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Inoc3nte

Ecos del abuelo y el refugio de las sombras

El despacho de la mansión Jeon olía a una mezcla de tabaco caro, whisky envejecido y una desesperanza que ningún lujo podía ocultar. Jungkook estaba sentado frente al gran ventanal, observando cómo la lluvia golpeaba el cristal con una monotonía exasperante. A su espalda, Yoongi dormitaba en un diván de terciopelo, envuelto en una manta de seda, todavía pálido y con las marcas del cansancio grabadas bajo sus ojos. Verlo allí, recuperado del antro donde lo había encontrado pero sumido en una fragilidad absoluta, le provocaba a Jungkook una punzada de culpa que no sabía cómo gestionar.

Un golpe seco en la puerta rompió el silencio. No era el toque sumiso de un criado ni el golpeteo rítmico de su esposa. Era un sonido pesado, autoritario.

—Adelante —dijo Jungkook, enderezando la espalda y recuperando su máscara de frialdad.

La puerta se abrió para dar paso a un hombre cuya sola presencia parecía encoger las paredes de la habitación. Era Jeon Seokho, el patriarca, el hombre que había cimentado el imperio criminal de la familia antes de que el padre de Jungkook lo heredara. A pesar de su avanzada edad, sus ojos seguían siendo dos carbones encendidos que lo escudriñaban todo con una lucidez aterradora.

—Abuelo —murmuró Jungkook, levantándose por instinto de respeto.

El anciano no dijo nada al principio. Caminó hacia el centro de la sala, apoyándose en su bastón con empuñadura de plata, y detuvo su mirada en la figura de Yoongi, que se removió inquieto en sueños.

—Así que este es el chico por el que estás perdiendo la cabeza y el honor —dijo Seokho con una voz que sonaba como grava siendo triturada—. Un cachorro herido.

Jungkook apretó los puños, pero antes de que pudiera soltar una réplica defensiva, el anciano hizo un gesto con la mano, pidiendo silencio.

—Sal de aquí, Jungkook. Vamos al balcón. No quiero que el chico escuche lo que tengo que decirte, ni quiero que tus padres nos interrumpan.

Jungkook obedeció, sintiendo que sus piernas pesaban. Una vez fuera, bajo el techo del balcón que los protegía de la lluvia, el aire frío golpeó su rostro. Seokho se encendió un cigarro y observó a su nieto durante un largo rato.

—Estás roto, muchacho —sentenció el abuelo—. Te veo caminar por esta casa como un fantasma. Tu padre cree que tienes el control, pero yo sé que estás a un paso de pegarte un tiro o de matar a alguien por error.

Fue en ese momento cuando la presa se rompió. Jungkook, el mafioso frío, el heredero implacable, el hombre que trataba a Yoongi como un objeto, se derrumbó. Apoyó las manos en la barandilla de piedra y bajó la cabeza, dejando que los primeros sollozos escaparan de su garganta.

—Lo arruiné todo, abuelo —confesó Jungkook entre hipos, con la voz quebrada por una angustia que llevaba meses asfixiándolo—. Lo saqué de la miseria para darle un infierno peor. Lo traté como basura porque tenía miedo de lo que sentía. Y ahora... ahora no puedo mirarlo a la cara sin ver todo el daño que le hice. Me odio. Odio esta casa, odio este matrimonio de conveniencia y odio lo que mi padre me obliga a ser.

Seokho escuchó en silencio, dejando que el joven desahogara toda la bilis y el arrepentimiento. No hubo juicios en su mirada, solo una comprensión profunda de quien ha vivido lo suficiente para saber que el poder sin amor es una celda muy fría.

—Tu padre es un hombre pequeño, Jungkook —dijo el abuelo tras un rato—. Tiene miedo de la debilidad porque él mismo es débil. Cree que la crueldad es sinónimo de mando. Pero yo fundé este imperio con algo más que miedo. Lo fundé con lealtad.

