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In another life

El Espejismo de la Lavanda y el Acero

La memoria es un archivo traicionero, especialmente para alguien entrenado en la precisión de la analítica forense. Para Kim Taehyung, los recuerdos no eran simples imágenes, sino evidencias que ahora diseccionaba con la frialdad de un cirujano. Cuatro años atrás, el mundo no olía a sangre ni a traición; olía a la promesa de una primavera eterna y a la fragancia embriagadora de un alfa que juraba ser su refugio.

Taehyung acababa de cruzar el umbral de la universidad con su título bajo el brazo, una mente brillante que devoraba teorías sobre el comportamiento humano y un corazón que, a pesar de su intelecto, latía con la ingenuidad de quien aún cree en la bondad intrínseca. Era un joven vibrante, cuya risa iluminaba los pasillos de mármol de la academia de élite en Europa. Su independencia era su mayor orgullo, y su romanticismo, su punto más vulnerable.

Fue en una gala benéfica para jóvenes prodigios donde lo vio por primera vez. Jeon Jungkook no se presentó como el heredero implacable del Reino Loto, sino como un joven visionario, un alfa de mirada profunda y aroma a chocolate amargo que parecía entender cada una de las inquietudes de Taehyung.

—Dicen que puedes leer la mente de cualquiera con solo mirar cómo sostienen una copa —había dicho Jungkook aquella noche, acercándose con una sonrisa que Taehyung, en su momento, calificó de genuina—. Me pregunto qué dice mi postura sobre mí, Kim Taehyung.

Taehyung, ajustando sus gafas con un gesto elegante, lo observó de arriba abajo. Su análisis fue rápido, pero erróneo.

—Dice que estás acostumbrado a que te miren —respondió Taehyung con una chispa de diversión—, pero que te sientes solo en medio de la multitud. Una estructura defensiva clásica de alguien con demasiada responsabilidad y poco afecto real.

Jungkook soltó una carcajada suave, un sonido que Taehyung guardaría en su memoria como una melodía sagrada durante años.

—Impresionante. Casi me dan ganas de confesar todos mis pecados ahora mismo para ahorrarte el trabajo de descubrirlos.

Durante los siguientes dos años, el cortejo fue una danza perfecta de atenciones y palabras dulces. Jungkook no solo enamoró a Taehyung; enamoró a su intelecto. Le enviaba libros raros de psicología criminal, discutía con él sobre la ética del poder y lo apoyaba en sus primeras investigaciones independientes. Taehyung veía en él a su predestinado, la pieza que completaba su rompecabezas. Jungkook era el fuego que calentaba su lógica fría.

—No quiero que seas una sombra en mi palacio, Taehyung —le dijo Jungkook una tarde, mientras paseaban por los jardines de una propiedad privada en la costa—. Quiero que seas mi igual. El Reino Loto necesita tu mente, y yo necesito tu corazón.

Taehyung se sentía invencible. Era joven, inteligente y estaba al lado del hombre más poderoso de su generación. No veía las sombras que Jungkook proyectaba cuando él no estaba mirando. No veía cómo el alfa manipulaba los hilos de su familia Kim para absorber sus influencias bajo la fachada de una unión amorosa. Para Taehyung, el dinero infinito de los Jeon era solo una herramienta para hacer el bien, y Jungkook era el caballero que empuñaba esa herramienta.

La propuesta de matrimonio llegó en el aniversario de sus dos años de novios. Fue en el balcón de la universidad donde se conocieron, bajo una lluvia de pétalos de loto plateados.

—Casémonos, Taehyung —susurró Jungkook, arrodillándose con un anillo que llevaba el sello de ambas familias entrelazadas—. Hagamos que este mundo sea nuestro laboratorio. Te prometo una vida donde tu inteligencia sea celebrada y nuestro amor sea la ley suprema.

Taehyung, con lágrimas de felicidad empañando sus ojos claros, aceptó sin dudar. Dos meses después, la boda fue el evento del siglo. El Reino Loto se vistió de gala para recibir a su nuevo príncipe omega. Durante la ceremonia, cuando Jungkook lo marcó, Taehyung sintió el lazo de predestinados sellarse con una fuerza arrolladora. En ese instante, su lobo se sometió por completo, entregando su voluntad al alfa que lo reclamaba.

