Joy
Burbujas de Jabón y el Primer "Te Quiero"
En el salón 1-A de la primaria municipal, los rumores corrían más rápido que los niños cuando daban el toque para el almuerzo. A los seis años, las noticias importantes no eran sobre política o economía, sino sobre quién había conseguido el cromo brillante de la colección de moda o quién se había caído en el arenero. Sin embargo, el tema principal de conversación en el grupo de las niñas era, sin duda, la extraña y solemne relación entre Megumi Fushiguro e Yuji Itadori.
—Es verdad, yo los vi —susurró Nobara Kugisaki, una niña de cabello corto y mirada decidida que ya mostraba señales de tener un carácter fuerte—. Se dieron la mano en el pasillo y no se soltaron ni para entrar al baño. Mi mamá dice que eso es lo que hacen los adultos cuando están enamorados.
A su alrededor, un pequeño círculo de compañeras escuchaba con los ojos muy abiertos.
—Pero Fushiguro siempre tiene cara de estar aburrido —comentó una niña bajita, balanceando su coleta—. E Itadori siempre está gritando. No se parecen en nada.
—Por eso mismo —sentenció Nobara con sabiduría infantil—. Los opuestos se atraen. Lo vi en una película que mi hermana dejó puesta.
Mientras tanto, en el otro extremo del patio, los protagonistas de tales chismes estaban ocupados con asuntos mucho más prácticos. Habían decidido que el rincón detrás de los arbustos de azaleas era su "cuartel general".
—Fushiguro, mira —dijo Yuji, rebuscando en su mochila con una energía que amenazaba con romper el cierre—. Mi abuelo me llevó al centro comercial ayer porque me porté bien en el dentista. ¡No lloré ni una vez! Bueno, solo un poquito cuando vi la aguja, pero fue un secreto.
Megumi, que estaba sentado sobre un pañuelo para no ensuciar su uniforme, levantó la vista de su libro de cuentos. Sus ojos verdes se fijaron en las manos de Yuji.
—¿Es un regalo? —preguntó Megumi con una curiosidad contenida.
—¡Sí! Porque Tsumiki dijo que los novios se dan detalles cuando están felices —explicó Yuji, extendiendo una caja pequeña—. Es para ti.
Megumi tomó el paquete con cuidado, como si contuviera algo frágil. Al abrirlo, encontró un llavero de un perro de peluche pequeño y blanco. Tenía los ojos negros y una lengua rosa de fieltro.
—Se parece a los perros que dibujas en tus cuadernos —dijo Yuji con una sonrisa radiante—. Pensé que así, cuando no estemos juntos en clase, podrías mirarlo y saber que estoy pensando en jugar contigo.
Megumi sintió ese calor familiar subiendo por su cuello hasta sus orejas. Apretó el llavero con su mano pequeña.
—Gracias, Itadori. Es... es muy suave.
—¿Te gusta? —Yuji se acercó un poco más, invadiendo el espacio personal de Megumi con la naturalidad de quien se siente en casa.
—Sí. Yo también tengo algo para ti —admitió Megumi, rebuscando en su propio bolsillo—. No es comprado, porque Tsumiki dice que lo hecho a mano vale el doble.
Sacó una hoja de papel cuidadosamente doblada en forma de origami. Era un tigre, un poco imperfecto en las orejas, pero claramente reconocible. Megumi había pasado toda la noche anterior practicando los dobleces bajo la luz de su lámpara de noche.
—¡Guau! ¡Un tigre! —Yuji lo tomó con asombro—. ¡Es increíble, Fushiguro! Eres un genio de los papeles. Lo voy a poner en mi estuche para que todos lo vean.
—No —interrumpió Megumi rápidamente, bajando la mirada—. Es un regalo de novios. Los regalos de novios son privados. Si lo ven los demás, nos harán preguntas raras.
Yuji ladeó la cabeza, procesando la información.
—Tienes razón. Los demás son muy ruidosos. Nobara me preguntó ayer si ya nos habíamos dado nuestro primer beso y yo le dije que eso todavía no estaba en nuestro contrato de juegos.
Megumi se tensó. La palabra "beso" todavía le sonaba a algo que solo pasaba en los cuentos de hadas antes de que aparecieran las letras de "Fin".
—¿Y qué te dijo ella? —preguntó Megumi en un susurro.
—Dijo que somos unos aburridos —se rió Yuji—. Pero yo creo que no somos aburridos. Somos... eficientes, como dices tú.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de la sombra de las azaleas. El bullicio del resto de los niños se sentía lejano. De repente, Yuji dejó de balancear las piernas y miró fijamente a Megumi.
