Idol
Bajo el cielo de cristal
El despertador no tuvo que sonar. Rimi ya estaba despierta, observando cómo la luz grisácea del amanecer se filtraba por las rendijas de las persianas de su habitación en el dormitorio de AERIS. Era un martes inusual, uno de esos escasos días marcados en el calendario con un círculo rojo: "Descanso". Para cualquier otro Idol, significaría dormir hasta mediodía o ponerse al día con series pendientes, pero para ella y Chan, era una oportunidad de oro, un riesgo calculado que ambos habían decidido correr semanas atrás.
Se vistió con sencillez, tratando de pasar desapercibida incluso ante sus propias compañeras. Unos vaqueros anchos, un jersey de lana color crema que le quedaba ligeramente grande y, lo más importante, una gorra negra y una mascarilla que cubría la mitad de su rostro. No quería ser RIMI de AERIS hoy; solo quería ser Ye-rim.
—¿Segura que no quieres que te acompañe a la puerta trasera? —susurró Min-seo, la líder de su grupo, asomándose desde su cama con los ojos entrecerrados por el sueño.
—No te preocupes, unnie —respondió Rimi con esa sonrisa suave que siempre tranquilizaba a los demás—. El manager ya sabe que saldré a caminar un poco. Estaré bien.
—Ten cuidado. Si ves una cámara, corre en dirección opuesta —bromeó Min-seo, aunque sus ojos reflejaban una preocupación genuina.
Rimi asintió y salió en silencio. El aire fresco de Seúl la recibió como un bálsamo. Unos metros más allá de la salida lateral del edificio, una camioneta negra con los cristales tintados esperaba con el motor en marcha. El corazón de Rimi dio un vuelco. Al subir, la fragancia familiar de Chan —una mezcla de sándalo y café— la envolvió de inmediato.
—Hola, pequeña —dijo Chan. Él también vestía de incógnito, con una sudadera con capucha oscura y esa mirada cansada pero brillante que solo reservaba para ella.
—Hola —respondió ella, dejando que él tomara su mano mientras el vehículo se ponía en marcha—. ¿A dónde vamos?
—A un lugar donde el cielo se sienta un poco más cerca y la gente un poco más lejos —contestó él, apretando sus dedos con ternura.
El destino era un pequeño sendero en las afueras, cerca de un mirador poco frecuentado en los días de diario. Durante el trayecto, no hablaron de música, ni de las listas de Billboard, ni de las coreografías que tenían que pulir. Hablaron de cosas triviales: de cómo el perro de Chan, Berry, había estado actuando de forma graciosa, y de cómo Rimi había intentado cocinar pasta la noche anterior con resultados catastróficos.
—Te juro que seguí la receta —decía Rimi, riendo suavemente mientras apoyaba la cabeza en el hombro de él—. Pero el agua simplemente... se desvaneció.
—Eso es un talento, Ye-rim —se burló Chan, dejando un beso rápido sobre la tela de su gorra—. Un talento muy específico para quemar cosas que no deberían quemarse.
Cuando llegaron al sendero, el día parecía perfecto. El sol brillaba con una timidez otoñal y el viento movía las hojas secas con un crujido rítmico. Por un par de horas, se permitieron el lujo de caminar uno al lado del otro. No podían ir de la mano en campo abierto, pero sus hombros se rozaban constantemente, un recordatorio físico de que estaban allí, presentes el uno para el otro.
—A veces olvido que el mundo es tan grande —comentó Rimi, deteniéndose frente a un claro desde donde se veía el valle—. En el escenario, el mundo se reduce a los focos y a las primeras filas. Aquí... me siento pequeña, pero de una forma agradable.
—Es porque aquí no eres una "figura" —Chan se colocó a su lado, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta—. Aquí eres solo tú. Y me encanta esa versión de ti, aunque el resto del mundo no tenga el privilegio de conocerla.
