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Inoc3nte

Cicatrices de cristal y el silencio del adiós

El viento de la noche aullaba contra las paredes de la pequeña casa, como si la misma naturaleza intentara advertirle a Yoongi sobre la tormenta que se avecinaba. Yoongi, ajeno a los presagios, se encontraba en la cocina, tarareando una canción infantil mientras preparaba un poco de chocolate caliente. Sus manos, pequeñas y pálidas, se movían con una delicadeza casi etérea. Había pasado la tarde entera limpiando cada rincón, asegurándose de que el suelo brillara tanto que Jungkook pudiera ver su propio reflejo de acero en él.

Había recibido el mensaje de Jungkook sobre los hombres que vendrían a cambiar la cerradura al día siguiente, y eso, en su mente distorsionada por la devoción, era una señal de cuidado. "Él quiere protegerme", pensaba Yoongi mientras servía la bebida en una taza desgastada. "Él no quiere que nadie me haga daño".

De repente, el estruendo de un motor rompió la paz del campo. No era el coche habitual; era un rugido más violento, una frenada brusca que hizo que el corazón de Yoongi saltara contra sus costillas. Corrió hacia la puerta, abriéndola de par en par antes de que Jungkook pudiera siquiera tocar el pomo.

—¡Kook! —exclamó Yoongi con una sonrisa radiante, estirando sus brazos para recibirlo—. Has vuelto muy rápido, no te esperaba hasta...

Sus palabras se congelaron en el aire. Jungkook no se movió. Estaba de pie en el umbral, envuelto en un abrigo negro que parecía absorber la poca luz que emitía la lámpara del pasillo. Su rostro, habitualmente frío, estaba ahora petrificado en una máscara de absoluta indiferencia. Detrás de él, la noche parecía más cerrada, más hostil.

—Entra —dijo Jungkook. Su voz no era ronca por el cansancio, sino afilada como un bisturí.

Yoongi retrocedió un paso, dejando espacio. Sus manos se entrelazaron frente a su pecho, un gesto instintivo de protección.

—¿Pasa algo malo? —preguntó Yoongi en un susurro—. Te hice chocolate, está caliente, puedo ponerle malvaviscos si quieres...

—Cállate, Yoongi —lo cortó Jungkook, entrando en la sala y cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco que resonó en toda la casa.

El mayor no se sentó. Se quedó en el centro de la habitación, mirando a su alrededor como si el lugar le provocara una náusea insoportable. Yoongi se acercó con cautela, intentando tocar la manga de su chaqueta, pero Jungkook se apartó con un movimiento brusco, como si el contacto de Yoongi fuera una mancha difícil de quitar.

—Mis padres saben dónde estás —soltó Jungkook sin preámbulos, clavando sus ojos oscuros en los de Yoongi—. Saben cada detalle. Saben que te compré esta casa, saben cuánto dinero te doy al mes y saben que pierdo mi tiempo viniendo aquí a verte.

Yoongi sintió que el aire se volvía espeso. El miedo, ese viejo conocido que lo había acompañado en la casa de su tío, regresó con una fuerza renovada.

—Yo... yo he tenido cuidado —balbuceó Yoongi, sus ojos llenándose de lágrimas instantáneamente—. No he salido, Jungkook. Te lo prometo. No he hablado con nadie.

—No importa lo que hayas hecho —dijo Jungkook con desdén—. Eres una debilidad, Yoongi. Una mancha en mi historial que ya no puedo permitirme ignorar. Mis padres fueron muy claros esta noche. O corto todo lazo contigo, o ellos se encargarán de eliminar el problema. Y créeme, no lo harán de forma amable.

Yoongi dio un paso adelante, temblando.

—¿Eliminarme? —preguntó con voz quebrada—. Pero yo te pertenezco, Kook. Tú me sacaste de aquel lugar. Tú dijiste que me servirías para... para desconectar. Puedo ser más silencioso, puedo esconderme mejor. No me dejes, por favor.

Jungkook soltó una carcajada seca, un sonido carente de cualquier rastro de humanidad.

