Inoc3nte
Entre el humo del incienso y el perfume de la traición
La calle era un monstruo de cemento que no tenía la calidez de la lavanda ni el aroma del pan recién horneado. Durante tres días, Yoongi vagó por los callejones cercanos a la estación de tren, con la maleta que los hombres de Jungkook le habían entregado apretada contra el pecho como si fuera el último trozo de su propia piel. El dinero en el sobre permanecía intacto; Yoongi sentía que, si lo gastaba, estaría aceptando formalmente el fin de su existencia al lado de Jungkook. Dormía encogido bajo los puentes, tiritando de frío, con la mirada perdida en el horizonte, esperando que el coche negro blindado apareciera para decirle que todo había sido una pesadilla.
La salvación, o lo que él creía que era tal, llegó en forma de un correo electrónico en su viejo teléfono, cuya pantalla estaba ahora más agrietada que antes. Era una oferta formal para el puesto de sirviente de mantenimiento y limpieza en la mansión principal de la familia Jeon. No era una invitación de Jungkook, era una orden administrativa de la gestión de la casa. Los padres de Jungkook, en un acto de crueldad refinada o quizás por el simple deseo de tener al "juguete" bajo su bota para humillarlo, habían decidido que Yoongi sería perfecto para limpiar los suelos que su hijo pisaba.
Yoongi no lo pensó dos veces. No le importaba el estatus, no le importaba el desprecio. Si podía estar en la misma casa que Jungkook, si podía respirar el mismo aire, aceptaría cualquier cadena.
Su llegada a la mansión Jeon fue silenciosa. Le entregaron un uniforme gris, rígido y áspero, que ocultaba su figura delgada y lo hacía parecer una sombra más entre los pasillos de mármol. Su primera semana fue un ejercicio de invisibilidad y anhelo.
—¡Yoongi! El pasillo del ala este todavía tiene manchas —le gritó el ama de llaves, una mujer de mirada severa que sabía perfectamente quién era él y disfrutaba viéndolo de rodillas con un trapo.
—Lo siento, ya voy —respondió Yoongi con su voz dulce, ahora apagada por el cansancio.
Sus ojos siempre buscaban a Jungkook. Lo vio por primera vez al tercer día. El mayor bajaba las escaleras imperiales, hablando por teléfono, luciendo un traje que costaba más que la casa que Yoongi había perdido. Yoongi se detuvo, con el cubo de agua a un lado, y bajó la cabeza en un gesto de sumisión automática, pero sus ojos no pudieron evitar subir para encontrar los de él.
Jungkook se detuvo un segundo. Sus miradas se cruzaron. Yoongi sintió que su corazón recuperaba el ritmo, una chispa de esperanza prendiéndose en su pecho. "Mírame, Kookie. Sigo aquí. He vuelto por ti", pensó con desesperación.
Jungkook, sin embargo, solo arrugó el entrecejo con fastidio.
—Asegúrate de que este chico no se cruce en mi camino —dijo Jungkook al guardia que lo escoltaba, sin dejar de mirar a Yoongi como si fuera un insecto molesto—. Su presencia es... irritante.
—Sí, señor Jeon —respondió el guardia.
Jungkook siguió caminando sin dedicarle una sola palabra más. Yoongi apretó el trapo entre sus manos hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El agua sucia del cubo salpicó su uniforme, pero él no se movió hasta que el eco de los pasos de Jungkook desapareció.
Los días siguientes fueron una tortura de indiferencia. Yoongi intentaba llamar su atención de formas sutiles: dejaba una pequeña flor silvestre en el despacho de Jungkook cuando le tocaba limpiar, o se aseguraba de que el café que le servían (aunque él no pudiera entregarlo personalmente) tuviera la cantidad exacta de azúcar que a Jungkook le gustaba.
Una tarde, mientras Yoongi pulía los marcos de plata del salón principal, Jungkook entró buscando unos documentos. Estaba solo. Yoongi vio su oportunidad.
—Señor Jeon... Jungkook —susurró, dando un paso hacia él.
Jungkook no levantó la vista de los papeles.
—¿Qué quieres? —Su voz era seca, cortante, como el hielo rompiéndose bajo el peso de un camión.
