Infantil bebe
Corazones de papel bajo la lluvia de plata
La mañana en la mansión Uchiha siempre olía a café amargo y a productos de limpieza caros. Naruto se encontraba en el jardín trasero, sentado sobre el césped perfectamente cortado, rodeado de sus peluches. Había sacado a Kurama, a un conejo de felpa y a un sapito verde. El sol de la mañana bañaba sus cabellos rubios, dándole un aspecto casi angelical, pero sus ojos azules tenían un cerco rojizo que delataba una noche de poco sueño y mucho llanto silencioso.
—Hoy es un día especial, ¿verdad, Kurama? —le preguntó al zorro de peluche, acomodándole una pequeña pajarita que él mismo le había hecho—. Falta muy poquito para que el bebé llegue. Tengo que estar muy, muy feliz para que él quiera venir a vivir en mi pancita.
Naruto se puso de pie y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo, haciendo que su camisón blanco se inflara como una campana. A veces, Naruto sabía que se comportaba como un niño, pero era su única defensa. Si aceptaba la realidad —que Sasuke lo despreciaba, que su matrimonio era un frío negocio y que la soledad lo estaba carcomiendo—, sentía que se rompería en mil pedazos de cristal. Por eso, prefería hablar con diminutivos, jugar con juguetes y creer en la magia.
Entró a la casa cuando escuchó el teléfono sonar. Era su madre, Kushina.
—¡Mami! —exclamó Naruto con entusiasmo, aunque su voz tembló un poco—. ¡Hola, hola!
—Naruto, cariño, ¿cómo estás? —La voz de Kushina sonaba preocupada—. Tu padre ha estado hablando con Fugaku. Dicen que el plazo está por terminar. ¿Has ido al médico? ¿Te sientes diferente?
Naruto apretó el auricular contra su oreja, sintiendo un nudo en la garganta.
—Sasu-chan y yo nos esforzamos mucho, mami —mintió, recordando cómo él hacía todo el trabajo mientras Sasuke miraba hacia otro lado—. Todavía no hay noticias del bebé, pero... ¡pero seguro que llega pronto! Le he pedido a los pajaritos que le traigan el mensaje a la cigüeña.
—Cariño... —Kushina suspiró—. Recuerda que esto es importante para la familia. Si no hay un heredero, los Uchiha podrían solicitar la anulación y... bueno, sabes cómo es tu padre con los negocios.
—No va a pasar nada malo, mami. Sasuke me quiere mucho, aunque sea un poquito gruñón —dijo Naruto, tratando de convencerse a sí mismo—. ¡Te dejo, tengo que preparar una sorpresa para cuando Sasu-chan vuelva!
Colgó el teléfono y se quedó mirando sus manos. "Ser útil", eso había dicho Sasuke. Naruto decidió que si era el mejor "esposo de casa" del mundo, Sasuke se daría cuenta de que no necesitaba a nadie más, ni siquiera a un bebé de inmediato.
Pasó toda la tarde en la cocina. Intentó hornear unas galletas con forma de corazón, pero se quemaron un poco por los bordes. Aun así, las decoró con glaseado azul, el color favorito de Sasuke, y las puso en un plato de porcelana fina. También preparó un baño de burbujas con esencia de sándalo, sabiendo que a su esposo le gustaba ese aroma después de un largo día de reuniones financieras.
Cuando el reloj marcó las ocho, Naruto ya estaba en la puerta, con su mejor sonrisa y un pequeño delantal de encaje sobre su ropa.
El sonido del coche anunció la llegada del "Rey de Hielo", como Naruto lo llamaba a veces en secreto. La puerta se abrió y Sasuke entró, luciendo más exhausto que de costumbre. Su corbata estaba floja y su rostro mantenía esa expresión de "no me toques" que tanto intimidaba a los empleados de la empresa.
—¡Sasu-chan! ¡Bienvenido! —Naruto saltó hacia él, pero esta vez se detuvo a unos centímetros, recordando el rechazo de la mañana anterior—. Te hice galletitas. ¡Huelen muy rico!
Sasuke pasó por su lado, dejando su abrigo en manos del mayordomo que apareció de la nada.