—Ya no eres útil —sentenció—. Me han concertado un compromiso. La hija de los dueños de la corporación Lee. Es una mujer inteligente, de mi estatus, alguien que puede estar a mi lado en las cenas de gala sin que tenga que sentir vergüenza. Ella es el futuro de mi imperio. Tú... tú solo eres un capricho que duró demasiado.

Yoongi sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. Se desplomó sobre sus rodillas, justo frente a las pesadas botas de Jungkook, y sollozó con tal desesperación que sus hombros se sacudían violentamente. Sus manos pequeñas se aferraron a los pantalones de Jungkook, apretando la tela con fuerza.

—No, no, no... —gemía Yoongi entre hipos—. No me importa la chica, no me importa que te cases. Yo puedo quedarme aquí. Seré tu secreto. No te pediré nada, ni siquiera que me des dinero. Trabajaré en el campo, haré lo que sea, pero no me dejes solo. Si me dejas, no tengo a dónde ir. No tengo a nadie.

—Ese no es mi problema —respondió Jungkook, mirando hacia el techo con impaciencia—. Te di una oportunidad de vivir bien mientras duró. Ahora se acabó.

—¡Por favor! —rogó Yoongi, levantando la vista. Su rostro estaba empapado en lágrimas, su nariz roja y sus labios temblando—. ¡Te amo, Jungkook! Te amo más que a mi propia vida. Haré lo que quieras, si quieres golpearme, hazlo. Si quieres que sea tu sirviente, lo seré. Pero no me eches al mundo otra vez. Tengo miedo. El mundo es muy grande y muy frío sin ti.

Jungkook se agachó, tomando a Yoongi por los hombros. Por un segundo, Yoongi pensó que lo abrazaría, que le diría que todo era una prueba cruel. Pero el agarre de Jungkook se volvió doloroso, sus dedos hundiéndose en la carne suave del chico.

—Escúchame bien, pequeño idiota —siseó Jungkook cerca de su oído—. Mis padres no juegan. Si mañana te encuentran aquí, te matarán. Y yo no voy a arriesgar mi posición, mi herencia y mi futuro por un chico que apenas sabe leer un contrato. Se acabó. Mañana vendrán mis hombres, te darán una maleta con ropa y un sobre con dinero. Te llevarán a la estación de tren y te perderás. Si intentas buscarme, si intentas contactarme, yo mismo me encargaré de que te arrepientas de haber nacido.

—¡No puedes ser tan cruel! —gritó Yoongi, su voz rompiéndose en un alarido de agonía—. ¡Tú me besaste! ¡Tú me dijiste que era tuyo!

—Y lo fuiste —dijo Jungkook, soltándolo bruscamente, haciendo que Yoongi cayera de espaldas contra el suelo—. Fuiste un juguete entretenido. Pero los niños crecen y tiran sus juguetes viejos cuando consiguen unos mejores.

Yoongi se arrastró de nuevo hacia él, rodeando sus piernas con los brazos, ocultando su rostro contra las rodillas del mafioso. El llanto era ahora silencioso, un goteo constante de miseria que empapaba la tela de Jungkook.

—Kookie, mi Kookie... —susurró Yoongi, su voz apenas un hilo—. Por favor, un día más. Solo un día más. Déjame despedirme de ti como se debe. Solo un beso más, uno que sea de verdad...

Jungkook sintió una punzada de algo que no podía identificar en su pecho, pero la sofocó rápidamente bajo capas de ambición y frialdad. Miró hacia abajo, viendo la coronilla rubia de Yoongi, tan frágil, tan patética.

—Suéltame —ordenó.

—No —respondió Yoongi con una valentía nacida de la aniquilación—. Mátame si quieres, pero no me pidas que te deje ir. Prefiero morir en tus manos que vivir en un mundo donde no me mires.

Jungkook suspiró, irritado. Agarró a Yoongi por el cabello, obligándolo a levantar la cabeza. La expresión de Yoongi era de una devoción aterradora; incluso con el dolor del tirón en su cuero cabelludo, miraba a Jungkook con ojos que gritaban adoración.

—Eres un enfermo, Yoongi —dijo Jungkook con voz plana—. No sabes lo que es el amor. Solo sabes ser un parásito que se aferra a lo primero que lo saca del lodo.

