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Infantil bebe

Llantos de cristal y cenizas de un contrato

El despacho de los abogados de la familia Uchiha era un lugar que exudaba poder, orden y una frialdad que calaba hasta los huesos. Las paredes estaban revestidas de madera oscura y el aire acondicionado mantenía una temperatura gélida que hacía que Naruto temblara, a pesar de llevar su abrigo naranja más grueso.

Sobre la mesa de cristal, un fajo de papeles esperaba ser firmado. El documento de divorcio.

—No... por favor, Sasu-chan... —sollozó Naruto, con los ojos tan hinchados que apenas podía ver. Sus manos, pequeñas y pálidas, se aferraban a la manga del traje de Sasuke—. ¡Puedo volver a ir al médico! ¡Tal vez se equivocaron! ¡Puedo tomar medicinas, puedo hacer lo que sea! ¡No me eches de tu ladito, por favor!

Sasuke ni siquiera lo miró. Se soltó del agarre de Naruto con un movimiento seco de su brazo, como si estuviera apartando un insecto molesto. Su rostro era una máscara de absoluta indiferencia.

—Firma de una vez, Naruto —dijo Sasuke, su voz resonando con una autoridad cortante—. Ya te lo dije. Este matrimonio fue un error desde el principio. No tengo tiempo para tus berrinches ni para tu incapacidad de cumplir lo pactado.

—¡Pero yo te quiero! —gritó Naruto, y el sonido de su voz rota llenó la habitación—. ¡Te quiero mucho, mucho! ¡Te hice galletas, te esperé todas las noches, te di todos mis besitos! ¿Eso no vale nada para ti?

—No —respondió Sasuke, clavando sus ojos de ónice en los azules del rubio—. No vale nada. En mi mundo, los sentimientos son un estorbo. Necesitaba un heredero para asegurar la fusión de las empresas. No puedes dármelo. Por lo tanto, no me sirves.

Naruto sintió que el corazón se le detenía. Las palabras de Sasuke eran como cuchillos de hielo atravesando su pecho. Con la mano temblando violentamente, tomó la pluma de oro que el abogado le ofrecía. Miró a Sasuke una última vez, esperando encontrar aunque fuera una pizca de duda, un rastro de cariño en aquellos ojos que tanto había amado. No encontró nada. Solo vacío.

Garabateó su nombre en el papel, manchando la hoja con una lágrima que cayó justo sobre la firma.

—Ya está —sentenció el abogado, guardando los papeles—. El señor Uzumaki debe abandonar la propiedad de inmediato. Sus pertenencias ya han sido enviadas a la residencia principal de sus padres.

Sasuke se levantó sin decir una palabra más. Caminó hacia la salida, dejando a Naruto desmoronado sobre la silla.

—¡Sasu-chan! —gritó Naruto, tratando de seguirlo, pero sus piernas fallaron y cayó de rodillas al suelo—. ¡Sasu-chan, mírame una vez más! ¡Dime que no es verdad!

La puerta se cerró. El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier grito. Naruto se quedó allí, abrazando a su zorro de peluche contra su pecho, meciéndose de un lado a otro mientras los sollozos desgarraban su garganta. Estaba solo. El nido de amor que había intentado construir se había evaporado como el humo.

El viaje de regreso a la mansión Uzumaki fue una pesadilla de luces borrosas a través de la ventana del coche que su padre había enviado por él. Naruto abrazaba a Kurama, susurrándole cosas que no tenían sentido, tratando de convencerse de que todo era un sueño feo.

—Ya verás, Kurama... mami nos va a dar un abrazo y todo estará bien —susurraba con voz infantil, aunque sus ojos estaban vacíos—. Ella nos va a querer, ¿verdad?

Pero cuando el coche se detuvo frente a la imponente mansión de los Uzumaki, el ambiente no era de consuelo, sino de tormenta.

Naruto entró tímidamente al gran salón. Allí estaban sus padres, Minato y Kushina. No había calidez en sus rostros. Minato tenía la mandíbula apretada y Kushina, usualmente vibrante, lo miraba con una decepción que quemaba.

—¡Mami! ¡Papi! —Naruto corrió hacia ellos, buscando refugio—. ¡Sasu-chan me echó! ¡Dijo que no me quiere porque no puedo tener bebés!

Antes de que pudiera llegar a los brazos de su madre, sintió el impacto de una mano contra su mejilla. El golpe fue tan fuerte que Naruto cayó al suelo, soltando a su peluche.

—¡Cállate, Naruto! —gritó Kushina, y su voz no se parecía en nada a la de la madre dulce que Naruto recordaba—. ¡Nos has avergonzado a todos! ¡Esa estúpida condición tuya nos ha costado miles de millones en contratos perdidos!

—¡Pero yo no sabía, mami! —chilló Naruto, cubriéndose la cara con las manos, temblando de terror—. ¡Yo quería darle un bebé! ¡Yo quería ser bueno!

—¡Eres un inútil! —Minato intervino, su voz era un trueno de furia—. Te casamos con el hombre más poderoso del país para asegurar nuestro legado, ¿y resulta que eres defectuoso? ¡Ni siquiera pudiste hacer que se quedara contigo por lástima!

