Infantil bebe
Lágrimas de mercurio y el eco de un nido vacío
La lluvia golpeaba con una violencia rítmica los cristales del bar privado, un establecimiento exclusivo donde solo los hombres de la élite de Konoha se refugiaban para ahogar sus ambiciones o celebrar sus triunfos. Sasuke Uchiha se encontraba sentado en el rincón más oscuro, con la mirada perdida en el fondo de un vaso de whisky puro. El líquido ámbar quemaba su garganta, pero no lograba disipar el frío que se había instalado en sus huesos desde aquella noche en el balcón del hotel.
Habían pasado semanas desde que vio a Naruto por última vez. Su vida era, en teoría, perfecta. Hinata estaba embarazada de tres meses, las acciones de la empresa Uchiha-Hyuga estaban en su punto más alto y su padre lo miraba con una aprobación que antes solo le reservaba a su hermano mayor. Sin embargo, el silencio de su mansión le resultaba cada vez más insoportable. No era la paz que él anhelaba; era un vacío sepulcral.
La puerta del reservado se abrió de golpe, dejando entrar a un hombre empapado y con la respiración agitada. Era Suigetsu Hozuki, uno de los pocos "amigos" de Sasuke que se atrevía a hablarle sin filtros, trabajando a menudo como un informante informal en los círculos sociales más bajos y altos.
—Vaya, Sasuke, pareces un muerto viviente —dijo Suigetsu, dejándose caer en el asiento frente a él y pidiendo un trago al camarero con un gesto rápido.
—No estoy de humor para tus estupideces, Suigetsu —respondió Sasuke con voz gélida, sin apartar la vista de su vaso.
—Oh, creo que esto te va a interesar. Es sobre tu pequeño juguete rubio, el que desechaste por "defectuoso" —soltó Suigetsu, observando la reacción de Sasuke por encima del borde de su vaso.
Sasuke tensó la mandíbula. El nombre de Naruto era una herida que se negaba a cerrar, por mucho que él intentara cauterizarla con indiferencia.
—Naruto ya no es mi problema. Sus padres se encargan de él.
Suigetsu soltó una risa seca y amarga, una que hizo que los vellos de la nuca de Sasuke se erizaran.
—¿Encargarse? Si por encargarse te refieres a torturarlo, entonces sí, hicieron un trabajo excelente.
Sasuke dejó el vaso sobre la mesa con demasiada fuerza, haciendo que el cristal tintineara.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Me enteré por una de las enfermeras de la clínica privada de los Uzumaki —comenzó Suigetsu, su tono volviéndose inusualmente serio—. Minato y Kushina no aceptaron el diagnóstico de esterilidad. Estaban desesperados por recuperar el contrato contigo o con cualquier otro postor millonario. Sometieron a Naruto a un tratamiento experimental durante el último mes. Algo brutal, Sasuke. Hormonas sintéticas, lavados uterinos dolorosos, descargas para "estimular" órganos que simplemente no funcionan.
Sasuke sintió un vuelco en el estómago. Recordó la imagen de Naruto en el balcón, encogiéndose de hombros, esperando un golpe, hablando de que era un "niño malo".
—Él... él es sensible al dolor. Siempre lloraba por un simple rasguño —susurró Sasuke, más para sí mismo que para su interlocutor.
—Pues esta vez no hubo nadie para besarle las heridas —continuó Suigetsu, encogiéndose de hombros—. Lo tuvieron encerrado en una camilla, gritando por ti, por su "Sasu-chan", mientras le inyectaban químicos que le daban fiebre y convulsiones. Pero el cuerpo de Naruto no cedió. Después de un mes de agonía, los médicos confirmaron lo obvio: es estéril de nacimiento. No hay ciencia ni magia que cambie eso.
Sasuke apretó los puños debajo de la mesa hasta que sus nudillos se volvieron blancos. La imagen de Naruto, tan tierno, tan infantil, siendo tratado como un animal de laboratorio por su propia familia, le provocó una náusea violenta.
—¿Y dónde está ahora? —preguntó Sasuke, su voz apenas un susurro cargado de una furia que empezaba a desbordarse.
Suigetsu suspiró y bebió el resto de su trago de un tirón.
—Esa es la parte más graciosa, si tienes un sentido del humor retorcido. Minato Uzumaki decidió que ya no valía la pena gastar un yen más en él. Lo llamaron "pérdida total". Ayer por la noche, lo echaron de la mansión. Literalmente. Le tiraron un par de harapos y lo dejaron en la calle, en mitad de la lluvia. Dijeron que un hijo que no puede producir herederos no es un hijo, es un parásito.
