Instinto primitivo
Las Cenizas de la Locura y el Despertar del Hombre
El silencio en los pasillos de la Asociación Kengan siempre era engañoso. Bajo la apariencia de orden corporativo, los secretos fluían como veneno en las venas de un gladiador. Ohma Tokita caminaba con paso pesado, su instinto de Alfa vibrando en una frecuencia de frustración constante. Habían pasado meses desde que Shion Soryuin se llevara a Setsuna, y el rastro se había enfriado por completo. Ni siquiera los recursos de Nogi habían servido para romper el muro de silencio de la Academia Koyo.
—Hueles a desesperación, Ashura. Es un aroma patético para alguien de tu calibre.
Ohma se detuvo en seco y giró la cabeza. Muteba Gizenga estaba apoyado contra una columna de mármol, fumando un cigarro cuyo aroma a tabaco caro apenas lograba enmascarar el olor a perfume y sexo que siempre acompañaba al mercenario.
—No tengo tiempo para tus juegos, Muteba —gruñó Ohma, sus puños apretándose a los costados.
—No son juegos —dijo Muteba, exhalando una nube de humo gris—. Escuché a la presidenta Soryuin hablando con esa chica de las gafas, Matsuda. Parecían bastante alteradas. Por lo visto, el "hermoso" Kiryu está entrando en labor de parto. Y no viene solo.
Ohma sintió un vuelco en el corazón, una sacudida eléctrica que recorrió su columna.
—¿Dónde están? —preguntó, su voz bajando a un tono peligroso.
—En una clínica privada al norte de las montañas, propiedad de la familia Soryuin —Muteba sonrió, mostrando sus dientes blancos—. Y un detalle más, Ashura... escuché que son dos. Gemelos. La energía que emana de esa propiedad es tan intensa que incluso yo puedo sentirla desde aquí. Si quieres llegar a tiempo, deberías moverte.
Ohma no esperó a darle las gracias. Corrió hacia el despacho de Nogi, donde sabía que Shion se encontraba en una reunión de emergencia. Entró sin llamar, derribando la puerta con una fuerza que hizo que Kaede Akiyama soltara sus papeles por el susto.
—¡Shion! —rugió Ohma.
La presidenta de la Academia Koyo se puso de pie, su rostro pálido pero sus ojos llenos de fuego.
—¡Cómo te atreves a interrumpir...!
—Lévame con él —la interrumpió Ohma, dando un paso que invadió su espacio personal—. Sé que está dando a luz. Sé que son dos. Entiendo... entiendo que fui un animal. Entiendo que Setsuna no es un objeto, es un hombre. Pero esos niños son mi sangre. No me obligues a destruir este edificio para encontrarlos.
Shion guardó silencio, observando la mirada de Ohma. Ya no había la ceguera del celo en sus ojos, sino una determinación humana, una urgencia que nacía de algo más profundo que el instinto biológico.
—Está bien —cedió ella finalmente, suspirando—. Pero si le causas el más mínimo estrés, te juro por mi nombre que Hanafusa te diseccionará mientras aún respires.
El viaje hacia las montañas fue un borrón de velocidad y tensión. Shion, Tomoko y Ohma viajaron en un vehículo blindado en absoluto silencio. Tomoko no dejaba de mirar su reloj, sus manos temblando sobre su regazo. Cuando finalmente llegaron a la villa, el aire estaba cargado de un olor inconfundible: el aroma dulce y metálico del nacimiento, mezclado con el ozono que siempre desprendía el Estilo Koei de Setsuna cuando estaba bajo presión.
Al entrar en la clínica privada, los gritos de Setsuna desgarraron el aire. No eran los gritos de éxtasis masoquista que Ohma recordaba, sino gritos de un esfuerzo sobrehumano, de un cuerpo luchando por traer vida al mundo. Ohma se quedó paralizado en el pasillo, sus sentidos abrumados.
—¡Empuja, Setsuna! ¡Casi están aquí! —la voz de Hanafusa era clínica, pero rápida.
Pasaron minutos que parecieron horas hasta que, finalmente, un llanto agudo y potente rompió el silencio de la montaña. Y unos segundos después, un segundo llanto, un poco más suave pero igual de insistente, se unió al primero.
Shion y Tomoko entraron corriendo a la habitación. Ohma las siguió con pasos vacilantes, sintiéndose por primera vez en su vida como un intruso en un santuario.
Setsuna yacía en la cama, empapado en sudor, con el cabello pegado a la frente y la respiración entrecortada. Hanafusa y las enfermeras estaban limpiando a los recién nacidos. El médico se acercó a Setsuna y le entregó los dos bultos envueltos en mantas blancas.
—Son hermosos —susurró Tomoko, rompiendo a llorar de alegría.
Ohma se acercó lentamente a la cama. Setsuna levantó la mirada. Ya no había rastro de la locura carmesí que solía habitar en sus pupilas. Sus ojos estaban claros, profundos, reflejando una lucidez dolorosa que Ohma nunca había visto en él.
—Míralos —dijo Shion, su voz quebrada.
El primer bebé, el que había llorado primero, fue girado hacia Ohma. El corazón del Ashura se detuvo. El niño era una copia idéntica de él: el mismo cabello rebelde y oscuro, la misma forma de los ojos, incluso la pequeña mandíbula ya mostraba la promesa de una fuerza bruta. Era indudable. Raian Kure no había dejado rastro alguno en el linaje de Setsuna.
