Joy
El Tesoro del Parque y el Pacto de las Mochilas
La primera semana de ser "novios" había sido, en opinión de Megumi, la más ajetreada de su corta vida. No es que hubiera cambiado mucho su rutina de despertar, desayunar con Tsumiki y caminar a la escuela, pero ahora sentía una responsabilidad nueva que pesaba en sus hombros tanto como su mochila azul marino.
Era martes por la tarde. El cielo estaba despejado, de un azul tan intenso que casi dolía mirarlo, y el aire traía consigo el aroma del césped recién cortado. Megumi estaba sentado en su pupitre, terminando de guardar sus lápices de colores. Se aseguraba de que el color verde estuviera junto al azul y el rojo junto al naranja. El orden le daba paz.
—¡Fushiguro! ¡Fushiguro! —El grito llegó antes que el niño.
Yuji Itadori irrumpió en el salón de clases de Megumi como un pequeño torbellino. Tenía una mancha de pintura amarilla en la mejilla y el cabello rosado más alborotado que de costumbre. Se detuvo frente al pupitre de Megumi, apoyando las manos en la madera y respirando con dificultad.
—Hola, Itadori —saludó Megumi, levantando la vista con su habitual calma—. ¿Por qué corres tanto? Todavía no han dado el toque de salida.
—¡Es que encontré algo! —Yuji bajó la voz a un susurro conspiranoico, inclinándose hacia adelante—. Encontré un mapa, Fushiguro. Un mapa de verdad.
Megumi arqueó una ceja, intrigado a pesar de sí mismo.
—¿Un mapa? ¿De qué?
—¡De un tesoro! Estaba enterrado cerca del gran árbol de alcanfor, ese que tiene las raíces que parecen dedos de gigante. Bueno, no estaba enterrado profundo, solo un poco debajo de unas hojas secas.
Yuji sacó un trozo de papel arrugado y algo sucio de su bolsillo. Megumi lo observó con detenimiento. Eran dibujos hechos con crayones: una X roja muy grande, un dibujo que parecía un columpio y algo que podría ser un perro o un gato.
—Itadori —dijo Megumi con tono lógico—, eso parece un dibujo de los niños de preescolar.
—¡No! Es un mapa —insistió Yuji con los ojos brillando de emoción—. Y como somos novios, tenemos que ir a buscar el tesoro juntos. Mi abuelo dice que las parejas siempre van a aventuras. Como en las películas de piratas.
Megumi suspiró, pero una pequeña chispa de curiosidad se encendió en su pecho. No le interesaban mucho los tesoros (probablemente serían canicas viejas o piedras bonitas), pero le gustaba la idea de ir a una "aventura" con Yuji. Además, Yuji se veía tan feliz que decirle que no se sentía como romper una regla importante de su nuevo trato.
—Está bien —cedió Megumi, terminando de cerrar su mochila—. Pero tenemos que avisarle a Tsumiki. Ella nos está esperando en la puerta.
—¡Sí! ¡Vamos! —Yuji agarró la mano de Megumi y tiró de él hacia el pasillo.
Al llegar a la salida, Tsumiki los recibió con su sonrisa de siempre. Cuando los niños le explicaron, con mucha gesticulación por parte de Yuji y explicaciones breves por parte de Megumi, que debían realizar una expedición arqueológica antes de ir a casa, ella no pudo evitar reírse.
—Está bien, exploradores —dijo Tsumiki, ajustándose la correa de su propia mochila—. Los acompañaré al parque que está de camino a casa. Pero solo tenemos media hora, porque Megumi tiene que estudiar sus kanjis.
El parque era un lugar lleno de vida a esa hora. Había madres con cochecitos, ancianos leyendo el periódico y muchos niños gritando. Yuji guiaba el camino con una determinación férrea, sosteniendo el "mapa" en alto como si fuera una brújula sagrada.
—Por aquí —indicó Yuji, saltando sobre un charco pequeño—. Cuidado, Fushiguro, no te ensucies los zapatos, que luego te regañan.
—Estoy teniendo cuidado —respondió Megumi, caminando con cautela por el borde del sendero.
Llegaron al gran árbol de alcanfor. Sus ramas se extendían como brazos protectores sobre una zona de tierra removida y raíces nudosas. Yuji se arrodilló de inmediato, sin importarle que sus pantalones cortos se mancharan de marrón.
—El mapa dice que la X está justo donde la sombra de la rama más larga toca la raíz más gorda —explicó Yuji con total seriedad.
Megumi se quedó de pie a su lado, observando cómo Yuji empezaba a escarbar con una rama pequeña.
