into you
Llamas en el hielo
El aire en el aula de música abandonada siempre olía a polvo y a madera vieja, pero esa noche, el aroma era distinto. Estaba impregnado del perfume costoso de Jimin y de ese olor masculino, a detergente limpio y cuero, que emanaba de Jungkook. La luz de la luna se filtraba por las ventanas altas, bañando el lugar en un tono azulado que hacía que Jimin pareciera casi irreal, una figura de porcelana a punto de quebrarse.
Jimin no podía pensar. Nunca podía pensar con claridad cuando Jungkook estaba así de cerca. Sus manos, pequeñas y de dedos finos, se aferraban a la sudadera negra de Jungkook, tirando de él con una desesperación que rozaba lo doloroso. El pelinegro, por su parte, lo tenía acorralado contra el piano de cola, sus cuerpos presionados con tanta fuerza que Jimin podía sentir el latido acelerado del corazón de Jungkook contra su propio pecho.
—Jungkook, por favor —susurró Jimin, su aliento chocando contra los labios del otro—. No digas esas cosas. Sabes que eres lo único que me importa.
Jungkook soltó una risa amarga que vibró en su garganta. Sus manos tatuadas bajaron desde los hombros de Jimin hasta su cintura, apretando con una posesividad que hizo que el rubio soltara un gemido ahogado.
—Si fuera cierto, no estaríamos aquí escondidos como criminales —dijo Jungkook, su voz era un gruñido bajo—. Estoy harto de las sombras, Jimin. Estoy harto de que me quieras solo cuando nadie mira.
Pero antes de que Jimin pudiera responder con otra excusa, Jungkook lo calló con un beso. No fue un beso tierno; fue una colisión de deseo acumulado y frustración pura. Jungkook lo devoró, su lengua reclamando el espacio con una urgencia que hizo que a Jimin se le doblaran las rodillas. El rubio enredó sus dedos en el cabello pelinegro de Jungkook, tirando de él para profundizar el contacto, mientras el sonido de sus respiraciones agitadas llenaba el silencio del aula.
Jungkook levantó a Jimin con facilidad, sentándolo sobre la tapa de madera del piano. El estruendo de las cuerdas resonando por el impacto no los detuvo. Las manos de Jungkook subieron por los muslos de Jimin, apartando la tela de su pantalón de vestir hasta encontrar la piel cálida. Jimin arqueó la espalda, su cabeza cayendo hacia atrás mientras los labios de Jungkook abandonaban su boca para marcar un rastro de fuego por su cuello.
—Dime que eres mío —exigió Jungkook contra su piel, su mano subiendo por debajo de la camisa de seda de Jimin—. Dime que vas a salir de aquí y le vas a decir a Taehyung y a todos esos idiotas que me perteneces.
Jimin cerró los ojos, las lágrimas de placer y ansiedad mezclándose. El tacto de Jungkook era adictivo, una droga que lo hacía olvidar el mundo exterior, pero la mención de sus amigos fue como un balde de agua fría.
—Kook... no puedo... todavía no —logró articular entre jadeos.
Jungkook se detuvo en seco. Su frente se apoyó contra la de Jimin, y por un momento, el tiempo pareció congelarse. La intensidad del momento +18 que estaba a punto de consumirse se transformó en una tensión gélida. Jungkook se separó lentamente, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de dolor y furia. Se arregló la ropa con movimientos bruscos, mientras Jimin se quedaba allí, temblando sobre el piano, sintiéndose repentinamente desnudo a pesar de estar vestido.
—Esa es tu respuesta —dijo Jungkook, retrocediendo hacia la puerta—. Siempre es la misma puta respuesta.
—¡No es tan fácil para mí como lo es para ti! —gritó Jimin, bajándose del piano, su voz quebrada—. Tú no tienes nada que perder. A ti no te importa que te miren mal. Yo he pasado toda mi vida construyendo esta imagen, complaciendo a mis padres, siendo lo que todos esperan. Si salgo contigo, todo eso se rompe.