—No tengo hambre, Naruto. He cenado con unos inversores —dijo Sasuke sin siquiera mirarlo a los ojos.
—Pero... pero son galletitas de amor —insistió Naruto, caminando detrás de él como un perrito faldero—. Y te preparé la tina con muchas burbujas. ¡Parece una nube! ¿Quieres que te lave la espalda? Yo puedo hacerlo muy bien, sin hacerte daño.
Sasuke se detuvo frente a la escalera y se giró bruscamente. Su mirada era tan afilada que Naruto retrocedió un paso, apretando sus manos contra su pecho.
—¿No entiendes la palabra "no"? —preguntó Sasuke con un tono gélido—. No quiero galletas, no quiero burbujas y, sobre todo, no quiero que me sigas por toda la casa como si fueras un animal doméstico. Tengo problemas reales, Naruto. Millones de yenes en juego, fusiones, despidos... y llego a casa y tengo que lidiar con tus juegos de guardería. Es patético.
Las lágrimas inundaron los ojos de Naruto instantáneamente. Su labio inferior comenzó a temblar violentamente.
—Solo quería... quería ser un buen esposo... —susurró con voz quebrada—. Quería que estuvieras feliz conmigo.
—¿Quieres que sea feliz? —Sasuke se acercó, invadiendo su espacio personal, pero no con cariño, sino con una presencia abrumadora—. Entonces dame el heredero que firmamos en el contrato. Haz que mi padre deje de enviarme correos preguntando por tu estado. Deja de jugar a las casitas y cumple con tu única función en este matrimonio.
Naruto agachó la cabeza, dejando que las lágrimas cayeran sobre el suelo de mármol. El silencio que siguió fue sepulcral. Sasuke, viendo que Naruto no respondía, soltó un gruñido de fastidio y subió las escaleras, dejando al rubio solo en la inmensidad del salón.
Naruto caminó hacia la cocina, tomó el plato de galletas y, una por una, las tiró a la basura. Cada galleta que caía era como un pedazo de su esperanza siendo desechado.
—Soy un tontito... un tontito muy grande —se decía a sí mismo, sorbiendo por la nariz.
Esa noche, Naruto no fue a la habitación principal de inmediato. Se quedó en el cuarto de juegos que había preparado para el futuro bebé, una habitación pintada de amarillo pálido y llena de cunas vacías y estantes con cuentos infantiles. Se sentó en la mecedora y abrazó sus rodillas.
—¿Por qué no vienes, bebé? —preguntó a la habitación vacía—. Si vienes, Sasu-chan ya no estará enojado. Si vienes, él me dará un beso de verdad. Por favor... ven pronto.
Lo que Naruto no sabía es que esa misma tarde, el médico personal de la familia Uzumaki había recibido los resultados de unos exámenes que Naruto se había hecho meses atrás, antes de la boda, como parte de un chequeo general. El doctor, un hombre mayor que conocía a Naruto desde que nació, miraba los papeles con una mezcla de tristeza y horror.
—Incompatibilidad total... hipoplasia... —murmuraba el médico—. Pobre muchacho. Nunca podrá concebir. Sus padres lo sabían y aun así permitieron este contrato.
Mientras tanto, en la mansión, Naruto finalmente reunió el valor para ir a la habitación. Sasuke ya estaba en la cama, leyendo unos documentos en su tablet. La luz de la pantalla iluminaba su rostro perfecto y severo.
Naruto se deslizó bajo las sábanas, tratando de no hacer ruido. Se acercó milímetro a milímetro hasta que su brazo rozó el de Sasuke. El pelinegro no se movió, pero su mandíbula se tensó.
—Sasu-chan... —susurró Naruto, usando su tono más dulce, ese que siempre usaba cuando quería pedir perdón—. ¿Mañana podemos ir al parque? Hay un festival de cometas y...
—Mañana tengo trabajo —cortó Sasuke—. Y el domingo también. No tengo tiempo para cometas, Naruto.
—Pero... es domingo... —Naruto se atrevió a poner una mano sobre el pecho de Sasuke, sintiendo el latido rítmico y fuerte de su corazón—. El domingo es para estar juntos.
