Inoc3nte
Encaje negro y el eco de una obsesión
La ciudad de Seúl era un monstruo de neón que devoraba a los desprevenidos, y Yoongi, con su corazón remendado y su mirada asustadiza, era la presa perfecta. Habían pasado tres meses desde que cerró la puerta de la mansión Jeon, tres meses de una libertad que sabía a ceniza y soledad. El dinero del sobre se había esfumado más rápido de lo que imaginó entre alquileres de habitaciones lúgubres y comidas mediocres. La desesperación, esa vieja amiga que creía haber dejado atrás en la casa de su tío, llamó de nuevo a su puerta con una fuerza aterradora.
Encontró el anuncio en un callejón iluminado por una luz rosa parpadeante. "Café L’Amour: Se busca personal. Alta remuneración. Presentación impecable". Yoongi no hizo preguntas. No estaba en posición de cuestionar la moralidad de un lugar cuando su estómago rugía y el frío de la calle le calaba los huesos.
Sin embargo, el primer día de trabajo fue un choque de realidad que casi lo hace huir. No era una cafetería cualquiera. Era un *Maid Café* de temática adulta, un lugar donde la fantasía se vendía por horas y donde la dignidad era un accesorio que se dejaba en el vestidor junto con la ropa de calle.
—Ponte esto, lindura —le dijo la encargada, una mujer de uñas largas y ojos cansados, arrojándole un conjunto de encaje negro, una falda ridículamente corta y una diadema con orejas de gato—. Aquí no servimos solo café. Servimos atención. Los clientes pueden tocar, siempre que paguen el suplemento de "interacción". Si te quejas, te vas. Hay cien chicos más esperando tu puesto.
Yoongi contempló el traje con náuseas. Sus dedos acariciaron el encaje, recordando las cadenas de seda de Jungkook. Esto era diferente, pero extrañamente familiar. En la mansión era un objeto de lujo; aquí, sería un objeto de consumo masivo. Pero necesitaba el dinero. Necesitaba sobrevivir para demostrarse a sí mismo que podía existir sin el apellido Jeon dándole sombra.
Se miró al espejo. El uniforme resaltaba su piel pálida, sus piernas delgadas y esa expresión de inocencia herida que siempre atraía a los depredadores. Se pintó los labios con un brillo suave y salió al salón, sintiendo que cada mirada lasciva de los clientes era un latigazo en su espalda.
—Bienvenido, amo —susurró Yoongi a su primer cliente, tal como le habían enseñado, mientras se arrodillaba para servir el té.
El hombre, un sujeto de mediana edad con olor a alcohol rancio, le acarició la mejilla con dedos pegajosos. Yoongi cerró los ojos con fuerza, imaginando que estaba en cualquier otro lugar. "Es solo trabajo", se repetía. "No eres tú. Yoongi murió en la mansión. Este es solo un cascarón".
Mientras tanto, en el centro de la ciudad, Jeon Jungkook vivía su propio infierno personal, uno decorado con mármol y oro. La mansión se sentía como una tumba. Su esposa, radiante con su embarazo, era una presencia constante que le recordaba su deber, pero su tacto le resultaba gélido. Cada vez que ella intentaba acercarse, Jungkook veía la sombra de Yoongi, el chico que lo amaba sin condiciones y a quien él había roto sistemáticamente hasta que no quedó nada.
Había intentado buscarlo, pero sus padres habían bloqueado cualquier rastro. "Es mejor así", decían. Pero Jungkook no podía dormir. El silencio de la biblioteca le gritaba el nombre de Yoongi, y el aroma a lavanda que aún persistía en algunos rincones le provocaba una rabia sorda que solo podía calmar con trabajo y alcohol.
Aquella noche, el estrés era insoportable. Las reuniones con los Lee, las presiones de su padre y la culpa que se negaba a admitir lo estaban asfixiando. Salió de su oficina sin escolta, conduciendo sin rumbo por los barrios que solía evitar, buscando perderse en el anonimato de la multitud.