—¿Y qué hay de mí? —Jungkook se dio la vuelta, señalándose el pecho—. ¿Soy algo que se rompe? ¿Soy un error en tu currículum perfecto? Me quieres para corrernos en un aula vieja, pero no para tomar un café en la cafetería. No soy un juguete, Jimin. Soy un hombre. Y quiero a alguien que esté orgulloso de tenerme a su lado.
—¡Te quiero! —Jimin dio un paso hacia él, pero Jungkook levantó una mano, deteniéndolo.
—No, no me quieres. Estás obsesionado conmigo, que es diferente. Pero tu miedo es más grande que cualquier sentimiento que tengas por mí. Y yo ya no tengo espacio en mi vida para cobardes.
Jungkook salió del aula sin mirar atrás, dejando a Jimin solo con el eco de sus propias mentiras.
***
Los días siguientes fueron un infierno para Jimin. Cada vez que cerraba los ojos, sentía las manos de Jungkook sobre él, escuchaba su voz exigiendo una verdad que Jimin no se atrevía a pronunciar. Intentó llamarlo, le envió mensajes que se quedaron en "visto", y lo buscó en los talleres, pero Jungkook lo ignoraba con una eficiencia aterradora.
Sin embargo, Jungkook no lo había olvidado. No podía. Cada vez que veía a Jimin en los pasillos, rodeado de su séquito de gente "importante", sentía un nudo de rabia y anhelo en el estómago. Lo quería tanto que le dolía respirar, pero su orgullo y su amor propio eran lo único que le quedaba. No iba a volver a ser el secreto de nadie.
—Necesitas una distracción, Kook —le dijo Yoongi una tarde, mientras ambos estaban sentados en las gradas del campo de deportes—. Estás de un humor de perros y Jimin te mira como si fueras un fantasma.
—No quiero hablar de él —respondió Jungkook, apretando los puños.
—No tienes que hablar. Solo tienes que moverte —Yoongi señaló hacia la pista de atletismo—. Sana ha estado preguntando por ti otra vez. Sabes que le gustas desde el primer año. Es directa, es guapa y, sobre todo, no tiene miedo de que la vean con un "becado".
Jungkook miró hacia donde señalaba su amigo. Sana estaba allí, estirando con su ropa deportiva, riendo con algunas amigas. Era popular, pero de una manera distinta a Jimin; ella era genuina, no le importaban las jerarquías estúpidas de la universidad.
Un plan retorcido empezó a formarse en la mente de Jungkook. Sabía que Jimin estaba observando desde algún lugar. Siempre lo hacía. Sabía que la única forma de romper el caparazón de Jimin era mostrándole lo que se estaba perdiendo por su propia cobardía.
—Tienes razón —dijo Jungkook, levantándose—. Necesito moverme.
***
El viernes por la mañana, la universidad era un hervidero de rumores. Jimin caminaba junto a Taehyung y Yeri, tratando de prestar atención a los planes para la fiesta de Taemin, pero su mirada buscaba constantemente una cabellera negra entre la multitud.
—¿Habéis visto a Jungkook? —preguntó Yeri, con ese tono de voz que indicaba que tenía un chisme jugoso—. Parece que finalmente se cansó de estar solo.
El corazón de Jimin dio un vuelco.
—¿A qué te refieres? —preguntó, tratando de sonar indiferente.
—Mira hacia la fuente —dijo Taehyung, señalando con la barbilla.
Jimin sintió que el mundo se detenía. Allí, bajo el sol brillante, Jungkook estaba sentado en el borde de la fuente de mármol. No estaba solo. Sana estaba sentada entre sus piernas, su espalda apoyada contra el pecho de Jungkook mientras él rodeaba su cintura con sus brazos tatuados. Ella reía, echando la cabeza hacia atrás, y Jungkook le sonreía con una calidez que Jimin reconoció de inmediato. Era la sonrisa que antes le pertenecía solo a él.
Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue cuando Jungkook levantó la vista y, por un segundo exacto, conectó su mirada con la de Jimin. No hubo odio, no hubo tristeza. Solo una frialdad absoluta. Y entonces, con una lentitud deliberada, Jungkook se inclinó y besó la mejilla de Sana, susurrándole algo al oído que la hizo sonrojar.
—Vaya —comentó Taehyung, ajeno al torbellino interno de su amigo—. Hacen buena pareja. Sana es genial, muy transparente. Nada que ver con los juegos de estatus de este lugar.
Jimin sintió que el aire le faltaba. Los celos eran una llama ácida que le subía por la garganta, quemándolo por dentro. Ver a Jungkook con alguien más, a plena luz del día, haciendo todas las cosas que Jimin le había negado, era una tortura que no sabía cómo procesar.
—Tengo que irme —soltó Jimin, su voz apenas un susurro.
—¿A dónde vas? La clase empieza en cinco minutos —dijo Yeri, confundida.
Jimin no respondió. Se dio la vuelta y caminó en dirección contraria, sus pasos rápidos y erráticos. Necesitaba esconderse, necesitaba llorar, pero sobre todo, necesitaba entender cómo Jungkook había podido avanzar tan rápido.
Lo que Jimin no sabía era que, detrás de él, Jungkook seguía observándolo. Sus manos seguían en la cintura de Sana, pero sus ojos estaban fijos en la figura rubia que huía. Jungkook sentía el peso de la culpa por usar a Sana de esa manera, pero la satisfacción de ver la máscara de Jimin desmoronarse era más fuerte.
"Mírame, Jimin", pensó Jungkook, apretando los dientes. "Mira lo que es estar con alguien que no se avergüenza de mí. Siente lo que yo sentí cada vez que me soltabas la mano".
***
Esa noche, la fiesta en la casa de Taemin era un caos de música alta, luces de neón y alcohol barato. Jimin llegó tarde, vestido impecablemente con una camisa negra que resaltaba su cabello rubio, pero sus ojos estaban apagados. Se movía mecánicamente, aceptando bebidas y sonriendo a medias a las personas que lo saludaban.
—Estás fatal, Minnie —le dijo Taehyung, acercándose con dos vasos rojos—. Deja de pensar en lo que sea que te esté carcomiendo y diviértete.
—Estoy bien, Tae. Solo un poco de dolor de cabeza.
—Mentira. Estás mirando la puerta cada cinco segundos.
Jimin suspiró, dándose por vencido.
—¿Crees que él venga?
Taehyung no tuvo que preguntar a quién se refería.
—Vino hace media hora. Está en el patio trasero con Sana y el grupo de Yoongi.
Jimin no lo pensó dos veces. Dejó el vaso sobre una mesa y se abrió paso entre la multitud sudorosa. El aire frío de la noche lo golpeó cuando salió al jardín, pero no fue suficiente para calmar el fuego en sus venas.
Lo vio de inmediato. Jungkook estaba apoyado contra un árbol, con una cerveza en la mano, mientras Sana hablaba animadamente con Yoongi a su lado. El pelinegro se veía increíblemente guapo bajo las luces de colores que colgaban de las ramas; su chaqueta de cuero, sus vaqueros rasgados y esa actitud de "no me importa nada" lo hacían el centro de atención.
Jimin se acercó, ignorando el sentido común. Se detuvo a unos metros de ellos, sintiendo las miradas del grupo de becados sobre él. Yoongi arqueó una ceja, pero no dijo nada. Sana, al ver a Jimin, le dedicó una sonrisa amable, sin saber nada del drama que los unía.
—Hola, Jungkook —dijo Jimin, su voz temblando ligeramente.
Jungkook tomó un trago de su cerveza, bajando el envase lentamente. Miró a Jimin de arriba abajo, como si fuera un extraño que lo interrumpía.
—Park —respondió Jungkook, usando su apellido como una barrera—. ¿Te has perdido? La sección de los VIP está dentro de la casa.
—Necesito hablar contigo. A solas.