—Oye, Fushiguro. ¿Tú sabes cómo se hace un beso?
Megumi parpadeó, sorprendido por la franqueza de la pregunta.
—Tsumiki dice que es poner los labios en la mejilla de alguien a quien quieres mucho. Como cuando ella me da las buenas noches.
—Pero los novios de la tele lo hacen en la boca —replicó Yuji, arrugando la nariz—. Aunque eso parece difícil. ¿Cómo respiran? ¿Y si se chocan los dientes? Eso debe doler.
—Tal vez por eso los adultos siempre cierran los ojos —teorizó Megumi—. Para no ver si se van a chocar.
Yuji se quedó pensativo, mirando los labios de Megumi. No eran muy diferentes a los suyos, solo un poco más finos.
—¿Quieres probar? —preguntó Yuji con la misma naturalidad con la que preguntaría si quería compartir un helado—. Solo un poquito. Para ver si es verdad que salen chispas como dice la televisión.
Megumi sintió que su corazón daba un vuelco extraño, como si hubiera saltado desde el peldaño más alto de los columpios.
—¿Aquí? ¿Ahora?
—Nadie nos ve —insistió Yuji—. Además, somos novios. Es legal.
Megumi asintió lentamente, dejando su libro a un lado. Se sentaron frente a frente. Yuji se acercó, cerrando los ojos con tanta fuerza que sus pestañas temblaban. Megumi, siguiendo su ejemplo, también cerró los suyos, aunque dejó una pequeña rendija abierta para no perder el equilibrio.
El "primer beso" de Megumi Fushiguro e Yuji Itadori no tuvo música de violines ni fuegos artificiales. Fue un choque torpe de labios cerrados y narices que se estorbaron mutuamente. Duró apenas un segundo, pero para ellos fue una eternidad de descubrimiento. La piel de Yuji olía a sol y a jabón de manos, y sus labios estaban un poco secos.
Cuando se separaron, ambos tenían las mejillas encendidas.
—No salieron chispas —murmuró Yuji, rascándose la nuca, un poco decepcionado.
—No —coincidió Megumi, aunque sentía un cosquilleo en el estómago que no podía explicar—. Pero mi cara se siente caliente. Como si hubiera corrido mucho.
—La mía también —Yuji sonrió, y esta vez fue una sonrisa más suave, menos ruidosa—. Creo que los besos son como el picante. Al principio te sorprende, pero luego quieres saber a qué sabe otra vez.
—No digas tonterías, Itadori —dijo Megumi, aunque no pudo evitar devolverle una pequeña y casi invisible sonrisa.
En ese momento, la campana de la escuela sonó, anunciando el fin del recreo. Los dos niños se levantaron rápidamente, sacudiéndose el polvo de sus uniformes. Mientras caminaban hacia el edificio principal, Yuji buscó la mano de Megumi. Ya no era un agarre tímido; era un entrelazado firme, un ancla en medio del mar de niños que corrían hacia las aulas.
Al entrar al pasillo, se cruzaron con un grupo de tercer grado. Los niños mayores se rieron y señalaron sus manos.
—¡Miren a los bebés! ¡Van de la manita! —se burló uno de ellos.
Megumi agachó la cabeza, sintiendo que la vergüenza lo invadía. Estaba a punto de soltar la mano de Yuji cuando sintió que el agarre de este se volvía más fuerte.
Yuji se detuvo en seco y miró al niño mayor con una determinación que dejó a todos mudos.
—¡Sí, vamos de la mano! —exclamó Yuji con voz clara—. Porque somos novios y nos cuidamos. ¿Tienen algún problema con eso?
El niño mayor, sorprendido por la valentía del pequeño de primero, solo balbuceó algo y se alejó rápidamente con sus amigos. Megumi miró a Yuji, asombrado. Nadie se había enfrentado nunca a los de tercero por él.
—No dejes que te molesten, Fushiguro —dijo Yuji, volviendo a su tono alegre—. Mi abuelo dice que la gente se ríe de lo que no entiende. Y ellos seguro que no tienen a nadie que les regale tigres de papel.
Megumi sintió un nudo de gratitud en la garganta.
—Gracias, Yuji.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre de pila sin el apellido. Yuji se detuvo y sus ojos claros brillaron con una intensidad nueva.
—¿Me has llamado Yuji?
—Es... es lo que hacen los novios, ¿no? —Megumi desvió la mirada, abrumado por la intensidad del momento—. Usar nombres especiales.