Jungkook levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre y las mejillas húmedas.

—¿Qué puedo hacer? No puedo dejarlo ir otra vez. Si se va, se morirá o terminará en un lugar como el de anoche. Pero si se queda aquí, mis padres lo destruirán.

El abuelo Seokho sonrió de medio lado, una expresión que guardaba un rastro de la ferocidad de su juventud.

—Tengo una propuesta para ti. Una que tu padre no conoce y que no se atrevería a cuestionar si viene de mí.

Jungkook se secó las lágrimas con el dorso de la mano, prestando atención.

—Estoy cansado de ver cómo esta familia se pudre bajo la dirección de tu padre —continuó el anciano—. Quiero que tú te hagas cargo de mi facción personal, la verdadera raíz de la mafia Jeon. Es un sector que mueve miles de millones y que opera en las sombras, lejos de las cenas de gala y la política corporativa que tanto le gusta a tu progenitor.

—¿Y qué gano con eso? —preguntó Jungkook—. Solo sería más trabajo, más sangre.

—Ganas autonomía absoluta —respondió Seokho, clavando su bastón en el suelo—. Si aceptas ser mi sucesor directo, te daré las llaves de una propiedad en la isla de Jeju. Es una fortaleza escondida entre acantilados, lejos de los ojos de tus padres y de la prensa. Allí podrías vivir con el chico. Nadie te pediría cuentas. Tu esposa se quedaría aquí, con el niño que viene en camino, manteniendo las apariencias y el apellido. Tú cumplirías con tus misiones, manejarías mis negocios, y a cambio, tendrías tu refugio privado. Tu propio reino donde Yoongi sea el único que importe.

Jungkook sintió que el corazón le daba un vuelco. Era una oferta millonaria, pero sobre todo, era una oferta de libertad.

—¿Me dejarías llevarlo conmigo? ¿Lejos de todo esto?

—Bajo mi protección, nadie tocará a ese muchacho —prometió Seokho—. Pero a cambio, Jungkook, tendrás que ser el líder más implacable que esta organización haya visto jamás. Tendrás que ser un demonio fuera de esa casa para poder ser un hombre dentro de ella. ¿Estás dispuesto a pagar el precio?

—Daría mi alma entera —respondió Jungkook sin dudarlo.

El abuelo asintió con satisfacción y se dio la vuelta para entrar de nuevo al despacho. Jungkook lo siguió, sintiendo que el peso en su pecho se aligeraba por primera vez en años. Al entrar, vio que Yoongi ya estaba despierto. Se había sentado en el diván, con la manta cayendo sobre sus hombros, mirando con temor al anciano.

—No te asustes, pequeño —dijo Seokho con una suavidad inusual, deteniéndose frente a Yoongi—. Mi nieto es un idiota, pero parece que finalmente ha decidido madurar.

Yoongi miró a Jungkook, buscando una explicación. El mayor se acercó y se arrodilló frente a él, tomando sus manos pequeñas y frías entre las suyas.

—Yoongi... —empezó Jungkook, su voz ahora firme pero cargada de una emoción nueva—. Nos vamos de aquí.

—¿A dónde? —preguntó Yoongi con un hilo de voz—. ¿Me vas a llevar a otra casita para esconderme?

—No —dijo Jungkook, besando sus nudillos—. Te voy a llevar a nuestro hogar. Un lugar donde nadie pueda insultarte, donde no tengas que limpiar los suelos de nadie y donde yo pueda ser tuyo sin esconderme de las sombras. El abuelo nos va a ayudar.

Yoongi miró al anciano, que observaba la escena con una mezcla de melancolía y aprobación.

—¿Es verdad? —preguntó Yoongi, con los ojos llenándose de lágrimas de nuevo—. ¿No me vas a dejar cuando el bebé nazca?

Jungkook sintió una punzada de dolor al recordar sus propias palabras crueles del pasado.

