into you
Cristales y cianuro
El lunes por la mañana en la Universidad de Artes no era simplemente el inicio de una semana académica; era un desfile de vanidades donde cada paso de Park Jimin solía ser coreografiado para la perfección. Sin embargo, esa mañana, el rubio no sentía la habitual seguridad de su ropa de marca. Sentía que cada mirada era un juicio, que cada susurro entre los estudiantes hablaba de su caída, de cómo Jeon Jungkook, el becado rebelde, lo había reemplazado públicamente por Sana sin siquiera dedicarle un adiós formal.
Jimin caminaba por el pasillo principal con la barbilla en alto, pero sus ojos estaban inyectados en sangre por la falta de sueño. Taehyung caminaba a su lado, observándolo con una mezcla de preocupación y fastidio.
—Minnie, si sigues apretando la mandíbula de esa forma, se te va a romper —comentó Taehyung, ajustándose las gafas de sol—. Entiendo que estés dolido, pero esto de caminar como si fueras a ejecutar a alguien no te sienta bien.
—No estoy dolido, Tae —mintió Jimin, aunque su voz sonó demasiado aguda—. Estoy... procesando. Jungkook quiere jugar a que no existo, quiere demostrarme que cualquiera puede ocupar el lugar que yo no quise tomar en público. Pues bien. Si él quiere un espectáculo, le daré uno.
Taehyung se detuvo en seco, obligando a Jimin a hacer lo mismo.
—¿A qué te refieres con un espectáculo? Por favor, dime que no vas a ir a rogarle delante de todo el mundo. Tienes una reputación, Jimin. Tus padres ya están bastante molestos con los rumores de que te juntas con "gente de los talleres".
Jimin soltó una risa seca, carente de alegría.
—¿Rogarle? No. Jungkook cree que soy un cobarde que vive en una burbuja. Cree que sin él no soy nada más que una cara bonita y un apellido. Voy a demostrarle que puedo ser tan directo y tan público como él. Y voy a empezar con alguien que haga que su pequeña relación con Sana parezca un juego de niños.
—¿De quién hablas? —preguntó Taehyung, arqueando una ceja.
Jimin no respondió con palabras. Simplemente desvió la mirada hacia el final del corredor, donde un grupo de atletas y modelos de la facultad de comunicaciones se reunía. En el centro de todos ellos, destacando por su altura y su sonrisa cegadora, estaba Kim Mingyu.
Mingyu era, en muchos sentidos, la versión "aceptable" de Jungkook para el mundo de Jimin. Era guapo, extremadamente popular, venía de una familia influyente y, lo más importante, siempre había mostrado un interés poco discreto por Jimin. Si Jungkook era la oscuridad prohibida, Mingyu era el sol deslumbrante que todos esperaban que Jimin eligiera.
—No me digas que... —Taehyung abrió mucho los ojos—. Jimin, Mingyu es un tiburón. Si te acercas a él, no habrá vuelta atrás. Todo el campus asumirá que sois la nueva pareja real.
—Eso es exactamente lo que quiero —sentenció Jimin, empezando a caminar hacia el grupo de Mingyu—. Si Jungkook quiere ver luz, le voy a dar un incendio.
***
Jungkook estaba en la cafetería, sentado con Yoongi en una de las mesas más alejadas. A su lado, Sana hablaba sobre una exposición de fotografía, pero Jungkook apenas la escuchaba. Sus ojos, aunque intentaba mantenerlos fijos en su café, se desviaban constantemente hacia la entrada.
—Vas a desgastar el suelo con la mirada, Kook —dijo Yoongi sin levantar la vista de su portátil—. Si tanto te importa lo que haga, deja de fingir que Sana es tu mundo. Es injusto para ella.
—No estoy fingiendo nada —gruñó Jungkook, aunque sabía que su amigo tenía razón—. Solo... estoy cansado. Jimin es un capítulo cerrado.
—Un capítulo cerrado que todavía lees todas las noches antes de dormir —sentenció Yoongi.
