I love the way you lie
El eco de los pasos rotos
La luz de la mañana en las mazmorras siempre era de un verde acuoso y mortecino, filtrada a través de las profundidades del Lago Negro. Para Adeline, ese resplandor solía ser tranquilizador, pero hoy se sentía como si estuviera atrapada en una pecera gigante, observada por criaturas que no podía ver. Se despertó con el corazón martilleando contra sus costillas, una sensación de pavor irracional que la saludaba antes incluso de que sus ojos se acostumbraran a la penumbra de su dosel.
Se sentó en la cama, sintiendo cómo el camisón de seda le quedaba cada vez más holgado en los hombros. Pasó sus dedos por sus clavículas, contando los huesos como si fueran cuentas de un rosario macabro. "Todavía están ahí", pensó con una mezcla de triunfo y terror.
—Addie, ¿estás despierta? —La voz de Astoria llegó desde el otro lado de la habitación, suave y cautelosa.
—Sí —respondió Adeline, forzando una voz firme que no poseía—. Solo me estoy preparando mentalmente para la clase de Transformaciones.
—Draco me ha pedido que te acompañe al Gran Comedor —dijo Astoria, apareciendo tras las cortinas de su cama. Su rostro reflejaba una preocupación que intentaba ocultar tras una sonrisa—. Dice que tiene que hablar con el profesor Snape antes de las clases, pero que nos verá allí.
Adeline sintió una punzada de culpa. Draco no tenía que hablar con Snape por cuestiones académicas; ella sabía que se trataba de *aquello*. La tarea que le habían encomendado, el armario evanescente, el peso del mundo sobre sus hombros de diecisiete años. Y aun así, su hermano encontraba tiempo para organizar su horario de comidas como si fuera una estrategia militar.
—No tengo hambre, Astoria. De verdad. Dile que me veréis en el aula.
Astoria se sentó en el borde de la cama de Adeline y le tomó la mano. Sus dedos estaban gélidos.
—Sabes que no puedo hacer eso. Si aparezco en el Gran Comedor sin ti, Draco dejará de respirar. Y Theo... bueno, Theo probablemente incendie la biblioteca buscando una razón lógica para tu ausencia. Solo ven y siéntate con nosotros. Nadie te obligará a comer nada que no quieras.
Adeline suspiró, derrotada. Se puso el uniforme, ajustando el cinturón de su falda más de lo necesario. Al mirarse al espejo, vio a una extraña: una chica de piel traslúcida y ojos grises demasiado grandes para su rostro. "Te ves bien", se mintió a sí misma, aunque su reflejo le devolvía una imagen distorsionada de insuficiencia.
El Gran Comedor estaba en pleno apogeo. El bullicio habitual de platos y conversaciones se sintió como un ataque físico para los sentidos de Adeline. Al llegar a la mesa de Slytherin, vio a Theo sentado junto al sitio vacío de Draco. En cuanto sus ojos se cruzaron con los de ella, la tensión en sus hombros desapareció.
—Llegas tarde, pequeña Malfoy —dijo Theo, levantándose para apartar su silla con una elegancia natural—. Empezaba a pensar que te habías escapado a las cocinas para robarle el trabajo a los elfos.
Adeline se sentó, agradecida por el tono ligero de Theo.
—Ya quisieras. Sus uniformes de fundas de almohada no me favorecen nada —respondió ella, logrando una pequeña sonrisa.
Theo se inclinó hacia ella, bajando la voz mientras le deslizaba una taza de té Earl Grey, el único que ella toleraba sin sentir que su estómago se cerraba por completo.
—¿Cómo ha sido la noche? —preguntó él, escudriñando su rostro con esa intensidad que a veces la hacía sentir desnuda.
—Silenciosa. Pero la mañana es ruidosa —admitió ella, rodeando la taza con sus manos para calentarlas—. Siento que todo el mundo me mira, Theo. Siento que saben que estoy vacía.
—Nadie sabe nada, Addie. Solo ven a la chica más hermosa de Hogwarts —dijo él con firmeza, rozando su rodilla por debajo de la mesa—. Y si alguien mira demasiado, Draco se encargará de que se arrepientan. Hablando del rey de Roma...
Draco entró en el Gran Comedor con paso rápido. Su rostro estaba pálido, casi grisáceo, y tenía ojeras profundas que ni siquiera el mejor hechizo de camuflaje podría ocultar del todo. Sin embargo, en cuanto vio a Adeline sentada a la mesa, sus facciones se relajaron un ápice. Se sentó frente a ella, ignorando su propio plato.