—Nunca más te dejaré, Yoongi. Te lo prometo por mi vida. Seré el monstruo que el mundo necesita para que tú puedas vivir en paz.

El abuelo Seokho carraspeó, rompiendo el momento.

—Tienen tres días para preparar todo. Haré que parezca un traslado estratégico por negocios. Tu padre no sospechará nada hasta que estés instalado. Ahora, Jungkook, ven conmigo. Tenemos contratos que firmar y cabezas que empezar a alinear.

Jungkook se puso de pie, pero antes de salir, se inclinó y le dio un beso suave en la frente a Yoongi.

—Quédate aquí. No hables con nadie. Mis hombres vigilarán la puerta. Pronto seremos libres, lo prometo.

Yoongi asintió, viendo cómo los dos hombres Jeon salían del despacho. Se quedó solo en la inmensa habitación, pero por primera vez, el lujo no le resultó opresivo. Se abrazó a la manta de seda y miró por el ventanal. La lluvia seguía cayendo, pero ahora, en lugar de un llanto, le parecía el sonido de una limpieza profunda.

Los días siguientes fueron un torbellino de preparativos secretos. Jungkook trabajaba hasta la madrugada con su abuelo, aprendiendo los entresijos de la facción más oscura de la mafia. Aprendió sobre rutas de contrabando, lavado de dinero y eliminación de enemigos, todo con una eficiencia fría que enorgullecía a Seokho. Sin embargo, cada vez que regresaba a su habitación y encontraba a Yoongi esperándolo, su rostro se suavizaba.

La noche antes de la partida, Jungkook entró en su dormitorio matrimonial. Su esposa estaba sentada frente al tocador, cepillándose el cabello.

—Me han dicho que te vas a Jeju por un tiempo —dijo ella, sin mirarlo a través del espejo—. Dicen que es por los negocios del abuelo.

—Así es —respondió Jungkook con voz plana—. Me haré cargo de su división. Estaré fuera a menudo.

—¿Lo llevarás con él? —preguntó ella, deteniendo el cepillo.

Jungkook se acercó y se detuvo detrás de ella. A pesar de todo, sentía un respeto distante por la mujer que cargaba con su heredero, una mujer que también era víctima de las ambiciones de sus padres.

—Sí —confesó él—. Se va conmigo. No volverá a esta casa.

La mujer soltó un suspiro largo, casi de alivio.

—Mejor así. Su presencia aquí era un recordatorio constante de que nunca seré lo que tú buscas. Cuídalo, Jungkook. Y asegúrate de que mi hijo tenga un padre que, aunque esté lejos, sea un rey.

—Lo tendrá —aseguró Jungkook—. Y tú tendrás todo el lujo y el respeto que este apellido puede comprar. Pero mi vida... mi vida privada ya no pertenece a esta familia.

A la mañana siguiente, antes de que el sol terminara de salir, dos coches negros esperaban en la entrada trasera. Yoongi estaba vestido con ropa cómoda y cálida, con una pequeña maleta que contenía solo lo esencial. Jungkook lo ayudó a subir al asiento trasero y se sentó a su lado, entrelazando sus dedos.

El abuelo Seokho estaba de pie junto al coche, apoyado en su bastón.

—No me hagas arrepentirme de esto, muchacho —dijo el anciano—. Tienes el poder ahora. Úsalo para proteger lo que amas, no para destruirlo como hizo tu padre.

—No lo haré, abuelo. Gracias —respondió Jungkook con sinceridad.

Los coches arrancaron, dejando atrás la imponente mansión Jeon. Yoongi miró por la ventanilla trasera cómo la casa se hacía pequeña hasta desaparecer tras la curva del camino. Sintió un peso enorme levantarse de sus hombros. Ya no era el secreto vergonzoso, ya no era el juguete roto. Era el compañero de un hombre que había elegido un camino de sangre para darle a él un camino de paz.

