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Infantil bebe

El eco del silencio en un palacio de cristal

La penumbra del ático era absoluta, salvo por el suave resplandor de una pequeña lámpara de noche que bañaba la habitación en un tono ámbar. Sasuke no se había movido de su posición en las últimas cinco horas. Permanecía sentado en el borde de la cama, con la espalda tensa y la mirada fija en el rostro de Naruto. El rubio dormía, pero no era un sueño tranquilo. De vez en cuando, sus párpados temblaban y soltaba pequeños quejidos, encogiéndose bajo las mantas como si esperara que el dolor regresara en cualquier momento.

Sasuke observó la mano de Naruto, que descansaba sobre la sábana. Estaba tan pálida que parecía traslúcida. Con una lentitud casi dolorosa, el pelinegro extendió su propia mano y rozó las puntas de los dedos del rubio. Estaban helados.

—Perdón —susurró Sasuke, una palabra que nunca antes había tenido lugar en su vocabulario—. Perdón por haber sido tan ciego.

El sonido de su propia voz le resultó extraño en la quietud del apartamento. Durante años, se había enorgullecido de su pragmatismo. Había creído que el amor era una debilidad de la que personas como él, destinadas a gobernar imperios, debían prescindir. Había visto a Naruto como un accesorio, una cláusula más en un contrato matrimonial que debía cumplir para heredar el trono de los Uchiha. Pero ahora, viendo la fragilidad de ese chico al que había despreciado por ser "demasiado infantil", Sasuke sentía que el verdadero inútil era él.

Naruto se removió y abrió los ojos lentamente. Sus pupilas azules tardaron unos segundos en enfocar la figura que tenía al lado.

—¿Sasu-chan? —La voz de Naruto era apenas un susurro quebrado.

—Aquí estoy, Naru. No me he ido.

Naruto parpadeó varias veces, como si intentara confirmar que no estaba en una de las frías habitaciones de la clínica de sus padres. Intentó sentarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios y se llevó la mano al vientre de forma instintiva.

—No te muevas —le ordenó Sasuke, aunque esta vez su tono no era autoritario, sino cargado de una preocupación genuina—. El médico que llamé dijo que tienes una inflamación severa. Necesitas descansar.

Naruto bajó la mirada hacia sus propias manos y empezó a juguetear con el borde de la manta, un gesto infantil que solía irritar a Sasuke, pero que ahora le encogía el corazón.

—Sasu-chan... los señores de blanco dijeron que ya no puedo ser papá —dijo Naruto, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Dijeron que mi cuerpo está malito por dentro. Que no sirvo para darte un heredero. ¿Por eso me dejaste solito aquella vez? ¿Porque no soy un hombre de verdad?

Sasuke sintió un nudo en la garganta que amenazaba con asfixiarlo. Se inclinó hacia adelante y tomó el rostro de Naruto entre sus manos, obligándolo a mirarlo.

—Escúchame bien, Naruto Uzumaki —dijo Sasuke con una intensidad que hizo que el rubio dejara de temblar—. Te dejé porque soy un cobarde. Porque me importaba más el dinero y el orgullo de mi padre que la persona maravillosa que tenía a mi lado. El que no sirve aquí soy yo. Tú eres... tú eres lo único puro que he tenido en mi vida.

Naruto lo miró con incredulidad. Sus labios temblaron.

—Pero... pero tú quieres un bebé. Todos quieren un bebé. Papi dijo que un Uchiha sin un hijo es como un árbol seco.

—Entonces seré un árbol seco —sentenció Sasuke—. No me importa. No quiero un heredero si eso significa perderte a ti. No quiero a Hinata, no quiero el contrato, no quiero nada de lo que mi padre planeó. Solo te quiero a ti, aunque me vuelvas loco con tus peluches y tus historias de mariposas.

Naruto soltó un sollozo pequeño y se lanzó a los brazos de Sasuke, hundiendo el rostro en su pecho. El pelinegro lo rodeó con fuerza, sintiendo los huesos del rubio bajo la tela de la camisa. Era tan pequeño, tan vulnerable.

—¡Pensé que me odiabas! —chilló Naruto entre hipos—. ¡Pensé que me habías tirado a la basura porque ya no era tu juguete favorito!

—Fui un idiota, Naru. Un idiota integral —Sasuke acarició el cabello rubio, tratando de calmar el llanto—. Pero no volverá a pasar. Nadie va a volver a tocarte. Ni los médicos, ni tu padre, ni el mío.

Se quedaron así durante mucho tiempo. El calor de Sasuke parecía ser la única medicina que Naruto necesitaba. Poco a poco, el llanto cesó y Naruto se separó un poco, limpiándose los ojos con las mangas de la camisa de Sasuke.