En ese momento, el ruido ambiental de la cafetería bajó varios decibelios. Jungkook sintió una punzada de advertencia en la boca del estómago. Levantó la vista y lo vio.
Jimin acababa de entrar, pero no estaba solo. Caminaba pegado a Kim Mingyu. La mano de Mingyu descansaba con una familiaridad insultante en la parte baja de la espalda de Jimin, y el rubio, en lugar de apartarse o mirar hacia los lados con miedo a ser visto, se reía, inclinando la cabeza hacia el hombro del atleta.
Jungkook sintió que la taza de café crujía bajo la presión de sus dedos. Los tatuajes de su mano se tensaron mientras veía la escena. Jimin nunca, ni una sola vez en meses, le había permitido ese nivel de contacto físico en un lugar público. Y ahora, allí estaba, exhibiéndose con el chico más codiciado de la universidad.
—Vaya —murmuró Yoongi, cerrando su portátil—. Parece que Park ha decidido cambiar de estrategia. Y ha elegido el calibre pesado.
Jimin y Mingyu se dirigieron a la fila de la cafetería, justo enfrente de donde estaba Jungkook. Jimin sabía perfectamente dónde estaba sentado el pelinegro. Podía sentir la mirada de Jungkook quemándole la nuca como un soplete, pero se obligó a no girarse. En su lugar, se acercó más a Mingyu.
—¿Te apetece un té verde, Jimin? —preguntó Mingyu con esa voz profunda y aterciopelada que hacía suspirar a medio campus.
—Me encantaría, Gyu —respondió Jimin, usando el apodo con una dulzura exagerada—. Eres tan atento. A veces olvido lo que se siente que alguien se preocupe por lo que quiero a plena luz del día.
La pulla fue directa al corazón de Jungkook. El pelinegro se levantó de golpe, haciendo que su silla chirriara contra el suelo. Sana lo miró sorprendida.
—¿Jungkook? ¿Te encuentras bien? —preguntó ella, poniendo una mano en su brazo.
Jungkook no respondió. Sus ojos estaban fijos en Jimin, quien finalmente se giró para devolverle la mirada. Fue un duelo de silencios. Los ojos de Jimin estaban llenos de un desafío ardiente, una declaración de guerra envuelta en seda. Los de Jungkook eran pozos de furia contenida.
—Vamos, Sana —dijo Jungkook entre dientes—. Se me ha quitado el hambre. Aquí el aire está demasiado viciado.
Jungkook pasó por el lado de Jimin y Mingyu sin detenerse, pero su hombro chocó intencionadamente con el de Mingyu. El atleta ni siquiera se inmutó, simplemente sonrió con suficiencia, sabiéndose ganador en ese asalto.
Jimin observó la espalda de Jungkook alejarse, sintiendo una mezcla tóxica de triunfo y vacío. Había logrado lo que quería: había herido a Jungkook. Pero el precio era sentir que se estaba convirtiendo en alguien que no reconocía.
***
La tarde cayó sobre el campus con una luz anaranjada y melancólica. Jimin se encontraba en el jardín trasero de la facultad, un lugar menos transitado, esperando a que terminara la hora de entrenamiento de Mingyu. Se sentía agotado. Mantener la máscara de "chico feliz y enamorado" durante todo el día había drenado sus energías.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo una voz que hizo que el vello de sus brazos se erizara.
Jimin se giró lentamente. Jungkook estaba allí, todavía con la ropa de los talleres, con manchas de aceite en los pantalones y el cabello revuelto. Se veía devastado y furioso al mismo tiempo.
—¿Qué quieres, Jungkook? —preguntó Jimin, cruzándose de brazos—. Si buscas a Sana, creo que está en la biblioteca.
—Sabes perfectamente que no busco a Sana —dijo Jungkook, acortando la distancia entre ellos con pasos lentos y pesados—. ¿Qué demonios estás haciendo, Jimin? ¿Mingyu? ¿En serio? Es un tipo que solo te quiere para añadirte a su colección de trofeos.
