I love the way you lie
El veneno de la luna llena
El aire en la Sala de los Menesteres estaba cargado de polvo y el olor metálico de la magia antigua. Draco estaba subido a una escalera, con las manos temblorosas ajustando un engranaje del Armario Evanescente, mientras Theo vigilaba la entrada, con la varita en la mano y los sentidos alerta. Adeline estaba sentada en un viejo sofá desvencijado, envuelta en una manta que Theo le había conjurado, observando a su hermano con una angustia que le oprimía el pecho.
Hacía tres días que Draco había regresado de la mansión, y desde entonces, el silencio de Adeline se había vuelto absoluto. Ya no era solo el silencio de su trastorno alimenticio, que seguía acechando en cada comida; era un silencio de tumba, una mirada perdida que ni siquiera los besos de Theo lograban enfocar.
Draco bajó de la escalera de un salto, frustrado. El armario soltó un chirrido agónico y volvió a quedar inerte.
—¡Maldita sea! —exclamó Draco, golpeando la madera tallada—. No funciona. No importa lo que haga, la conexión se pierde a mitad de camino. Si no lo arreglo pronto, Greyback me...
Al mencionar ese nombre, un sonido gutural, como un sollozo ahogado, escapó de los labios de Adeline. Se encogió sobre sí misma, abrazando sus rodillas con tal fuerza que sus nudillos, ya prominentes por la falta de peso, se pusieron blancos.
Theo estuvo a su lado en un segundo, arrodillándose frente a ella.
—¿Addie? ¿Qué pasa, cielo? Estás temblando —dijo Theo, intentando tomar sus manos, pero ella se apartó bruscamente, como si su tacto quemara.
Draco se acercó, con el ceño fruncido por la preocupación.
—Addie, solo es un nombre. Sé que ese animal da miedo, pero Snape prometió que no dejaría que se acercara al castillo mientras él sea jefe de casa.
Adeline levantó la vista. Sus ojos grises, antes brillantes y llenos de vida, estaban nublados por un terror tan primario que Draco sintió un escalofrío recorrerle la columna.
—Él... él no tiene que acercarse al castillo, Draco —susurró ella, con una voz que parecía venir de otro mundo—. Él ya estuvo en casa.
Draco se quedó helado. Se sentó en el borde del sofá, obligándose a mantener la calma, aunque por dentro sentía que una tormenta de hielo empezaba a formarse.
—¿De qué hablas? Greyback estuvo en la mansión, sí, cenó con nosotros un par de veces por orden del Señor Tenebroso. Pero madre siempre te mantenía en tu habitación. Ella me dijo que estabas a salvo.
Adeline soltó una risa seca, un sonido roto que le desgarró el alma a Theo.
—Madre cree lo que necesita creer para no volverse loca —dijo Adeline, mirando a un punto inexistente en el aire—. La última noche que estuviste allí, antes de que volvieras al colegio... Padre mandó a madre a buscar unos documentos al ala este. Tú estabas con el Señor Tenebroso en el salón de baile.
Theo tomó la mano de Adeline con firmeza, y esta vez ella no se apartó, aunque sus dedos estaban gélidos.
—Continúa, Addie —pidió Theo, con una suavidad que ocultaba la furia que empezaba a arder en sus venas.
—Él entró en mi cuarto —continuó ella, y su voz se volvió plana, desprovista de emoción, como si estuviera contando la historia de otra persona—. Dijo que olía a "carne joven y miedo". Dijo que los Malfoy siempre se creían tan limpios, tan puros... y que él quería ver cómo se manchaba la plata.
Draco se puso en pie de un salto, su rostro perdiendo todo rastro de color.
—No... no, Addie, dime que no es cierto. Padre no lo habría permitido. Lucius no dejaría que ese... que ese monstruo...
—Padre no estaba, Draco —le interrumpió ella, y finalmente una lágrima rodó por su mejilla—. Y aunque hubiera estado, ¿crees que habría arriesgado su posición por mí? Yo soy la moneda de cambio. La hija menor. La que no tiene la marca.
