into you
Fricción y Fluidos
El reloj de pared en el laboratorio de ingeniería mecánica marcaba las cuatro y cuarto, y el tic-tac rítmico parecía sincronizarse con el pulso acelerado de Jimin. El aire allí olía a una mezcla embriagadora de aceite de motor, metal frío y productos químicos de limpieza. Era un entorno austero, lleno de prensas hidráulicas, tanques de fluidos y mesas de acero inoxidable, un mundo que Jimin, hasta hacía una semana, solo conocía por los relatos distantes de Jungkook.
Jimin estaba sentado en un taburete alto, balanceando las piernas. Llevaba la sudadera gris de Jungkook, que le quedaba deliberadamente grande, ocultando su figura pero haciéndolo sentir protegido por el aroma a madera y tabaco que desprendía la prenda. A través de los grandes ventanales del laboratorio, el cielo de la tarde comenzaba a teñirse de un violeta profundo.
Jungkook estaba de espaldas, inclinado sobre una de las turbinas de prueba. Se había quitado la sudadera y vestía solo una camiseta negra de tirantes que dejaba al descubierto la musculatura de su espalda y el intrincado mapa de tinta negra que recorría su brazo derecho hasta el cuello. Estaba concentrado, con el ceño fruncido y una llave inglesa en la mano, ajeno —al menos en apariencia— a la mirada devoradora de Jimin.
—¿Te falta mucho? —preguntó Jimin, rompiendo el silencio. Su voz sonó más baja de lo que pretendía, cargada de una tensión que flotaba en el ambiente desde que habían entrado al edificio.
Jungkook se detuvo, dejando la herramienta sobre la mesa con un golpe metálico que resonó en todo el salón vacío. Se giró lentamente, limpiándose las manos con un trapo manchado de grasa. Sus ojos oscuros, intensos y hambrientos, se fijaron en Jimin.
—He terminado —dijo Jungkook. Su voz era profunda, una vibración que Jimin sintió en la base de su columna—. ¿Estás cansado de esperar?
Jimin negó con la cabeza, bajándose del taburete con una lentitud calculada. Caminó hacia él, sus zapatos haciendo un eco suave sobre el suelo de cemento pulido.
—Me gusta verte trabajar —confesó Jimin, deteniéndose a solo unos centímetros de él—. Te ves... diferente aquí. Como si este fuera el único lugar donde no tienes que fingir que el resto del mundo no te molesta.
Jungkook soltó una risa seca y dejó el trapo a un lado. Acortó la distancia final, atrapando la cintura de Jimin con sus manos grandes. El contraste entre la piel limpia de Jimin y las manos ligeramente sucias de Jungkook era una imagen que siempre encendía algo salvaje en el rubio.
—Ya no tengo que fingir nada, Jimin —susurró Jungkook, inclinando la cabeza para buscar el cuello de Jimin—. Ya no eres un secreto. Ya no hay paredes entre nosotros, solo esto.
Jungkook presionó sus labios contra la piel sensible justo debajo de la oreja de Jimin, y este soltó un suspiro entrecortado, echando la cabeza hacia atrás. Las manos de Jungkook bajaron hasta los muslos de Jimin, levantándolo con una facilidad asombrosa y sentándolo sobre la mesa de acero frío. Jimin soltó un jadeo ante el choque térmico del metal contra su piel, pero inmediatamente rodeó la cintura de Jungkook con sus piernas, atrayéndolo más hacia sí.
—Kook... aquí no —murmuró Jimin, aunque sus manos ya estaban enredadas en el cabello pelinegro de Jungkook, tirando de él con desesperación.
—Las puertas están cerradas con llave, Jimin —respondió Jungkook contra sus labios—. Estamos solos. Por primera vez, nadie nos va a interrumpir.
