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Idol

Reflejos tras el telón

La tormenta mediática había pasado con la misma rapidez con la que se desata un aguacero de verano en Seúl. Durante siete días interminables, Rimi había evitado mirar las tendencias de Twitter y los foros de comunidades coreanas. Las empresas, en un movimiento coordinado y gélido, habían emitido comunicados idénticos: "Los artistas mantienen una estrecha relación de amistad desde hace años y simplemente disfrutaban de un tiempo libre común. Pedimos respeto por su privacidad". Para el público general, la explicación fue suficiente; para los fans, fue combustible para teorías infinitas, pero al menos el fuego ya no amenazaba con quemar sus contratos.

Rimi suspiró frente al espejo del camerino, observando cómo la maquilladora aplicaba una capa de brillo labial sobre sus labios. Hoy era el "K-Global Heart Awards", uno de esos eventos masivos donde la logística es tan compleja que los pasillos se convierten en un laberinto de rostros conocidos.

—Estás muy callada hoy, Rimi-ah —comentó Hana, la estilista jefe, mientras ajustaba los tirantes del vestido plateado de la joven—. ¿Sigues nerviosa por lo de la semana pasada?

—Un poco —admitió Rimi con su voz suave, esa que siempre parecía pedir permiso para ocupar espacio—. No quiero causar más problemas a las unnies ni al staff.

—No digas tonterías —Hana le dio un apretón cariñoso en el hombro—. Todo está bajo control. Además, hoy te ves etérea. Ese color resalta tu piel.

Rimi forzó una sonrisa. Por dentro, su mente estaba a kilómetros de distancia, preguntándose cómo estaría él. No habían podido hablar mucho por teléfono; las agencias habían impuesto un "periodo de enfriamiento" preventivo, limitando sus interacciones incluso en privado para evitar cualquier filtración descuidada. Sabía que Stray Kids ya estaba en el recinto porque había escuchado el eco de sus ensayos desde el escenario principal hace una hora. Solo la idea de que Chan estaba bajo el mismo techo hacía que sus manos temblaran ligeramente.

—¡AERIS, listas para el desfile por la alfombra roja en diez minutos! —anunció un asistente de producción asomando la cabeza por la puerta.

Rimi se levantó, alisando la tela de su vestido. Sus compañeras de grupo ya estaban agrupadas cerca de la salida, riendo y practicando sus poses. Ella se unió a ellas, tratando de adoptar esa fachada de confianza que se esperaba de una idol de su calibre. Sin embargo, antes de salir, pidió un momento para ir al baño.

—No tardes, el manager nos matará si perdemos el turno —le advirtió Min-seo con un guiño.

Rimi asintió y se escabulló por el pasillo lateral. El área de los camerinos era un caos controlado. Idols masculinos con trajes de terciopelo, bailarines de apoyo con máscaras y miembros del staff con auriculares corrían de un lado a otro. Ella caminó con la cabeza baja, buscando un momento de soledad para respirar antes de enfrentarse a los flashes.

Al doblar una esquina cerca de la zona de almacenamiento de equipos, donde las luces eran más tenues y el ruido del escenario llegaba amortiguado, una mano firme pero delicada la tomó suavemente del antebrazo y la atrajo hacia el hueco entre dos grandes cajas de transporte de instrumentos.

Rimi estuvo a punto de soltar un grito, pero el aroma a sándalo y café la detuvo en seco.

—Soy yo —susurró una voz profunda que hizo que todo el estrés de la última semana se evaporara al instante.

Era Chan. Llevaba un traje de cuero negro con detalles en plata, el cabello peinado hacia atrás de una forma que lo hacía lucir imponente, como el líder nato que era. Pero sus ojos... sus ojos estaban llenos de esa ternura vulnerable que solo ella conocía.

—Chan-ah —susurró ella, dejando que su espalda descansara contra la pared fría.

—Solo tengo un minuto —dijo él, acortando la distancia entre ambos hasta que sus pechos casi se tocaban—. Quería asegurarme de que estabas bien. Me he sentido como un criminal por no poder llamarte estos días.

—Estoy bien, de verdad —Rimi extendió una mano y rozó tímidamente el cuello de su chaqueta—. Me preocupaba más que tú estuvieras bajo demasiada presión. Tu empresa es más estricta con estas cosas.

Chan soltó una risa seca, negando con la cabeza.

—He tenido reuniones largas, sí. Pero no me importa lo que digan los directivos mientras tú estés tranquila. ¿Has estado comiendo bien? ¿Has dormido?

—He dormido poco, pero he pensado mucho —respondió ella, mirando sus propios dedos sobre el traje de él—. Tuve miedo de que esto fuera el fin. De que decidieras que es demasiado difícil.

Chan tomó su rostro entre sus manos, ignorando por completo que cualquier persona del staff podría doblar la esquina en ese preciso momento. La intensidad de su mirada era casi abrumadora.

—Escúchame bien, Ye-rim —dijo con voz ronca—. Nunca va a ser "demasiado difícil". Lo que pasó la semana pasada solo me demostró que tengo que ser más inteligente para protegerte, no que deba alejarme. Eres lo único real que tengo en medio de todo este teatro.

Rimi sintió un nudo en la garganta. La dulzura de Chan no era algo infantil; era una fuerza protectora que la envolvía como una manta en pleno invierno. Se puso de puntillas y escondió el rostro en el hueco de su cuello, aspirando su perfume una vez más.

—Te extraño tanto —murmuró ella.

—Y yo a ti. Cada maldito segundo —Chan la estrechó contra él, disfrutando de ese breve contacto físico que les había sido robado—. Te ves hermosa hoy, por cierto. Cuando salgas al escenario, voy a estar mirándote desde el backstage. No importa cuántas cámaras haya, solo baila para mí.