—¿Has dormido algo? —le preguntó Draco a su hermana, ignorando a los demás.
—Más que tú, por lo que veo —replicó ella con suavidad—. Draco, tienes que dejar de vigilarme las veinticuatro horas. Tienes tus propios problemas.
Draco soltó una risa amarga y se inclinó hacia delante, bajando el tono para que solo ellos tres pudieran oírle.
—Tú no eres un problema, Adeline. Eres lo único que tiene sentido en este castillo de locos. Si tú estás bien, yo puedo fingir que todo lo demás también lo está. Así que, hazme el favor y toma al menos un trozo de esa tostada.
Adeline miró el trozo de pan como si fuera una sentencia de muerte. La ansiedad empezó a trepar por su garganta, asfixiándola.
—No puedo, Draco. Siento que si como algo ahora, voy a explotar. O peor, voy a perder el control y no podré parar.
Draco y Theo intercambiaron una mirada de dolor compartido. Sabían que no debían presionar demasiado, pero el miedo a que ella se desvaneciera en cualquier momento era una sombra constante.
—Está bien —dijo Theo, interviniendo con calma—. Bebe el té. Es un comienzo. Draco, deja de mirarla como si fuera un experimento de pociones, la pones nerviosa.
—Solo quiero que esté a salvo —gruñó Draco, aunque se obligó a tomar un sorbo de zumo de calabaza para dar ejemplo.
La mañana transcurrió en una bruma de clases y susurros. En Transformaciones, Adeline sintió que sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener la varita. El profesor Slughorn, en su clase de Pociones, no dejaba de elogiar su "constitución delicada y aristocrática", sin darse cuenta de que cada palabra era un clavo más en el ataúd de su autoestima.
Al mediodía, el cansancio la venció. Mientras Draco se escabullía hacia el séptimo piso —Adeline sabía que iba a la Sala de los Menesteres, aunque él nunca lo admitiera—, ella se dirigió a la torre del reloj, buscando soledad. Pero Theo, que la conocía mejor que nadie, la siguió.
La encontró sentada en el suelo de piedra, con las rodillas pegadas al pecho, mirando hacia el bosque prohibido.
—Sabía que estarías aquí —dijo Theo, sentándose a su lado sin pedir permiso.
—A veces solo necesito que el mundo se detenga, Theo. Todo va demasiado rápido. Draco está haciendo algo peligroso, mis padres envían cartas llenas de amenazas veladas y yo... yo ni siquiera puedo terminar un maldito plato de sopa.
Theo suspiró y la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia su costado.
—El mundo no va a detenerse, Addie. Pero nosotros podemos crear nuestro propio tiempo.
—¿Por qué me quieres, Theo? —preguntó ella de repente, su voz quebrándose—. Soy un desastre. Estoy rota. Draco tiene que cuidarme, tú tienes que cuidarme... soy una carga para todos los que amo.
Theo la obligó a separarse para mirarla a los ojos. Su expresión era de una seriedad absoluta.
—Escúchame bien, Adeline Malfoy. No te quiero porque necesites que te cuiden. Te quiero porque eres la persona más inteligente, sarcástica y leal que he conocido. Te quiero porque cuando sonríes, incluso si es solo un poco, haces que este lugar sea soportable. No eres una carga. Eres mi ancla.
—Pero no soy perfecta —sollozó ella, dejando que las lágrimas cayeran finalmente—. Los Malfoy deben ser perfectos. Y yo soy... soy esto.
—La perfección es una mentira que nos vendieron nuestros padres para controlarnos —dijo Theo, limpiándole las lágrimas con el pulgar—. Mira a Draco. Está a punto de colapsar por intentar ser el hijo perfecto. Mira a mi padre, un hombre "perfecto" ante la sociedad que es un monstruo en casa. No quiero perfección, Addie. Te quiero a ti, con tus miedos, con tus días malos y con tu lucha.
Adeline apoyó la cabeza en su hombro, sintiendo que el nudo en su pecho se aflojaba un poco.
—Draco dice que vamos a salir de esta. ¿Tú lo crees?
—Creo que Draco hará arder el mundo antes de dejar que algo te pase —respondió Theo—. Y yo estaré allí para ayudarle a encender los fósforos. Pero para eso, necesito que tú también luches. No por nosotros, sino por ti. Porque mereces vivir, no solo sobrevivir.
Se quedaron en silencio durante lo que parecieron horas, observando cómo el sol empezaba su lento descenso. La paz fue interrumpida por el sonido de pasos apresurados. Era Draco. Venía sudado, con la corbata deshecha y una expresión de pánico en el rostro.
