Joonham
𝓣𝓱𝓮 𝓓𝓪𝓷𝓰𝓮𝓻𝓸𝓾𝓼 𝓔𝓭𝓰𝓮
El lunes por la mañana, el aire en la universidad de varones de Shanghai se sentía más denso que de costumbre. El aula de Derecho y Ética Republicana era un santuario de mármol frío y madera de caoba donde el silencio solo era interrumpido por el chirrido de las plumas sobre el papel. Yo estaba hundido en mi asiento, con los ojos fijos en el gran reloj de pared.
—¡Señor Li Zhanwei! —El grito del profesor Zhang cortó el aire como un látigo—. ¡Póngase en pie inmediatamente!
Me levanté con la torpeza que me caracterizaba, golpeando mi rodilla contra el borde del pupitre. Un par de risas sofocadas resonaron a mis espaldas.
—Dígame, Li —continuó Zhang, acercándose con las manos entrelazadas tras la espalda—, ¿está usted presente en este salón o sigue soñando con las melodías prohibidas de los suburbios? He revisado su último ensayo sobre la jerarquía social y es... mediocre. Una falta de respeto a su linaje.
—Lo siento, profesor. No volverá a ocurrir —murmuré, sintiendo el calor de la humillación subiendo por mi cuello.
—Eso dice siempre. Usted es la prueba viviente de que el dinero no compra la disciplina. Es una vergüenza para...
Sus palabras se cortaron cuando la pesada puerta doble se abrió de par en par. El Decano, un hombre pequeño de bigote perfectamente recortado, entró con una solemnidad casi cómica. A su lado, con una postura que desafiaba la rigidez del edificio, estaba él.
Joonho vestía el uniforme de la universidad, pero de alguna manera lograba que pareciera una prenda de alta costura. Llevaba el cabello ligeramente despeinado y esa misma mirada de "sé algo que tú no sabes" que me había cautivado en el bar.
—Profesor Zhang, lamento la interrupción —dijo el Decano—. Quisiera presentarles a un nuevo estudiante que se incorpora a nuestra facultad. Choi Joonho, viene de una familia distinguida de Corea y ha demostrado un talento excepcional en sus estudios previos.
Mis compañeros, los mismos que se habían reído de mí hace un segundo, ahora miraban a Joonho con una mezcla de curiosidad y respeto. Él paseó la vista por el aula hasta que sus ojos se encontraron con los míos. No hizo ningún gesto, pero la comisura de sus labios se elevó apenas un milímetro.
—Señor Choi —dijo Zhang, recuperando la compostura—, puede sentarse. Li, siéntese también y trate de aprender algo de la compostura de su nuevo compañero.
Joonho caminó con paso firme, pero en lugar de buscar un asiento cerca de mí, cruzó todo el salón y se sentó en la otra punta, junto a la ventana. El rechazo visual me dolió más de lo que quería admitir. Durante el resto de la clase, las risas de los demás estudiantes —Park Daehyun y el joven Tevin, que siempre estaban en el grupo de los populares— me llegaban como ecos distantes. Susurraban sobre el "nuevo coreano" y me lanzaban miradas burlonas. Estaba humillado, solo y confundido.
Cuando sonó la campana del recreo, todos se amontonaron alrededor de Joonho. Daehyun, con su elegancia innata, y Sunwoo, el más joven pero más ruidoso del grupo, ya estaban ofreciéndole mostrarle el campus. Joonho aceptó con una sonrisa fácil, integrándose como si hubiera nacido en ese lugar.
Yo me quedé en mi pupitre. Saqué un pequeño cuaderno que escondía dentro de mi libro de leyes y empecé a escribir. Las palabras fluían con una rabia contenida. Escribía sobre la falsedad de las apariencias y la soledad de ser el único que ve las grietas en el muro.
—Escribir en clase de leyes es un pecado capital, ¿no crees? —Una voz profunda interrumpió mis pensamientos.
Levanté la vista. Joonho estaba allí, solo. Sus nuevos "amigos" estaban a unos metros, esperándolo cerca de la puerta.
—Pensé que ya tenías un séquito —dije, tratando de sonar indiferente mientras cerraba el cuaderno de golpe.
—Son aburridos —respondió él, apoyando una mano en mi pupitre—. Hablan de linajes y de quién tiene el coche más rápido. Tú, en cambio, pareces estar planeando un incendio.
—Solo estoy haciendo mi tarea, Joonho.
—Mentira —susurró, inclinándose hacia delante—. Te veré esta noche en el bar, ¿verdad? El viejo Chen pregunta por su contrincante favorito.
—Tengo mucha tarea. Mi padre está vigilando cada movimiento que hago —dije, aunque por dentro me moría de ganas de decir que sí.
—Qué lástima —dijo él, enderezándose—. El jazz suena mejor cuando uno tiene cosas prohibidas que ocultar. No te tardes mucho en decidir quién quieres ser, Zhanwei.
Se dio la vuelta y se unió a los demás, dejándome con el corazón latiendo desbocado contra las costillas.
Al llegar a casa, el ambiente era aún más opresivo. En el salón principal, mi madre estaba sentada con la señora Wang. La hija de esta, una muchacha llamada Meiling, estaba sentada en un rincón bordando con una paciencia que me ponía los pelos de punta.