Sasuke se puso de pie tan rápido que la silla cayó hacia atrás, golpeando el suelo con un estruendo que hizo que varios clientes se giraran.
—¿Lo echaron? ¿A la calle? ¡Él no sabe ni cómo cruzar una avenida solo! —Sasuke gritaba ahora, perdiendo por completo esa compostura de hielo que tanto le había costado construir.
—Está solo, Sasuke. Sin dinero, sin sus peluches, sin su familia y, por supuesto, sin su "Sasu-chan". Probablemente esté en algún callejón cerca del distrito comercial, si es que no se ha muerto de frío ya.
Sasuke no esperó a escuchar más. Salió del bar corriendo, ignorando los gritos de Suigetsu y el paraguas que el portero intentó ofrecerle. Subió a su coche y arrancó con un chirrido de neumáticos que resonó en la calle desierta.
Su mente era un caos de recuerdos. Naruto recibiéndolo con un beso. Naruto preguntando si las estrellas eran dulces. Naruto llorando porque él le había dicho que era "agotador".
—Soy un imbécil —gruñó Sasuke, golpeando el volante con la palma de la mano—. ¡Soy un maldito imbécil!
Conducía por las calles del distrito comercial, escudriñando cada rincón, cada refugio de autobús, cada portal. La lluvia era tan intensa que apenas podía ver a unos metros de distancia. El corazón le latía con una fuerza dolorosa, una sensación que no había experimentado jamás. No era cálculo empresarial, no era deber familiar. Era miedo. Un miedo puro y antiguo de perder la única luz que alguna vez había brillado genuinamente para él.
Después de casi una hora de búsqueda desesperada, lo vio.
Cerca de un callejón trasero de un restaurante de ramen cerrado, había una figura pequeña acurrucada junto a unas cajas de cartón. Llevaba una chaqueta delgada y empapada que alguna vez debió ser blanca, pero que ahora estaba manchada de barro. Sus cabellos rubios, antes brillantes como el sol, estaban pegados a su frente, opacos y sucios.
Sasuke frenó en seco y bajó del coche, dejando la puerta abierta. Corrió hacia la figura, sintiendo cómo el agua le calaba el traje de miles de yenes.
—¿Naruto? —llamó, con la voz quebrada.
La figura se estremeció violentamente. Naruto levantó la cabeza muy despacio. Sus ojos azules estaban nublados por la fiebre y el agotamiento. Al ver a Sasuke, no sonrió. No gritó "¡Sasu-chan!". En su lugar, intentó arrastrarse más hacia el fondo del callejón, cubriéndose la cara con sus manos delgadas y temblorosas.
—¡No, por favor! —chilló Naruto con una voz que era apenas un hilo agónico—. ¡Ya me porto bien! ¡No más medicinas! ¡No más agujas, papi, por favor! ¡Voy a ser un niño bueno y me voy a morir pronto para no molestar!
Sasuke sintió como si le hubieran arrancado el alma del cuerpo. Se dejó caer de rodillas en el barro, sin importarle nada más que el chico que se rompía frente a él.
—Naruto... soy yo. Soy Sasuke —dijo, tratando de suavizar su tono, aunque el llanto amenazaba con salir.
Naruto bajó un poco las manos, mirando a través de sus dedos. Sus labios estaban azules por el frío.
—¿Sasu-chan? —preguntó con una inocencia que dolió más que cualquier insulto—. ¿Viniste a decirme que ya soy útil? ¿Ya me creció un bebé? El doctor dijo que no... que soy un niño roto...
—No, Naruto. No vine por eso —Sasuke se acercó y, por primera vez en toda su relación, lo rodeó con sus brazos con una ternura desesperada, pegando el cuerpo frío de Naruto contra su propio pecho caliente—. No me importa el bebé. No me importa el contrato. Perdóname... perdóname por ser un monstruo.
Naruto se quedó rígido un momento, sin entender el contacto. Hacía tanto tiempo que nadie lo abrazaba sin la intención de lastimarlo. Lentamente, sus manos se cerraron sobre la camisa mojada de Sasuke, aferrándose a él como si fuera el único punto de apoyo en un universo que se desmoronaba.
—Sasu-chan... me duele mucho la pancita —sollozó Naruto, hundiendo el rostro en el cuello de Sasuke—. Los señores de blanco me hacían cosas feas... y mami me dijo que ya no soy su hijo porque no sirvo para los negocios...