Caminó por una zona de entretenimiento nocturno, con la chaqueta de traje desabrochada y el cabello revuelto. Necesitaba un café, algo fuerte que le quitara el sabor a whisky de la boca. Vio un cartel luminoso, "Café L’Amour", y entró sin siquiera fijarse en la temática del lugar. Solo quería sentarse en un rincón oscuro y estar solo.
La campana de la puerta sonó con un tintineo alegre que contrastaba con su humor sombrío. El lugar estaba lleno de humo de cigarrillo, luces tenues y el murmullo de conversaciones bajas. Jungkook frunció el ceño, dándose cuenta tarde de dónde se había metido, pero el cansancio era mayor que su orgullo. Se sentó en una mesa apartada, al fondo del local.
—Enseguida le atenderán, amo —dijo una voz desde el mostrador.
Jungkook suspiró, frotándose las sienes. No tenía energía para juegos de rol. Estaba a punto de levantarse e irse cuando vio una figura acercarse desde el área de servicio.
Era un chico menudo, con un traje de *maid* que dejaba muy poco a la imaginación. Caminaba con la cabeza baja, sosteniendo una bandeja de plata con manos temblorosas. El corazón de Jungkook dio un vuelco violento, un espasmo de incredulidad y furia que lo dejó sin aliento. Conocía esa forma de caminar. Conocía la curva de esos hombros.
Yoongi se detuvo frente a la mesa, sin levantar la vista. Sus dedos apretaban los bordes de la bandeja hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—Bienvenido, amo... ¿Qué desea tomar esta noche? —La voz de Yoongi salió pequeña, quebrada, cargada de una humillación que le oprimía el pecho.
Jungkook no respondió. Se quedó petrificado, mirando el encaje negro sobre la piel que él mismo había marcado tantas veces. La rabia comenzó a hervir en su sangre, una mezcla de celos posesivos y dolor puro al ver a su "pequeño" convertido en un espectáculo para extraños.
—Mírame —ordenó Jungkook. Su voz no era la de un cliente; era la voz del dueño que nunca dejó de ser.
Yoongi se tensó visiblemente. El sonido de esa voz fue como una descarga eléctrica que le recorrió la columna vertebral. Lentamente, con un terror que le nublaba la vista, levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron. El azul neón del local se reflejaba en las lágrimas que instantáneamente inundaron las pupilas de Yoongi.
—¿Jungkook? —susurró, y la bandeja resbaló de sus manos, cayendo al suelo con un estruendo metálico que atrajo las miradas de todos los presentes.
Jungkook se puso de pie con una lentitud amenazante. Su altura dominaba el pequeño espacio, y su aura de mafioso, fría y letal, pareció congelar el aire del café.
—¿Qué es esto, Yoongi? —preguntó Jungkook, su voz bajando a un tono peligroso—. ¿Este es el gran futuro que tenías fuera de mi casa? ¿Exponerte así ante cualquier imbécil con dinero?
Yoongi retrocedió, chocando con la mesa vecina. Su rostro estaba rojo de vergüenza, y sus manos intentaron cubrirse instintivamente, aunque el traje no ocultaba nada.
—Yo... yo necesitaba trabajar —balbuceó Yoongi, sus labios temblando—. No tenía nada, Jungkook. Tú me lo quitaste todo.
—Te di dinero suficiente para vivir años —siseó Jungkook, rodeando la mesa para acorralarlo—. Pero preferiste esto. Preferiste que otros te tocaran.
—¡Nadie me toca como tú! —gritó Yoongi en un arrebato de desesperación, atrayendo la atención de la encargada, que ya se acercaba con cara de pocos amigos.
—¿Hay algún problema aquí, señor? —preguntó la mujer, mirando a Jungkook con desconfianza—. Si el chico no es de su agrado, puedo cambiarlo. Pero no se permite el escándalo.