—He... he estado cuidando tus cosas. El café de esta mañana, ¿estaba bien? —Yoongi se acercó un poco más, su cuerpo temblando por la proximidad—. Te extraño tanto. Por las noches, en el cuarto de servicio, imagino que tocas a mi puerta.
Jungkook finalmente levantó la vista. No había amor, ni siquiera lujuria. Solo una frialdad absoluta que hizo que Yoongi retrocediera instintivamente.
—Eres patético, Yoongi —dijo Jungkook, dando un paso hacia él para acorralarlo contra la pared, pero no con deseo, sino con intimidación—. ¿Crees que porque te permitieron trabajar aquí como un criado tenemos algo de qué hablar? Eres el personal de limpieza. Limpia y cállate. Si vuelves a dirigirme la palabra fuera de una instrucción de trabajo, haré que te echen a patadas a la calle, y esta vez no habrá maleta ni dinero.
—Pero yo te amo —sollozó Yoongi, las lágrimas desbordándose—. ¿Cómo puedes olvidarlo todo? ¿Cómo puedes besarme una noche y tratarme como basura a la siguiente?
—Fue fácil —respondió Jungkook con una sonrisa cruel—. Porque nunca significaste nada. Solo eras un lugar donde dejar mi estrés. Ahora tengo otras formas de distraerme.
Jungkook se dio la vuelta y salió, dejando a Yoongi destrozado en medio del salón. El chico se dejó caer al suelo, sollozando en silencio, limpiando sus propias lágrimas con la manga del uniforme gris que ahora sentía como una mortaja.
Cuatro días después, el infierno de Yoongi alcanzó su punto máximo. La mansión Jeon se vistió de gala. Flores blancas, las más caras y exóticas, cubrían cada rincón. El aroma era embriagador, pero para Yoongi olía a muerte. Era el día de la boda.
Debido a la magnitud del evento, todo el personal fue movilizado. A Yoongi le asignaron el papel de mesero de apoyo para la recepción en el jardín. Le pusieron un chaleco negro y una pajarita que sentía que lo asfixiaba.
—Mantén la bandeja nivelada y no mires a los invitados a los ojos —le advirtió el jefe de sala—. Eres invisible, ¿entendido?
—Sí, señor —murmuró Yoongi, con la mirada perdida.
La ceremonia fue un despliegue de poder y opulencia. Yoongi estaba de pie al fondo, oculto tras una columna de mármol, viendo cómo Jungkook, vestido con un esmoquin blanco que lo hacía ver como un dios oscuro, esperaba en el altar improvisado. Cuando la novia apareció, una mujer de una belleza aristocrática y fría, Yoongi sintió que su alma se fragmentaba en mil pedazos.
Vio el momento exacto. El juez pronunció las palabras. Jungkook tomó las manos de la mujer y, con una sonrisa que nunca le había dedicado a Yoongi —una sonrisa de triunfo, de aceptación social—, se inclinó para besarla.
Fue un beso largo, coreografiado para las cámaras y para el orgullo de sus padres. Los invitados estallaron en aplausos. Yoongi, desde su rincón, sintió que el mundo se volvía borroso. El sabor de la hiel inundó su boca mientras sostenía una bandeja llena de copas de champán que empezaron a tintinear por el temblor de sus manos.
—¡Mesero! —siseó una mujer elegante cerca de él—. Una copa, por favor.
Yoongi se acercó mecánicamente. Sus ojos, sin embargo, seguían fijos en la pareja que ahora caminaba por el pasillo central bajo una lluvia de pétalos de rosa. Jungkook reía. Parecía feliz. Parecía libre de la carga que Yoongi representaba.
Durante el banquete, Yoongi tuvo que servirles directamente en la mesa presidencial. Sus manos temblaban tanto que temía derramar el vino sobre el vestido de seda de la novia.
—Felicidades, señor Jeon —susurró Yoongi mientras llenaba la copa de Jungkook. Fue un impulso suicida, una necesidad de ser reconocido en medio de su agonía.
Jungkook ni siquiera lo miró. Estaba demasiado ocupado susurrándole algo al oído a su nueva esposa, quien soltó una risita encantadora.
—Gracias —respondió Jungkook de forma automática, como se le da las gracias a una máquina o a un mueble.
Esa palabra, "gracias", dolió más que cualquier insulto. Era la confirmación de que para Jungkook, Yoongi ya no era ni siquiera un enemigo o un secreto; era, simplemente, nadie.