—¡Addie! —gritó al verlos—. Gracias a Merlín. He tenido un... un incidente en el séptimo piso. Pensé que habías bajado al Gran Comedor y cuando no te vi...
Se dejó caer en el suelo junto a ellos, respirando con dificultad. La fachada de sangre pura impecable había desaparecido por completo.
—Estoy bien, Draco. Theo estaba conmigo —dijo ella, extendiendo una mano para tocar el brazo de su hermano.
Draco la miró y, por un momento, Adeline vio al niño pequeño que solía jugar con ella en los jardines de la mansión, antes de que las sombras se apoderaran de su familia.
—He fracasado otra vez —susurró Draco, bajando la cabeza—. No funciona. El armario no funciona y él me va a matar. Y si me mata a mí, irá a por vosotros.
Adeline sintió una oleada de fuerza que no sabía que tenía. Se acercó a su hermano y lo abrazó con fuerza, ignorando su propia debilidad física.
—No va a matarte, Draco. No lo permitiremos. Somos Malfoy, ¿recuerdas? Siempre encontramos una salida.
Draco se aferró a ella como si fuera su único salvavidas. Theo puso una mano en el hombro de Draco, cerrando el círculo. En ese momento, en lo alto de la torre, eran solo tres adolescentes marcados por el destino, intentando protegerse mutuamente de un invierno que amenazaba con ser eterno.
—Tengo hambre —dijo Adeline de repente. Las palabras sorprendieron incluso a ella misma.
Draco levantó la cabeza, sus ojos brillando con una chispa de esperanza.
—¿De verdad?
—Un poco. Tal vez... tal vez podamos ir a las cocinas. No quiero ir al Gran Comedor. Quiero algo pequeño. Solo nosotros tres.
—Iré a buscar a Astoria —dijo Draco, levantándose de un salto, renovado por la pequeña victoria de su hermana—. Nos vemos en el pasillo de los tapices en diez minutos. Theo, no la dejes sola.
—Ni en un millón de años, Draco —respondió Theo con una sonrisa.
Mientras bajaban las escaleras, Adeline sintió que sus piernas fallaban un poco, pero la mano de Theo en su cintura la mantuvo firme. Sabía que la ansiedad volvería a atacarla en cuanto viera la comida, sabía que el trastorno alimenticio era una voz que no se callaría fácilmente. Pero también sabía que tenía un ejército personal a su lado.
Llegaron a la cocina, donde los elfos domésticos los recibieron con entusiasmo. Astoria ya estaba allí, habiendo sido interceptada por un Draco eufórico. Se sentaron en una mesa pequeña en un rincón cálido, lejos de las miradas de los demás estudiantes.
Un elfo les trajo un plato de frutas cortadas y un poco de queso suave. Adeline miró el plato. La voz en su cabeza empezó a susurrar: "Es demasiado tarde para comer", "Vas a perder tu progreso".
Sintió que el aire le faltaba de nuevo. Sus manos empezaron a temblar.
—Addie —la voz de Draco era suave, carente de cualquier exigencia—. Mira a Theo. Mírame a mí.
Ella obedeció. Vio el amor en los ojos de su novio y la devoción desesperada en los de su hermano.
—Solo un trozo de manzana —dijo Theo—. Uno solo. Por hoy.
Adeline tomó el trozo de manzana. Sus dedos temblaban, pero no dejó de mirar a Theo. Se lo llevó a la boca y masticó lentamente. El sabor era dulce, casi olvidado. Cuando tragó, no hubo una explosión, ni el mundo se acabó.
Draco soltó un suspiro largo y sonoro, apoyando su frente contra la mesa en un gesto de alivio absoluto. Astoria le acarició la espalda, sonriendo a Adeline con lágrimas en los ojos.
—Ese es el primer paso, pequeña —dijo Theo, besando su sien—. Y estaremos aquí para el segundo, el tercero y todos los que vengan.
Esa noche, cuando Adeline regresó a su dormitorio, no se miró al espejo. En su lugar, se acostó y pensó en el sabor de la manzana y en el calor de la mano de Theo. Sabía que la guerra exterior estaba a punto de estallar y que su guerra interna estaba lejos de terminar. Pero por primera vez en meses, el eco de sus propios pasos no se sentía como una huida, sino como un avance.
Dormir fue más fácil esa noche. Porque aunque el mundo de los Malfoy fuera de plata y esmeralda fría, ella había descubierto que el calor humano era el único hechizo capaz de mantener a raya a los dementores de su propia mente. Y mientras tuviera a Draco y a Theo, Adeline Malfoy no permitiría que la oscuridad se la llevara sin luchar.