Jungkook ni siquiera la miró. Sacó su billetera y arrojó un fajo de billetes sobre la mesa, una cantidad que triplicaba las ganancias de la noche del local.
—Me lo llevo —dijo Jungkook, sin quitarle los ojos de encima a Yoongi.
—Señor, el servicio de acompañamiento externo tiene otras tarifas y...
—He dicho que me lo llevo —repitió Jungkook, esta vez mirándola con una frialdad que hizo que la mujer retrocediera un paso, palideciendo—. Soy Jeon Jungkook. Si vuelves a abrir la boca, cerraré este antro mañana mismo.
La mujer tragó saliva y asintió, desapareciendo rápidamente hacia la cocina. Jungkook agarró a Yoongi por la muñeca con una fuerza que le recordó al chico que nunca había dejado de ser su prisionero.
—¡Suéltame! —rogó Yoongi, intentando zafarse mientras era arrastrado hacia la salida—. ¡Ya no soy tu criado! ¡No puedes hacerme esto!
—Puedo hacer lo que quiera contigo, Yoongi. Siempre he podido —respondió Jungkook, sacándolo a la calle fría.
El contraste del aire nocturno contra su piel casi desnuda hizo que Yoongi temblara violentamente. Jungkook lo llevó hasta su coche, lo empujó al asiento del copiloto y bloqueó las puertas antes de rodear el vehículo y subir él mismo.
El silencio dentro del coche era asfixiante. Jungkook arrancó el motor y salió disparado hacia las afueras, lejos de las luces y el ruido. Yoongi se abrazó a sí mismo, encogiéndose en el asiento de cuero, sintiéndose más pequeño que nunca con las orejas de gato todavía puestas en su cabeza.
—Quítate esa mierda —dijo Jungkook, señalando la diadema.
Yoongi la arrancó y la tiró al suelo del coche, sollozando en silencio.
—¿Por qué me haces esto? —preguntó Yoongi entre hipos—. Estaba tratando de empezar de nuevo. Estaba tratando de olvidarte.
Jungkook frenó bruscamente a un lado de la carretera desierta. Apagó el motor y se giró hacia él. Sus ojos estaban inyectados en sangre, y por primera vez, Yoongi vio una grieta en su armadura de hielo. Había dolor allí, un dolor crudo y desesperado.
—¿Olvidarme? —preguntó Jungkook, su voz quebrándose—. Yo no he podido respirar desde que te fuiste, Yoongi. Entro en mi casa y busco tu sombra en cada rincón. Me acuesto con mi esposa y solo puedo pensar en lo mucho que odio que no seas tú quien está ahí. Y luego te encuentro... te encuentro vestido así, dejando que otros te miren.
—¡Tú me echaste! —le recordó Yoongi con amargura—. Me dijiste que no era nadie. Me dijiste que era un juguete viejo.
—¡Mentí! —gritó Jungkook, golpeando el volante—. Mentí porque mis padres me tenían acorralado. Mentí porque soy un cobarde que no supo proteger lo único que realmente le importaba. Pero verte ahí hoy... casi me vuelvo loco, Yoongi. Pensar que alguien más podría poner sus manos sobre ti... prefiero quemar el mundo entero antes de que eso pase.
Yoongi lo miró, sorprendido por la confesión. Jungkook nunca pedía perdón, nunca admitía debilidad.
—Tú vas a tener un hijo —susurró Yoongi, bajando la mirada—. Tienes una vida perfecta. Déjame tener la mía, aunque sea una miseria.
Jungkook se acercó, invadiendo su espacio. Sus manos, grandes y cálidas, tomaron el rostro de Yoongi con una suavidad que el chico no recordaba haber sentido nunca.
—No hay vida perfecta sin ti —dijo Jungkook, rozando sus labios con los de Yoongi—. He sido un monstruo contigo, lo sé. Te he tratado como si fueras basura porque me aterraba lo mucho que me hacías sentir. Pero no puedo más. Quédate conmigo, Yoongi. No como un criado, no como un secreto.