—Shhh, ya pasó, Naru. Ya pasó —Sasuke lo levantó en brazos. Naruto no pesaba casi nada; era como cargar un puñado de plumas y huesos—. Te voy a llevar a casa.
—¿A casita? —Naruto lo miró con los ojos entrecerrados por la debilidad—. ¿A la casita con los peluches?
—A donde tú quieras. Pero nunca más vas a estar solo.
Sasuke subió a Naruto al asiento trasero del coche, envolviéndolo en su propia chaqueta de lana. El rubio temblaba sin parar, susurrando incoherencias sobre pajaritos y nubes, perdido en el delirio de la fiebre. Sasuke condujo de regreso, pero no hacia la mansión Uchiha donde estaba Hinata y las expectativas de su padre. Condujo hacia un ático privado que tenía a su nombre, un lugar donde nadie pudiera encontrarlo.
Al llegar, cargó a Naruto y lo llevó directamente al baño. Con manos inusualmente firmes, le quitó la ropa mojada y sucia. Al ver el cuerpo de Naruto, Sasuke tuvo que cerrar los ojos para no gritar de rabia. El vientre del rubio estaba cubierto de hematomas amarillentos y púrpuras, marcas de inyecciones y cicatrices de procedimientos que nunca debieron ocurrir. Sus costillas se marcaban bajo la piel pálida.
—Esos señores eran muy malos, Sasu-chan —susurró Naruto, dejándose lavar mecánicamente—. Me decían que si no aguantaba, tú no me ibas a querer nunca.
—Mintieron, Naruto. Todos mintieron —Sasuke lo secó con las toallas más suaves que encontró y lo vistió con una de sus propias camisas de dormir.
Lo llevó a la cama y lo tapó con varias mantas. Naruto se veía tan pequeño en la inmensa cama, como un muñeco de porcelana que alguien había intentado triturar. Sasuke se sentó a su lado, tomando su mano pequeña y fría entre las suyas.
—Sasu-chan... —llamó Naruto, con la voz muy débil—. ¿Todavía estás enojado porque no hay un bebé?
Sasuke besó los nudillos de Naruto, dejando que una lágrima solitaria cayera sobre la mano del rubio.
—No, Naru. Ya no hay más contratos. Ya no hay más herederos. Solo estamos tú y yo.
—¿Me vas a dar besitos de verdad? —preguntó Naruto, con una pizca de ese brillo infantil regresando a sus ojos por un segundo—. ¿De esos que no son de mentira?
—Todos los que quieras —respondió Sasuke, inclinándose para besar su frente ardiente por la fiebre—. Pero ahora tienes que dormir. Tienes que curarte.
Naruto cerró los ojos, soltando un suspiro de alivio. Por primera vez en meses, no tenía miedo. El calor de Sasuke era real, no era un sueño.
—Te quiero mucho, mucho, Sasu-chan... —murmuró antes de caer en un sueño profundo y reparador.
Sasuke se quedó allí, observando el pecho de Naruto subir y bajar con dificultad. Sabía que lo que había hecho era, a los ojos de su familia, una traición. Sabía que su padre lo desheredaría, que su matrimonio con Hinata estallaría en mil pedazos y que su reputación como empresario frío y calculador moriría esa misma noche.
Pero mientras miraba el rostro sereno de Naruto, se dio cuenta de que por fin podía respirar. El silencio de la habitación ya no era sepulcral; era el silencio de una nueva oportunidad.
Tomó su teléfono y vio decenas de llamadas perdidas de su padre y de Hinata. Sin dudarlo un segundo, apagó el dispositivo y lo lanzó al otro lado de la habitación.
—Que se queden con su imperio de hielo —susurró Sasuke, volviendo a recostarse al lado de Naruto y abrazándolo con un cuidado infinito—. Yo me quedo con mi sol.
Naruto, incluso en sueños, buscó el calor de Sasuke, acurrucándose contra él. El nido ya no estaba vacío. No había un bebé, no había un heredero, pero había algo que Sasuke Uchiha nunca había incluido en sus balances financieros y que ahora era lo único que le importaba: un corazón que, a pesar de haber sido roto una y otra vez, seguía latiendo solo para él.
La lluvia afuera seguía cayendo, pero dentro de aquel ático, el invierno de los Uchiha finalmente había terminado. Sasuke cerró los ojos, permitiéndose por primera vez ser simplemente Sasuke, el hombre que cuidaría de su pequeño y tierno Naruto, sin condiciones, sin contratos y, sobre todo, sin más frío.