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I love the way you lie

Reflejos en el Lago Negro

El silencio en la sala común de Slytherin era una bendición que Adeline no siempre sabía apreciar, pero esa tarde, tras haber logrado terminar la mitad del batido nutricional que Draco le había traído, se sentía como un bálsamo. Sin embargo, la calma en Hogwarts siempre era superficial. Bajo la superficie, como los calamares gigantes que se movían en las profundidades del lago tras los ventanales, la tensión crecía.

Adeline estaba apoyada en el regazo de Theo, mientras él le acariciaba el cabello con una parsimonia que lograba adormecer sus pensamientos intrusivos. Draco se había quedado dormido en el sillón individual, con la cabeza echada hacia atrás y la boca ligeramente abierta. Solo en el sueño la máscara de frialdad de su hermano se desmoronaba, revelando al chico de diecisiete años que estaba aterrado por una misión que no había elegido.

—Se ve tan cansado —susurró Adeline, señalando a Draco con la mirada.

Theo dejó de mover los dedos un segundo para observar a su mejor amigo.

—Todos lo estamos, Addie —respondió él en voz baja—. Pero él lleva una carga que no comparte con nadie más que con nosotros. A veces me gustaría poder quitarle un poco de ese peso, pero Draco es... bueno, es un Malfoy. Prefiere romperse antes que admitir que no puede sostener el cielo solo.

Adeline suspiró, sintiendo de nuevo ese nudo familiar en la boca del estómago. La ansiedad no era una línea recta; era un laberinto. A veces creía haber encontrado la salida, solo para chocar con una pared de pánico al recordar que, en las vacaciones de Navidad, tendrían que volver a la Mansión Malfoy. A esa casa que ya no olía a hogar, sino a miedo y a incienso oscuro.

—A veces pienso que mi problema con la comida es lo único que puedo controlar —confesó ella, su voz apenas un hilo—. Todo lo demás... el Señor Tenebroso, los planes de mi padre, el destino de Draco... no tengo voz en nada de eso. Pero decidir qué entra en mi cuerpo... eso parece mío. Aunque me esté destruyendo.

Theo se incorporó un poco para poder mirarla directamente a los ojos. Sus ojos oscuros estaban llenos de una comprensión que a veces a Adeline le dolía, porque significaba que él también conocía la oscuridad.

—Lo entiendo, preciosa. El control es una droga potente cuando sientes que tu vida le pertenece a otros —Theo tomó su mano y besó sus nudillos—. Pero no quiero que desaparezcas. Si dejas de comer, te vuelves invisible, y el mundo necesita que estés aquí. Yo necesito que estés aquí.

Adeline se acurrucó más contra él.

—¿Crees que algún día seremos libres, Theo? ¿Libres de verdad?

—No lo sé —admitió él con una sinceridad brutal que ella agradecía—. Pero sé que mientras estemos juntos, la jaula se siente un poco más grande.

Un ruido en la entrada de la sala común los hizo tensarse. La pared de piedra se deslizó y un grupo de estudiantes de cuarto año entró riendo, rompiendo la burbuja de intimidad. Draco se despertó de golpe, sus ojos grises pasando de la confusión al estado de alerta en una fracción de segundo. Se enderezó y se pasó una mano por el pelo, recuperando su compostura aristocrática al instante.

—Vaya, parece que he cerrado los ojos un momento —dijo Draco, aclarándose la garganta—. ¿Cómo te sientes, Addie?

—Mejor —mintió ella mecánicamente, aunque el batido en su estómago se sentía como plomo—. Creo que... creo que iré a la biblioteca un rato. Necesito adelantar el ensayo de Historia de la Magia.

—Te acompaño —dijeron Theo y Draco al unísono.

Adeline sonrió levemente.

—No hace falta que me escoltéis como si fuera una princesa de cristal. Estaré bien. Astoria debe de estar buscándote, Draco. Y Theo, sé que tienes que hablar con Blaise sobre el entrenamiento de Quidditch.

Draco la estudió con detenimiento, buscando cualquier signo de que fuera a desmayarse o a correr al baño. Tras unos segundos, asintió a regañadientes.

—Está bien. Pero si te sientes mareada, envíame un mensaje con una lechuza o pídele a cualquier Slytherin que me busque. No me importa interrumpir la clase de McGonagall.

—Lo haré, Draco. Lo prometo.

Adeline salió de la sala común y caminó por los pasillos fríos. A medida que se alejaba de la seguridad de su hermano y su novio, el ruido del castillo empezó a filtrarse en sus oídos. Los murmullos de los estudiantes, el roce de las túnicas, el eco de los pasos... todo se sentía amplificado.

"Estás gorda", susurró una voz en su mente. "Mira a esas chicas de Gryffindor, se ven tan ligeras. Tú te sientes pesada. Si comes, serás débil".

