into you
Veneno en el pedestal
La humillación tiene un sabor metálico, similar al de la sangre que brota cuando te muerdes la lengua para no gritar. Jimin lo aprendió esa misma tarde, bajo el cielo plomizo que amenazaba tormenta sobre el patio central de la Universidad de Artes.
La ruptura con Mingyu no había sido el final, sino el prólogo de una ejecución pública. Mingyu no era el tipo de hombre que aceptaba un "no" por respuesta, y mucho menos de alguien a quien consideraba de su propiedad. Si Jimin había decidido romper la vitrina de cristal, Mingyu se encargaría de que los cristales rotos se le clavaran profundamente.
—¡Escuchad todos! —La voz de Mingyu resonó, potente y cargada de una falsa jovialidad que hizo que los estudiantes que transitaban por la plaza se detuvieran—. Parece que nuestro "chico dorado" ha perdido el brillo.
Jimin, que intentaba cruzar el patio con la cabeza gacha y los libros apretados contra el pecho, se quedó paralizado. Sintió cómo el círculo de curiosos comenzaba a cerrarse a su alrededor. Taehyung intentó dar un paso al frente para intervenir, pero Yeri lo sujetó del brazo, negando con la cabeza. Esto era algo que Jimin debía enfrentar solo, o eso dictaba la cruel jerarquía del campus.
—¿Qué quieres, Mingyu? —preguntó Jimin, tratando de que su voz no temblara—. Ya te dije todo lo que tenía que decirte en el club. Déjame en paz.
Mingyu soltó una carcajada estridente y caminó hacia él con la arrogancia de quien se sabe impune. Se detuvo a escasos centímetros, obligando a Jimin a retroceder hasta chocar con la fuente de mármol.
—¿Dejarte en paz? —Mingyu sonrió, pero sus ojos estaban inyectados en una furia fría—. Después de cómo me dejaste plantado, después de hacerme perder el tiempo con tus inseguridades de niño rico... No, Jimin. No te vas a ir así de fácil. ¿Sabéis qué es lo más gracioso de Park Jimin?
Mingyu se giró hacia la multitud, señalando a Jimin como si fuera una atracción de feria.
—Que se cree especial. Se cree que está por encima de nosotros porque tiene un apellido y una cara bonita. Pero por dentro, está vacío. Es un juguete roto que nadie quiere. ¿Sabéis por qué me dejó? Porque no puede soportar que alguien lo vea de verdad. Tiene tanto miedo de que descubráis lo patético que es, que prefiere huir antes de que alguien se dé cuenta de que no vale nada.
—Basta, Mingyu —susurró Jimin, sintiendo que las lágrimas picaban en sus ojos. No quería llorar. No frente a él. No frente a todos—. No hagas esto.
—¿No haga qué? ¿Decir la verdad? —Mingyu le arrebató los libros de las manos y los tiró al suelo. Las hojas se desparramaron por el pavimento húmedo—. Mírate. Sin mi brazo sobre tus hombros, no eres nadie. Eres solo un rubio con ropa cara y el alma podrida de miedo. Me das lástima, Jimin. Eres tan insignificante que hasta el aire que respiras parece un desperdicio.
A unos metros de allí, apoyado contra una de las columnas del edificio de talleres, Jeon Jungkook observaba la escena. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los puños dentro de los bolsillos de su sudadera negra. Cada palabra que salía de la boca de Mingyu era como un latigazo en su propia espalda. Quería correr, quería estampar el puño contra la mandíbula perfecta de Mingyu y sacar a Jimin de allí, llevarlo a un lugar donde nadie pudiera tocarlo.
Pero no se movió.
—¿No vas a hacer nada? —Yoongi apareció a su lado, con la mirada fija en el centro del patio—. Lo está destruyendo, Kook.
—Él eligió ese mundo, Yoongi —respondió Jungkook, aunque su voz sonaba ronca, como si estuviera tragando cristales—. Él eligió a Mingyu para darme celos. Él eligió el estatus por encima de la verdad. Si intervengo ahora, solo confirmaré lo que Mingyu quiere: que Jimin necesita un salvador porque es débil.