—Sasu-chan... ¿me das un besito? —preguntó Naruto con timidez, volviendo a usar ese tono dulce y necesitado—. ¿Uno de esos que saben a perdón?

Sasuke no respondió con palabras. Se inclinó y unió sus labios con los de Naruto en un beso largo, lento y cargado de una ternura que nunca antes se había permitido sentir. No era el beso frío de un contrato, ni el encuentro apresurado de una noche de obligación. Era una promesa.

Cuando se separaron, Naruto tenía las mejillas ligeramente sonrosadas.

—Muuuak —dijo Naruto con una pequeña risita, tratando de recuperar su alegría habitual—. Ese besito fue muy rico.

Sasuke esbozó una sonrisa casi imperceptible, la primera en meses.

—Tengo hambre, Sasu-chan. Mi pancita hace ruidos de monstruo.

—Voy a pedir algo de comer. ¿Qué quieres?

—¡Ramen! —exclamó Naruto, pero luego se detuvo y bajó la cabeza—. Pero el doctor dijo que debo comer verduras tristes para curarme.

—Hoy comerás lo que quieras —dijo Sasuke, levantándose para buscar su teléfono—. Pero después de comer, tienes que tomarte la medicina.

Mientras Sasuke pedía la comida, Naruto se quedó mirando la habitación. Era un lugar lujoso, pero se sentía diferente a la mansión de los Uchiha. Aquí no había retratos de antepasados severos ni un ambiente de competencia constante. Se sentía como un nido.

—Sasu-chan —llamó Naruto cuando el pelinegro terminó la llamada—. ¿Qué va a pasar con la señora de ojos morados? La que vive en tu casa.

Sasuke se tensó. Había olvidado por un momento el desastre legal y social que acababa de provocar.

—Me divorciaré de ella —dijo Sasuke con firmeza—. Nunca debí casarme con Hinata. Fue una transacción comercial, nada más. Ella entenderá... o no, pero no me importa.

—Pero ella va a tener un bebé, ¿verdad? —Naruto acarició su propio vientre con tristeza—. Yo escuché a los empleados decirlo.

Sasuke suspiró y se sentó de nuevo al lado de Naruto. Sabía que no podía mentirle.

—Sí, ella está embarazada. Pero ese niño tendrá todo lo que necesite económicamente, Naruto. Sin embargo, mi lugar no está con ella. Mi lugar está aquí, cuidando de ti.

Naruto guardó silencio por un momento, procesando la información con su mente inocente.

—Entonces... ¿yo voy a ser tu secreto? —preguntó Naruto—. ¿Como los tesoros que los piratas esconden en las cuevas?

—No serás un secreto —dijo Sasuke, tomando su mano—. Serás mi prioridad. Si el mundo no lo acepta, que se vaya al infierno.

La comida llegó poco después. Sasuke alimentó a Naruto casi bocado a bocado, asegurándose de que comiera lo suficiente. Ver a Naruto disfrutar de su ramen, aunque fuera con movimientos lentos por el dolor, le devolvió a Sasuke una paz que creía perdida.

Sin embargo, la paz duró poco. El timbre del ático resonó con una insistencia agresiva. Sasuke supo de inmediato quién era. Nadie más se atrevería a llamar a su puerta privada con tanta arrogancia.

—Quédate aquí —le susurró Sasuke a Naruto, cuya expresión se había vuelto de terror puro—. No salgas por nada del mundo.

—¡No me dejes solo, Sasu-chan! —rogó Naruto, aferrándose a su brazo—. ¡Y si es mi papi! ¡Si viene a llevarme otra vez a la clínica!

—No dejaré que nadie entre en esta habitación —dijo Sasuke con una voz que helaba la sangre—. Te lo prometo.

Sasuke salió al salón y cerró la puerta de la habitación tras de sí. Al abrir la puerta principal, se encontró con la figura imponente de Fugaku Uchiha, flanqueado por Minato Uzumaki. Ambos hombres lucían furiosos, sus rostros eran máscaras de indignación aristocrática.

—¿Dónde está? —preguntó Minato sin preámbulos, intentando entrar por la fuerza—. Devuélveme a mi hijo, Sasuke. No tienes ningún derecho sobre él después de haber firmado el divorcio.

Sasuke se interpuso en el camino, cruzando los brazos sobre su pecho. Su mirada era un desafío abierto hacia los dos hombres más poderosos de la ciudad.

—Naruto no va a ninguna parte con ustedes —dijo Sasuke con una calma letal—. Especialmente después de lo que le hicieron.

