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Instinto primitivo

El Vientre del Demonio y el Silencio de la Academia

La habitación de Setsuna aún apestaba a la violencia del encuentro anterior. El aire estaba saturado con el olor agridulce de la leche, el sudor rancio de Raian y el aroma ferroso de la sangre que se secaba sobre las sábanas de seda. Kiryu yacía en la penumbra, con la mirada perdida en el techo, sintiendo cada centímetro de su piel arder. Sus pechos, aún hinchados y dolorosamente sensibles, pulsaban con cada latido de su corazón. El eco de los gritos de Raian y la presión de Ohma todavía resonaban en sus oídos como una melodía distorsionada.

La puerta se deslizó sin hacer ruido. Setsuna no necesitó girar la cabeza para saber quién era. El aura era inconfundible; era una presión pesada, salvaje, pero extrañamente familiar.

—Ohma... —susurró Setsuna, su voz era apenas un hilo quebradizo—. ¿Has venido a terminar lo que empezaste?

Ohma Tokita se detuvo al pie de la cama. Sus ojos, oscuros y penetrantes, recorrieron el cuerpo destrozado de Setsuna. Ver las marcas de los dientes de Raian en el cuello del Omega encendió una chispa de posesividad primitiva que no pudo controlar. El celo de Setsuna no se había apagado; al contrario, fluctuaba en el aire como una invitación desesperada. Si el celo persistía con tal intensidad, significaba que la semilla de Raian no había sido suficiente para reclamar el territorio por completo.

—Raian es un animal —dijo Ohma, su voz resonando con una autoridad que hizo que los pezones de Setsuna se tensaran instintivamente—. Pero él no entiende lo que eres. Él solo busca romper cosas. Yo busco lo que hay dentro de ti.

Sin previo aviso, Ohma se lanzó sobre él. No hubo preámbulos, no hubo dulzura. El Alfa reclamó los labios de Setsuna en un beso que sabía a posesión absoluta. Setsuna gimió, arqueando la espalda, sus manos buscando desesperadamente el calor de los músculos de Ohma. La hipertrofia de su propio pecho chocó contra el torso endurecido de Ohma, y un chorro de leche manchó la piel de ambos, actuando como un lubricante natural y sagrado.

—Hazlo... —jadeó Setsuna, sus uñas enterrándose en los hombros de Ohma—. ¡Reclámame! ¡Borra el rastro de ese bastardo! ¡Dame tu linaje, mi Dios!

La cópula fue un acto de guerra y devoción. Ohma no fue suave, pero a diferencia de la brutalidad ciega de Raian, cada embestida tenía un propósito: marcar su territorio, asegurar que el fruto que creciera en ese vientre fuera suyo y de nadie más. La sala se llenó de los sonidos de la carne chocando y los sollozos de placer masoquista de Setsuna. En el clímax, Ohma mordió la glándula en la nuca de Setsuna con tal fuerza que el Omega gritó, una nota alta de agonía y éxtasis que selló el vínculo.

Cuando Ohma se retiró, dejando a Setsuna temblando y saturado, no dijo una palabra. Se vistió en silencio, observando por última vez la figura rota pero satisfecha del hombre que lo idolatraba. Ohma salió de la habitación y regresó a la suya, con el sabor de Setsuna todavía en su lengua y la certeza de que había cumplido con su instinto más básico.

A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las ventanas de la sede de Nogi, pero el ambiente era de una calma gélida. Ohma, sintiendo una extraña inquietud que no lograba identificar como hambre o cansancio, se dirigió a la habitación de Setsuna. Necesitaba verlo. Necesitaba confirmar que el vínculo seguía vibrando entre ellos.

Al llegar, encontró la puerta abierta de par en par. La habitación estaba vacía. Las sábanas habían sido cambiadas y el olor a sexo y celo había sido reemplazado por el aroma aséptico de los productos de limpieza.

—No lo encontrarás aquí, Ohma Tokita.

Ohma se giró bruscamente. Shion Soryuin estaba de pie en el pasillo, flanqueada por Tomoko Matsuda, quien sostenía una tableta con manos temblorosas. El rostro de Shion, normalmente seductor y astuto, estaba endurecido por una máscara de acero.