—No es debilidad, es humanidad —susurró Yoongi—. Pero tienes razón. Si lo salvas tú, nunca aprenderá a salvarse a sí mismo.
Jungkook apretó los dientes tanto que le dolió la mandíbula. Sus ojos oscuros estaban clavados en la figura encogida de Jimin. Ver al chico que había besado con tanta pasión, al chico que solía reír con libertad en la clandestinidad, siendo humillado de esa forma, era una tortura. Pero Jungkook se obligó a permanecer inmóvil. Jimin necesitaba sentir el peso de sus decisiones. Necesitaba entender que el mundo de cristal que tanto protegía no era más que una prisión de espejos que Mingyu acababa de romper.
—¿Por qué no dices nada, Jimin? —continuó Mingyu, disfrutando del silencio sepulcral de la audiencia—. ¿Dónde está esa arrogancia de los Park? ¿Dónde está el chico que se cree mejor que todos los becados de esta universidad? Ah, claro. Se ha quedado en nada. Eres una cáscara vacía.
Mingyu se acercó más, bajando la voz para que solo Jimin pudiera escucharlo, aunque el silencio era tal que sus palabras flotaron en el aire.
—No eres más que un cobarde, Jimin. Y te quedarás solo. Porque nadie, absolutamente nadie, querría estar con alguien tan falso como tú.
Mingyu estiró la mano y, con un gesto de desprecio absoluto, empujó a Jimin por el hombro. El rubio, desequilibrado y con el alma ya por los suelos, tropezó con el borde de la fuente y cayó hacia atrás. El agua fría lo empapó al instante, y el sonido del chapuzón fue seguido por algunas risas crueles de los seguidores de Mingyu.
Jimin se quedó allí, sentado en el agua poco profunda de la fuente, con la ropa de diseño arruinada y el cabello rubio pegado a la frente. El frío del agua no era nada comparado con el vacío gélido que sentía en el pecho. Levantó la vista y, entre la multitud de rostros que lo miraban con burla o lástima, sus ojos encontraron los de Jungkook.
Fue un segundo eterno.
Jimin esperaba ver odio. Esperaba ver satisfacción. Esperaba que Jungkook se riera de él, que le devolviera todas las veces que Jimin lo había ignorado en los pasillos. Pero lo que encontró en la mirada de Jungkook fue algo mucho peor: una indiferencia forzada que ocultaba una agonía compartida. Jungkook no se movió. No le tendió la mano. No se burló. Simplemente se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria, desapareciendo entre las sombras de los talleres.
Ese fue el golpe final.
Jimin agachó la cabeza, dejando que las lágrimas se mezclaran con el agua de la fuente. Mingyu, satisfecho con su obra, se alejó entre risas, seguido por su séquito. Poco a poco, la multitud se dispersó, dejando a Jimin solo en el centro del patio, empapado y roto.
Taehyung corrió hacia él en cuanto Mingyu se alejó lo suficiente.
—¡Jimin! Dios mío, ven aquí —Taehyung se metió en la fuente sin importarle sus propios zapatos y ayudó a su amigo a levantarse—. Ese imbécil... lo va a pagar, te lo juro.
—No, Tae —susurró Jimin, temblando violentamente—. Él tiene razón. Soy un cobarde. Lo perdí todo por tener miedo a la sombra de lo que la gente pensara de mí.
—No digas eso. Vamos a casa, necesitas cambiarte.
—Me vio, Tae —dijo Jimin, mirando hacia el lugar donde Jungkook había estado parado—. Me vio y no hizo nada. Me lo merezco. Me merezco cada segundo de esto.
***
Dos horas después, Jimin estaba envuelto en una manta en el sofá del apartamento de Taehyung. El calor de la calefacción no lograba quitarle el frío de los huesos. Taehyung le había preparado un té, pero Jimin no lo había tocado.
—No puedes quedarte así, Jimin —dijo Taehyung, sentándose a su lado—. Mingyu es un psicópata, pero lo que hizo hoy fue porque sabe que le tienes miedo. Tienes que enfrentarlo.