—¡Ah, Zhanwei! —exclamó mi madre al verme—. Ven aquí, hijo. Estábamos hablando de tu futuro.
Me senté en el sofá de seda, sintiéndome como un animal de exhibición.
—Zhanwei será un gran hombre, ya lo verán —dijo mi madre, acariciando mi mano con una frialdad que ella llamaba afecto—. Será un proveedor impecable, un padre devoto y un pilar de la comunidad. La mujer que se case con él será tan afortunada... tendrá una vida de paz y seguridad.
Yo solo sonreí mecánicamente. Miré a Meiling, que me dedicó una mirada tímida. Era una buena chica, pero para mí era como mirar un cuadro hermoso en un idioma que no podía leer. Sus ojos no tenían el fuego de Joonho. Su presencia no me hacía sentir que el mundo estaba a punto de explotar.
—Es un honor, señora Li —murmuró Meiling.
Escapé a mi habitación en cuanto pude. Cerré la puerta con llave y me dejé caer sobre la cama. Mis pensamientos eran un caos. Pensaba en Joonho, en la forma en que su chaqueta de cuero olía a tabaco y libertad. Luego me sentía asqueado conmigo mismo. "Es un hombre", me decía. "Esto es una enfermedad, una perversión que mi padre erradicaría con fuego". Pero por mucho que intentara leer mis libros de leyes, las palabras de los códigos civiles se transformaban en la caligrafía de la nota que él me había dejado.
El martes por la mañana llegué temprano a la universidad. Antes de entrar al edificio principal, pasé por la pequeña cabaña del conserje, el viejo Sr. Miura. Desde dentro, llegaba el sonido amortiguado de un gramófono. Era jazz. Un saxofón llorando una melodía de Nueva Orleans.
Me detuve y toqué la puerta. El Sr. Miura, un hombre japonés que había vivido en Shanghai por décadas, me invitó a pasar.
—Es una música extraña para un joven como usted, señor Li —dijo, ofreciéndome una silla desvencijada.
—Es la única música que parece decir la verdad, señor Miura —respondí, cerrando los ojos para dejar que el ritmo me envolviera—. En casa todo es silencio o sermones. Aquí... aquí parece que uno puede respirar.
—La música es peligrosa, joven. Le hace a uno desear cosas que no existen en los libros de texto. Tenga cuidado.
Mientras yo buscaba refugio en el jazz, lejos de allí, en los callejones oscuros que bordeaban el puerto de Shanghai, la vida de Choi Joonho era muy distinta a la del estudiante modelo que el Decano había presentado.
Joonho caminaba por un almacén abandonado, donde el olor a salitre y pescado podrido se mezclaba con el aroma del opio premium. Dos hombres con trajes oscuros y sombreros de ala ancha lo esperaban. Eran miembros de la Tríada Verde, la mafia que realmente gobernaba la ciudad bajo las sombras.
—El trabajo no está terminado, coreano —dijo uno de los hombres, lanzando un cigarrillo al suelo.
—Necesito tiempo —respondió Joonho, su voz era fría, carente de la calidez juguetona que usaba conmigo—. Entrar en la universidad y ganarme la confianza de los hijos de los magistrados no es algo que se haga en una tarde.
—No nos importa la universidad. Nos importa la deuda de tu padre. Y la única forma de que seas libre de nosotros es cumpliendo con el encargo.
El hombre sacó un sobre y se lo entregó a Joonho. Dentro había una fotografía, pero no era una de las mías. Era la foto de un hombre joven, de facciones afiladas y mirada gélida.
—Choi Johnny —dijo el mafioso—. Es un traidor. Se ha estado quedando con una parte de los cargamentos de armas que vienen de Japón. Encuéntralo y elimínalo. Solo entonces tu deuda quedará saldada y podrás seguir jugando a ser un fotógrafo bohemio.
Joonho miró la foto de Johnny. Sus dedos apretaron el papel hasta arrugarlo. Sabía que Johnny era peligroso, un hombre que no tenía nada que perder.
—Lo haré —dijo Joonho, guardando la foto en su chaqueta—. Pero manténganse alejados de la universidad. Si arruinan mi cobertura, nadie conseguirá lo que quiere.
Salió del almacén y caminó hacia la luz del día, ajustándose el uniforme de estudiante. El peso de la pistola oculta en su espalda baja era un recordatorio constante de que su libertad tenía un precio de sangre.
En su mente, por un breve momento, apareció mi imagen. Recordó mi torpeza al caer, mi mirada asustada en la iglesia y la pasión contenida en mis cuadernos. Yo era la luz que él no podía permitirse, el recordatorio de un mundo donde el amor no era una moneda de cambio.
—Zhanwei... —susurró para sí mismo, mientras encendía un cigarrillo—. No tienes idea del nido de serpientes en el que te estás metiendo.
Esa noche, mientras yo intentaba concentrarme en las leyes de propiedad, Joonho limpiaba su cámara en una habitación alquilada, preguntándose si sería capaz de apretar el gatillo contra alguien que compartía su propio apellido, mientras el eco de un saxofón lejano parecía burlarse de sus sueños de libertad. Shanghai seguía girando, ajena a que dos almas tan distintas estaban a punto de colisionar en una explosión que ninguno de los dos podría controlar.