Instinto primitivo
El Renacer entre los Girasoles
El silencio de la villa de montaña ya no era el de una prisión, sino el de un refugio. Sin embargo, para Ohma Tokita, ese silencio era el recordatorio constante de la brecha que él mismo había ayudado a cavar. Desde el día en que Setsuna lo expulsó de su vida con aquella mirada de acero y lucidez, el Ashura no había vuelto a ser el mismo. El hombre que solo entendía el lenguaje de los puños y la dominación biológica se encontraba ahora perdido en un laberinto de emociones humanas que no sabía cómo navegar.
—Tiene razón, Yamashita-san —murmuró Ohma una tarde, observando cómo los pétalos de los cerezos caían en el patio de entrenamiento—. Él tenía toda la razón para odiarme. Fui un animal. No merezco ser llamado el padre de esos niños si no puedo ser el hombre que él necesita.
Yamashita, ajustándose las gafas, asintió con una tristeza comprensiva.
—El perdón no es algo que se exige, Ohma-san. Es algo que se cultiva. Si realmente quieres recuperarlo, tendrás que demostrarle que el "Dios" ha muerto y que el hombre ha despertado.
Ohma tomó esas palabras como su nuevo mantra. No regresó a la villa para derribar las puertas. En su lugar, comenzó a aparecer en las sombras, como un guardián silencioso. Se escondía entre los árboles de la propiedad, observando desde la distancia cómo Setsuna paseaba a los gemelos. Veía a Kiryu sonreír, una sonrisa genuina que no tenía nada de la demencia del pasado, mientras acunaba al pequeño que se parecía a Ohma. Ver esa escena le provocaba un nudo en la garganta que ninguna técnica de respiración podía aliviar.
Finalmente, tras semanas de vigilancia silenciosa, Ohma decidió dar el primer paso hacia la luz. Se acercó a Shion Soryuin en la Academia Koyo.
—No vengo a pelear, Shion —dijo Ohma, bajando la cabeza, un gesto impensable para el antiguo Ashura—. Solo quiero una oportunidad para demostrarle que he cambiado. Déjame verlo. Déjame ayudarlo.
Shion lo observó durante un largo rato, buscando cualquier rastro de la antigua arrogancia Alfa. Al no encontrarlo, suspiró.
—Setsuna ha vuelto a trabajar a tiempo parcial aquí en la academia, coordinando algunos entrenamientos ligeros. Si realmente quieres ayudar, empieza por lo más difícil: sé útil sin ser una amenaza.
La primera vez que se encontraron cara a cara en la villa tras meses de separación, Setsuna se tensó, abrazando instintivamente al bebé que llevaba en brazos.
—¿Qué haces aquí, Ohma? —preguntó Setsuna, su voz llena de una desconfianza cortante.
—Vengo a pedirte permiso para ver a los bebés —respondió Ohma, manteniendo una distancia respetuosa—. Y para pedirte perdón. No espero que me ames, Setsuna. Solo quiero ganarme el derecho a ser parte de sus vidas.
Setsuna lo estudió. Vio que Ohma no estaba intentando imponer su aroma ni su voluntad. Había una humildad nueva en su postura.
—Tienen derecho a conocer a su padre —dijo Setsuna finalmente, con un suspiro cansado—. Pero a la primera señal de agresión o de ese... instinto animal, te prohibiré la entrada para siempre.
Así comenzó una rutina inesperada. Algunos días a la semana, cuando Setsuna tenía que ir a la Academia Koyo para cumplir con sus obligaciones, Ohma se quedaba en la villa cuidando a los gemelos. El gran gladiador, cuyas manos estaban diseñadas para romper huesos, aprendió a cambiar pañales con una delicadeza extrema y a calentar biberones con la precisión de un alquimista.
Cuando Setsuna regresaba a casa, agotado por el trabajo y el esfuerzo físico que su cuerpo aún resentía, no encontraba el caos. Encontraba a los niños dormidos y una cena caliente preparada sobre la mesa. Ohma se aseguraba de cocinar platos nutritivos, recordando lo que Hanafusa le había dicho sobre la necesidad de proteínas y cuidados para un Omega que aún estaba lactando.