—No es a Mingyu a quien tengo que enfrentar —respondió Jimin, con la voz apagada—. Es a mí mismo. Tenía razón Jungkook. He vivido para los demás tanto tiempo que ya no sé quién soy cuando no hay nadie mirando.
—¿Vas a buscarlo? —preguntó Taehyung con cautela.
—No lo sé. Hoy me miró como si fuera un extraño. Como si ya no quedara nada del Jimin que él conoció en aquel aula de música. Y lo entiendo. Yo también me miro al espejo y no reconozco a la persona que permitió que Mingyu le hiciera eso.
En ese momento, el timbre del apartamento sonó. Taehyung se levantó, extrañado, y fue a abrir. Jimin no se movió, sumido en sus pensamientos, hasta que escuchó una voz que hizo que su corazón diera un vuelco violento.
—¿Está aquí? —La voz era profunda, áspera y cargada de una tensión mal contenida.
—Jungkook... —murmuró Taehyung—. Sí, está en el salón. Pero no sé si es el mejor momento.
—Solo quiero hablar con él. Cinco minutos.
Jimin se puso de pie, dejando caer la manta al suelo. Sus piernas temblaban mientras caminaba hacia la entrada. Allí, bajo el marco de la puerta, estaba Jungkook. Todavía llevaba la sudadera negra, y su cabello pelinegro estaba ligeramente húmedo por la lluvia que había empezado a caer fuera. Sus ojos estaban rojos, como si hubiera estado luchando contra una tormenta interna.
Taehyung miró a Jimin, quien asintió levemente, y luego se retiró a la cocina, dejándolos solos en el pequeño recibidor.
El silencio entre ellos era insoportable. Había tantas cosas que decir, tantas disculpas pendientes, tanta rabia acumulada.
—¿Has venido a burlarte? —preguntó Jimin, tratando de sonar valiente, aunque su voz se quebró al final—. ¿A ver si todavía estoy goteando agua de la fuente?
Jungkook dio un paso hacia él, cerrando la puerta tras de sí. Su presencia llenó el espacio de inmediato, haciendo que Jimin se sintiera pequeño y vulnerable.
—Casi lo mato, Jimin —dijo Jungkook, su voz era un gruñido bajo—. Estuve a punto de saltar sobre él y destrozarle la cara frente a todo el mundo. No tienes idea de lo que me costó quedarme quieto.
Jimin soltó una risa amarga, desviando la mirada.
—¿Y por qué no lo hiciste? Hubiera sido un gran espectáculo. El becado salvando al príncipe destronado.
—Porque no eres un príncipe, Jimin. Y yo no soy tu salvador —Jungkook lo tomó por los hombros, obligándolo a mirarlo. Sus manos tatuadas estaban calientes contra la piel fría de Jimin—. No lo hice porque si te sacaba de allí, mañana Mingyu te haría algo peor. Tenías que ver quiénes son realmente esas personas a las que tanto temes decepcionar. Tenías que ver que su respeto no vale nada.
—¡Ya lo he visto! —gritó Jimin, empujando el pecho de Jungkook—. ¡Lo he visto y duele! Duele que me traten como basura, pero duele más que tú te quedaras allí mirando como si no te importara. ¡Como si yo no fuera nada para ti!
Jungkook lo sacudió levemente, sus ojos brillando con una intensidad feroz.
—¡Me importa tanto que me quema, maldita sea! —rugió Jungkook—. Me quedé allí porque quería que sintieras lo que yo sentía cada vez que me soltabas la mano. Quería que entendieras lo que es ser el centro de las miradas de odio. Pero ver tus ojos cuando caíste en esa fuente... Jimin, sentí que me moría.
Jungkook soltó sus hombros y retrocedió, pasándose una mano por el cabello con frustración.
—Fui un cobarde por no ayudarte —admitió Jungkook, bajando la voz—. Pero tú fuiste un cobarde por elegir a ese tipo antes que a ti mismo. Ahora estamos iguales, ¿no? Dos cobardes mirándose en un pasillo.