—¿Y qué crees que sea el tesoro? —preguntó Megumi en voz baja.
—Tal vez oro —aventuró Yuji—. O tal vez algo mejor. ¡Como una de esas tarjetas de edición limitada del Capitán Justicia!
Megumi se agachó también, dejando su mochila a un lado. Al ver que Yuji se esforzaba, decidió ayudar. Usó sus manos delgadas para apartar las piedras pequeñas y la tierra suelta. Sus dedos pálidos pronto se llenaron de polvo, pero no le importó. Había algo extrañamente reconfortante en trabajar juntos en una tarea tan absurda.
—¡Mira! —exclamó Yuji de repente—. ¡Hay algo ahí!
Bajo una capa de tierra húmeda, apareció una pequeña caja de metal, una antigua lata de caramelos de menta, oxidada en las esquinas. Los dos niños se quedaron mirando el objeto como si fuera el Santo Grial.
—Ábrela, Itadori —susurró Megumi—. Tú encontraste el mapa.
—No, ábrela tú —dijo Yuji, pasándole la lata—. Los novios comparten los descubrimientos. Tú eres el cerebro, así que tú debes inspeccionarlo.
Megumi tomó la lata fría. Con un poco de esfuerzo, logró vencer la resistencia de la tapa oxidada. Al abrirse, un olor a metal viejo y tierra los envolvió. Dentro no había oro, ni tarjetas brillantes.
Había una colección de objetos curiosos: una concha de mar perfectamente blanca, un anillo de plástico de los que salen en las máquinas de chicles, una moneda de cinco yenes y una foto vieja y algo borrosa de un perro pequeño.
—Oh —murmuró Yuji, un poco decepcionado—. No es oro.
Megumi, sin embargo, observaba los objetos con una fascinación distinta. Tomó el anillo de plástico; era de un color azul translúcido, un poco grande para sus dedos infantiles.
—Es un tesoro de recuerdos —dijo Megumi, recordando algo que Tsumiki le había explicado una vez sobre las cápsulas del tiempo—. Alguien puso esto aquí porque eran sus cosas favoritas.
Yuji recuperó el entusiasmo de inmediato.
—¡Es verdad! ¡Es un tesoro secreto! —Se rascó la nariz, dejando un rastro de tierra en ella—. Oye, Fushiguro... ¿nosotros deberíamos tener un tesoro?
Megumi lo miró, confundido.
—¿Para enterrarlo?
—¡Sí! Un tesoro de novios —propuso Yuji, sentándose sobre sus talones—. Para que cuando seamos viejos, como mi abuelo, vengamos aquí y lo encontremos. Así sabremos que siempre hemos sido novios.
La idea le pareció a Megumi extrañamente lógica y, por alguna razón, muy importante. Se llevó la mano al bolsillo y sacó una pequeña figura de un lobo negro que siempre llevaba consigo. Era su amuleto de la suerte.
—Yo pongo esto —dijo Megumi, extendiendo la figura.
Yuji abrió mucho los ojos.
—¡Pero si es tu favorito! No puedes enterrarlo, te vas a poner triste.
—Si es para nuestro tesoro, está bien —insistió Megumi, aunque sus dedos apretaron la figura un momento antes de soltarla—. Así el lobo cuidará las otras cosas.
Yuji sonrió, esa sonrisa que siempre hacía que Megumi sintiera un calorcito en el pecho. Él también buscó en su mochila. Sacó una pulsera de hilo rojo que él mismo había intentado tejer en la clase de manualidades. Estaba un poco deshilachada y el nudo era algo tosco.
—Mi abuelo dice que el hilo rojo une a las personas —dijo Yuji, colocando la pulsera en la lata junto al lobo de Megumi—. Así que, si enterramos esto, siempre estaremos unidos, aunque nos perdamos en el supermercado o algo así.
Megumi asintió solemnemente. Volvieron a cerrar la lata y la enterraron en el mismo lugar, cubriéndola con tierra y hojas para que nadie más pudiera encontrarla. Se pusieron de pie, sacudiéndose la ropa, aunque ambos estaban bastante sucios.
—¡Misión cumplida! —anunció Yuji, dándole un golpecito amistoso en el hombro a Megumi.
—Tenemos las manos muy sucias —observó Megumi, mirando sus palmas—. Tsumiki nos va a regañar.
—No importa. Valía la pena por el tesoro.
Caminaron de regreso hacia donde Tsumiki los esperaba. Ella, al verlos llegar cubiertos de tierra pero con expresiones de triunfo, no pudo evitar suspirar mientras sacaba unos pañuelos húmedos de su bolso.