Adeline apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.

—Cállate —susurró para sí misma.

Al doblar una esquina, se topó de frente con Pansy Parkinson, que caminaba con su habitual aire de superioridad. Pansy se detuvo y miró a Adeline de arriba abajo, deteniéndose en sus mejillas, que estaban un poco más hundidas de lo normal.

—Vaya, Adeline. Si sigues así, vas a terminar pareciendo un espectro de la Torre de Astronomía —dijo Pansy con una sonrisa maliciosa—. ¿Es una nueva moda entre las Malfoy o es que Theodore no te cuida lo suficiente?

Adeline sintió que el aire le faltaba. El comentario de Pansy fue como un dardo envenenado.

—No es asunto tuyo, Pansy —respondió Adeline, tratando de que su voz no temblara.

—Solo digo que Draco está muy preocupado. Todo el mundo lo nota. Está tan ocupado cuidándote que apenas tiene tiempo para sus propios... deberes —Pansy dio un paso más cerca, bajando la voz—. No seas una carga para él, Addie. Ya tiene bastante con lo que tiene.

Pansy se alejó con un movimiento elegante de su túnica, dejando a Adeline paralizada en medio del pasillo. "Carga". La palabra resonaba en su cabeza como una campana fúnebre. ¿Era una carga para Draco? ¿Estaba dificultando su misión, fuera cual fuese, por su debilidad?

La ansiedad estalló en su pecho como una tormenta eléctrica. El pasillo empezó a dar vueltas y las paredes de piedra parecieron cerrarse sobre ella. Necesitaba salir de allí. Necesitaba aire.

En lugar de ir a la biblioteca, Adeline se desvió hacia el patio interior. Corrió hasta que el aire frío del exterior golpeó su rostro. Se apoyó contra una columna, respirando con dificultad, intentando calmar los latidos desbocados de su corazón.

—Uno, dos, tres... —murmuró, recordando las palabras de Theo—. Respira. Solo respira.

—¿Malfoy?

Adeline se sobresaltó y vio a Astoria Greengrass acercándose a ella con expresión preocupada. Astoria, la novia de Draco, siempre había sido amable con ella, poseía una dulzura que era rara en la casa de Slytherin.

—Astoria... hola —dijo Adeline, intentando recuperar la compostura.

—Te he visto salir corriendo. ¿Estás bien? Estás muy pálida.

—Solo... un poco de aire. El castillo está muy cargado hoy.

Astoria se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No le hagas caso a Pansy. La he visto hablar contigo. Es una víbora y solo busca donde hacer daño porque tiene envidia de lo que tú y Theo tenéis. Y de lo que Draco siente por ti.

Adeline bajó la mirada, las lágrimas empezando a nublar su visión.

—¿Soy una carga para él, Astoria? Él tiene tanto que hacer... y yo solo le doy problemas.

—Escúchame bien, Adeline Emma Malfoy —dijo Astoria con una firmeza que sorprendió a la menor—. Draco te adora. Eres lo único en este mundo que lo mantiene humano. Cuidar de ti no es una carga para él, es su salvación. Si no te tuviera a ti por quien luchar, se perdería en la oscuridad que nuestro mundo está construyendo.

Adeline se limpió una lágrima traicionera.

—A veces siento que me estoy rompiendo en mil pedazos y que nadie podrá pegarlos de nuevo.

—No tienes que pegarlos tú sola —respondió Astoria suavemente—. Tienes a Draco. Tienes a Theo. Y me tienes a mí, si me dejas ser tu amiga.

Las dos chicas se quedaron en silencio un momento, observando cómo la nieve empezaba a caer tímidamente sobre el patio.

—Gracias, Astoria —dijo Adeline después de un rato—. De verdad.

—De nada. Ahora, volvamos dentro. Draco va a entrar en pánico si no te encuentra en la biblioteca, y no quiero que hechice a medio colegio buscando a su hermana.

Caminaron de regreso juntas, pero antes de llegar al Gran Comedor, Theo apareció al final del pasillo. Al ver a Adeline, su rostro, que estaba tenso y serio, se relajó visiblemente. Corrió hacia ella y la tomó por los hombros.

—¿Dónde estabas? Fui a la biblioteca y no estabas allí. Draco está a punto de tener un colapso —dijo Theo, su voz cargada de una mezcla de alivio y angustia.

—Lo siento, Theo. Solo necesitaba aire —dijo ella, dejándose abrazar por él.

Astoria les dedicó una sonrisa cómplice.

—La he encontrado en el patio. Ya está bien. Iré a buscar a Draco para decirle que todo está bajo control.

Cuando Astoria se fue, Theo llevó a Adeline a un pequeño nicho detrás de un tapiz. La estrechó contra él con fuerza, como si temiera que pudiera evaporarse.