Fue un engaño biológico y psicológico perfecto.

—Ahora eres mío, Taehyung —le susurró Jungkook al oído durante su noche de bodas, mientras el aroma a chocolate amargo envolvía la habitación—. Nada ni nadie podrá separarnos. Tu mente, tu cuerpo y tu lealtad me pertenecen para siempre.

Taehyung vivió los primeros meses de matrimonio en una nube de éxtasis. Se sentía valorado, amado y protegido. Jungkook le permitía seguir con sus análisis, le consultaba sobre asuntos de estado —o eso le hacía creer— y lo rodeaba de lujos que Taehyung, en su humildad, intentaba usar para obras de caridad. Era el omega prodigio viviendo un cuento de hadas.

Sin embargo, el analista dentro de él empezó a notar las primeras grietas, aunque su corazón se negaba a procesarlas.

—Jungkook, ¿por qué el Tesorero Real parece tan nervioso cada vez que entro en la oficina? —preguntó Taehyung una mañana, mientras desayunaban en la terraza privada—. He notado microexpresiones de pánico en él. ¿Hay algún problema con las cuentas de las provincias del norte?

Jungkook dejó su taza de café con una calma glacial y le dedicó esa sonrisa que solía derretir la lógica de Taehyung.

—Solo está estresado por la auditoría anual, mi vida. No te preocupes por esos tecnicismos aburridos. ¿Por qué no te enfocas en el proyecto de la nueva clínica forense que estamos financiando? Es mucho más importante para ti.

Taehyung asintió, dejándose convencer. Quería creer. Necesitaba creer que su felicidad no era un espejismo construido sobre mentiras. Pero el lazo, ese vínculo sagrado, empezó a enviarle señales contradictorias. A veces, cuando Jungkook lo abrazaba, Taehyung sentía una oleada de frialdad, un vacío oscuro que no correspondía con las palabras de amor que salían de los labios del alfa.

—¿Estás bien, Jungkook? —le preguntó una noche, sintiendo una inquietud inexplicable a través de su conexión—. Siento... siento una tensión extraña en ti. Como si estuvieras ocultando un peso enorme.

Jungkook se tensó por un milisegundo antes de relajar sus músculos y atraer a Taehyung hacia su pecho.

—Es solo el peso de la corona, Taehyung. Pero contigo a mi lado, todo es más ligero. No analices tanto, mi dulce omega. Solo siente.

Esa frase —"solo siente"— se convirtió en el mantra de su cautiverio emocional. Jungkook usaba el lazo para nublar el juicio de Taehyung, inundando sus sentidos con feromonas que inducían calma y sumisión cada vez que el omega empezaba a hacer preguntas incómodas. El dinero infinito se convirtió en una jaula de oro; la felicidad, en una droga que Jungkook administraba con precisión quirúrgica.

Fue Park Jiwuo quien, durante una visita secreta al palacio, empezó a abrirle los ojos.

—Tae, tienes que despertar —le dijo Jiwuo, hablando en susurros en la biblioteca—. He estado investigando por mi cuenta. Las tierras de tu familia... ya no están a nombre de los Kim. Jungkook las transfirió a una cuenta fantasma del Reino Loto apenas una semana después de la boda. Usó tu firma, Tae.

Taehyung sintió que el mundo giraba.

—Eso es imposible, Jiwuo. Yo nunca firmé nada parecido. Jungkook me ama. Él prometió que protegería el legado de mi familia.

—Te hizo firmar documentos de "proyectos de caridad" mientras estabas bajo el efecto de sus feromonas —insistió Jiwuo, con los ojos llenos de miedo por su amigo—. Te está usando, Taehyung. Eres su trofeo de sangre pura, la cara amable que limpia la imagen de una corona manchada de sangre.

Taehyung se negó a creerlo en ese momento. Expulsó a Jiwuo del palacio, gritándole que estaba celoso de su felicidad. Pero la semilla del análisis forense, una vez plantada, no podía ser ignorada. Esa noche, Taehyung no "sintió". Esa noche, Taehyung observó.

Observó a Jungkook entrar en la habitación. Observó la forma en que el alfa evitaba mirarlo directamente a los ojos mientras le contaba una anécdota trivial sobre el consejo. Observó cómo el aroma a chocolate amargo se volvía denso, ocultando algo rancio debajo.