El viaje a Jeju fue largo, pero Yoongi lo pasó durmiendo con la cabeza apoyada en el hombro de Jungkook. Cuando finalmente llegaron a la propiedad, Yoongi se quedó sin aliento. Era una villa moderna pero cálida, construida sobre un acantilado que dominaba el mar embravecido. No había criados uniformados esperando en fila, solo un par de guardias discretos en la entrada y una mujer mayor que se encargaría de la cocina.

—Bienvenido a casa, Yoongi —dijo Jungkook, bajando del coche y tomándolo de la mano.

Caminaron hacia la terraza que daba al océano. El viento salado despeinó el cabello rubio de Yoongi, quien por primera vez en años, soltó una risa pura y cristalina.

—¿De verdad podemos quedarnos aquí? —preguntó Yoongi, mirando la inmensidad del azul—. ¿Nadie vendrá a gritarnos o a decirme que me esconda?

—Nadie —afirmó Jungkook, abrazándolo por la espalda y apoyando la barbilla en su hombro—. Aquí eres el dueño. Si quieres caminar desnudo por la playa, puedes hacerlo. Si quieres pintar las paredes de rosa, las pintaremos. Este lugar es nuestro refugio.

Yoongi se giró entre sus brazos y lo miró a los ojos. Vio en Jungkook una paz que nunca antes había estado allí. El hombre seco y frío parecía haber quedado atrás, o al menos, se guardaba para el mundo exterior.

—Gracias, Kookie —susurró Yoongi, poniéndose de puntillas para besar sus labios—. Gracias por no rendirte conmigo.

—Gracias a ti por esperarme en la oscuridad —respondió Jungkook, profundizando el beso—. Te prometí que serías mi única verdad, y aquí vamos a empezar a escribirla.

Esa noche, mientras las olas golpeaban las rocas debajo de ellos, Jungkook y Yoongi compartieron una cena sencilla frente a la chimenea. No había protocolos, ni miedos, ni la sombra de los padres de Jungkook acechando tras las puertas. Jungkook le contó a Yoongi sobre sus planes, sobre cómo manejaría la mafia del abuelo con mano de hierro para asegurar que nadie nunca se atreviera a buscarlos allí.

—Seré un hombre peligroso, Yoongi —advirtió Jungkook, acariciando su mejilla—. Tendré que hacer cosas de las que no estarás orgulloso.

—Ya lo sé —respondió Yoongi con serenidad—. Pero mientras vuelvas a casa y me mires así, no me importa lo que el resto del mundo piense de ti. Tú me sacaste del infierno, Jungkook. Ahora déjame ser el que cuide tu alma cuando regreses de la batalla.

Jungkook lo atrajo hacia sí, sintiendo que finalmente todas las piezas de su vida encajaban. Había aceptado la propuesta millonaria de su abuelo, había abrazado su destino como líder criminal, pero lo había hecho bajo sus propios términos. Tenía el poder, tenía la riqueza, y por primera vez, tenía el amor de Yoongi sin las cadenas de la vergüenza.

En la oscuridad de la villa de Jeju, el eco de los abusos del tío de Yoongi, el desprecio de los padres de Jungkook y la humillación del café de mala muerte empezaron a desvanecerse. Todavía quedaban cicatrices, y el futuro siempre sería incierto en el mundo de la mafia, pero mientras se quedaban dormidos frente al fuego, entrelazados como si fueran un solo ser, ambos supieron que habían ganado.

Yoongi ya no era un juguete desechado. Jungkook ya no era un heredero sin alma. Eran dos supervivientes que habían encontrado su paraíso en medio de la tormenta, protegidos por el legado de un abuelo que entendió que, a veces, para salvar a alguien, hay que darle el poder de destruir a todos los demás. La luna brillaba sobre el mar de Jeju, iluminando el comienzo de su verdadera vida, una vida donde el amor no era una debilidad, sino la fortaleza más inexpugnable de todas.