—Parece que la excavación fue intensa —comentó Tsumiki, comenzando a limpiar la cara de Megumi—. ¿Encontraron lo que buscaban?
—Encontramos algo mejor —respondió Megumi, dejando que su hermana le quitara la suciedad de las mejillas—. Hicimos un pacto.
Yuji asintió con vigor mientras intentaba limpiarse las manos en sus pantalones, hasta que Tsumiki lo detuvo para ayudarlo a él también.
—¡Es un secreto de novios! —exclamó Yuji—. No podemos decírselo a nadie, ni siquiera a ti, Tsumiki, porque si no, el hechizo se rompe.
—Vaya, entiendo —dijo ella con una chispa de diversión en los ojos—. Guardaré el secreto. Ahora, vamos a casa. El abuelo de Itadori debe estar por llegar a su casa también.
Mientras caminaban por la acera, el sol empezaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. Yuji, como ya se había vuelto costumbre, buscó la mano de Megumi. Esta vez, Megumi no esperó a que Yuji lo hiciera; él mismo extendió su mano y entrelazó sus dedos con los del niño de cabello rosado.
—Oye, Fushiguro —dijo Yuji después de un rato de silencio—. ¿Tú crees que cuando seamos grandes seguiremos compartiendo el chocolate?
Megumi lo pensó. Ser grande parecía algo que estaba a mil años de distancia. Los adultos eran personas altas que hablaban de cosas aburridas como impuestos y facturas. Pero si Yuji estaba allí, tal vez ser grande no sería tan malo.
—Si todavía somos novios, supongo que sí —respondió Megumi—. Pero tendrás que aprender a no mancharte tanto de tierra.
Yuji soltó una carcajada.
—¡Lo intentaré! Pero no prometo nada. Es que la tierra es muy divertida.
—Lo sé —admitió Megumi en voz baja.
Al llegar a la esquina donde debían separarse, se detuvieron. El abuelo de Yuji ya estaba allí, esperándolo cerca de la tienda de conveniencia.
—¡Hasta mañana, Fushiguro! —Yuji le dio un apretón rápido a su mano antes de soltarla—. ¡No te olvides de practicar los kanjis para que me ayudes mañana!
—No lo olvidaré —prometió Megumi.
Vio a Yuji correr hacia su abuelo y empezar a parlotear animadamente, señalando hacia el parque. Megumi se quedó allí un momento, mirando su propia mano. Estaba un poco roja por el apretón y todavía sentía algunos granos de arena, pero se sentía bien.
—Megumi —llamó Tsumiki suavemente—, ¿en qué piensas?
El niño levantó la vista hacia su hermana. Sus ojos verdes estaban tranquilos, pero tenían un brillo de felicidad que rara vez mostraba a los extraños.
—En que ser novios es un trabajo muy difícil, Tsumiki —confesó Megumi con seriedad—. Hay que buscar tesoros, enterrar juguetes favoritos y lavarse mucho las manos.
Tsumiki le revolvió el cabello con cariño.
—Es un trabajo difícil, sí. Pero parece que lo estás haciendo muy bien.
—Sí —asintió Megumi—. Creo que Itadori es un buen compañero para esto.
Esa noche, mientras Megumi hacía su tarea de caligrafía en la mesa de la cocina, se detuvo un momento para mirar por la ventana. La luna empezaba a asomarse entre los edificios. Se preguntó si Yuji también estaría mirando la luna, o si ya se habría quedado dormido después de tanta aventura.
Abrió su estuche y sacó un caramelo que Yuji le había dado en el recreo y que él había guardado para después. Lo desenvolvió con cuidado y lo metió en su boca. Sabía a fresa y a promesas infantiles.
En su mente de seis años, el mundo era un lugar vasto y a veces aterrador, lleno de sombras y de silencios demasiado largos. Pero ahora, tenía un hilo rojo invisible (y uno muy real enterrado bajo un árbol) que lo conectaba con alguien que siempre gritaba su nombre con alegría.
Megumi volvió a sus kanjis, escribiendo con especial cuidado la palabra "amigo" y luego, al lado, la palabra "promesa". No sabía escribir "novio" todavía, pero decidió que mañana le pediría a la maestra que le enseñara. Después de todo, un novio serio debía saber escribir correctamente el nombre de su relación.
Con ese pensamiento, y el sabor dulce de la fresa aún en su lengua, Megumi Fushiguro terminó su tarea, sintiéndose el niño más afortunado del primer grado. Mañana habría más hormigas que observar, más chocolate que compartir y, sobre todo, tendría a Yuji a su lado para enfrentar cualquier perro grande que se cruzara en su camino.