—¿Qué te hizo, Adeline? —preguntó Theo, con las palabras saliendo entre sus dientes apretados.
Adeline cerró los ojos con fuerza, como si intentara borrar las imágenes que se proyectaban tras sus párpados.
—No me mordió. Dijo que convertirme sería hacerme un favor, que verme sufrir como humana era mucho más divertido. Me... me arrinconó contra la cama. Sus manos olían a sangre vieja y a bosque. Usó sus garras para... para rasgar mi camisón. Me dijo que si gritaba, iría a por ti y le diría al Señor Tenebroso que habías intentado traicionarlo.
Draco soltó un rugido de dolor y rabia pura, golpeando la pared de piedra con el puño cerrado. El sonido resonó en la sala, pero Adeline ni siquiera se inmutó.
—Me tocó, Draco —susurró ella, y ahora los sollozos empezaron a sacudir su cuerpo frágil—. Sus uñas... me dejaron marcas en los muslos y en el pecho. Me decía cosas horribles al oído. Sentía su aliento caliente, sus colmillos rozando mi cuello. Me sentía tan sucia... tan pequeña. Por eso dejé de comer, ¿no lo entiendes? Pensé que si desaparecía, si mi cuerpo se volvía hueso y piel seca, ya no habría nada que él quisiera tocar. Si no había carne, no habría depredador.
Theo la atrajo hacia sí, envolviéndola en un abrazo protector, ocultando su propio rostro en el hombro de ella para que no viera las lágrimas de rabia que escapaban de sus ojos.
—Lo siento tanto, Addie... lo siento tanto —repetía Theo, meciéndola—. Debería haber estado allí. Debería haberte protegido.
Draco se dejó caer de rodillas frente a ellos, hundiendo la cabeza en el regazo de su hermana. Sus hombros temblaban violentamente. El heredero de la casa Malfoy, el chico que se paseaba por los pasillos con arrogancia, estaba roto en mil pedazos.
—Te fallé —sollozó Draco—. Mi única misión en esta vida era protegerte, y dejé que ese animal te pusiera las manos encima. ¡Soy un cobarde! ¡Un maldito cobarde!
Adeline bajó una mano y acarició el cabello rubio platino de su hermano.
—No fue tu culpa, Draco. Él es un monstruo. Y nosotros solo somos niños jugando a una guerra de adultos.
Draco levantó la cabeza. Sus ojos grises ya no tenían rastro de miedo; solo quedaba un odio frío y letal, una oscuridad que Adeline nunca había visto en él.
—Voy a matarlo —dijo Draco, y su voz era un susurro de muerte—. No me importa el armario, no me importa Dumbledore, no me importa lo que diga el Señor Tenebroso. Voy a encontrar la forma de que ese perro muera entre los peores sufrimientos imaginables.
—Draco, no —dijo Adeline, asustada por la expresión de su hermano—. Si intentas algo contra él, el Señor Tenebroso te matará a ti.
—¡Que me mate! —gritó Draco—. ¡Prefiero estar muerto a vivir en un mundo donde ese animal respira el mismo aire que tú!
Theo levantó la vista, encontrando los ojos de Draco. Por un momento, el mejor amigo y el hermano compartieron un pacto silencioso, una promesa de sangre que no necesitaba palabras.
—No lo harás solo, Draco —dijo Theo con una calma aterradora—. Greyback no volverá a tocarla. Ni a ella, ni a nadie. Si tenemos que arder todos para que él arda primero, así será.
Adeline los miró a ambos. Vio la devoción de Theo y la furia protectora de Draco. Por primera vez en meses, el peso en su pecho no era solo ansiedad; era la comprensión de que, aunque su cuerpo se sintiera manchado, su alma estaba rodeada por las dos fuerzas más poderosas que conocía.
—Por eso no podías comer —dijo Draco, tomando las manos de ella—. Cada vez que sentías que tu cuerpo crecía, sentías que te volvías un blanco para él.