Jimin sintió que las lágrimas volvían a caer, pero esta vez no eran de humillación, sino de un alivio doloroso. Se acercó a Jungkook, acortando la distancia que él mismo había creado meses atrás.
—¿Todavía me odias? —preguntó Jimin en un susurro.
Jungkook levantó la vista. Su expresión se suavizó, y por un momento, Jimin volvió a ver al chico que lo amaba en las sombras.
—No te odio, Jimin. Nunca podría odiarte. Pero no puedo volver a esto si vas a seguir teniendo miedo. No puedo ser el parche de tu soledad mientras esperas a que aparezca otro Mingyu que sea "aceptable" para tus padres.
—No habrá otro —prometió Jimin, dando un paso más, hasta que sus pechos casi se tocaban—. He perdido mi reputación hoy, Jungkook. He perdido mi estatus. Ya no tengo nada que proteger excepto lo que siento por ti.
Jungkook soltó un suspiro pesado, una mezcla de rendición y deseo. Su mano subió lentamente hacia el rostro de Jimin, acariciando su mejilla con el pulgar. El contacto hizo que Jimin cerrara los ojos, inclinándose hacia el calor de su mano.
—Mingyu no se va a detener —advirtió Jungkook—. Mañana toda la universidad hablará de esto. Se inventará mentiras, intentará hundirte más.
—Que hable —dijo Jimin, abriendo los ojos con una determinación que Jungkook nunca le había visto—. Que digan lo que quieran. Mientras tú no me sueltes la mano, pueden quemar la universidad entera si quieren.
Jungkook no respondió con palabras. Se inclinó y unió sus labios con los de Jimin en un beso que sabía a lluvia, a té frío y a una redención desesperada. No fue un beso suave; fue una batalla, una reclamación de todo lo que se les había arrebatado. Jimin enredó sus dedos en el cabello pelinegro de Jungkook, atrayéndolo más hacia sí, como si quisiera fundirse con él y desaparecer del resto del mundo.
Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento. Jungkook apoyó su frente contra la de Jimin, cerrando los ojos.
—Esto no va a ser fácil, rubio —susurró Jungkook—. Sana está ahí fuera, y yo... le hice una promesa de intentarlo.
Jimin sintió una punzada de celos, pero asintió. Sabía que no podía esperar que todo volviera a la normalidad en un segundo. Había roto el corazón de Jungkook, y ahora tendría que ganárselo de nuevo, pieza por pieza.
—Lo sé —dijo Jimin—. Pero esta vez, no voy a esconderme. Mañana voy a entrar en esa universidad y no me va a importar quién me mire. Porque voy a buscarte a ti. Y si quieres estar conmigo, tendrás que estar listo para que todos nos vean.
Jungkook sonrió de lado, esa sonrisa ladeada que siempre hacía que el corazón de Jimin diera un vuelco.
—Eso es lo que he estado esperando desde el primer día, Park.
Esa noche, Jimin no durmió por el miedo a Mingyu o por la vergüenza de la fuente. Durmió pensando en el calor de las manos de Jungkook y en la comprensión de que, a veces, hay que caer muy profundo para darse cuenta de que el suelo no es el final, sino el lugar donde puedes empezar a construir algo real.
La guerra contra la élite apenas estaba comenzando, y Jimin sabía que Mingyu no se quedaría de brazos cruzados. Pero por primera vez, el chico de oro no tenía miedo de mancharse las manos. El cristal se había roto, y bajo los fragmentos, finalmente estaba empezando a respirar.
Al día siguiente, el sol salió con una timidez inusual. Jimin se vistió con algo sencillo, ignorando la ropa de marca que solía ser su armadura. Salió del apartamento de Taehyung con la cabeza alta. Sabía que las miradas en el campus serían dagas, que los susurros serían veneno. Pero también sabía que, en algún lugar entre los talleres y el ruido de los motores, había un par de ojos oscuros que lo estarían esperando.
Y esta vez, Jimin no soltaría su mano. Ni por todo el oro del mundo.