Sasuke dejó la tablet en la mesilla de noche y se giró para mirar a Naruto. Sus ojos negros buscaron los azules, y por un microsegundo, Naruto creyó ver una chispa de algo que no era odio, pero desapareció tan rápido que pensó que lo había imaginado.
—¿Tanto deseas mi atención? —preguntó Sasuke, su voz bajando a un tono peligroso.
Naruto asintió frenéticamente, sus ojos brillando con una esperanza renovada.
—¡Sí! ¡Mucho, mucho! ¡Más que al ramen, más que a mis juguetes!
Sasuke soltó una risa seca, carente de humor.
—Entonces ya sabes qué hacer. Muévete. No pierdas el tiempo con palabras.
Naruto sintió una punzada de dolor en el pecho. Sasuke nunca lo besaba con pasión, nunca le decía que era hermoso, nunca acariciaba su piel con ternura. Para Sasuke, el acto sexual era una transacción, una tarea que debía completarse para obtener un producto: un hijo.
Con manos temblorosas, Naruto se posicionó sobre Sasuke. Empezó a desabotonar la pijama de su esposo con una lentitud que nacía del miedo.
—¿Me vas a querer si te doy un bebé muy bonito? —preguntó Naruto en un susurro, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas otra vez.
Sasuke cerró los ojos y puso las manos detrás de su cabeza, en una postura de total indiferencia, dejando que Naruto hiciera todo el esfuerzo físico y emocional.
—Solo hazlo, Naruto. No hagas preguntas estúpidas.
El rubio comenzó a moverse, tratando de encontrar placer en un acto que se sentía cada vez más vacío. Besaba el cuello de Sasuke, sus hombros, su pecho, buscando una reacción, un gemido, un abrazo que nunca llegaba. Sasuke permanecía como una estatua de mármol, recibiendo el amor desesperado de Naruto sin devolver absolutamente nada.
Cuando todo terminó, Sasuke se levantó de inmediato para ir al baño a asearse. Naruto se quedó envuelto en las sábanas de seda, sintiéndose pequeño y sucio, a pesar de que no había hecho nada malo. Se tocó el vientre, ese lugar donde se suponía que debía ocurrir el milagro.
—Por favor... —susurró a su propio cuerpo—. Por favor, no me falles. Si no hay un bebé, Sasu-chan se irá. Y si él se va, yo me voy a morir.
Al salir del baño, Sasuke se vistió con una bata de seda negra y se sentó en un sillón a seguir trabajando, ignorando por completo la presencia del chico que lloraba bajito en su cama.
Al día siguiente, la rutina se repitió. Sasuke se fue temprano, Naruto se quedó solo. Pero esta vez, algo cambió. Una carta llegó a la mansión, marcada con el sello de la clínica privada de los Uzumaki. Estaba dirigida personalmente a Naruto.
Él la tomó con curiosidad, pensando que tal vez eran consejos para quedar embarazado más rápido. Se sentó en el sofá, con Kurama a su lado, y abrió el sobre con cuidado.
—Mira, Kurama, el doctor nos envió una carta —dijo Naruto con una risita—. Seguro dice que debo comer más dulces para que el bebé sea dulce como yo.
Pero a medida que sus ojos recorrían las palabras técnicas, su sonrisa comenzó a desvanecerse. Naruto no era muy bueno con las palabras difíciles, pero frases como "esterilidad permanente", "imposibilidad de gestación" y "daño congénito en el sistema reproductivo" eran lo suficientemente claras, incluso para alguien tan inocente como él.
La carta cayó de sus manos, deslizándose por sus rodillas hasta el suelo.
Naruto se quedó petrificado. Sus ojos azules se abrieron de par en par, perdiendo todo su brillo. El mundo de colores, dulces y esperanzas en el que vivía se derrumbó en un segundo, dejando solo un vacío gris y frío.
—No... —susurró—. No, no, no... El doctor se equivocó. Él puso mi nombre en la carta de otra persona.
Se levantó y empezó a caminar en círculos, tirándose de los cabellos rubios.