La fiesta continuó hasta altas horas de la madrugada. Yoongi vio cómo bailaban, cómo se abrazaban, cómo los padres de Jungkook brindaban por la "unión perfecta". Vio cómo Jungkook miraba a su esposa con una mezcla de respeto y posesión, algo que Yoongi siempre había anhelado y que ahora comprendía que nunca tendría.
Al final de la noche, cuando los invitados comenzaban a retirarse y la música se volvía más suave, Yoongi fue asignado para ayudar con las maletas que llevarían al coche. Jungkook y su esposa se iban esa misma noche a su luna de miel en una isla privada en el Mediterráneo.
Yoongi estaba junto al coche negro, el mismo coche en el que tantas veces había viajado escondido en el asiento trasero para que nadie lo viera. Ahora, estaba allí para cerrar la puerta.
Jungkook salió de la mansión, llevando de la mano a su esposa. Ella lucía un vestido de viaje elegante y una sonrisa de satisfacción. Jungkook se detuvo frente a Yoongi mientras el chofer acomodaba el equipaje.
—¿Está todo listo? —preguntó Jungkook, mirando al chofer.
—Sí, señor. Podemos salir cuando guste.
Jungkook asintió. Antes de entrar al coche, su mirada cayó sobre Yoongi por un breve instante. El chico estaba pálido, con ojeras profundas y los labios agrietados de tanto morderse para no gritar.
—Buen trabajo hoy —dijo Jungkook. Sacó un billete de alta denominación de su cartera y lo deslizó en el bolsillo del chaleco de Yoongi, como se le da una propina a un extraño que ha hecho un buen servicio—. Cómprate algo de comer. Te ves fatal.
—Jungkook... —susurró Yoongi, su voz rompiéndose finalmente.
—Señor Jeon para ti —lo corrigió Jungkook con una frialdad que helaba la sangre—. Disfruta de tu estancia en la mansión. Hay mucho que limpiar mientras no estemos.
Jungkook entró en el coche y cerró la puerta. A través del cristal tintado, Yoongi pudo ver cómo rodeaba con el brazo los hombros de su esposa. El motor rugió y el vehículo se alejó, dejando atrás una nube de polvo y el aroma a flores muertas del jardín.
Yoongi se quedó de pie en la entrada, solo. Sacó el billete de su bolsillo y lo miró. Era papel. Solo papel. Lo apretó en su puño y cayó de rodillas sobre la grava del camino, la misma grava que había sido pisada por los zapatos de boda de Jungkook.
—Soy bueno... —sollozó Yoongi, hundiendo el rostro en sus manos—. He sido tan bueno... ¿Por qué duele tanto?
El silencio de la noche fue su única respuesta. La mansión Jeon se alzaba detrás de él como una prisión de mármol. Jungkook se había ido a comenzar su vida perfecta, rodeado de lujos y de una mujer que el mundo aprobaba. Y Yoongi se quedaba allí, en las sombras, destinado a limpiar las huellas de una felicidad que nunca le pertenecería.
Se levantó con dificultad, sus piernas sintiéndose como plomo. Miró hacia la ventana de la habitación que Jungkook solía ocupar. Estaba oscura. Todo estaba oscuro.
—Te esperaré —murmuró Yoongi, aunque su corazón sabía que era una mentira—. Volverás de tu viaje y yo estaré aquí. Limpiaré tu habitación, haré tu café... y quizás un día, por error, me llames por mi nombre otra vez.
Caminó hacia la entrada de servicio, con el cuerpo encorvado y el alma marchita. En su mente, todavía podía ver a Jungkook besando a la otra chica, un bucle infinito de dolor que se repetía con cada latido de su corazón herido. El infierno no eran las llamas, ni los golpes de su tío; el infierno era el uniforme gris, la pajarita apretada y la certeza de que, para el hombre que amaba, él se había vuelto invisible.
Entró en la cocina desierta y comenzó a recoger las copas vacías que quedaban. Cada cristal que tocaba le recordaba al jarrón roto en su pequeña casa de campo. Pero esta vez, no había agua para las flores, ni manos que intentaran recoger los pedazos. Solo quedaba el eco de una boda que selló su destino como una sombra perpetua en el imperio de los Jeon.