El beso que siguió fue devastador. No hubo preámbulos ni delicadeza; fue una colisión de meses de frustración, de miedo contenido y de un deseo que finalmente tenía permiso para arder a plena luz del día, o al menos, bajo las luces fluorescentes del laboratorio. Jungkook devoró la boca de Jimin, su lengua reclamando cada rincón con una posesividad que hizo que Jimin gimiera contra sus labios.
Jungkook bajó una de sus manos hacia el borde de la sudadera de Jimin, deslizándola por debajo para encontrar la piel suave de su abdomen. Jimin se estremeció, arqueando la espalda cuando los dedos calientes y callosos de Jungkook acariciaron sus costillas.
—Te queda mejor que a mí —susurró Jungkook, refiriéndose a la sudadera, antes de tirar de la prenda hacia arriba y quitársela por completo.
Jimin quedó expuesto de la cintura para arriba, su piel pálida brillando bajo las luces del techo. Jungkook se detuvo un segundo, simplemente admirándolo, con una devoción que casi hizo que Jimin llorara. Sus manos recorrieron los hombros de Jimin, bajando por sus brazos hasta entrelazar sus dedos.
—Eres tan hermoso que duele, Park —dijo Jungkook, su voz rota por la necesidad.
—Entonces haz que duela de verdad —respondió Jimin, su mirada desafiante y cargada de lujuria.
Jungkook no necesitó que se lo repitieran. Se deshizo de su propia camiseta en un movimiento fluido, dejando que Jimin admirara el torso sólido y tatuado que tanto había soñado poseer sin restricciones. Volvió a atacar los labios de Jimin mientras sus manos bajaban a los botones de los jeans del rubio. El sonido de la cremallera bajando fue el único ruido en el laboratorio, aparte de sus respiraciones agitadas.
Jimin ayudó a Jungkook a deshacerse de sus pantalones, quedando ambos solo en ropa interior sobre la mesa de metal. El frío del acero era un contraste perfecto para el calor abrasador que emanaba de sus cuerpos. Jungkook separó las piernas de Jimin, acomodándose entre ellas, y comenzó a besar su pecho, bajando por su esternón hasta el ombligo, dejando marcas rojizas que Jimin luciría con orgullo al día siguiente.
—Jungkook... por favor —suplicó Jimin, sus dedos enterrándose en los hombros del pelinegro—. Ahora. Te necesito ahora.
Jungkook se incorporó, sus ojos brillando con una mezcla de amor y deseo animal. Buscó en su mochila, que estaba sobre el suelo, y sacó lo necesario. Sus movimientos eran seguros, directos, como todo lo que hacía. Preparó a Jimin con una paciencia que torturaba al rubio, usando sus dedos para abrirlo lentamente, escuchando cada gemido y cada súplica que salía de los labios de Jimin.
—Mírame, Jimin —ordenó Jungkook cuando estuvo listo.
Jimin abrió los ojos, empañados por el placer, y encontró la mirada de Jungkook. Quería este momento. Quería que Jungkook viera exactamente lo que le hacía sentir, quería que no hubiera sombras entre ellos.
Jungkook se impulsó hacia adelante, entrando en Jimin con un movimiento lento y profundo que les hizo soltar un grito ahogado a ambos. Jimin echó la cabeza hacia atrás, sus uñas clavándose en la espalda de Jungkook, sintiendo cómo cada centímetro de su cuerpo se llenaba con la presencia del otro. Era una plenitud que iba más allá de lo físico; era el sello de su nueva libertad.
—Eres mío —gruñó Jungkook, comenzando a moverse con un ritmo constante y poderoso—. Ya no eres el chico de nadie más. Eres mío.
—Siempre... siempre he sido tuyo —logró decir Jimin entre jadeos, sus caderas elevándose para encontrar las de Jungkook en cada embestida.
El laboratorio se convirtió en un santuario de carne y sudor. El sonido de sus cuerpos chocando, el roce de la piel contra el metal de la mesa y los gemidos desvergonzados de Jimin crearon una sinfonía de liberación. Jungkook no era suave; se movía con la misma fuerza bruta con la que trabajaba en sus motores, pero había una ternura subyacente en la forma en que sostenía el rostro de Jimin, en la forma en que lo besaba cada vez que el rubio parecía estar al borde del colapso.