—No vuelvas a hacer eso, Addie. Por favor. Mi corazón no puede soportarlo.

—Lo siento, Theo. Pansy dijo algo... y perdí el control.

Theo se separó un poco para mirarla, sus ojos encendidos de furia.

—¿Qué te dijo esa...?

—No importa —lo interrumpió Adeline, poniendo una mano en su mejilla—. Lo que importa es que estoy aquí. Y que voy a intentar cenar algo hoy. En el Gran Comedor.

Theo la miró con sorpresa y esperanza.

—¿Estás segura? No tienes que forzarte si no estás lista.

—No estoy lista —admitió ella—. Pero no quiero que la oscuridad gane hoy. Quiero sentarme contigo y con Draco y demostrarme a mí misma que soy más fuerte que este miedo.

Theo le dio un beso largo y tierno en la frente.

—Eres la persona más valiente que conozco, Adeline Malfoy.

Entraron al Gran Comedor minutos después. Draco ya estaba sentado en la mesa de Slytherin, moviendo la pierna con nerviosismo mientras Astoria intentaba calmarlo. Cuando vio a Adeline entrar de la mano de Theo, se puso de pie de inmediato.

—¡Adeline! —exclamó, acercándose a ellos en tres zancadas—. ¿Dónde demonios estabas?

—Estoy bien, Draco. Solo necesitaba un momento —dijo ella, dándole un apretón en la mano—. Y voy a cenar.

Draco se quedó helado, procesando las palabras. Sus ojos se humedecieron por un segundo antes de recuperar su máscara de orgullo.

—Bueno —dijo con voz carrasposa—, ya era hora. Los elfos han hecho pastel de riñón, pero he pedido que traigan algo de sopa de verduras y pan recién horneado.

Se sentaron los cuatro. El ruido del comedor seguía siendo abrumador, y el olor a comida seguía haciendo que el estómago de Adeline se revolviera, pero esta vez era diferente. A su izquierda, Draco vigilaba cada uno de sus movimientos, listo para intervenir si ella se sentía mal. A su derecha, Theo mantenía su mano sobre su muslo por debajo de la mesa, dándole una corriente constante de apoyo silencioso.

Adeline tomó la cuchara con dedos temblorosos. Miró el plato de sopa como si fuera un enemigo en un duelo.

—Tú puedes —susurró Theo al oído.

Adeline tomó el primer sorbo. Fue difícil. Su mente le gritaba que se detuviera, que era demasiado, que no lo merecía. Pero luego miró a Draco, que la observaba con una mezcla de orgullo y amor tan puro que le dio fuerzas.

—Está buena —dijo ella en voz baja, aunque le costaba tragar.

Draco sonrió, una sonrisa real que iluminó todo su rostro.

—Por supuesto que lo está. Es comida de Hogwarts, no esa basura saludable que madre intenta darnos en casa.

La cena transcurrió entre bromas ligeras de Draco y Astoria, mientras Theo se aseguraba de que Adeline no se sintiera presionada. Ella no terminó todo el plato, pero comió más de lo que había comido en toda la semana. Para cualquier otro estudiante, habría sido una cena normal, pero para Adeline Malfoy, fue una victoria en una guerra que aún no terminaba.

Al terminar, mientras caminaban de regreso a las mazmorras, Draco se adelantó un poco con Astoria, dejando a Theo y Adeline atrás.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Theo, rodeando su cintura con el brazo.

—Cansada. Muy cansada —confesó ella—. Pero... no me siento tan sucia como pensaba que me sentiría.

—Eso es porque no hay nada sucio en cuidarse, Addie.

Al llegar a la entrada de la sala común, Draco se detuvo y esperó a que llegaran. Astoria se despidió con un beso y entró, pero Draco se quedó fuera con ellos.

—Theo —dijo Draco, su tono volviéndose serio—. Gracias por estar con ella cuando yo no puedo.

—No tienes que darme las gracias, Draco. Sabes que la quiero.

Draco asintió y luego miró a su hermana. Se acercó y la envolvió en un abrazo protector, uno de esos abrazos que solo se daban cuando estaban lejos de las miradas juiciosas de sus padres.

—Eres mi pequeña guerrera, Addie —susurró Draco contra su pelo—. No dejes que nadie, ni siquiera tú misma, te diga lo contrario.

Adeline cerró los ojos, sintiéndose a salvo entre los dos chicos más importantes de su vida. Sabía que mañana la ansiedad volvería a acechar, que el espejo volvería a ser su enemigo y que la marca en el brazo de Draco seguiría siendo una amenaza constante sobre sus cabezas. Pero esa noche, mientras el frío de las mazmorras los envolvía, Adeline Malfoy no se sentía como una carga. Se sentía amada.

Y en ese mundo de sombras y plata, el amor era la única magia que realmente importaba.

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