—¡Es mentira! ¡Yo soy Naruto Uzumaki! ¡Yo voy a tener un bebé! ¡Sasu-chan me va a querer!
Corrió hacia su cuarto de juegos y empezó a tirar los peluches al suelo. La desesperación se apoderó de él. Tomó el conejo de felpa y lo apretó contra su vientre, sollozando con tanta fuerza que le dolía la garganta.
—¡Por favor, di que es mentira! —le gritó al vacío—. ¡Si no puedo tener un bebé, Sasuke me va a dejar! ¡Él dijo que solo sirvo para eso!
En ese momento, escuchó la puerta principal abrirse. Era inusual, Sasuke nunca volvía a mediodía. Naruto, en un estado de pánico total, bajó las escaleras corriendo, con la carta arrugada en su mano.
Sasuke estaba en el vestíbulo, hablando por teléfono con un tono molesto. Al ver a Naruto en ese estado, con el rostro empapado en lágrimas y el cabello revuelto, frunció el ceño y colgó.
—¿Ahora qué te pasa? —preguntó Sasuke con fastidio—. ¿Se rompió uno de tus juguetes?
Naruto no pudo hablar. Solo extendió la mano y le entregó la carta. Sasuke la tomó con desdén, pero a medida que leía, su expresión se volvió aún más gélida, si es que eso era posible. Sus ojos recorrieron el papel una y otra vez.
—¿Qué es esto? —preguntó Sasuke, su voz era un susurro peligroso.
—El doctor... dice que... que no puedo... —Naruto hipó, tratando de recuperar el aliento—. Pero es mentira, ¿verdad, Sasu-chan? ¡Dime que es mentira! ¡Dime que todavía vamos a ser una familia!
Sasuke soltó el papel, que flotó hasta el suelo como una hoja seca en otoño. Miró a Naruto no con tristeza, ni con compasión, sino con una furia contenida que hizo que el rubio se estremeciera.
—¿Me estás diciendo que he perdido cuatro meses de mi vida con alguien que no sirve para nada? —Sasuke dio un paso hacia él, y Naruto retrocedió hasta chocar con la pared—. Mi familia, los negocios, el contrato... ¡Todo se basaba en ese heredero!
—¡Pero yo te amo! —gritó Naruto, rompiendo en un llanto desgarrador—. ¡Te amo más que a nada! ¿No es suficiente con mi amor? ¡Yo puedo aprender a ser un adulto! ¡Puedo hacer lo que quieras!
Sasuke lo tomó por los hombros, apretando con fuerza, sus dedos hundiéndose en la piel delicada de Naruto.
—El amor no cotiza en bolsa, Naruto. El amor no mantiene un imperio —dijo Sasuke, cada palabra era como un clavo ardiente—. Eres un error. Un error infantil y ahora, un error biológico.
Sasuke lo soltó bruscamente, haciendo que Naruto cayera al suelo. El pelinegro se dio la vuelta, dirigiéndose a la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Naruto desde el suelo, extendiendo una mano hacia él—. ¡Sasu-chan, no me dejes solo! ¡Tengo miedo!
—Voy a llamar a mis abogados —respondió Sasuke sin mirar atrás—. Y a los tuyos. Este matrimonio se acaba hoy. No quiero volver a verte cuando regrese. Que el servicio empaque tus juguetes y te saque de aquí.
La puerta se cerró con un estruendo que pareció sacudir los cimientos de la mansión. Naruto se quedó allí, tirado sobre el mármol frío, rodeado de la opulencia que ahora no significaba nada.
—Sasu-chan... —susurró por última vez, pero ya no había nadie para escucharlo.
Se hizo un ovillo en el suelo, abrazándose a sí mismo. El niño que vivía dentro de él, ese que creía en finales felices y en el poder de los besos, acababa de morir. La realidad lo había alcanzado de la forma más cruel, y ahora, en la inmensa mansión Uchiha, solo quedaba un joven roto, cuya única "utilidad" había resultado ser una mentira.
Afuera, el cielo comenzó a oscurecerse y una lluvia fina empezó a caer, como si el mundo mismo estuviera llorando por el corazón destrozado de Naruto, el chico que amó demasiado a un hombre hecho de piedra.