El segundo bebé, sin embargo, era la viva imagen de Kiryu. Tenía una piel pálida y delicada, y cuando abrió los ojos, reveló un color celeste cristalino, tan puro como el cielo de invierno. Era la belleza de Setsuna destilada, libre de la corrupción del Estilo Koei y del trauma del pasado.
—Son míos —susurró Ohma, extendiendo una mano para tocar la mejilla del bebé que se le parecía.
—No —la voz de Setsuna sonó fría, como el hielo cortando el cristal.
Ohma retrocedió, sorprendido por el tono. Setsuna abrazó a los bebés contra su pecho, protegiéndolos con una ferocidad que no tenía nada que ver con la devoción servil de antes. Sus pechos, aún hipertrofiados y goteando leche, se tensaron mientras acomodaba a los niños para que mamaran.
—Setsuna... —comenzó Ohma.
—No te acerques más, Tokita Ohma —dijo Setsuna, y el uso de su nombre completo fue como una bofetada—. Durante meses, estuve aquí encerrado, sintiendo cómo mi cuerpo cambiaba, sintiendo cómo mi mente se aclaraba lejos de tu presencia y de la violencia de Raian.
—Setsuna, yo... entiendo que lo que pasó fue brutal, pero...
—No entiendes nada —lo interrumpió Setsuna, sus ojos celestes fijos en él con un resentimiento que quemaba—. Me usaste. Me usaste como un receptáculo para tus instintos, igual que ese animal de los Kure. Me llamabas "tu Omega", me marcaste como si fuera ganado. Y yo, en mi locura, te adoraba por ello. Pensaba que eras un Dios.
Setsuna bajó la mirada hacia sus hijos, y su expresión se suavizó con una ternura infinita, pero cuando volvió a mirar a Ohma, la frialdad regresó.
—Pero estos meses de silencio me han devuelto la cordura. He sentido cada patada de estos niños, he sentido el dolor de mi cuerpo transformándose para alimentarlos. Y me he dado cuenta de que no soy un objeto. No soy una herramienta para que los Alfas midan su virilidad. Soy un hombre, Ohma. Y soy el padre de estos niños.
—Setsuna, déjame explicarte... —Ohma intentó dar otro paso, pero Shion se interpuso, poniéndole una mano en el pecho.
—Déjalo, Ohma —advirtió Shion—. Ha recuperado su voluntad. Ya no es el esclavo de tu sombra.
—Vete de aquí —dijo Setsuna, su voz firme a pesar del agotamiento—. No quiero que toques a mis hijos. No quiero que tu aura de violencia los contamine. He pasado toda mi vida buscando a un Dios en otros, solo para darme cuenta de que el único poder que importa es el que tengo para protegerme a mí mismo y a ellos. Nadie volverá a pisotearme. Ni tú, ni Raian, ni la Asociación Kengan.
Ohma sintió un vacío inmenso, una derrota que no se parecía a ninguna que hubiera sufrido en la arena. Había ganado la batalla biológica; sus hijos estaban allí, fuertes y sanos. Pero había perdido a Setsuna. El hombre que antes se arrastraba a sus pies ahora lo miraba desde una altura moral que Ohma no sabía cómo escalar.
—¿Ni siquiera vas a dejar que los vea crecer? —preguntó Ohma, su voz apenas un susurro.
Setsuna guardó silencio durante un largo rato, observando cómo el bebé que se parecía a Ohma se quedaba dormido tras alimentarse.
—Tal vez algún día —dijo finalmente Setsuna—. Cuando dejes de ser un animal y aprendas lo que significa ser un hombre. Pero por ahora, estás muerto para nosotros. Vuelve a tus peleas, Ohma. Vuelve a tu sangre y a tu gloria vacía. Yo tengo algo real por lo que luchar ahora.
Tomoko se acercó a Setsuna para ayudarlo a acomodarse, lanzándole a Ohma una mirada de profunda decepción. Hanafusa, por su parte, comenzó a revisar los signos vitales de los bebés, ignorando por completo la tensión emocional en la sala.
—Es hora de que te vayas —dijo Shion con firmeza—. Cumplí mi promesa. Los has visto. Ahora, respeta su espacio.
Ohma miró por última vez a los gemelos. Vio en ellos el futuro, una mezcla de fuerza y belleza que podría cambiar el mundo. Y vio a Setsuna, el hombre que una vez fue un demonio quebrado, transformado ahora en un bastión de dignidad y orgullo.
Sin decir una palabra más, Ohma Tokita se dio la vuelta y salió de la habitación. El aire frío de la montaña lo golpeó en el rostro, pero no logró enfriar el ardor de su arrepentimiento. Mientras caminaba hacia el vehículo, el llanto de uno de los bebés llegó hasta él a través de las paredes de la villa.
Se detuvo un momento, cerrando los ojos. El vínculo del Omegaverso seguía ahí, pero ya no era una cadena de dominación. Era una cicatriz. Setsuna Kiryu había muerto en aquella mesa de roble meses atrás, y el hombre que había nacido en su lugar no necesitaba a ningún Dios.
Ohma subió al coche, sintiendo el peso de su soledad. La Asociación Kengan lo esperaba, las peleas continuarían, pero sabía que nunca volvería a ser el mismo. En las montañas, bajo la nieve silenciosa, Setsuna Kiryu comenzaba una nueva vida, una donde él era el único dueño de su destino y de los dos pequeños demonios que ahora dormían en su regazo, ajenos a la guerra de la que habían nacido.
La locura se había disipado, dejando tras de sí la cruda y hermosa realidad de un hombre que, por fin, se había encontrado a sí mismo en el acto de dar vida.