Minato lo tomó por el cuello del suéter y lo levantó con brusquedad.

—¡Papi, me lastimas! —rogó Naruto, sus pies apenas rozando el suelo—. ¡Perdón, perdón! ¡Voy a ser un niño bueno, lo prometo!

—¡Ya es tarde para ser bueno! —Minato lo lanzó contra uno de los muebles caros del salón—. ¡Has arruinado la reputación de los Uzumaki! Ahora todos saben que mi hijo es un omega estéril que no sirve ni para mantener un contrato matrimonial básico.

Naruto se encogió en el suelo, llorando como un niño pequeño que no entiende por qué el mundo se ha vuelto tan oscuro. Los gritos continuaron durante horas. Sus padres descargaron toda su frustración financiera sobre él, recordándole una y otra vez que su existencia era un fracaso. Le quitaron sus juguetes, le prohibieron salir de su habitación y le dejaron claro que ahora solo era una carga que debían esconder de la sociedad.

Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, en la mansión Uchiha, la atmósfera era radicalmente distinta, pero igual de fría.

Sasuke estaba sentado en el comedor, frente a sus padres, Fugaku y Mikoto. No había rastro de tristeza por el divorcio que acababa de ocurrir hacía apenas unas horas. Sobre la mesa, en lugar de flores, había perfiles de jóvenes de las familias más ricas del continente.

—Has hecho bien en deshacerte de ese estorbo, Sasuke —dijo Fugaku, cortando su carne con elegancia—. Un hombre de tu posición no puede permitirse sentimentalismos con alguien que no tiene valor biológico.

—Lo sé —respondió Sasuke, bebiendo un sorbo de vino tinto. Su voz era plana, sin emoción—. Naruto era demasiado ruidoso. Me irritaba su presencia.

—Bueno, no perdamos más tiempo —intervino Mikoto, deslizando una fotografía sobre la mesa—. Ella es la hija de los Hyuga. O si prefieres, el heredero de los Sabaku no. Ambos han pasado por pruebas de fertilidad rigurosas. No habrá sorpresas esta vez.

Sasuke miró las fotos con el mismo interés con el que revisaría un informe de inventario.

—Elijan ustedes —dijo Sasuke, levantándose de la mesa—. Solo asegúrense de que sepa guardar silencio y que cumpla con su deber. No quiero volver a lidiar con alguien que crea que la vida es un cuento de hadas.

—Excelente —asintió Fugaku—. El compromiso se anunciará la próxima semana. Los Hyuga están ansiosos por unir fuerzas. Hinata es una mujer tranquila y, lo más importante, es fértil.

Sasuke asintió y se retiró a su despacho. Al pasar por la habitación que solía compartir con Naruto, se detuvo un segundo. El olor a melocotón y sol, el aroma característico del rubio, todavía flotaba débilmente en el aire. Vio un pequeño calcetín naranja olvidado debajo de un sillón.

Sin inmutarse, Sasuke llamó al servicio.

—Quemen todo lo que quede de él —ordenó—. No quiero rastro de Naruto Uzumaki en esta casa mañana por la mañana.

Mientras las pertenencias de Naruto ardían en el incinerador de la mansión Uchiha, el joven rubio estaba encerrado en su antigua habitación de la infancia. Estaba oscuro. Sus padres le habían quitado la luz como castigo.

Naruto estaba sentado en un rincón, abrazando sus rodillas. No tenía a Kurama; su padre lo había destrozado delante de sus ojos para "enseñarle a madurar".

—Sasu-chan... —susurró Naruto, con la voz apenas audible—. Sasu-chan, tengo frío... ven a buscarme...

Pero Sasuke no iba a venir. Sasuke ya estaba planeando una nueva boda, una nueva vida donde no había espacio para besos ruidosos, ni galletas quemadas, ni un amor tan puro que resultaba molesto.

Naruto cerró los ojos, tratando de imaginar que todavía estaba en la cama de seda negra, que Sasuke estaba a su lado y que, si se esforzaba mucho, muy pronto habría un bebé creciendo en su interior. Pero la realidad era un muro de piedra que no dejaba de golpearlo.

Era estéril. Estaba divorciado. Sus padres lo odiaban. Y el hombre al que le había entregado su alma, ya lo había reemplazado por una opción más "eficiente".

En la oscuridad de su cuarto, Naruto Uzumaki se dio cuenta de que los pajaritos no traían mensajes de las cigüeñas y que las estrellas no escuchaban los deseos de los niños rotos. El mundo era un lugar para empresarios multimillonarios y herederos perfectos. Y él, con su corazón infantil y su vientre vacío, simplemente no pertenecía a ninguna parte.

—Soy un niño malo... —se dijo a sí mismo, mientras una última lágrima rodaba por su mejilla—. Por eso Sasu-chan no me quiere. Por eso nadie me quiere.

Afuera, la ciudad seguía brillando, ajena al hecho de que una pequeña luz se había apagado para siempre en el corazón de un joven que solo quería ser amado. Sasuke Uchiha dormía tranquilamente, soñando con acciones y dividendos, mientras el compromiso con su nueva y perfecta pareja ya estaba siendo redactado en papel timbrado, listo para borrar cualquier recuerdo del dulce y tierno Naruto.