—No tenías que hacer esto —dijo Setsuna una noche, observando un humeante cuenco de estofado—. Puedo cuidarme solo.
—Lo sé —respondió Ohma desde el umbral de la cocina, sin acercarse demasiado—. Pero quiero hacerlo. Llegas cansado, Setsuna. Te mereces que alguien te cuide a ti también.
Con el paso de los meses, el resentimiento de Setsuna comenzó a agrietarse. Veía a Ohma jugar con los niños en el suelo, permitiendo que el pequeño "mini-Ohma" tirara de su cabello sin una sola queja. El Ashura estaba cortejando a Setsuna, pero no con flores o palabras vacías, sino con actos de servicio y respeto.
Sin embargo, la prueba de fuego llegó una tarde de tormenta.
Setsuna sintió el calor antes de que el primer trueno resonara. Su celo, que se había vuelto irregular tras el parto, lo golpeó con una intensidad repentina. El aroma a ozono y almizcle dulce comenzó a llenar la habitación. Ohma, que estaba en la sala meciendo a la niña, lo sintió de inmediato. Sus instintos de Alfa rugieron, la sangre empezó a calentarse en sus venas, instándolo a reclamar lo que el aire le decía que estaba disponible.
Setsuna entró en la sala, temblando, con los ojos nublados por la necesidad biológica. Se apoyó contra el marco de la puerta, su respiración agitada.
—Ohma... —jadeó, su mano buscando el cuello de su camisa.
Ohma se puso de pie, pero en lugar de abalanzarse sobre él, retrocedió. Cerró los ojos con fuerza, usando cada gramo de su entrenamiento en el Estilo Niko para suprimir la bestia en su interior.
—Me voy, Setsuna —dijo Ohma, su voz ronca por el esfuerzo—. Llamaré a Shion o a Tomoko para que vengan a ayudarte.
Setsuna lo miró con sorpresa a través de la neblina de sus hormonas.
—¿Te vas? Pero... el celo... tú eres un Alfa...
—No voy a aprovecharme de ti otra vez —declaró Ohma, mirándolo a los ojos con una claridad absoluta—. No en este estado. Mereces ser tratado con respeto, no como alguien que no puede decidir por sí mismo debido a la biología. Te amo, Setsuna, y precisamente porque te amo, no voy a tomar lo que no me has dado voluntariamente en tu sano juicio.
Ohma salió de la casa bajo la lluvia torrencial, dejando a Setsuna solo con el eco de sus palabras. Al día siguiente, cuando el celo remitió gracias a los supresores que Shion trajo de urgencia, Setsuna se quedó sentado en la oscuridad, procesando lo ocurrido. Ohma lo había dejado. No por desprecio, sino por una forma de amor tan pura que Setsuna no creía posible en un hombre como él.
Esa semana, la atmósfera cambió. Setsuna ya no veía a Ohma como el "Dios" inalcanzable ni como el agresor del pasado. Lo veía como un hombre que había luchado contra su propia naturaleza por él.
Una tarde, mientras cuidaban a los bebés juntos, el silencio era cómodo. Setsuna, sintiéndose más seguro que nunca, comenzó a desabrocharse la camisa.
—Ya es hora de alimentarlos —dijo con naturalidad.
Ohma se quedó sentado a su lado, observando con una mezcla de reverencia y asombro. Setsuna acomodó a los niños, cuyos pequeños dedos se aferraban con fuerza a sus pechos hipertrofiados. La escena era de una belleza cruda; la leche fluía, alimentando la vida que ellos habían creado en medio del caos. Ohma observó cómo Setsuna acariciaba las cabezas de los bebés, con una paz que irradiaba de todo su ser.
Tras dejar a los niños en sus cunas, Setsuna se volvió hacia Ohma.
—Tenemos que hablar —dijo con suavidad, señalando hacia su habitación.
Ohma lo siguió, con el corazón martilleando contra sus costillas. Una vez dentro, Setsuna cerró la puerta y se giró.
—Me equivoqué al decir que estabas muerto para mí —comenzó Setsuna, bajando la mirada—. He visto lo que has hecho. He visto cómo te contuviste durante mi celo.