—Al menos él no tiene miedo de decir que soy su trofeo delante de todos —escupió Jimin, dando un paso hacia adelante, desafiándolo—. Al menos con él no tengo que esconderme en sótanos ni aulas abandonadas. Él me toma de la mano, Jungkook. Él me besa en la cafetería. Él me da el lugar que tú siempre dijiste que yo no quería.
Jungkook soltó una carcajada amarga.
—Lo haces por venganza. Lo haces para demostrarme que puedes ser "público". Pero los dos sabemos que no sientes nada por él. Cada vez que te toca, estás pensando en mí. Cada vez que te sonríe, buscas mis tatuajes en su piel y no los encuentras.
—Te equivocas —mintió Jimin, aunque el corazón le latía con tanta fuerza que pensó que Jungkook podría oírlo—. Mingyu es todo lo que necesito. Es alguien de mi mundo. Alguien que no me hace sentir que tengo que elegir entre mi familia y mis sentimientos.
Jungkook se detuvo a centímetros de él. El olor a metal y sudor de Jungkook inundó los sentidos de Jimin, debilitando sus defensas.
—Mírame a los ojos y dime que prefieres sus manos a las mías —susurró Jungkook, su voz volviéndose peligrosa—. Dime que cuando él te besa, sientes la misma electricidad que sentías conmigo en la oscuridad.
Jimin abrió la boca para responder, para soltar otra mentira hiriente, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. La cercanía de Jungkook era magnética, una fuerza de la naturaleza que no podía combatir. Por un momento, el odio desapareció, dejando solo el anhelo puro y descarnado que los había consumido durante meses.
—Jimin, ahí estás.
La voz de Mingyu rompió el hechizo como un cristal estallando. El atleta apareció por el sendero, todavía con su chaqueta del equipo de la universidad. Al ver a Jungkook tan cerca de Jimin, su expresión se endureció, pero mantuvo esa sonrisa de superioridad que tanto irritaba al pelinegro.
—¿Pasa algo aquí? —preguntó Mingyu, colocándose al lado de Jimin y pasando un brazo protector sobre sus hombros.
Jungkook retrocedió un paso, sus puños apretándose a los costados. La rabia en su rostro era casi tangible.
—Nada, Gyu —dijo Jimin, su voz temblando ligeramente—. Solo estábamos... terminando una conversación pendiente.
—Bueno, las conversaciones pendientes pueden esperar —dijo Mingyu, mirando a Jungkook con desprecio—. Tenemos una cena con mis padres y luego la fiesta en el club. No queremos llegar tarde, ¿verdad, cariño?
Jimin sintió un escalofrío al oír el apelativo. Miró a Jungkook, esperando ver una señal de que iba a pelear por él, de que iba a gritarle a Mingyu que se alejara. Pero Jungkook permaneció en silencio, sus ojos oscuros llenos de una decepción que dolió más que cualquier grito.
—Claro —asintió Jimin, volviendo su atención a Mingyu—. Vámonos.
Pero antes de que pudieran dar un paso, Mingyu se detuvo. Miró a Jungkook y luego a Jimin, con una chispa de malicia en los ojos. Sabía que Jungkook estaba mirando. Sabía que este era el momento de marcar su territorio de forma definitiva.
—Espera, Jimin. Se me olvidaba algo —dijo Mingyu.
Sin previo aviso, Mingyu tomó el rostro de Jimin entre sus manos y lo inclinó hacia atrás. Jimin, sorprendido, no tuvo tiempo de reaccionar. Los labios de Mingyu se estrellaron contra los suyos en un beso profundo, posesivo y, sobre todo, coreografiado para que Jungkook no se perdiera ni un detalle.
Jimin mantuvo los ojos abiertos por un segundo, viendo por encima del hombro de Mingyu cómo la expresión de Jungkook se transformaba de rabia a una agonía pura. El beso de Mingyu no sabía a nada; era frío, técnico, vacío de toda la pasión que Jimin conocía. Pero no se apartó. Se obligó a cerrar los ojos y a corresponder, dejando que sus manos descansaran en el pecho de Mingyu.
