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In another life

Las Sombras de la Galería y el Rastro de la Sangre

La Gran Gala del Loto no era más que un mercado de carne de alta alcurnia, envuelto en seda y bañado en champaña de oro. Taehyung caminaba del brazo de Jungkook, sintiendo cómo las miradas de los aristócratas se clavaban en ellos como agujas. Cada sonrisa que recibían era una mentira; cada reverencia, un cálculo político. El dinero infinito del Reino Loto se exhibía en las lámparas de cristal de bohemia y en los hilos de platino que decoraban las paredes, una opulencia que pretendía ocultar el hedor a corrupción que Taehyung detectaba con la precisión de un sabueso.

— Mantén esa sonrisa, Taehyung —susurró Jungkook, inclinándose hacia él mientras saludaban a un embajador—. Los analistas deberían saber que la percepción es la única realidad que importa en este salón.

— La percepción es una ilusión para los débiles de mente, Jungkook —respondió Taehyung sin mover apenas los labios, manteniendo su expresión de serenidad angelical—. La realidad es que tu mano está temblando ligeramente. ¿Es ansiedad o es el peso de los secretos que guardas bajo esa chaqueta militar?

Jungkook apretó el agarre sobre el brazo del omega, sus ojos oscuros centelleando bajo la luz de los candelabros.

— Es anticipación. Me gusta ver cómo intentas diseccionarme mientras el mundo entero nos envidia.

Mientras la música de cuerdas llenaba el salón, en el extremo opuesto del palacio, lejos del brillo y el perfume, Park Jiwuo se deslizaba por las sombras de los niveles inferiores. Jiwuo, el mejor amigo de Taehyung, no poseía el linaje real de los Kim, pero tenía una agilidad y una lealtad que ninguna corona podría comprar. Vestido con el uniforme de un sirviente de mantenimiento, se movía por los pasillos de piedra húmeda que conducían a los calabozos, el lugar donde la historia oficial del reino se borraba a base de látigo y silencio.

Jiwuo sabía que Taehyung estaba atrapado en un juego psicológico mortal, pero él estaba allí para encontrar las pruebas físicas. Su objetivo era la celda 402, un ala que, según los registros oficiales, no existía desde el gran incendio de hace una década.

— Solo un poco más —susurró para sí mismo, evitando a una patrulla de guardias alfas cuyo aroma a sudor y metal oxidado le revolvía el estómago—. Tengo que encontrar lo que le hicieron a la familia de Tae.

De vuelta en el salón, la tensión entre los prometidos alcanzó un punto de ebullición cuando el Rey Jeon, el padre de Jungkook, se levantó para dar un brindis. Era un hombre cuya presencia emanaba una crueldad gélida, la misma que Jungkook había heredado pero que ocultaba tras una máscara de carisma.

— Por la unión de las dos castas más puras —proclamó el Rey, alzando su copa de cristal—. Por la sangre que nos mantiene en la cima y por el futuro que construiremos sobre la lealtad absoluta.

Taehyung bebió, pero el líquido le supo a ceniza. Sus ojos se cruzaron con los de una mujer mayor sentada en la mesa de los consejeros; ella apartó la mirada con una expresión de terror puro. Taehyung lo anotó mentalmente: *miedo sistémico*. El Reino Loto no se mantenía por lealtad, sino por un engaño tan vasto que incluso los que estaban en el poder temían su propia sombra.

— Debo retirarme un momento —dijo Taehyung, soltándose del brazo de Jungkook—. El exceso de "lealtad" me está provocando una migraña.

— No te pierdas en los pasillos, mi vida —dijo Jungkook con una sonrisa burlona—. Hay rincones en este palacio que no son aptos para omegas curiosos, incluso para aquellos con doctorados.

— No te preocupes —respondió Taehyung, dándole la espalda—. Sé exactamente dónde no debo mirar.