Jimin sentía que sus sentidos se desbordaban. El olor a aceite, el sabor a sal en la piel de Jungkook, la visión de los tatuajes del pelinegro moviéndose bajo la luz... todo era demasiado y, a la vez, no era suficiente. Quería más. Quería que Jungkook lo marcara, que lo consumiera hasta que no quedara nada del antiguo Jimin que tenía miedo de las sombras.
—Más rápido, Kook... más —pidió Jimin, sus piernas rodeando con fuerza la espalda de Jungkook.
Jungkook aceleró el ritmo, sus estocadas volviéndose más erráticas y profundas. Su respiración era un rugido en el oído de Jimin. Estaban llegando al límite, al punto de no retorno donde el mundo de cristal de la universidad y las expectativas familiares se desvanecían por completo.
—Jimin... voy a... —Jungkook no pudo terminar la frase. Sus movimientos se volvieron frenéticos, su cuerpo tensándose mientras buscaba el clímax.
Jimin sintió la oleada de placer recorriendo su propia columna, una explosión de blanco que lo dejó sin aliento. Se aferró a Jungkook con todas sus fuerzas mientras ambos llegaban al final juntos, sus gritos perdiéndose en las vigas del techo del laboratorio.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de sus alientos pesados y el goteo lejano de algún tanque de fluidos. Jungkook se desplomó sobre Jimin, ocultando su rostro en el hueco de su cuello, mientras Jimin lo abrazaba, acariciando su cabello sudado.
Se quedaron así durante mucho tiempo, dejando que sus corazones recuperaran su ritmo normal. El metal de la mesa ya no se sentía frío; estaba templado por el calor de sus cuerpos unidos.
—¿Estás bien? —preguntó Jungkook finalmente, su voz apenas un susurro ronco.
Jimin sonrió, una sonrisa genuina y llena de paz, algo que no había sentido en años.
—Nunca he estado mejor, Kook. Me siento... libre.
Jungkook se separó un poco para mirarlo. Le apartó un mechón de cabello rubio de la frente y le dio un beso suave en la nariz.
—Mañana será difícil —advirtió Jungkook—. La gente hablará. Mingyu no se quedará callado. Tus padres volverán a llamar.
Jimin tomó la mano de Jungkook y la llevó a sus labios, besando los nudillos tatuados.
—Que hablen. Que griten. Que intenten romperlo todo otra vez —dijo Jimin con una firmeza que sorprendió incluso a Jungkook—. Ya no vivo en una vitrina, Kook. Estoy aquí, en el suelo, contigo. Y prefiero mil veces estar manchado de grasa y ser el blanco de las críticas que volver a ser el chico perfecto que se muere por dentro.
Jungkook sonrió, esa sonrisa ladeada que era solo para Jimin, y lo estrechó de nuevo contra su pecho.
—Entonces, bienvenido al mundo real, Park Jimin. Te prometo que, aunque el suelo sea duro, nunca dejaré que caigas solo.
Se vistieron lentamente, compartiendo besos castos y caricias perezosas entre prenda y prenda. El laboratorio, que antes era un lugar de máquinas frías, ahora guardaba el secreto de su unión más pura. Cuando finalmente salieron del edificio, el campus estaba sumido en la oscuridad, pero las luces de la ciudad brillaban con una intensidad nueva.
Caminaron hacia la motocicleta de Jungkook, estacionada bajo una farola. Jimin se subió detrás de él, rodeando su cintura con fuerza y apoyando la mejilla en su espalda. Mientras Jungkook arrancaba el motor y se alejaban hacia el departamento de los becados, Jimin cerró los ojos y respiró hondo.
El aire ya no quemaba. El veneno se había ido. Y por primera vez, Park Jimin no tenía miedo de lo que traería el amanecer.