Fue un beso a plena luz del día. El beso que Jungkook siempre había reclamado. El beso que Jimin le había negado mil veces.
Cuando Mingyu finalmente se separó, Jimin estaba sin aliento, pero no por deseo, sino por la náusea que le provocaba su propia traición. Mingyu le sonrió, triunfante, y le lanzó una mirada de reojo a Jungkook.
—Ahora sí, vámonos —dijo Mingyu.
Jungkook no dijo nada. No se movió. Se quedó allí, como una estatua de piedra, viendo cómo Jimin se alejaba de la mano del chico perfecto. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido del viento entre los árboles.
Jungkook sintió que algo dentro de él se quebraba definitivamente. No era solo celos; era la comprensión de que Jimin estaba dispuesto a destruirse a sí mismo con tal de no admitir que lo amaba. Había aceptado el beso de otro hombre frente a él solo para ganar una discusión, para demostrar un punto que ya no tenía sentido.
—Está bien, Jimin —susurró Jungkook al aire vacío—. Si este es el juego que quieres jugar, lo jugaremos hasta el final.
***
La noche en el club privado era un torbellino de luces blancas y música electrónica que golpeaba las sienes de Jimin. Estaba sentado en un reservado con Mingyu y sus amigos, bebiendo un cóctel tras otro para intentar borrar el sabor del beso de la tarde.
—Estás muy callado, Jimin —dijo Mingyu, acercándose a su oído—. ¿Todavía estás pensando en el mecánico?
Jimin se tensó, dejando el vaso sobre la mesa.
—No sé de qué hablas.
—Oh, vamos. Soy deportista, no idiota. Sé que lo vuestro no era solo una "amistad". Pero hoy has dejado claro de qué lado estás. Me ha gustado lo que has hecho en el jardín. Ha sido... valiente.
Jimin sintió ganas de vomitar. Cada palabra de Mingyu le recordaba lo bajo que había caído. Se levantó bruscamente, ignorando las preguntas de los demás.
—Necesito aire —dijo, dirigiéndose a la salida de emergencia del club.
Salió al callejón trasero, donde el frío de la noche le ayudó a despejar la mente. Se apoyó contra la pared de ladrillo, cerrando los ojos. El eco de la música seguía en su cabeza, pero lo que más le dolía era el recuerdo de la mirada de Jungkook. Había visto el momento exacto en que la luz se apagó en los ojos del pelinegro. Había ganado la batalla de los celos, pero sentía que había perdido la guerra por su alma.
—¿Te gusta cómo sabe el cianuro, Park? —preguntó una voz desde las sombras del callejón.
Jimin se sobresaltó. Jungkook estaba allí, apoyado contra un contenedor de basura, fumando un cigarrillo. La luz de una farola parpadeante iluminaba sus tatuajes y el brillo metálico de su piercing en el labio.
—¿Me has seguido hasta aquí? —preguntó Jimin, tratando de recuperar la compostura.
—Este es mi lado de la ciudad, Jimin. El club de los niños ricos está a dos manzanas de los barrios donde la gente como yo sobrevive —Jungkook tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la bota—. Te he visto bailar con él. Te he visto dejar que te toque. Y he visto tu cara.
—¿Ah, sí? ¿Y qué has visto, psicólogo?
Jungkook se acercó, moviéndose con la agilidad de un depredador. En la estrechez del callejón, no había escapatoria. Acorraló a Jimin contra la pared, pero esta vez no había suavidad en sus movimientos. Sus manos se apoyaron a ambos lados de la cabeza de Jimin, atrapándolo.
—He visto que te mueres de asco —dijo Jungkook, su voz vibrando con una intensidad aterradora—. He visto que cada vez que él te roza, quieres salir corriendo. Has aceptado ese beso para herirme, y lo has conseguido. Me ha dolido como si me hubieran arrancado el corazón con las manos desnudas. ¿Estás feliz ahora? ¿Es este el estatus que querías?