Pero Taehyung hizo lo contrario. Usando su conocimiento de la arquitectura forense, se dirigió hacia el ala este, donde se encontraba la oficina privada del Gran Tesorero. Si el Reino Loto tenía dinero infinito, era porque alguien estaba drenando los recursos de las provincias periféricas de forma ilegal. Al entrar en el pasillo, el aroma a chocolate amargo de Jungkook pareció desvanecerse, reemplazado por un olor metálico, antiguo y denso. Sangre.

Taehyung se detuvo en seco. El pasillo estaba desierto, pero frente a una puerta de roble oscuro, una mancha roja se extendía por la alfombra color crema. Se arrodilló, rozando el líquido con la punta de sus dedos enguantados. Estaba fresca.

— Un análisis rápido —susurró para calmar sus propios nervios—. Hemorragia arterial, probablemente causada por un objeto punzante. No hay signos de lucha. La víctima fue sorprendida.

Siguió el rastro de gotas hasta una puerta entreabierta. Al entrar, se encontró con una escena que rompería a cualquier persona común, pero Taehyung solo sintió una fría determinación. El Tesorero Real yacía sobre su escritorio, con la garganta cortada con una precisión quirúrgica. Sobre los libros contables, una corona de loto de plata, manchada de sangre, descansaba como un recordatorio de quién mandaba realmente.

— Llegas tarde al análisis de la escena, Taehyung.

La voz de Jungkook provino de las sombras detrás de la cortina de terciopelo. El alfa salió a la luz, limpiándose las manos con un pañuelo de seda blanca. No había rastro de la calidez fingida de hace unos minutos.

— Tú lo mataste —dijo Taehyung, sin levantarse de su posición.

— Él estaba empezando a tener conciencia, y la conciencia es cara, Taehyung. Mucho más cara que los millones que estaba desviando para mi padre —Jungkook se acercó, rodeando el escritorio—. La traición familiar es una tradición en el Reino Loto. Mi padre traicionó a los Kim hace veinte años para quedarse con las minas de diamantes de tu familia, y ahora yo estoy limpiando sus errores para que, cuando la corona sea mía, no queden cabos sueltos.

Taehyung se puso de pie, su rostro era una máscara de hielo.

— Así que es cierto. La felicidad de mi familia fue sacrificada por este oro manchado. Mi padre no murió en un accidente de caza, ¿verdad?

Jungkook soltó una risa suave, casi afectuosa.

— Tu padre era un hombre humilde y honesto. En este mundo, eso es una sentencia de muerte. Mi padre lo eliminó porque él no entendía que el poder no se comparte, se arrebata. Y ahora, tú y yo estamos unidos por ese mismo destino.

— No somos iguales, Jungkook. Tú eres un asesino; yo soy el que te llevará a la horca.

— ¿Con qué pruebas? —Jungkook señaló el cuerpo—. ¿Crees que alguien creerá al omega "prodigio" frente al futuro rey? En este reino, la verdad es lo que yo diga que es. Además, ¿dónde está tu amiguito? ¿Park Jiwuo, verdad?

El corazón de Taehyung dio un vuelco. Intentó mantener su pulso estable, pero el nombre de Jiwuo en los labios de Jungkook era una amenaza directa.

— No sé de qué hablas.

— Oh, por favor. Sé que está en los calabozos. Mis guardias lo están esperando en la celda 402. Esa celda tiene un mecanismo muy interesante: se llena de agua filtrada del estanque de lotos en cuestión de minutos. Si no quieres que tu mejor amigo muera ahogado mientras tú juegas a ser detective, te sugiero que guardes ese grabador que llevas en el bolsillo y vuelvas al salón conmigo.

Taehyung sintió cómo el aire se escapaba de sus pulmones. El engaño era total. Jungkook lo había previsto todo. El dinero infinito del reino se usaba para comprar cada cámara, cada guardia, cada respiro de los que vivían bajo su techo.

— Eres un monstruo —siseó Taehyung.

— Soy el hombre que te ama, a mi manera —respondió Jungkook, extendiendo la mano—. Vamos, Taehyung. Regresemos a la gala. Tenemos un brindis que terminar. Elige: la verdad y la muerte de Jiwuo, o el silencio y una vida de riqueza infinita a mi lado.

