Draco con una voz carente de emoción—. Ha llegado hasta aquí.
Theo se dejó caer de rodillas al lado de la cama, tomando la mano de Adeline con una devoción que hizo que Draco apartara la vista.
—Juro por mi vida, Draco, que si vuelve a acercarse a ella, no quedará ni un hueso de ese animal para enterrar —dijo Theo, su voz vibrando de una furia contenida.
—Lo sé —respondió Draco—. Pero ahora, lo que necesita es que estemos aquí. Ha comido algo. Ha bebido el suplemento.
Theo miró a Draco y, por primera vez en años, los dos amigos compartieron un momento de vulnerabilidad total. Ya no eran los herederos de familias sagradas, ni soldados de una causa perdida. Eran simplemente dos chicos intentando proteger a la persona que los mantenía unidos a la luz.
—No podemos esperar más —dijo Theo—. El armario tiene que funcionar esta semana. Greyback no es el único que está perdiendo la paciencia. Bellatrix ha estado preguntando por Adeline en las reuniones. Dice que Narcissa la está "ablandando".
Draco cerró los ojos y apretó los puños.
—Lo arreglaré. Esta noche volveré a la Sala de los Menesteres. Tú quédate con ella. No la dejes sola, Theo. Ni siquiera para ir a clase.
—No pensaba hacerlo —respondió Theo, acomodándose en el suelo al lado de la cama, sin soltar la mano de Adeline.
Adeline se removió en sueños, murmurando algo sobre sauces de cristal. Theo le acarició la frente, apartando un mechón de cabello rubio.
—Duerme, pequeña plata —susurró—. La bestia se ha ido. Y nosotros no nos vamos a ninguna parte.
Draco observó la escena antes de ponerse la túnica y prepararse para otra noche de lucha contra el artefacto maldito. Sabía que el tiempo se agotaba y que el aire de Hogwarts estaba cada vez más envenenado. Pero al ver a Adeline, que por fin dormía sin pesadillas, supo que el sacrificio valía la pena.
Si tenía que vender su alma para que ella pudiera caminar bajo el sol de Francia, lo haría mil veces. Porque Adeline Malfoy no era una recompensa para monstruos; era el último rastro de pureza en un mundo que se caía a pedazos, y él sería el muro de fuego que la protegería hasta el final.
Al salir de la habitación, Draco se encontró con Astoria en el pasillo. Ella lo miró con ojos llenos de comprensión y le entregó una pequeña daga de plata encantada.
—Para el lobo —dijo Astoria con voz firme.
Draco tomó la daga, asintió y se perdió en las sombras del castillo. La cacería había comenzado, pero esta vez, la presa ya no estaba sola. Y los Malfoy, cuando se trataba de proteger a los suyos, podían ser mucho más peligrosos que cualquier bestia que aullara a la luna llena.