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In another life

El Veneno Dulce de la Memoria

— ¿Recuerdas este lugar, Taehyung? —preguntó Jungkook, su voz fluyendo como seda sobre el ruido del viento en el balcón de la universidad.

Era una tarde de primavera, tres años antes de que la sangre manchara el mármol del palacio. Taehyung, con su túnica de graduación recién ajustada y la medalla de honor al mérito académico brillando en su pecho, se giró hacia el hombre que se había convertido en el centro de su universo. Jungkook no vestía sus galas reales; llevaba un traje sencillo, pero su porte gritaba autoridad y una confianza que Taehyung encontraba embriagadora.

— Es difícil olvidarlo —respondió Taehyung, dejando que una pequeña sonrisa iluminara su rostro—. Aquí fue donde me explicaste por primera vez que la analítica forense podía aplicarse a la política. Creí que eras un visionario.

Jungkook se acercó, invadiendo ese espacio personal que Taehyung solía proteger con tanto celo, pero que con él siempre cedía. El aroma a chocolate amargo y tierra mojada del alfa lo rodeó, una fragancia que en aquel entonces Taehyung asociaba con la seguridad y el hogar.

— Lo soy, Taehyung —dijo Jungkook, tomando la mano del omega y trazando círculos lentos en su palma—. Pero mi visión estaba incompleta hasta que te conocí. Eres la mente más brillante que ha cruzado estas puertas en décadas. El Reino Loto no necesita solo un heredero; necesita una brújula. Tú eres esa brújula.

Taehyung bajó la mirada, sintiendo un calor impropio de su naturaleza analítica subir por sus mejillas. Había pasado años estudiando la manipulación, las microexpresiones del engaño y las estructuras de la psicopatía, pero frente a Jungkook, todas sus defensas se desmoronaban. Era el "punto ciego" del analista: el amor predestinado.

— Solo soy un psicólogo, Jungkook. Alguien que analiza los restos de lo que otros dejan atrás —murmuró Taehyung—. El poder es algo mucho más... ruidoso.

— Entonces déjame ser el ruido y tú el silencio que le da sentido —Jungkook se inclinó, su aliento rozando la oreja de Taehyung—. Casémonos. Unamos tu linaje puro con mi corona. Olvida las leyes de castas anticuadas que dicen que los omegas solo deben ser trofeos. A mi lado, serás el arquitecto de un nuevo mundo. Te daré todo el dinero, todo el acceso y toda la libertad que necesites para limpiar este reino desde adentro.

En aquel momento, Taehyung no vio al manipulador que estaba asegurando las minas de diamantes de su familia. No vio al traidor que ya estaba firmando acuerdos secretos con los generales para eliminar cualquier rastro de oposición. Solo vio a un hombre que parecía entender su soledad y su ambición de ser algo más que un "omega prodigio".

— ¿Lo prometes? —preguntó Taehyung, buscando la verdad en aquellos ojos oscuros que, incluso entonces, eran pozos de secretos—. ¿Prometes que nunca seremos como los demás aristócratas? ¿Que no habrá engaños entre nosotros?

Jungkook lo tomó por el mentón, obligándolo a sostenerle la mirada. Su expresión era de una sinceridad tan perfecta que resultaba aterradora, vista en retrospectiva.

— Te lo juro por mi sangre, Taehyung. Mi corona está vacía sin ti. Eres mi predestinado, mi otra mitad. Mentirte a ti sería mentirme a mí mismo.

Taehyung se entregó a ese beso, un pacto sellado con el veneno más dulce del mundo: la esperanza. Fue un tonto enamorado, un genio de la mente humana que permitió que su propio corazón fuera el único laboratorio que no supervisaba.

De vuelta al presente, en la frialdad de su oficina real, Taehyung cerró los ojos, dejando que el recuerdo se disolviera. El té en su escritorio se había enfriado. La medalla de graduación que antes guardaba con orgullo ahora estaba en el fondo de un cajón, junto a las pruebas de las mentiras de Jungkook.

— Era tan fácil creerle —susurró Taehyung para sí mismo, su voz cargada de una fatiga que los años de estudio no le habían enseñado—. Usó mi propia inteligencia contra mí. Me hizo creer que yo era el que movía las piezas, cuando yo solo era el tablero.

La puerta se abrió suavemente y Jiwuo entró, sosteniendo una carpeta con el sello de la tesorería. Su amigo lo observó por un momento, notando la sombra de melancolía en el rostro del omega.

— Estás pensando en el pasado de nuevo, ¿verdad? —preguntó Jiwuo, dejando la carpeta sobre la mesa—. En los días de la universidad.

Taehyung suspiró, frotándose las sienes.

— Analizo mis propios errores, Jiwuo. Como analista forense, debería haber visto el patrón. Jungkook nunca hablaba de "nosotros" sin mencionar el reino. Nunca me daba un regalo que no tuviera una implicación política. Pero yo... yo estaba demasiado ocupado analizando a los demás como para darme cuenta de que el depredador estaba durmiendo en mi propia cama.