—Si soy un parásito, es porque tú me hiciste así —replicó Yoongi, sus dedos rozando tímidamente la mano de Jungkook que lo sostenía—. Me enseñaste que mi único valor es lo que tú ves en mí. Si no me ves, no existo. Por favor... quédate esta noche. Solo esta noche. Mañana me iré, lo prometo. Me iré y no sabrás de mí. Pero regálame estas horas.

Jungkook lo soltó y dio un paso atrás, ajustándose la chaqueta. Su mirada recorrió la habitación una última vez, deteniéndose en el jarrón de flores silvestres que Yoongi había recogido. Con un movimiento rápido de su brazo, Jungkook golpeó el jarrón, enviándolo al suelo donde se hizo añicos. El agua se esparció por la madera y las flores quedaron aplastadas entre los trozos de cerámica.

Yoongi ahogó un grito, cubriéndose la boca con las manos.

—Esa es tu respuesta —dijo Jungkook—. No habrá "una última noche". No habrá despedidas románticas. Esto no es una película, Yoongi. Es un negocio, y tú has dejado de ser rentable.

Jungkook caminó hacia la puerta. Yoongi intentó levantarse para seguirlo, pero sus piernas fallaron, dejándolo postrado entre los restos del jarrón roto. Un trozo de cerámica le cortó la palma de la mano, y la sangre comenzó a mezclarse con el agua y los pétalos marchitos.

—¡Jungkook! —gritó Yoongi mientras el mayor abría la puerta—. ¡Jungkook, te esperaré! ¡No me importa lo que digas, siempre seré tuyo! ¡Si me matan, moriré con tu nombre en mis labios!

Jungkook se detuvo un momento en el umbral, de espaldas a él. Sus hombros se tensaron, y por un breve instante, el silencio que se instaló entre ambos fue tan pesado que parecía que el tiempo se había detenido.

—No me esperes —dijo Jungkook sin volverse—. Para cuando salga el sol, tú ya no existirás para mí.

La puerta se cerró con una finalidad absoluta. El sonido del motor se encendió de nuevo, alejándose rápidamente hasta que solo quedó el silbido del viento y el goteo del chocolate caliente que se desbordaba en la cocina, olvidado sobre la encimera.

Yoongi se quedó allí, sentado en el suelo frío, mirando su mano sangrante. El dolor físico era una bendición comparado con el vacío negro que se abría en su pecho. Se llevó la mano herida a la boca, lamiendo la sangre, saboreando el hierro y la sal de sus propias lágrimas.

—Él volverá —susurró Yoongi a la habitación vacía—. Solo está asustado por sus padres. Él me salvó una vez, lo hará de nuevo. Solo tengo que ser bueno. Solo tengo que esperar.

Se arrastró hacia el sofá y se hizo un ovillo en el suelo, justo donde los pies de Jungkook habían estado minutos antes. Cerró los ojos, tratando de imaginar el olor a tabaco y perfume amaderado, tratando de convencerse de que el cristal roto en el suelo no era un símbolo de su propio corazón.

Afuera, la noche continuaba, indiferente al sufrimiento de un chico que había sido desechado como basura. En la ciudad, Jungkook conducía con las manos apretadas al volante, mirando fijamente la carretera, intentando borrar de su mente la imagen de Yoongi arrodillado y roto. Sabía que sus padres tenían razón; Yoongi era un estorbo. Pero mientras se alejaba, el silencio del coche le pareció, por primera vez, insoportablemente frío.

Yoongi, en su pequeña casa, comenzó a cantar de nuevo la melodía suave de la tarde, aunque su voz se quebraba en cada nota. Estaba rodeado de sombras, en un hogar que ya no era suyo, esperando un mañana que solo traería más soledad. Su infierno personal acababa de volverse mucho más profundo, pero él seguía allí, sonriendo débilmente a la oscuridad, convencido de que las cadenas de seda que Jungkook le había puesto eran lo único que lo mantenía unido a la vida.

—Te amo, Kookie —murmuró antes de que el cansancio y el dolor lo sumieran en un sueño inquieto—. Mañana... mañana todo estará bien.

Pero el sol que saldría en unas horas no traería esperanza, sino el final definitivo de un cuento de hadas que siempre fue, en realidad, una tragedia de oro y sangre.