—Setsuna, me arrepiento de cada segundo de aquella noche —dijo Ohma, dando un paso adelante, esta vez sin miedo—. No debí aprovecharme de tu estado psicológico ni de tu vulnerabilidad. Fuiste una víctima de mi falta de control y de la brutalidad de Raian. Merecías algo mejor que eso. Merecías ser amado, no poseído.
Setsuna sintió que las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Eran lágrimas de liberación.
—Te perdono, Ohma —susurró—. Y debo admitir... que he vuelto a enamorarme de ti. Pero esta vez es diferente. Ya no eres un ídolo en un altar. Eres el hombre que cuida a mis hijos y que respeta mi voluntad.
Ohma se acercó y, con una delicadeza infinita, tomó el rostro de Setsuna entre sus manos.
—Te amo, Setsuna. No como un Dios ama a un creyente, sino como un hombre ama a su compañero.
Setsuna sollozó, apoyando su frente contra la de Ohma.
—Es la primera vez... la primera vez que alguien me trata con este cariño. Por favor, Ohma... quiero que me hagas el amor. Ahora. Siendo yo mismo.
Ohma lo miró con intensidad, buscando cualquier rastro de duda.
—¿Estás seguro? No quiero que sientas que te estoy presionando.
—Estoy más seguro que nunca —respondió Setsuna, buscando los labios de Ohma—. Porque ahora sé que me amas y me respetas.
Ohma lo guió hacia la cama con una suavidad que contrastaba con toda su historia previa. Se movió con una lentitud deliberada, besando cada centímetro de la piel de Setsuna, deteniéndose en las cicatrices que ya no dolían.
—¿Puedo... puedo besar tus pechos? —preguntó Ohma en un susurro, observando la plenitud de Setsuna.
—Puedes —consintió Setsuna, arqueando la espalda cuando los labios de Ohma envolvieron uno de sus pezones, succionando con una ternura que le arrancó un gemido de puro placer, muy diferente a los gritos de agonía de antaño.
La unión fue una danza de redención. Ohma lubricó a Setsuna con paciencia, usando sus dedos para preparar el camino mientras le susurraba palabras de aliento al oído. Cuando finalmente lo penetró, no hubo violencia, solo una plenitud que los hizo suspirar a ambos.
—Más rápido, Ohma... por favor —pidió Setsuna, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura del Alfa—. Quiero sentirte de verdad.
Cambiaron de posición, explorando el cuerpo del otro con una curiosidad renovada. Cada embestida era una promesa, cada caricia un borrador de los traumas pasados. Cuando el clímax los alcanzó, fue una explosión de luz y conexión total. Se quedaron abrazados, sudorosos y exhaustos, mientras el aroma del amor verdadero reemplazaba cualquier rastro de celo instintivo.
Ohma se apoyó sobre un codo, mirando a Setsuna a los ojos. El Omega estaba radiante, con una expresión de paz absoluta.
—Setsuna —dijo Ohma, su voz firme y llena de emoción—. No quiero que esto sea solo una noche. No quiero ser solo el padre de tus hijos o el hombre que te visita. Quiero estar a tu lado siempre.
Setsuna contuvo el aliento.
—¿Qué estás diciendo?
Ohma tomó la mano de Setsuna y besó sus nudillos.
—Cásate conmigo. Déjame ser tu esposo. Construyamos una familia de verdad, lejos de la sombra de los demonios.
Setsuna volvió a llorar, pero esta vez eran lágrimas de una felicidad que nunca creyó merecer. Se lanzó a los brazos de Ohma, ocultando su rostro en su cuello.
—Sí —sollozó—. Sí, Ohma. Mil veces sí.
En la habitación contigua, los gemelos dormían plácidamente, ajenos a que en ese momento, sus padres habían terminado de ganar la batalla más difícil de todas. El Ashura y el Demonio Hermoso habían dejado de existir para dar paso a dos seres humanos que, entre cenizas y sangre, habían logrado encontrar el camino hacia el hogar. La Asociación Kengan seguiría su curso, pero para Ohma y Setsuna, el verdadero torneo había terminado, y el premio era una vida de respeto, amor y libertad.