In another life
El Veneno en la Copa de Oro y el Despertar del Heredero
La memoria es un arma de doble filo, y para alguien con la formación analítica de Kim Taehyung, olvidar no era una opción biológica, sino una negligencia profesional. Tres meses antes de que la sangre del Tesorero Real manchara las alfombras de seda, Taehyung todavía creía en la posibilidad de un hogar. Recordaba el aroma a chocolate amargo de Jungkook no como una amenaza, sino como un refugio. Pero el amor, en las altas esferas del Reino Loto, siempre había sido el preludio de una ejecución.
Todo se quebró una tarde de otoño, cuando el sol se ponía sobre los campos de lotos, tiñéndolos de un rojo premonitorio. Taehyung había regresado temprano de una conferencia forense, con la intención de sorprender a su esposo. Lo que encontró fue la disección cruda de su propia vida. Detrás de las puertas dobles de la oficina del Rey, escuchó la voz de Jungkook, desprovista de la calidez fingida que le dedicaba en la alcoba.
—Taehyung es una pieza útil, padre, nada más —decía Jungkook, y el sonido de su voz era como el cristal rompiéndose—. Su linaje purifica nuestra imagen ante las cortes europeas. Una vez que la transición del poder sea absoluta y las minas de los Kim estén legalmente bajo mi firma, su utilidad habrá expirado. Un omega con demasiada inteligencia es un riesgo que no pienso correr a largo plazo.
—¿Y el lazo? —preguntó el Rey con una voz ronca—. Son predestinados, Jungkook. La biología no se puede ignorar tan fácilmente.
—La biología se somete ante la ambición —sentenció Jungkook con una frialdad que heló la sangre de Taehyung—. El lazo me da acceso a su confianza, y su confianza me da el reino. Si el destino me lo entregó, fue para que yo lo usara como un escalón, no como un igual.
Taehyung, apoyado contra la pared fría del pasillo, cerró los ojos. No lloró. Su mente, entrenada para el análisis de crisis, entró en un estado de hiperlucidez. En ese instante, el joven elegante y humilde que creía en la redención del Reino Loto murió. En su lugar, emergió el analista forense, aquel que podía mirar un cadáver —o un matrimonio muerto— y determinar la causa exacta de la fatalidad. La causa era la avaricia; el arma, una corona.
Días después, en la penumbra de una biblioteca olvidada en las afueras de la capital, Taehyung se sentó frente a Park Jiwuo. El aire olía a papel viejo y a la determinación silenciosa de dos personas que ya no tenían nada que perder.
—Te lo advertí, Tae —dijo Jiwuo en voz baja, colocando una mano sobre la de su amigo—. Los Jeon no tienen corazón, tienen un pozo de ambición donde debería estar el alma.
—Lo sé, Jiwuo —respondió Taehyung, y su voz no tembló—. Pero el error de Jungkook no fue traicionarme. Su error fue creer que soy solo un omega de sangre pura esperando a ser guiado. Ha olvidado que sé cómo piensa un criminal. Ha olvidado que yo puedo ver las grietas en su estructura antes de que él mismo las note.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Jiwuo, sus ojos brillando con una lealtad inquebrantable—. El dinero de los Jeon es infinito. Tienen a la guardia, a los jueces y a la prensa en sus bolsillos.
—El dinero es infinito, pero la lealtad comprada es volátil —Taehyung desplegó un mapa del palacio sobre la mesa, marcando con un círculo rojo los calabozos y el ala de tesorería—. El Reino Loto es un gigante con pies de barro. Se sostiene sobre el engaño de que la familia Kim desapareció por causas naturales. Si demostramos que fue un asesinato masivo para usurpar nuestras tierras, el apoyo internacional se desvanecerá en un segundo.
—¿Me estás pidiendo que me infiltre? —Jiwuo sonrió de lado, una expresión que ocultaba el peligro que estaba dispuesto a correr.
—Te estoy pidiendo que seas mis ojos donde la luz no llega —dijo Taehyung—. Yo me quedaré en el centro del huracán. Me dejaré marcar, me dejaré besar y permitiré que Jungkook crea que tiene el control absoluto. Mientras él se prepara para su coronación, nosotros prepararemos su funeral político.
—Es peligroso, Tae. Si descubre que estás analizando sus movimientos, no dudará en eliminarte.
