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Joonham

𝓣𝓱𝓮 𝓢𝓲𝓵𝓿𝓮𝓻 𝓒𝓪𝓰𝓮

La noche del jueves en Shanghai no era oscura, era de un azul eléctrico y denso, cargado con el aroma a jazmín y el humo acre que emanaba de las fábricas del puerto. En la mansión de los Li, el silencio era absoluto, una capa de barniz sobre una estructura que se pudría por dentro. Mis padres dormían tras puertas de roble, convencidos de que su hijo era un modelo de virtud confuciana que descansaba para sus exámenes de derecho.

Qué poco me conocían.

Me despojé del pijama de seda y me puse unos pantalones de pinzas gris oscuro, una camisa blanca de cuello almidonado y un chaleco de lana fina. Me miré al espejo. El chico que me devolvía la mirada tenía los ojos inyectados en sangre por el cansancio, pero había un brillo de anticipación que me hacía parecer vivo. Salté por la ventana con la destreza de quien ya ha convertido la fuga en un arte. Al aterrizar sobre la hierba húmeda, sentí que los pulmones se me expandían por primera vez en veinticuatro horas.

Caminé rápido, evitando las patrullas de la policía municipal, hasta que los edificios de piedra europea dieron paso a los callejones estrechos de la zona baja. Allí, los carteles de neón en caracteres chinos y franceses parpadeaban como ojos enfermos.

—¡El joven Li! —exclamó el viejo Chen en cuanto crucé el umbral de "El Dragón de Humo"—. Pensé que te habías convertido en un fantasma. Hay al menos tres chicas en el burdel de arriba que preguntan si el chico de los ojos tristes ha vuelto para dedicarles un poema.

Me reí, sintiendo el calor del local envolverme como una manta sucia pero acogedora.

—Diles que hoy mi corazón pertenece al Go y al whisky, Chen. No tengo versos para repartir.

Me abrí paso entre las mesas. El lugar estaba a reventar. En una esquina, un hombre tocaba un piano desafinado, intentando seguir el ritmo de una trompeta que sonaba desde un gramófono en la barra. A pesar de la decrepitud, este era mi hogar mucho más que la mansión de Seocho-gu. Aquí, nadie esperaba que yo fuera un pilar de la sociedad.

Busqué con la mirada la mesa del fondo. Y allí estaba él.

Joonho no llevaba el uniforme de la universidad. Vestía una camisa negra desabrochada en el cuello y tenía la cámara Leica descansando sobre la mesa, como si fuera un arma lista para ser disparada. Al verme, sus ojos se iluminaron con una malicia juguetona.

—Llegas tarde, Zhanwei —dijo, señalando la silla frente a él—. Empezaba a pensar que tu madre te había encerrado bajo siete llaves.

—Casi —respondí, sentándome y suspirando con alivio—. Tuve que escuchar una disertación de dos horas sobre por qué el ahorro es la base de una familia próspera. Dios, Joonho, a veces siento que mi casa es un mausoleo.

Joonho soltó una carcajada y empujó un vaso de licor ámbar hacia mí.

—Bebe. Te ayudará a olvidar el olor a incienso y virtud.

Empezamos a jugar al Go. Mis movimientos eran erráticos, mis dedos rozaban los suyos al colocar las piedras sobre el tablero de madera desgastada. Joonho jugaba con una precisión quirúrgica, como si cada ficha fuera un paso en una estrategia mucho más grande que el juego mismo.

—He visto a tus amigos en el campus —dije, tratando de sonar casual—. Daehyun y Sunwoo parecen haberte adoptado.

—Son útiles —respondió él, moviendo una piedra negra que cercó tres de mis blancas—. Daehyun sabe quién mueve el dinero en la universidad y Sunwoo... bueno, Sunwoo sabe dónde se guardan los secretos de los profesores. Pero son ruidosos. Prefiero la compañía de alguien que sepa apreciar el silencio de un callejón.

En ese momento, una mujer joven, vestida con un qipao de seda roja excesivamente ajustado y los labios pintados de un carmesí violento, se acercó a nuestra mesa. Se apoyó en el hombro de Joonho, dejando que el humo de su cigarrillo largo flotara sobre nosotros.

—Hola, guapo —dijo ella, ignorándome por completo—. No te he visto por aquí antes. ¿Eres nuevo en la ciudad o solo estás de paso por mi cama?

Joonho no se inmutó. Le dedicó una sonrisa de medio lado, esa que hacía que se me apretara el estómago.

—Soy un viajero, preciosa. Y los viajeros nunca se quedan en un solo lugar demasiado tiempo.

—Qué pena —murmuró ella, pasando un dedo por la mandíbula de Joonho—. Si cambias de opinión, estoy en la habitación cuatro. Pregunta por Rose.