Rimi se separó un poco, con las mejillas encendidas.

—Lo haré. Y tú... trata de no ser demasiado obvio cuando nos crucemos en el final del show. Los fans están analizando cada uno de tus parpadeos.

—Que miren —dijo él con una sonrisa desafiante—. Si me pillan sonriendo porque te veo pasar, diré que estaba recordando un buen chiste.

De repente, el sonido de pasos apresurados y el grito de un manager buscando a alguien de Stray Kids resonó en el pasillo principal. La burbuja de seguridad se rompió.

—Tengo que irme —dijo Chan, dándole un beso rápido y casto en la comisura de los labios, un contacto que supo a promesa—. Nos vemos ahí fuera, Rimi-ah.

—Ve —respondió ella, recuperando su compostura—. Suerte con la presentación.

Chan le dedicó una última mirada cargada de significado antes de salir del escondite y caminar con paso decidido hacia su grupo, transformándose de nuevo en el Bang Chan infalible y enérgico que el mundo conocía.

Rimi se quedó allí unos segundos más, tratando de calmar los latidos de su corazón. Se retocó el vestido y se aseguró de que su maquillaje no se hubiera corrido. Cuando finalmente regresó con sus compañeras, Min-seo la miró de arriba abajo con una ceja levantada.

—Te ha sentado bien el baño, tienes mejor cara —comentó la líder de AERIS con un tono de voz que sugería que sabía exactamente lo que había pasado.

—Solo necesitaba un momento de paz —respondió Rimi, manteniendo su voz suave y reservada.

La noche transcurrió como un torbellino de luces, música ensordecedora y sonrisas ensayadas. AERIS realizó su presentación de manera impecable. Rimi, inspirada por las palabras de Chan, bailó con una energía que sorprendió incluso a sus propias compañeras. Cada movimiento era fluido, cada mirada a la cámara llevaba un mensaje oculto que solo una persona en todo el estadio podría descifrar.

Stray Kids, por su parte, prendió fuego al escenario con su habitual potencia. Rimi los observó desde el monitor del camerino, con el corazón hinchado de orgullo al ver a Chan dominar a la multitud. Era difícil conciliar a ese hombre poderoso y feroz con el chico que acababa de susurrarle palabras dulces entre cajas de madera.

Finalmente, llegó el momento del "Encore", donde todos los grupos subían al escenario para saludar al público mientras caía el confeti. Era el momento más peligroso y, a la vez, el más esperado.

Rimi caminaba junto a las chicas de AERIS, saludando a los fans de las primeras filas. El escenario estaba lleno de gente. Ella sentía la presencia de Chan incluso antes de verlo. Estaba a unos diez metros, hablando con un miembro de otro grupo de chicos.

A medida que los grupos se mezclaban, el espacio entre ellos se redujo. Rimi se detuvo a saludar a una senior, y al girarse, se encontró casi frente a frente con él.

El mundo pareció ralentizarse. Los gritos de miles de personas se convirtieron en un zumbido lejano. Chan la miró de frente. No hubo una sonrisa exagerada, ni un gesto obvio. Simplemente hizo una reverencia educada, la misma que haría a cualquier otra colega de la industria.

—Felicidades por el premio, Rimi-ssi —dijo él, su voz proyectándose lo suficiente para que los micrófonos cercanos captaran la formalidad.

—Muchas gracias, Chan-sunbaenim —respondió ella, devolviendo la reverencia con una gracia perfecta—. Ustedes también estuvieron increíbles.

Fue una interacción de tres segundos. Profesional, fría, perfecta. Pero mientras se cruzaban, el dedo meñique de Chan rozó la mano de Rimi por debajo de las mangas anchas de sus respectivos trajes. Fue un toque eléctrico, un código secreto que decía: "Sigo aquí. No te he soltado".

Rimi siguió caminando con una sonrisa serena, mientras el confeti plateado se enredaba en su cabello. Sabía que al día siguiente, los portales de noticias publicarían fotos de ese saludo bajo titulares como: "La respetuosa interacción entre Bang Chan y Rimi tras los rumores". Los fans discutirían sobre si se veían incómodos o si realmente eran solo conocidos.

Pero a ella ya no le importaba la percepción pública.

Horas más tarde, ya en la camioneta de regreso al dormitorio, su teléfono vibró en el bolsillo de su abrigo. Era un mensaje de texto de un número no guardado.

"Me ha costado mucho no abrazarte frente a todo el mundo cuando te vi con ese vestido plateado. Parecías una estrella que bajó solo para saludarme. Descansa, pequeña. Mañana será un día mejor".

Rimi apoyó la frente contra la ventana fría del vehículo, observando las luces de Seúl pasar a toda velocidad. El camino para ser una pareja normal en una industria que exigía perfección y soltería eterna era, efectivamente, una batalla cuesta arriba. Habría más fotos robadas, más comunicados de prensa y más momentos de miedo.

Sin embargo, mientras sentía el calor del mensaje de Chan en su corazón, Rimi comprendió que no estaban simplemente sobreviviendo a la industria. Estaban construyendo algo propio, un refugio privado hecho de notas dobladas, susurros en pasillos oscuros y roces de manos invisibles para el resto del mundo.

Eran idols, sí. Eran figuras públicas cuya carrera pendía de un hilo. Pero antes que nada, eran dos seres humanos que se habían encontrado en medio del caos, y mientras se tuvieran el uno al otro, el ruido de las cámaras nunca sería más fuerte que el eco de su propio amor.

—¿Rimi? ¿Te has quedado dormida? —preguntó Min-seo a su lado.

—No —respondió ella, guardando el teléfono con una sonrisa que no buscaba llamar la atención, pero que brillaba con una luz genuina—. Estoy más despierta que nunca.