Jimin intentó empujarlo, pero Jungkook era una pared de músculo sólido.
—¡Déjame en paz! —gritó Jimin, las lágrimas de frustración asomando—. Tú fuiste el que me dejó. Tú fuiste el que empezó a salir con Sana. Yo solo estoy siguiendo tus reglas.
—¡Yo nunca te pedí que te vendieras! —rugió Jungkook—. Te pedí que fueras valiente, no que te convirtieras en una prostituta del estatus social. Mingyu no te quiere, Jimin. Te usa para verse mejor en las fotos. Yo te quería cuando estabas despeinado, cuando llorabas porque no sabías qué hacer con tu vida, cuando no eras el "Park Jimin" perfecto.
Jimin sollozó, su frente cayendo contra el pecho de Jungkook. El olor de Jungkook, ese aroma a hogar y a peligro, lo envolvió, rompiendo finalmente su resistencia.
—No sé qué hacer, Kook —susurró entre lágrimas—. Todo el mundo espera algo de mí. Si vuelvo contigo, pierdo a mi familia, pierdo mi futuro...
—Si te quedas con él, te pierdes a ti mismo —respondió Jungkook, su voz suavizándose por primera vez en toda la noche. Una de sus manos subió para acariciar el cabello rubio de Jimin, sus dedos enredándose en las hebras suaves—. Mírame, Jimin.
Jimin levantó la vista, sus ojos empañados encontrándose con la oscuridad infinita de los de Jungkook.
—Ese beso con Mingyu... no significó nada —dijo Jimin.
—Lo sé —respondió Jungkook—. Porque este es el único que importa.
Esta vez, no hubo cámaras, no hubo público, no hubo estatus. Jungkook reclamó los labios de Jimin con una ferocidad que hablaba de meses de silencio y semanas de dolor. Fue un beso que sabía a desesperación, a perdón y a una promesa rota. Jimin se aferró a la chaqueta de Jungkook como si fuera su única ancla en medio de una tormenta, devolviendo el beso con la misma intensidad, dejando que su lengua explorara la boca de Jungkook con una familiaridad que ningún Mingyu podría alcanzar jamás.
En ese callejón oscuro, rodeado de basura y ruido de ciudad, Jimin se dio cuenta de que la venganza era un plato amargo que no saciaba el hambre. Podía besar a todos los Mingyus del mundo, podía ser el rey de la universidad, pero sin el calor de las manos tatuadas de Jungkook, siempre estaría congelado.
Sin embargo, el sonido de la puerta del club abriéndose los obligó a separarse.
—¡Jimin! ¿Estás ahí? —era la voz de Mingyu.
Jimin miró a Jungkook, el pánico volviendo a sus ojos. Jungkook dio un paso atrás, ocultándose de nuevo en las sombras.
—Decídete, Jimin —dijo Jungkook antes de desaparecer en la oscuridad del callejón—. El cianuro es dulce al principio, pero acaba matándote. Deja de beber de su copa antes de que sea tarde.
Jimin se limpió las lágrimas y la boca con el dorso de la mano justo cuando Mingyu aparecía por la puerta.
—Aquí estás —dijo Mingyu, acercándose—. Llevas mucho tiempo fuera. ¿Con quién hablabas?
Jimin miró hacia el callejón vacío, donde solo quedaba el rastro del humo del cigarrillo de Jungkook.
—Con nadie, Gyu —dijo Jimin, su voz fría y decidida—. Solo estaba despidiéndome de algo que ya no existe.
Pero mientras caminaba de regreso al club, del brazo del chico perfecto, Jimin sintió que el veneno ya estaba empezando a hacer efecto. Y la única cura estaba oculta en los pasillos oscuros del campus, vistiendo una sudadera negra y cargando con un corazón que Jimin no sabía si merecía recuperar.