—Sí —admitió ella—. Pensaba que si era lo suficientemente delgada, podría escurrirme entre las sombras. Que si no tenía curvas, él no me vería como una mujer.
Draco le besó las manos, una y otra vez.
—Escúchame bien, Addie. Eres una Malfoy. Eres plata pura. Y la plata no se mancha con la suciedad de un animal. Él no te quitó nada, ¿me oyes? Sigues siendo perfecta. Sigues siendo mi hermanita. Y voy a sacarte de aquí. A ti y a Astoria.
—¿Y tú? —preguntó ella.
—Yo me encargaré de limpiar el camino —dijo Draco, poniéndose de pie con una nueva determinación—. Theo, llévala a la sala común. Quédate con ella. No la dejes sola ni un segundo. Voy a hablar con Snape.
—Draco, Snape no puede saber... —empezó Adeline.
—Snape lo sabrá porque él es el único que puede darme lo que necesito para acabar con un licántropo sin que el Señor Tenebroso sospeche que he sido yo —cortó Draco—. Confía en mí, Addie. Por una vez, confía en tu hermano.
Theo ayudó a Adeline a levantarse. Ella se sentía débil, como si confesar el secreto le hubiera robado las últimas fuerzas que le quedaban, pero al mismo tiempo, el aire entraba en sus pulmones con un poco más de facilidad.
—¿Estarás bien? —le preguntó Theo a Draco antes de salir.
—Estaré bien cuando su cabeza ruede por el suelo de la mansión —respondió Draco, volviéndose hacia el Armario Evanescente con una mirada de hielo.
Theo guio a Adeline por los pasillos secretos hacia las mazmorras. Al llegar a la sala común, estaba casi vacía. Astoria estaba sentada cerca de la chimenea, esperándolos. Al ver el rostro de Adeline y la expresión de Theo, se levantó de inmediato.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Astoria, acercándose con rapidez.
—Llévala al cuarto, Astoria —dijo Theo, entregándole a Adeline con cuidado—. Necesita descansar. Y por favor... no dejes que se mire al espejo. No esta noche.
Astoria asintió, envolviendo a Adeline con un brazo y guiándola hacia las escaleras de las chicas.
Theo se quedó solo en la sala común, mirando las brasas morir en la chimenea. Sus manos seguían temblando de rabia. Pensó en Greyback, en su risa ronca y en sus garras, y sintió un deseo de violencia que lo asustó. Él siempre había sido el observador, el chico que prefería los libros a los duelos, pero ahora... ahora entendía por qué su padre siempre decía que los Nott eran peligrosos cuando se les quitaba lo que amaban.
En el dormitorio, Astoria ayudó a Adeline a ponerse el pijama. Vio las marcas que Greyback había dejado, cicatrices que ya habían sanado en la piel pero que seguían sangrando en la mente de la chica. Astoria no hizo preguntas; simplemente la abrazó y lloró con ella, compartiendo el peso de una verdad que ninguna mujer debería tener que cargar.
—No estás sola, Addie —susurró Astoria—. Nunca más.
Mientras tanto, en el despacho de Snape, Draco Malfoy estaba de pie frente a su padrino. No había rastro del niño asustado que lloraba en el baño de Myrtle la Llorona.
—Necesito veneno de acromántula y plata líquida, Severus —dijo Draco, con una voz que no admitía réplicas.
Snape levantó la vista de sus pergaminos, con los ojos entrecerrados.
—¿Y para qué querría un estudiante de sexto año ingredientes tan restringidos, Draco?
—Para matar a un perro rabioso que se coló en mi casa —respondió Draco—. Y si no me los das, buscaré la forma de conseguirlos yo mismo, aunque tenga que venderle mi alma a Borgin y Burkes.
Snape observó a su ahijado. Vio la sombra de Lucius en su postura, pero vio algo más: el fuego de los Black, la lealtad feroz que su madre, Narcissa, siempre había poseído. Snape sabía que algo terrible había ocurrido, algo que había terminado de romper la infancia de los hermanos Malfoy.