—¿Me amas, Jungkook? —preguntó Taehyung, su voz sonando extraña en la habitación silenciosa.

Jungkook se detuvo y se acercó a la cama, acariciando la mejilla de Taehyung con una ternura que ahora le pareció ensayada.

—Más que a mi propia vida, Taehyung. ¿Por qué lo dudas?

—Porque hoy he analizado mi propia firma en unos documentos que no recuerdo haber leído —mintió Taehyung, lanzando un anzuelo para ver la reacción del alfa.

La expresión de Jungkook no cambió, pero sus pupilas se dilataron. Un signo clásico de respuesta de lucha o huida.

—Debes estar cansado —dijo Jungkook, su voz volviéndose más profunda, más dominante—. El trabajo en la clínica te está agotando. Duerme, Taehyung. Mañana todo se verá más claro.

Esa noche, Taehyung fingió dormir mientras su mente trabajaba a mil por hora. Empezó a conectar los puntos que su romanticismo había ignorado. El aislamiento de sus antiguos amigos, la forma en que su familia había dejado de comunicarse con él de manera directa, los "accidentes" financieros de los aliados de los Kim. Todo era un patrón de depredación.

El joven romántico que se había casado dos meses después de la propuesta empezó a morir esa noche. El analista forense, el prodigio de la psicología, despertó con una furia fría y calculadora.

—Me has manchado con tus mentiras —susurró Taehyung al vacío de la habitación, mientras Jungkook dormía a su lado con la tranquilidad de un sociópata—. Me has usado como un instrumento para tu ambición. Pero olvidaste una cosa, Jungkook.

Taehyung se levantó de la cama con cuidado y se acercó al espejo. Ya no veía al chico divertido e independiente de la universidad. Veía a un omega cuya pureza de sangre era ahora un arma cargada.

—Olvidaste que yo sé cómo terminan las historias de los criminales —continuó el susurro—. Tú crees que has heredado todo lo que te propusiste. Pero lo que has heredado es un enemigo que conoce todos tus secretos antes de que tú mismo los formules.

A partir de ese momento, la vida de Taehyung en el palacio se convirtió en una actuación magistral. Siguió siendo el omega tontamente enamorado, el compañero perfecto que sonreía en las galas y se dejaba marcar por el aroma de su alfa. Pero por dentro, estaba recopilando pruebas. Estaba infiltrando a Jiwuo en los calabozos, estaba analizando cada movimiento de la tesorería y estaba preparando el contraataque que destruiría la dinastía Jeon.

La felicidad olvidada no era una pérdida; era un sacrificio necesario para la supervivencia.

—¿En qué piensas, mi vida? —le preguntó Jungkook un día, mientras observaban a los cortesanos desde el trono secundario.

Taehyung se inclinó hacia él, rozando sus labios con una dulzura que ocultaba el veneno de su resolución.

—Pienso en lo afortunado que soy, Jungkook. Pienso en que nadie en este reino sabe lo que realmente sucede detrás de estas paredes.

Jungkook sonrió, creyéndose el amo absoluto del engaño.

—Tienes razón, Taehyung. Nadie lo sabe. Y así seguirá siendo.

—Por supuesto —respondió Taehyung, volviendo la mirada hacia la multitud—. Así seguirá siendo... hasta que yo decida que es momento de que el mundo vea la sangre en tu corona.

Cuatro años de engaño habían forjado a un Kim Taehyung que Jungkook no podía ni imaginar. El joven humilde y elegante seguía ahí, pero ahora estaba armado con la analítica del dolor. La traición familiar le había quitado su hogar, pero le había dado una misión: desmantelar la mentira que era Jeon Jungkook, pieza por pieza, hasta que no quedara nada más que el eco de una traición bajo la lluvia de loto.

—El juego apenas comienza, alfa —pensó Taehyung, mientras aceptaba una copa de vino de manos de un criado—. Y esta vez, yo soy el que conoce el final de la historia.

El Reino Loto brillaba bajo el sol, ignorante de que su príncipe omega ya no era una víctima, sino el analista forense de su propia tragedia, listo para dictar la sentencia final. La etapa de la inocencia había terminado; la era de la retribución estaba a punto de estallar con la fuerza de mil verdades silenciadas.