—Que lo intente —sentenció Taehyung—. Para cuando se dé cuenta de que la corona que se pone en la cabeza está manchada con la sangre de su propio padre y la de los míos, ya será tarde. Yo no quiero solo el trono, Jiwuo. Quiero que vea cómo todo lo que ama, ese poder absoluto, se deshace entre sus dedos como arena.
Durante las semanas siguientes, Taehyung se convirtió en el actor perfecto. Soportó el aroma a chocolate amargo de Jungkook, permitiendo que el alfa lo rodeara con sus brazos en las cenas de gala, mientras su mente registraba cada inconsistencia en los libros contables que Jungkook dejaba descuidadamente sobre su escritorio. Cada beso era un dato; cada caricia, una observación sobre la psicología de un manipulador que se cree invencible.
—Pareces distraído, mi vida —le dijo Jungkook una noche, mientras compartían una copa de vino en la terraza—. ¿Es el peso de los preparativos para la gala?
—Solo pensaba en el futuro —mintió Taehyung con una sonrisa que habría engañado al mismísimo diablo—. En lo que significa llevar una corona. A veces me pregunto si el precio que pagamos por el poder no es demasiado alto.
Jungkook lo atrajo hacia sí, su aroma inundando los sentidos de Taehyung en un intento de sumisión biológica.
—El poder no tiene precio, Taehyung. Solo tiene dueños. Y pronto, tú y yo seremos los únicos dueños de todo lo que alcance la vista.
—Tienes razón —susurró Taehyung contra su cuello, mientras sus ojos permanecían fríos y calculadores—. El poder tiene dueños. Y el destino suele ser muy irónico con respecto a quién elige para portarlo.
El plan se puso en marcha con la precisión de un reloj suizo. Jiwuo, bajo la identidad de un sirviente, comenzó a recopilar los fragmentos de la verdadera historia. Descubrió que la celda 402 no era solo un lugar de tortura, sino el archivo secreto donde el Rey Jeon guardaba los documentos originales de la masacre de los Kim. Era el trofeo del monarca, el recordatorio de su victoria sobre la "humildad" de la sangre pura europea.
—Tae, lo encontré —le informó Jiwuo a través de un canal seguro días antes de la gala—. No solo son las tierras. Tu padre tenía pruebas de que los Jeon estaban financiando guerrillas en las fronteras para bajar el valor de las propiedades y comprarlas por una fracción de su costo. Es una traición al reino mismo, no solo a tu familia.
—Guárdalo todo —ordenó Taehyung—. El día de la gala, cuando Jungkook crea que ha alcanzado la cima, le quitaremos la escalera.
La noche de la gala, el ambiente en el palacio era de una opulencia casi obscena. Taehyung se miró al espejo por última vez antes de salir. El traje blanco, símbolo de la pureza que Jungkook creía poseer, era en realidad su mortaja. El analista forense estaba listo para cerrar el caso.
—¿Estás listo, príncipe mío? —preguntó Jungkook, apareciendo en el umbral de la puerta. Se veía imponente, una figura de autoridad y belleza letal.
—Más de lo que imaginas, Jungkook —respondió Taehyung, dándose la vuelta—. Esta noche será recordada por generaciones. El Reino Loto nunca volverá a ser el mismo.
Jungkook, cegado por su propia arrogancia, tomó el comentario como un halago a su futura grandeza. No pudo detectar la nota de finalidad en la voz de su omega. No pudo ver que, detrás de esos ojos brillantes, Taehyung ya había dictado la sentencia.
—Me gusta tu ambición —dijo Jungkook, besando su mano—. Por fin estás empezando a sonar como uno de nosotros.
—No, Jungkook —pensó Taehyung mientras caminaban hacia el salón principal—. Estoy empezando a sonar como la justicia que olvidaste incluir en tus cálculos.
El resto fue una danza de sombras. El encuentro en el jardín, el descubrimiento del cuerpo del Tesorero —un cabo suelto que Jungkook eliminó sin saber que Taehyung lo estaba usando como el clavo final de su ataúd— y la confrontación en el salón.
Cuando Jiwuo entró con el estandarte de los Kim, el mundo pareció detenerse. Los invitados, que segundos antes brindaban por la dinastía Jeon, retrocedieron ante la evidencia física que Jiwuo empezó a proyectar en las pantallas del gran salón: grabaciones, documentos firmados y la confesión grabada del Tesorero antes de morir, que Taehyung había logrado obtener mediante un informante días atrás.
—¡Esto es una farsa! —gritó el Rey Jeon, pero su voz sonó hueca, despojada de su autoridad—. ¡Guardias, arresten a estos traidores!