Se sentaron en un banco de madera apartado, compartiendo un termo de té que Chan había preparado. Fue un momento de paz absoluta. Rimi sacó su cámara digital y tomó fotos de los árboles, de sus propios pies juntos sobre la tierra y, cuando él no miraba, de la línea de su mandíbula mientras observaba el horizonte.
Sin embargo, la burbuja comenzó a agrietarse cuando decidieron regresar hacia la zona del aparcamiento para buscar un pequeño café artesanal que Chan conocía.
Al principio fue solo un presentimiento. Rimi notó que un coche gris los seguía a una distancia prudencial desde que bajaron del sendero. Luego, al llegar a la zona más urbana, vio a dos chicas jóvenes detenerse en seco, señalando en su dirección con los ojos muy abiertos mientras sacaban sus teléfonos.
—Chan —susurró ella, bajándose un poco más la visera de la gorra.
—Lo sé. No mires hacia allá —respondió él, su voz cambiando instantáneamente a ese tono protector y firme—. Mantén el paso normal. No corras, eso solo confirma que tenemos algo que ocultar.
Pero el rumor se extendió como la pólvora en la era digital. En cuestión de minutos, lo que era un paseo tranquilo se convirtió en una persecución silenciosa. Al salir del café con sus bebidas, ya no eran dos personas anónimas. Un pequeño grupo de fans y un par de hombres con cámaras profesionales —paparazzis que claramente habían estado siguiendo una pista— los esperaban a unos metros de distancia.
—¡Chan-ssi! ¿Es cierto que estás saliendo con Rimi de AERIS? —gritó uno de los fotógrofos, haciendo que el flash saltara directamente hacia sus rostros.
Rimi sintió que el pánico subía por su garganta. El instinto de una Idol era sonreír y saludar, pero el instinto de una mujer enamorada era esconderse. Se quedó rígida por un segundo, pero sintió la mano de Chan rozar su espalda, dándole fuerza.
—Camina —le ordenó él en voz baja, casi imperceptible—. Los guardias están llegando.
Dos hombres de seguridad, que habían estado siguiendo a la pareja en un coche secundario por precaución, aparecieron rápidamente para formar una barrera humana. Los flashes eran cegadores. El sonido de los obturadores de las cámaras parecía disparos en medio del silencio que Rimi tanto había disfrutado minutos antes.
—¡Rimi, mira aquí! —gritaba otro—. ¿Desde cuándo son cercanos?
Ella mantuvo la cabeza baja, fijando la vista en los zapatos de Chan frente a ella. El corazón le latía tan fuerte que temía que los micrófonos de los reporteros pudieran grabarlo. Intentó recordar lo que había hablado con su agencia: "Si te atrapan, no digas nada. No confirmes, no niegues. Solo sigue caminando".
—No dejes que te asusten —murmuró Chan, posicionándose de tal manera que su cuerpo bloqueaba la mayor parte de los ángulos de cámara que apuntaban a ella—. Ya casi estamos en el coche.
Fue un trayecto de apenas cincuenta metros, pero para Rimi parecieron kilómetros. Cada flash era un recordatorio de que su relación era un "pecado" para la industria, un riesgo para los contratos publicitarios y una posible decepción para los fans más extremos. Cuando finalmente cerraron las puertas de la camioneta, el silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por la respiración agitada de ambos.
Rimi se quitó la mascarilla, revelando un rostro pálido y unos ojos que empezaban a cristalizarse.
—Lo siento —dijo ella, con la voz quebrada—. Arruiné el día. Debería haber sido más cuidadosa.
Chan se giró hacia ella con una expresión de dolor puro. No por las cámaras, sino por verla así. La tomó por los hombros y la obligó a mirarlo.
—Escúchame, Ye-rim. Tú no arruinaste nada. El mundo es el que está mal, no nosotros —le dijo con una intensidad que la dejó sin aliento—. Sabíamos que esto podía pasar. Es el precio que pagamos por hacer lo que amamos, pero no voy a dejar que ese precio incluya perderte a ti.