—Greyback es un aliado del Señor Tenebroso, Draco —advirtió Snape en un susurro—. Si lo tocas, tu sentencia de muerte estará firmada.
—Ya estoy muerto, Severus —dijo Draco—. Morí el día que ese animal tocó a mi hermana. Ahora solo soy un fantasma buscando justicia.
Snape guardó silencio durante un largo rato. Luego, se levantó y se dirigió a su armario privado de suministros. Sacó dos frascos pequeños y los puso sobre la mesa.
—La plata líquida debe aplicarse en la punta de la varita o en una hoja de acero encantada —dijo Snape, con voz monótona—. El veneno de acromántula asegura que la regeneración del licántropo se detenga. Úsalos con sabiduría. Y Draco... asegúrate de que no haya testigos.
Draco tomó los frascos y los guardó en su túnica.
—Gracias, Severus.
—No me des las gracias —dijo Snape, volviendo a sus papeles—. Solo asegúrate de que Adeline vuelva a comer. No servirá de nada vengarla si ella se desvanece en el proceso.
Draco salió del despacho y regresó a la sala común. Subió al dormitorio de las chicas, ignorando los encantamientos de protección que Snape le había permitido saltarse en casos de emergencia. Encontró a Adeline dormida en los brazos de Astoria. Theo estaba sentado en el suelo, al lado de la cama, con la varita en la mano y la mirada fija en la puerta.
Draco se sentó al otro lado de la cama. Tomó la mano de Adeline y sintió su pulso débil pero constante.
—La próxima vez que lo veas, Addie —susurró Draco al oído de su hermana dormida—, será para verlo morir.
Esa noche, por primera vez en semanas, Adeline no soñó con bosques ni con garras. Soñó con un jardín de sauces de cristal donde el sol nunca se ponía y donde su cuerpo era ligero, no por la falta de comida, sino porque el miedo finalmente la había abandonado.
A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos de luz se filtraron por las aguas del lago, Adeline se despertó y encontró a Theo y a Draco a su lado. Draco tenía una pequeña bandeja con una manzana cortada y un poco de queso.
—Tienes que comer, Addie —dijo Draco, con una suavidad que le devolvió la esperanza—. Necesitas estar fuerte para cuando nos vayamos de aquí.
Adeline miró a su hermano, luego a Theo, y finalmente a la fruta. Por un momento, la voz en su cabeza intentó gritar, intentó recordarle que la comida era peligro, que el control era su única salvación. Pero luego recordó las manos de Draco, el veneno que ocultaba en su túnica y la promesa de Theo.
Tomó un trozo de manzana y lo llevó a su boca.
Masticó lentamente, sintiendo el sabor dulce y fresco. No fue fácil. El nudo en su estómago seguía ahí, pero ya no era un nudo de hierro. Era algo que podía deshacerse.
—Eso es, pequeña —dijo Theo, acariciándole la mejilla—. Un bocado a la vez.
La guerra seguía afuera. Greyback seguía vivo. El Señor Tenebroso seguía esperando que el armario funcionara. Pero en esa habitación, rodeada de plata y esmeralda, Adeline Malfoy había decidido que ya no quería desaparecer. Quería estar allí para ver cómo caían sus enemigos. Quería estar allí para caminar por el jardín de lavanda en Francia. Y, sobre todo, quería estar allí para ser la hermana de Draco y la mujer de Theo, sin miedo a ocupar el espacio que le correspondía en el mundo.
—Voy a estar bien —susurró Adeline, y por primera vez, no era una mentira.
Draco la abrazó, y Theo se unió a ellos, formando un escudo de carne y hueso que ninguna sombra podría atravesar. La venganza estaba en camino, y la curación también. En la oscuridad de Slytherin, tres corazones latían con una sola voluntad: sobrevivir, proteger y, finalmente, ser libres.