—No seas ridículo, Sasuke —intervino Fugaku, su voz cargada de desprecio—. Ese chico es un activo defectuoso. Has puesto en peligro la fusión con los Hyuga y la reputación de nuestra familia por un capricho sentimental. Hinata está esperando a tu heredero. Regresa a casa ahora mismo y deja que Minato se encargue de su hijo como mejor le parezca.

Sasuke soltó una carcajada seca que hizo que los dos hombres retrocedieran un paso.

—¿Activo defectuoso? ¿Así es como llaman a un ser humano al que torturaron con tratamientos experimentales? —Sasuke dio un paso hacia Minato, quien palideció ante la furia en los ojos del Uchiha—. Si vuelves a tocar a Naruto, o si intentas acercarte a él, usaré toda la influencia de mi apellido para hundir tu empresa en una semana. Y sabes que puedo hacerlo, Minato.

—¡Es mi hijo! —gritó Minato—. ¡Yo decido qué es lo mejor para él!

—Perdiste ese derecho cuando lo tiraste a la calle bajo la lluvia —escupió Sasuke—. Naruto ya no es un Uzumaki. Y pronto, yo dejaré de ser el heredero que tanto deseas, padre.

Fugaku frunció el ceño, sus ojos brillando con una advertencia.

—¿Estás renunciando a tu herencia por... por ese niño infantil?

—Estoy renunciando a una vida de hielo por la única persona que me enseñó lo que es el calor —respondió Sasuke—. Pueden quedarse con sus acciones, con sus mansiones y con sus contratos. Yo tengo suficiente dinero propio para vivir diez vidas sin su ayuda.

—Te arrepentirás de esto, Sasuke —dijo Fugaku, dándose la vuelta con dignidad herida—. No eres más que un tonto cegado por una fantasía.

—Váyanse de mi casa —sentenció Sasuke—. Y den por terminada cualquier relación comercial entre nosotros.

Cuando los dos hombres se marcharon, Sasuke cerró la puerta y se apoyó contra ella, cerrando los ojos. El peso de lo que acababa de hacer cayó sobre él, pero no sintió arrepentimiento. Sintió una libertad embriagadora.

Regresó a la habitación, donde Naruto estaba hecho un ovillo bajo las mantas, temblando de miedo. Al ver entrar a Sasuke, el rubio extendió sus brazos.

—¿Se fueron los señores malos? —preguntó Naruto con voz infantil.

—Se fueron para siempre, Naru —Sasuke se subió a la cama y abrazó al rubio, dejando que este se acurrucara contra su pecho—. Ya no tienes que tener miedo. Ahora solo somos nosotros.

Naruto levantó la cabeza y miró a Sasuke con sus ojos azules llenos de una adoración renovada.

—Sasu-chan... ¿ahora vamos a jugar siempre? ¿Vamos a ver películas y a comer dulces?

—Sí, Naru. Todo lo que quieras.

—¿Y me vas a comprar a Kurama otra vez? Papi lo rompió y yo me puse muy triste.

Sasuke sintió una punzada de dolor al recordar la crueldad de Minato.

—Te compraré cien zorros de peluche si es necesario.

Naruto sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, esa sonrisa era real. No era la máscara que usaba para agradar a su esposo frío, sino la expresión de un niño que finalmente se sentía a salvo.

—Sasu-chan es mi héroe —susurró Naruto, cerrando los ojos y dejándose llevar por el sueño—. Mi héroe de traje y corbata.

Sasuke lo observó quedarse dormido, con una mano acariciando suavemente su espalda. Sabía que el camino por delante no sería fácil. Naruto necesitaba terapia, necesitaba cuidados médicos y, sobre todo, necesitaba tiempo para sanar las heridas profundas que su familia le había infligido. Pero Sasuke estaba dispuesto a dedicar cada segundo de su vida a esa tarea.

Ya no le importaba el heredero. Ya no le importaba el poder. En la quietud de aquel ático, Sasuke Uchiha comprendió que el éxito más grande de su vida no había sido cerrar un trato multimillonario, sino haber rescatado al chico que, a pesar de todo el dolor, todavía era capaz de llamarlo con amor.

—Duerme, mi pequeño Naru —susurró Sasuke en la oscuridad—. Mañana empezaremos de nuevo. Sin contratos, sin mentiras... solo nosotros.

El reloj de pared marcaba la medianoche. Afuera, la ciudad seguía su curso frenético, pero dentro de aquellas cuatro paredes, el tiempo parecía haberse detenido en un instante de redención. El hombre de hielo se había derretido, y el niño roto finalmente había encontrado un lugar donde no necesitaba ser "útil" para ser amado. En el nido que antes estaba vacío, ahora florecía una esperanza que ningún contrato podría jamás marchitar.