—¿Dónde está? —preguntó Ohma, dando un paso adelante. Su instinto de Alfa gruñó ante la ausencia de su Omega.

—Lejos de ti —respondió Shion, cruzándose de brazos—. Y lejos de ese psicópata de los Kure. Lo que sucedió ayer fue una desgracia. Como su empleadora y su amiga, no voy a permitir que mi peleador sea utilizado como un trozo de carne por animales que no saben controlar sus instintos.

—Él es mi... —Ohma se detuvo, la palabra "Omega" muriendo en su garganta.

—Él es un ser humano —intervino Tomoko, su voz inusualmente firme a pesar del miedo que le inspiraba el Ashura—. Hanafusa-san confirmó que su cuerpo ha entrado en un estado de gestación de alto riesgo debido al trauma. Si se queda aquí, entre peleadores y Alfas dominantes, el estrés matará al bebé o lo matará a él.

Ohma sintió una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la culpa.

—Dime a dónde lo llevaste, Shion —exigió Ohma, su aura comenzando a filtrarse, haciendo que las luces del pasillo parpadearan.

Shion no retrocedió ni un milímetro.

—Puedes intentar intimidarme todo lo que quieras, Ohma. Pero no olvides quién financia esta academia y quién tiene los contactos para hacer desaparecer a alguien. Setsuna ha sido trasladado a una ubicación privada, bajo la protección de guardias que no son Alfas y bajo la supervisión médica constante de Hanafusa. No volverás a verlo hasta que el niño nazca, si es que alguna vez lo vuelves a ver.

—Él me pertenece —gruñó Ohma.

—Él no le pertenece a nadie más que a su propia locura —sentenció Shion—. Y tú solo alimentas esa locura. Vete, Ohma. Concéntrate en el torneo. Olvida a Setsuna Kiryu.

Los meses siguientes fueron un suplicio silencioso para el Ashura. La Asociación Kengan continuaba con sus intrigas, las peleas seguían su curso sangriento, pero el vacío dejado por Setsuna era una herida abierta en la percepción de Ohma. A menudo, durante sus entrenamientos con Yamashita Kazuo, Ohma se quedaba mirando al horizonte, tratando de captar un rastro del aroma de Kiryu en el viento.

Yamashita lo observaba con preocupación.

—Ohma-san... últimamente pareces estar en otro lugar —dijo el hombre pequeño, ajustándose la corbata mientras caminaban por los jardines de la corporación Nogi.

—Estoy bien, Yamashita —respondió Ohma, aunque su voz carecía de su habitual convicción.

—Es por Kiryu-kun, ¿verdad? —preguntó Yamashita en voz baja—. Lo que pasó esa noche... los rumores corren rápido entre los empleados. Dicen que Raian y tú... bueno, que fueron brutales con él.

Ohma se detuvo en seco. La imagen de Setsuna llorando de placer mientras él le mordía el cuello pasó por su mente como un relámpago. La culpa, ese sentimiento que Ohma rara vez experimentaba, comenzó a pesarle en el pecho. Recordaba la fragilidad de Setsuna bajo su fuerza, la forma en que el Omega se entregaba al dolor como si fuera su única salvación.

—Fue el celo —murmuró Ohma, más para sí mismo que para Yamashita—. Él lo quería. Él me llamaba su Dios.

—Incluso los dioses deben tener piedad, Ohma-san —dijo Yamashita con una sabiduría inesperada—. Shion-san hizo lo correcto. Un nido no puede construirse en un campo de batalla.

Mientras tanto, en una villa oculta en las montañas, lejos del ruido de los puños y el dinero, Setsuna Kiryu vivía su propio calvario. Su vientre había crecido con una rapidez antinatural, una protuberancia firme que albergaba la semilla de los dos peleadores más fuertes del mundo. La hipertrofia en su pecho no había disminuido; al contrario, sus pectorales estaban permanentemente tensos, goteando leche que Tomoko, en sus visitas semanales, ayudaba a extraer para aliviarle el dolor.

Setsuna pasaba los días sentado frente al ventanal, observando la nieve caer. A veces, su mente se nublaba y creía ver a Ohma en las sombras de la habitación. Se acariciaba el vientre con dedos temblorosos, trazando las cicatrices que Raian le había dejado y que se negaban a borrar.