—Van a subir las fotos, Chan —sollozó ella, dejando que la primera lágrima rodara por su mejilla—. Los fans van a pelear. Tu carrera, la mía... todo el esfuerzo de los grupos...
—Somos humanos —insistió él, rodeándola con sus brazos y apretándola contra su pecho—. Si el mundo no puede entender que el líder de Stray Kids y la maknae de AERIS tienen corazón, ese es su problema. Manejaremos esto con las empresas. No estás sola en esto.
Rimi se aferró a su sudadera, ocultando el rostro en su pecho mientras el vehículo se alejaba del caos. Sabía que, al llegar a los dormitorios, las llamadas de los managers serían incesantes. Sabía que probablemente habría comunicados oficiales hablando de una "amistad cercana" para calmar las aguas. Sabía que tendrían que esconderse aún más a partir de ahora.
—¿Vale la pena? —preguntó ella en un susurro, casi temiendo la respuesta.
Chan se separó lo justo para tomar su rostro entre sus manos. Sus pulgares secaron las lágrimas de Rimi con una delicadeza infinita. A pesar del desastre exterior, sus ojos reflejaban una calma absoluta, una certeza que ella necesitaba desesperadamente.
—Cada segundo de miedo vale la pena si al final del día puedo enviarte un mensaje y saber que estás ahí —respondió él—. Rimi, no eres un secreto del que me avergüence. Eres el tesoro que protejo.
Rimi respiró hondo, sintiendo cómo el calor de las manos de Chan le devolvía la estabilidad. El día de ensueño bajo el "cielo de cristal" se había roto, pero los fragmentos seguían brillando.
—Entonces no tengo miedo —dijo ella, forzando una pequeña sonrisa, esa que Chan siempre decía que iluminaba sus días más oscuros—. Si estamos juntos en esto, pueden tomar todas las fotos que quieran. Solo verán a dos personas caminando, pero nunca sabrán lo que sentimos de verdad.
Chan sonrió, aliviado, y la besó en la frente. El camino de regreso fue silencioso, pero ya no era un silencio tenso, sino uno de complicidad. Miraron por la ventana cómo las luces de Seúl empezaban a encenderse. La ciudad seguía su curso, ajena al drama que estaba a punto de estallar en las redes sociales.
Al llegar cerca del edificio de AERIS, el coche se detuvo en una zona oscura. Era el momento de volver a ponerse las máscaras, de ser RIMI y Bang Chan nuevamente.
—Te llamaré en una hora —prometió él, dándole un último apretón de manos—. No leas los comentarios, Ye-rim. Solo escúchame a mí.
—Lo haré —asintió ella, colocándose la gorra y la mascarilla—. Cuídate, Chan-ah.
Rimi bajó del coche y caminó hacia la entrada de servicio. Antes de entrar, miró hacia atrás y vio las luces traseras de la camioneta alejarse. Sabía que la tormenta estaba cerca, que el día siguiente estaría lleno de reuniones tensas y explicaciones. Pero mientras caminaba por los pasillos del dormitorio, sintió el peso de la cámara en su bolsillo.
Esa noche, mientras el internet ardía con fotos borrosas de dos figuras bajo los árboles, Rimi se encerró en su cama y miró la foto que le había tomado a Chan en el mirador. En la imagen, él no era el líder mundialmente famoso; era solo un chico mirando el horizonte, con la paz reflejada en el rostro porque ella estaba a su lado.
Cerró los ojos y abrazó su almohada. El mundo podía intentar reclamarlos, podía intentar despojarlos de su privacidad y convertirlos en meros productos, pero mientras tuvieran esos momentos robados y esa lealtad inquebrantable, siempre tendrían un lugar al que pertenecer. Un lugar que ninguna cámara podría alcanzar jamás.