Cuando ella se alejó, Joonho volvió a mirarme. Yo estaba bebiendo con demasiada rapidez, sintiendo una punzada de algo que se parecía mucho a los celos, aunque me negaba a admitirlo. Saqué mi pitaca y encendí un cigarrillo, dejando que el humo me ocultara la expresión.

—Tienes éxito —dije con voz ronca.

—Es Shanghai, Zhanwei. Aquí todo está en venta —Joonho dejó las fichas de Go a un lado y se reclinó en el sofá de cuero raído que había en el rincón más oscuro del bar. Me hizo un gesto para que me sentara a su lado.

Me moví con torpeza, sintiendo el calor de su cuerpo a pocos centímetros del mío. El ruido del bar parecía desvanecerse, dejándonos en una burbuja de penumbra y confesiones a medias.

—Dime una cosa —dijo Joonho de repente, bajando la voz hasta convertirla en un susurro vibrante—. ¿Cuánto crees que debo pagar por una prostituta aquí? Una de las buenas, no como Rose.

Me atraganté con el humo y solté una tos violenta. Me giré hacia él, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué? ¿Por qué me preguntas eso a mí?

—Tienes cara de saber el precio de las cosas prohibidas, aunque no las compres —dijo él, mirándome con una intensidad que me desnudaba—. Además, tengo curiosidad por el mercado local.

—No lo sé, Joonho. Y no entiendo por qué querrías gastar tu dinero en eso. Es... es vacío.

Joonho se encogió de hombros, estirando sus largas piernas.

—Es deseo sexual, Zhanwei. ¿Qué pasa? ¿Nunca lo has sentido? ¿Nunca has sentido esa urgencia que te quema las entrañas y que no te deja dormir por las noches?

Me quedé helado. Mi mente voló a las noches en vela en mi habitación, a las imágenes de hombres en los libros de arte que escondía bajo mi cama, a la forma en que el corazón me latía cuando Joonho me miraba así.

—Yo... —empecé, pero las palabras se me atascaron en la garganta—. Mis padres dicen que esos impulsos deben ser controlados. Que la castidad es una forma de honor.

—Tus padres son unos mentirosos —sentenció Joonho—. El honor no te da calor en invierno. El honor no te hace sentir que la sangre te corre por las venas. Eres un hombre de diecinueve años, Zhanwei. Si no sientes deseo, es que estás muerto por dentro. Y yo sé que no estás muerto. Te he visto escribir. Te he visto mirar a la gente.

—Es diferente —protesté, sintiendo que el espacio entre nosotros se reducía—. El deseo del que hablas es... comercial. Yo quiero algo más.

—¿Algo más? —Joonho se acercó tanto que pude oler el whisky en su aliento—. ¿Cómo qué? ¿Un romance de novela? ¿Poemas a la luz de la luna? Eso no existe en este mundo, pajarito. Aquí solo hay necesidad y alivio.

—No te creo —dije, reuniendo un valor que no sabía que tenía—. Creo que eres un cínico porque tienes miedo de querer algo que no puedas comprar con una cámara o con una pistola.

Joonho se quedó rígido. Sus ojos se oscurecieron y por un momento pensé que se levantaría y se iría. Pero en lugar de eso, soltó una risa seca y amarga.

—Eres más inteligente de lo que pareces, Li Zhanwei. Y mucho más peligroso.

—¿Peligroso yo? —me reí, mirando mis manos finas y pálidas—. Soy el chico más inútil de Shanghai. No sé pelear, no sé negociar y ni siquiera sé cómo hablarle a una mujer sin tartamudear.

—No necesitas nada de eso —dijo Joonho, extendiendo una mano para tocar un mechón de mi pelo que me caía sobre la frente. Su tacto fue eléctrico, una descarga que me recorrió la columna—. Tu peligro radica en que haces que la gente quiera protegerte. Y en este mundo, querer proteger a alguien es la forma más rápida de morir.

Nos quedamos en silencio, sumergidos en el caos del bar que nos rodeaba. A lo lejos, escuché a Tevin riendo con otros chicos de la universidad. Parecían estar celebrando algo, probablemente una apuesta ganada en las carreras de caballos. Shanghai era así: una fiesta constante sobre un cementerio.

—Joonho —susurré—, ¿por qué estás aquí realmente? No me digas que es por la fotografía. Te vi en la iglesia. Te vi mirando a la gente como si estuvieras buscando a alguien a quien cazar.

Él retiró la mano y su expresión se volvió una máscara de hierro.

—Todos cazamos algo, Zhanwei. Tú cazas libertad. Yo cazo fantasmas.

—¿Qué fantasmas?