—¿Lo sientes, pequeño? —susurraba Setsuna, su voz teñida de una ternura que rozaba la demencia—. Tu padre vendrá por nosotros. O tal vez nos destruya. De cualquier forma, serás perfecto.

Hanafusa entraba a menudo para realizar chequeos. El médico no mostraba emoción, pero sus ojos brillaban con curiosidad científica ante la resistencia del cuerpo de Setsuna.

—Tu presión arterial es estable, pero tus niveles hormonales están fuera de escala —comentó Hanafusa, guardando su estetoscopio—. Es un milagro que no hayas entrado en shock. Esos dos Alfas... realmente te llenaron de una vitalidad violenta.

—Es el regalo de mi Dios —respondió Setsuna con una sonrisa angelical, aunque sus ojos estaban hundidos—. Doctor, ¿cree que Ohma me odia por haberme ido?

Hanafusa se encogió de hombros.

—No creo que Ohma Tokita sepa lo que es el odio en el sentido humano. Pero sé que está buscando. Shion ha tenido que reforzar la seguridad tres veces este mes. Él sabe que estás en algún lugar.

Setsuna sintió una descarga de placer recorrer su columna. Ohma lo buscaba. El Alfa no lo había abandonado.

En la ciudad, Ohma se encontraba con Raian en uno de los pasillos subterráneos de la arena Kengan. El Kure tenía una sonrisa desquiciada en el rostro, como siempre.

—Oye, Ashura —rio Raian, apoyándose contra la pared—. ¿Has tenido noticias de nuestra pequeña perra? He estado buscando su rastro, pero esa mujer, Soryuin, es más lista de lo que parece.

Ohma sintió que la sangre le hervía. Sin decir palabra, agarró a Raian por la solapa de su sudadera y lo estampó contra el concreto.

—No vuelvas a hablar de él —siseó Ohma, su voz era un gruñido profundo que hizo que los guardias cercanos retrocedieran aterrados.

—¡Ja! ¿Ahora te importa? —Raian no mostró miedo, solo diversión—. Fuiste tan salvaje como yo esa noche. Lo marcaste, Ohma. Lo reclamaste como si fuera tu propiedad privada. ¿Qué pasa? ¿Te duele la conciencia ahora que el juguete no está?

Ohma soltó a Raian con desprecio.

—No es un juguete. Es el portador de mi hijo.

—Y del mío —añadió Raian con una carcajada—. Va a ser un monstruo precioso, ¿no crees? Un pequeño demonio nacido de la violación y el éxtasis. Estoy impaciente por ver qué sale de ese vientre.

Ohma se alejó, dejando a Raian atrás. La culpa se transformó en una determinación fría. Comprendía por qué Shion lo había alejado. Comprendía que su propia naturaleza era un peligro para lo que Setsuna llevaba dentro. Pero el vínculo del Omegaverso no era algo que pudiera romperse con distancia o paredes de piedra.

Esa noche, Ohma se sentó en el suelo de su habitación, cerró los ojos y trató de concentrarse. No buscaba una técnica de pelea, sino una conexión. En el silencio de su mente, buscó el hilo dorado que lo unía a Setsuna. A través de kilómetros de distancia, sintió una vibración, un latido doble que resonaba con el suyo.

Setsuna, en su cama de la villa, se despertó de golpe, jadeando. Se llevó la mano al pecho, sintiendo una calidez repentina que calmaba el dolor de su lactancia y la tensión de su vientre.

—Ohma... —suspiró, cerrando los ojos con una paz que no había sentido en meses.

Sabía que el Ashura vendría. No importaba cuánto intentara Shion protegerlo, ni cuánto intentara él mismo esconderse en su locura. El destino de los Kengan estaba sellado en su vientre, y la sangre llamaba a la sangre. La tortura había sido el comienzo, el embarazo era el proceso, pero el final... el final sería una explosión de violencia y amor que ningún muro podría contener.

Ohma abrió los ojos en la oscuridad. Ya sabía hacia dónde dirigirse. Shion Soryuin podía ser poderosa, pero ningún humano podía interponerse entre un Alfa y su nido. El camino hacia Setsuna estaba marcado por el deseo y la sangre, y Ohma Tokita estaba listo para reclamar lo que era suyo, sin importar el precio.

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