— Eras joven, Tae. Y estabas enamorado —dijo Jiwuo con suavidad—. El lazo de predestinados nubla incluso el juicio más agudo. No te culpes por ser humano.

— La humanidad es un lujo que un gobernante no puede permitirse —respondió Taehyung, recuperando su postura rígida—. Jungkook me enseñó eso. Me enseñó que las palabras dulces son solo herramientas de disección. Me engañó con la promesa de una felicidad compartida para poder manchar mi apellido con su ambición.

— Pero ahora tú tienes el control —le recordó Jiwuo—. Has recuperado las tierras de tu familia. El dinero infinito de los Jeon está siendo usado para reparar el daño que hicieron. Has ganado, Taehyung.

— ¿He ganado? —Taehyung se puso de pie y caminó hacia la ventana, mirando hacia los calabozos donde Jungkook permanecía cautivo—. He ganado una corona que pesa más que mi alma. He ganado la responsabilidad de un reino que aún me mira con sospecha. Y he perdido la capacidad de confiar en cualquier aroma que no sea el de los libros viejos.

— No digas eso —Jiwuo se acercó, preocupado—. Todavía me tienes a mí. Todavía tienes a la gente que cree en ti.

Taehyung miró a su amigo y forzó una sonrisa, aunque sus ojos permanecieron gélidos.

— Lo sé, Jiwuo. Y por eso sigo adelante. Pero a veces, en el silencio de la noche, todavía puedo oírlo. Puedo oír a ese Jungkook de hace tres años diciéndome que yo era su brújula. Me pregunto si en algún momento, aunque fuera por un segundo, lo dijo de verdad.

— ¿Importa ahora? —preguntó Jiwuo.

Taehyung guardó silencio por un largo rato. Recordó el calor de la mano de Jungkook en la suya, el brillo del sol sobre las flores de loto y la sensación de que el mundo entero estaba a sus pies. Recordó la ceguera voluntaria de un joven que quería creer que el amor era más fuerte que la psicopatía del poder.

— Importa para el análisis —respondió Taehyung finalmente, su voz recuperando la frialdad del escalpelo—. Porque si hubo un momento de verdad, entonces hubo una debilidad. Y si hubo una debilidad en él, significa que todavía puedo encontrarla y usarla para asegurarme de que nunca vuelva a levantarse.

La traición familiar no solo le había quitado su pasado; le había robado la capacidad de ver el mundo sin sospecha. El dinero infinito del Reino Loto podía comprar ejércitos, podía comprar silencios y podía reconstruir ciudades, pero no podía comprar la inocencia que Taehyung había dejado en aquel balcón de la universidad.

— Mañana visitaré la universidad —anunció Taehyung de repente—. Quiero dar un discurso a los nuevos graduados de psicología.

— ¿Estás seguro? —preguntó Jiwuo—. Será difícil volver allí después de todo lo que ha pasado.

— Es necesario —sentenció Taehyung—. Quiero que me vean. No como el omega que se casó con un príncipe, sino como el analista que sobrevivió a un monstruo. Quiero advertirles que el veneno más peligroso no viene en frascos con etiquetas rojas, sino en palabras dulces y aromas que te hacen sentir predestinado.

Jiwuo asintió, comprendiendo que esta era la forma en que Taehyung cerraba sus propias heridas: convirtiéndolas en una lección forense.

— Iré contigo —dijo Jiwuo.

— Gracias, amigo mío.

Cuando Jiwuo salió de la habitación, Taehyung volvió a sentarse frente a su escritorio. Tomó la pluma y comenzó a revisar los informes de los calabozos. Según los guardias, Jungkook seguía repitiendo su nombre en sueños.

— Me llamabas tu brújula, Jungkook —susurró Taehyung, mirando hacia la oscuridad—. Pero olvidaste que una brújula siempre señala el norte, sin importar cuánto intentes desviarla. Y mi norte siempre fue la verdad.

El engaño había sido profundo, la corona estaba manchada de sangre y la felicidad parecía un concepto olvidado en un libro de cuentos infantiles. Pero mientras Taehyung escribía, su pulso era firme. La etapa del tonto enamorado había terminado. Ahora, en el Reino Loto, solo quedaba el analista, aquel que había aprendido que para sobrevivir a la traición, uno debe estar dispuesto a perderlo todo, incluso el recuerdo del primer amor.

Afuera, la lluvia empezó a caer sobre los lotos, lavando el polvo de los pétalos pero sin poder limpiar las raíces que se alimentaban del fango. Taehyung se levantó, apagó la lámpara y salió de la habitación, su silueta perdiéndose en las sombras de un palacio que ahora le pertenecía, pero que nunca volvería a llamar hogar. La partida de ajedrez continuaba, y aunque el rey estaba en jaque, el tablero seguía ardiendo con las cenizas de una historia de amor que nunca debió haber comenzado.