—Fantasmas con mi propio nombre —dijo, y su voz tenía un filo que me asustó—. Hay un hombre en esta ciudad, un coreano llamado Johnny. Es... alguien a quien debo encontrar. Si lo ves, si oyes su nombre en los círculos de tu padre, prométeme que me lo dirás.

—¿Johnny? —fruncí el ceño—. Creo que he oído ese nombre. Mi padre mencionó a un "Sr. Choi" que estaba causando problemas en las aduanas. Dijo que era un hombre sin escrúpulos.

Joonho apretó los dientes.

—Ese es él. Escúchame bien, Zhanwei. No te acerques a él. Si alguna vez lo ves, corre en dirección opuesta. Él no es como yo. Él no tiene límites.

—¿Y tú sí los tienes? —pregunté, desafiándolo con la mirada.

Joonho se inclinó y, por un segundo eterno, pensé que me besaría. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en sus iris oscuros.

—Mis límites son los que yo decido —dijo contra mis labios—. Y ahora mismo, mi límite es no dejar que te rompan las alas antes de que aprendas a volar.

Se levantó bruscamente, rompiendo el hechizo.

—Me voy. Tengo trabajo que hacer en los muelles.

—¿A esta hora? —me levanté también, sintiéndome repentinamente solo—. Es peligroso.

—El peligro es mi estado natural —se puso su chaqueta y me miró una última vez—. Vuelve a casa, Zhanwei. Escribe algo hermoso. Y no pienses demasiado en el precio de las prostitutas. Fue una pregunta estúpida.

Lo vi salir del bar, su figura alta y decidida perdiéndose entre la multitud. Me quedé allí parado, sintiéndome más vacío que cuando llegué.

Al regresar a la mansión, Mei me estaba esperando en la cocina, tomando un té en la penumbra.

—Ha vuelto tarde, joven —dijo con voz suave, sin reproche—. Su padre preguntó por usted hace una hora. Le dije que estaba en la biblioteca, estudiando hasta tarde.

—Gracias, Mei —me acerqué y le di un beso en la mejilla—. Eres mi ángel de la guarda.

—Los ángeles no viven en Shanghai, niño —respondió ella con una tristeza infinita—. Aquí solo hay personas tratando de sobrevivir al mañana. Tenga cuidado con ese muchacho coreano. Lo vi desde la ventana cuando lo trajo el otro día. Tiene ojos de tormenta.

—La tormenta es mejor que este aire estancado, Mei.

Subí a mi habitación y me senté frente a la máquina de escribir. El papel en blanco me desafiaba. Empecé a teclear, pero no eran cuentos de jazz ni poemas de amor. Eran las palabras de Joonho. *¿Nunca lo has sentido? ¿Esa urgencia que te quema las entrañas?*

Mis dedos temblaban. Sí, la sentía. La sentía cada vez que él me miraba, cada vez que su voz rozaba mi piel. Era un deseo que no tenía nombre en los libros de mis padres, una enfermedad que no quería curar.

A través de la ventana, vi las luces del puerto parpadear. En algún lugar de esa oscuridad, Joonho estaba cazando fantasmas. Y yo, Li Zhanwei, el hijo perfecto de una familia rota, estaba empezando a entender que mi jaula de plata no era para protegerme del mundo, sino para proteger al mundo de lo que yo era capaz de sentir.

Me acosté, pero el sueño no llegó. Solo el eco de un saxofón lejano y la imagen de un hombre con una cámara y un secreto, que me prometía un infierno mucho más dulce que cualquier paraíso que mis padres pudieran ofrecerme.

El viernes sería otro día de máscaras. Pero ahora, bajo la máscara, había un incendio que nadie podría apagar.

***

**POV: JOONHO**

Caminaba hacia el Sector 4 del puerto, sintiendo el peso de la Browning 1910 contra mi cadera. Las palabras de Zhanwei seguían martilleando en mi cabeza. *¿Crees que eres un cínico porque tienes miedo de querer algo que no puedas comprar?*

Maldito niño rico. Tenía una forma de ver a través de mis defensas que me ponía enfermo.

Me detuve en un rincón oscuro, donde el agua del río Huangpu golpeaba contra los pilares de madera podrida. Saqué la foto de Johnny.

—Te voy a encontrar —susurré al viento frío—. Y cuando lo haga, voy a asegurarme de que nunca vuelvas a poner un pie en la vida de nadie.

Pero mientras guardaba la foto, mi mente volvió a Zhanwei. A su torpeza, a su olor a sándalo y a la forma en que su boca se abría ligeramente cuando estaba confundido.

En este juego de sombras, él era la única luz. Y yo sabía, con una certeza aterradora, que si no tenía cuidado, terminaría quemándolo hasta las cenizas. O peor aún, él terminaría haciéndome creer que yo también merecía ser salvado.

Y en Shanghai, en 1930, la salvación era el cuento más peligroso de todos.