—¿Y ella? ¿Y tu familia? —preguntó Yoongi, con la esperanza luchando contra el miedo en su pecho.
—Me encargaré. Les daré el heredero que quieren, les daré el imperio, pero mi corazón... mi corazón es tuyo, aunque sea un corazón podrido. Te compraré una casa nueva, lejos de ellos, una donde nadie pueda decirte nada. Pero no vuelvas a ese lugar. No vuelvas a dejar que nadie te mire como yo te miro.
Yoongi cerró los ojos, dejando que las lágrimas cayeran sobre las manos de Jungkook. Sabía que era una trampa. Sabía que volver con él era regresar al infierno, a las cadenas de seda y a la soledad de ser el "otro". Pero cuando Jungkook lo besó, un beso que sabía a desesperación, a arrepentimiento y a una posesividad feroz, Yoongi supo que estaba perdido.
—Soy un tonto —susurró Yoongi contra sus labios—. Soy tan tonto por amarte.
—Y yo soy un demonio por no dejarte ir —respondió Jungkook, profundizando el beso.
Sus manos bajaron por el cuerpo de Yoongi, desgarrando el encaje negro del uniforme de *maid*. Cada caricia era una marca de propiedad, una promesa de que, a partir de esa noche, Yoongi volvería a ser suyo y de nadie más.
Yoongi se entregó al contacto, gimiendo bajo el peso del hombre que lo había destruido y rescatado mil veces. En la oscuridad del coche, rodeados por el silencio del campo, el tiempo pareció detenerse. El traje de encaje quedó reducido a jirones en el suelo del vehículo, un símbolo de la vida que Yoongi había intentado construir y que se había desmoronado al primer contacto con su pasado.
—No me dejes solo otra vez —rogó Yoongi, aferrándose a los hombros de Jungkook mientras este lo reclamaba con una intensidad que lo dejó sin aliento.
—Nunca —prometió Jungkook, aunque ambos sabían que las promesas en su mundo eran tan frágiles como el cristal—. Construiré una fortaleza para ti. Nadie volverá a tocarte. Nadie volverá a verte. Serás mi tesoro escondido, Yoongi. Mi única verdad.
Cuando terminaron, Jungkook envolvió a Yoongi en su propia chaqueta de traje, cubriendo su desnudez y los restos del uniforme humillante. Lo estrechó contra su pecho, acariciando su cabello rubio con una ternura inusual.
—Vamos a casa —dijo Jungkook, arrancando el coche.
—¿A cuál casa? —preguntó Yoongi, con la voz apagada.
—A una donde solo existamos nosotros. Por ahora.
Mientras el coche regresaba hacia la ciudad, Yoongi miró por la ventana. Las luces de Seúl brillaban a lo lejos, hermosas y crueles. Sabía que su futuro seguía siendo incierto, que el embarazo de la esposa de Jungkook sería una sombra constante y que sus padres nunca lo aceptarían. Pero mientras sentía la mano de Jungkook apretando la suya, Yoongi se permitió cerrar los ojos.
Había escapado del infierno solo para darse cuenta de que su único paraíso era el hombre que sostenía las llaves de su celda. El encaje negro se había quedado atrás, pero las cadenas, invisibles y eternas, volvían a ajustarse con fuerza alrededor de su cuello. Y Yoongi, con una sonrisa triste y sumisa, se dejó llevar de vuelta al abismo, convencido de que, si iba a arder, prefería hacerlo en los brazos de su demonio favorito.
—Te amo, Kookie —susurró Yoongi antes de quedarse dormido por el agotamiento.
Jungkook no respondió con palabras, pero apretó su mano con una fuerza que decía más que cualquier promesa. No lo dejaría ir. Nunca más. Aunque tuviera que encadenarlo al mismo suelo que pisaba, Yoongi seguiría siendo suyo, hasta que el último aliento de ambos se apagara en la oscuridad de su amor prohibido.