Sana miró a Jungkook, confundida, y luego a Jimin.
—¿Pasa algo? —preguntó ella con suavidad.
—No pasa nada, Sana —dijo Jungkook, su voz suavizándose solo para ella—. Dale un minuto. Mi antiguo... "conocido" parece tener algo urgente que decir.
Jungkook se alejó del árbol y caminó hacia una zona más apartada del jardín, cerca de los arbustos que delimitaban la propiedad. Jimin lo siguió, sintiendo que el corazón se le salía del pecho. Cuando estuvieron lo suficientemente lejos del ruido, Jungkook se detuvo y se giró.
—Habla rápido. Sana me está esperando.
—¿Sana? ¿En serio, Jungkook? —Jimin estalló, la rabia superando al miedo—. Hace tres días me tenías contra un piano y ahora estás paseándote con ella por todo el campus. ¿Tan poco te importé?
—Tú fuiste quien dijo que no podías estar conmigo, Jimin —le recordó Jungkook, acercándose un paso, su altura intimidándolo—. Yo solo estoy haciendo lo que me pediste. Me estoy quedando con los de mi clase. Ella no tiene una cuenta bancaria con seis ceros, pero tiene algo que tú nunca tendrás: agallas.
—¡Lo haces para darme celos! Sé que no la quieres. Sé que todavía sientes lo mismo por mí.
Jungkook soltó una carcajada seca, aunque por dentro sus propias palabras le escocían.
—¿Y qué si es así? ¿Qué cambia eso? Aunque te quiera hasta que me sangre el pecho, no voy a volver a esconderme en un aula de música. Si quieres que deje de salir con Sana, si quieres que vuelva a ser tuyo, ya sabes lo que tienes que hacer. Pero no tienes el valor, Jimin. Prefieres tu burbuja de cristal a una vida real conmigo.
Jungkook se dio la vuelta para irse, pero Jimin lo agarró del brazo.
—¡Espera!
—Suéltame, Jimin. Tienes gente mirando. ¿No te da miedo que piensen que te juntas con la chusma?
Jimin miró hacia la casa. Varias personas los observaban desde el porche, incluyendo a Yeri y Taemin. Sus manos temblaron, pero por primera vez en su vida, no soltó a Jungkook. Sus dedos se cerraron con más fuerza sobre el cuero de la chaqueta.
—Me duele —susurró Jimin, las lágrimas finalmente cayendo—. Me duele verte con ella. No puedo respirar cuando te veo sonreírle.
Jungkook sintió un vuelco en el corazón. Por un momento, la fachada de indiferencia se agrietó. Quiso abrazarlo, quiso decirle que todo era un truco para hacerlo reaccionar, pero se contuvo. Si cedía ahora, volverían al mismo ciclo destructivo.
—Entonces haz algo al respecto —dijo Jungkook, su voz baja y peligrosa—. O deja de quejarte y déjame ser feliz con alguien que sí esté dispuesta a apostar por mí.
Jungkook se soltó del agarre de Jimin con un movimiento firme y regresó hacia donde estaba Sana. Jimin se quedó allí, solo en la oscuridad, viendo cómo el chico que amaba rodeaba de nuevo a otra persona.
El juego había cambiado. Jungkook ya no estaba esperando a que Jimin abriera la puerta; Jungkook había saltado por la ventana y estaba corriendo hacia el horizonte. Y Jimin, el chico que lo tenía todo, se dio cuenta de que, si no rompía su propio mundo de cristal pronto, terminaría cortándose con los pedazos de su propia soledad.
—Voy a recuperarte —susurró Jimin para sí mismo, mientras la música de la fiesta retumbaba en sus oídos como un recordatorio de todo lo que estaba a punto de perder—. No me importa lo que cueste.
Pero mientras veía a Jungkook reír con Sana a lo lejos, Jimin supo que esta vez, las palabras no serían suficientes. Jungkook quería acciones, y Jimin tendría que decidir si su estatus valía más que el hombre que le enseñó lo que significaba estar realmente vivo.