Pero los guardias no se movieron. Muchos de ellos eran omegas y betas que habían sufrido bajo el régimen de los Jeon, y otros tantos habían sido comprados por la fortuna personal que Taehyung había mantenido oculta en cuentas europeas, lejos del alcance de su esposo.
Jungkook miró a Taehyung, y por primera vez, el chocolate amargo en su aroma se volvió rancio por el miedo.
—Taehyung... ¿qué has hecho? —preguntó, su voz apenas un susurro—. Éramos predestinados. El lazo...
—El lazo fue tu mayor error, Jungkook —dijo Taehyung, dando un paso hacia adelante mientras la multitud se abría a su paso—. Creíste que porque mi cuerpo reaccionaba a ti, mi mente también te pertenecería. Analicé tu amor y lo encontré carente de sustancia. Analicé tu corona y vi que estaba podrida.
Taehyung se acercó al trono, donde la corona de la reina consorte —la que le correspondía a él— descansaba sobre un cojín de terciopelo. La tomó entre sus manos, pero no se la puso. En su lugar, la lanzó a los pies de Jungkook.
—Esta corona está manchada con la sangre de mi padre y de miles de personas que sufrieron por tu avaricia —declaró Taehyung, su voz resonando en cada rincón del salón—. No soy tu pieza, Jungkook. Soy el heredero legítimo de las tierras que robaste, y hoy, el Reino Loto vuelve a sus verdaderos orígenes.
Jiwuo se posicionó al lado de Taehyung, entregándole un fajo de documentos sellados por la Corte Internacional.
—El reinado de los Jeon ha sido invalidado —anunció Jiwuo con orgullo—. Por crímenes contra la humanidad, traición al estado y asesinato premeditado.
Jungkook intentó abalanzarse sobre Taehyung, impulsado por una rabia ciega, pero fue interceptado por sus propios guardias de élite. El alfa dominante, el manipulador que creía heredar el mundo, fue reducido al suelo, su rostro presionado contra el mármol que tanto amaba.
—¡Me perteneces! —rugió Jungkook, forcejeando—. ¡Eres mi omega! ¡El destino lo quiso así!
Taehyung se arrodilló frente a él, mirándolo con una mezcla de lástima y desprecio profesional.
—El destino nos dio una conexión, Jungkook, pero tú elegiste convertirla en una cadena. Un analista siempre busca el patrón, y tu patrón fue la traición. Mi patrón, sin embargo, es la supervivencia.
Taehyung se puso de pie y miró al resto de la corte. La elegancia y la humildad que lo caracterizaban seguían allí, pero ahora estaban templadas por el fuego de la victoria.
—Llévenselos —ordenó Taehyung, refiriéndose al Rey y a su hijo—. Los calabozos que ellos mismos construyeron serán sus nuevos aposentos. Veamos si el dinero infinito puede comprarles una salida de la historia.
Mientras la guardia se llevaba a los Jeon, el silencio en el salón era absoluto. Taehyung miró a Jiwuo, quien le dedicó una pequeña sonrisa de alivio. La destrucción de la dinastía era total.
—¿Y ahora qué, Tae? —preguntó Jiwuo, acercándose—. La corona sigue ahí.
Taehyung miró el trono de mármol negro. La felicidad seguía siendo un concepto lejano, una sombra de una vida que le habían arrebatado antes de que pudiera disfrutarla. Pero la paz, una paz ganada a través de la justicia y la analítica, era un consuelo suficiente.
—Ahora —dijo Taehyung, caminando hacia las grandes puertas que daban a los jardines de lotos—, vamos a limpiar esta casa. El Reino Loto ya no necesita reyes que hereden todo por derecho de sangre. Necesita a alguien que entienda el valor de la verdad.
Caminó hacia la noche, dejando atrás el brillo falso del oro y el aroma a chocolate amargo que una vez lo engañó. El aire de la noche era fresco, purificador, muy parecido a los vientos de las montañas europeas que lo habían visto nacer. Kim Taehyung, el omega prodigio, no solo había sobrevivido a la traición; había diseccionado un imperio y, de sus cenizas, estaba listo para construir algo que el dinero nunca podría comprar: un legado de integridad.
La corona manchada de sangre quedó olvidada en el suelo del salón, un pedazo de metal sin valor frente a la fuerza de una mente que se negó a ser sometida. El juego había terminado, y el analista, finalmente, había cerrado el caso más importante de su vida: el de su propia libertad.