Taehyung miró la mano de Jungkook. Miró la corona manchada de sangre sobre el escritorio. En su mente, las piezas del rompecabezas se reconfiguraron. Si quería salvar a Jiwuo y destruir a los Jeon, no podía hacerlo desde la rectitud moral. Tendría que descender al mismo fango que Jungkook.

— La felicidad es algo que olvidé hace mucho tiempo, Jungkook —dijo Taehyung, aceptando la mano del alfa con una fuerza que lo sorprendió—. Pero la venganza es un sentimiento que tengo muy presente.

Jungkook sonrió, creyendo que había ganado. Lo que no sabía era que Taehyung, mientras le daba la mano, había dejado caer discretamente un pequeño transmisor en el bolsillo de la chaqueta del alfa, uno conectado directamente al sistema de comunicación de los guardias que Jiwuo había hackeado minutos antes.

Mientras caminaban de regreso al salón, Taehyung se obligó a sonreír. El aroma a tierra mojada y chocolate amargo ahora le recordaba a una tumba abierta, pero él caminaría hacia ella con la cabeza en alto.

En las profundidades del palacio, Jiwuo escuchó la señal en su auricular. La voz de Taehyung, codificada, le dio la orden: "Fuego en el jardín". No era una orden de retirada, sino el inicio del plan de contingencia.

— Lo tengo, Tae —susurró Jiwuo, abriendo la caja fuerte de la celda 402, que no contenía prisioneros, sino los documentos originales de la expropiación de las tierras de los Kim y las pruebas de la traición del Rey Jeon—. Vamos a quemar este reino hasta los cimientos.

Al entrar de nuevo en el gran salón, el Rey Jeon los miró con aprobación.

— ¿Todo en orden, hijo? —preguntó el monarca.

— Todo perfecto, padre —respondió Jungkook, apretando la cintura de Taehyung—. El príncipe Kim acaba de comprender el verdadero valor de nuestra corona.

Taehyung alzó su copa de champaña, mirando a través del cristal burbujeante.

— Por el Reino Loto —dijo Taehyung con voz clara, atrayendo la atención de todos los presentes—. Y por los secretos que finalmente salen a la luz.

En ese momento, las luces del salón parpadearon. Un olor a humo empezó a filtrarse por los conductos de ventilación. Taehyung sintió la vibración de su teléfono en el muslo: un mensaje de texto de un número desconocido que solo decía: *“La sangre ha sido cobrada”*.

Jungkook frunció el ceño, detectando que algo no iba según su guion.

— ¿Qué has hecho, Taehyung? —preguntó en un susurro peligroso.

Taehyung se inclinó hacia él, imitando el gesto de intimidad que Jungkook había usado antes.

— He dejado de ser un analista, Jungkook. Ahora soy el juez. Y tu sentencia acaba de comenzar.

El caos estalló cuando las puertas del salón se abrieron de par en par y Jiwuo entró, no como un sirviente, sino portando el estandarte de la familia Kim, seguido por un grupo de guardias que habían jurado lealtad a la sangre pura de Europa, no al trono usurpado de los Jeon.

La corona manchada de sangre ya no estaba en la oficina del tesorero; estaba en la mente de todos los presentes como una mancha imborrable. El dinero infinito no podía comprar el silencio cuando el fuego de la verdad empezaba a lamer las cortinas de seda.

Taehyung miró a Jungkook a los ojos y, por primera vez, vio miedo en el alfa.

— Dijiste que el diablo reclama lo que es suyo —sentenció Taehyung—. Pues bienvenido al infierno, Jungkook. Yo mismo encendí la cerilla.

La gala se convirtió en un campo de batalla de susurros y gritos. La traición familiar había salido a la luz, y el Reino Loto, construido sobre engaños y muertes, empezaba a desmoronarse bajo el peso de una verdad que Taehyung había diseccionado hasta dejarla en el hueso. La felicidad podía estar olvidada, pero la justicia tenía un aroma muy parecido a la lavanda y la vainilla, mezclado con el humo de un imperio que caía.