—¡Me encanta! —Yuji dio un saltito—. Entonces yo te llamaré Megumi. Pero solo cuando estemos solos o cuando estemos haciendo cosas importantes de novios.
Llegaron a la puerta del salón de Megumi. El profesor ya estaba dentro, organizando los libros de texto.
—Nos vemos en la salida, Megumi —dijo Yuji, soltando su mano finalmente, pero dándole un rápido apretón antes de irse.
—Hasta luego, Yuji.
Durante la clase de ciencias, Megumi no podía concentrarse en el ciclo del agua. Seguía tocándose los labios con la punta de los dedos, recordando la sensación del beso bajo las azaleas. Se dio cuenta de que ser novios no era solo compartir chocolate o protegerse de los perros. Era algo más profundo, algo que lo hacía sentir que tenía un lugar seguro en el mundo, incluso si el mundo era un patio de recreo lleno de gente que no lo entendía.
Por la tarde, cuando Tsumiki fue a recogerlo, notó de inmediato que algo había cambiado. Megumi no caminaba con la mirada puesta en sus zapatos, sino que buscaba con la vista entre la multitud.
—¡Tsumiki! ¡Fushiguro! —Yuji apareció corriendo, como siempre, pero esta vez se detuvo justo frente a ellos y le hizo una reverencia muy formal a la hermana mayor.
—Hola, Itadori —saludó Tsumiki, divertida—. ¿Por qué tanta formalidad hoy?
—He decidido que, como soy el novio de Megumi, tengo que ser un caballero —declaró Yuji con total seriedad—. Así que hoy he traído un paraguas extra, porque el hombre del tiempo dijo que podría llover, y no quiero que Megumi se resfríe.
Tsumiki miró el cielo despejado y sin una sola nube, y luego miró el paraguas de colores brillantes que Yuji sostenía con orgullo.
—Es muy considerado de tu parte, Yuji —dijo ella, conteniendo la risa—. Estoy segura de que Megumi aprecia mucho que te preocupes por su salud.
Megumi caminó al lado de Yuji mientras se dirigían a la salida del recinto escolar. De repente, una pequeña ráfaga de viento levantó algunas hojas secas y pétalos caídos.
—Oye, Megumi —susurró Yuji para que Tsumiki no lo oyera—. ¿Sabes qué otra cosa hacen los novios según mi abuelo?
—¿Qué? —preguntó Megumi, temiendo una nueva misión imposible.
—Se dicen que se quieren. Pero no como se lo digo a mi abuelo o a mi perro. Es un "te quiero" de novios.
Megumi se detuvo. El concepto de "te quiero" era algo que reservaba estrictamente para Tsumiki. Era una palabra poderosa, pesada, llena de significado.
—¿Y cómo se dice eso? —preguntó con cautela.
Yuji se encogió de hombros, un poco menos seguro de sí mismo por primera vez.
—Creo que se dice con voz bajita. Y mirando a los ojos.
Se quedaron parados en medio de la acera. Tsumiki se había adelantado unos pasos para darles espacio, observándolos de reojo con una expresión llena de ternura. Sabía que estaba presenciando algo puro, una de esas amistades infantiles que se graban a fuego en el alma.
Yuji tomó aire, infló el pecho y miró directamente a los ojos verdes de Megumi.
—Te quiero, Megumi. Porque eres el mejor haciendo origami y porque no te ríes cuando me mancho la cara con el almuerzo.
Megumi sintió que algo dentro de él, una pequeña puerta que siempre había estado cerrada bajo llave, se abría de par en par. No era solo el chocolate, ni el paraguas para una lluvia que no vendría, ni el llavero del perro blanco. Era el hecho de que Yuji lo veía tal como era y decidía quedarse a su lado.
—Yo también te quiero, Yuji —respondió Megumi. Su voz era apenas un hilo, pero en el silencio de la tarde, sonó como una declaración absoluta—. Porque eres ruidoso pero nunca me haces sentir solo.
Yuji sonrió, y esta vez no fue una sonrisa de travesura, sino una de paz. Se dieron la mano una vez más, con los dedos entrelazados de esa manera que solo los niños que han descubierto un tesoro saben hacer.
Caminaron juntos hasta la esquina de siempre. El sol comenzaba a bajar, bañando las calles de un color miel que recordaba a los ojos de Yuji. No sabían qué pasaría cuando llegaran a segundo grado, ni cuando fueran adolescentes, ni mucho menos cuando fueran adultos. No sabían nada de las complicaciones del mundo, de los sacrificios o de las penas que el destino les tenía preparadas.
Pero en aquel momento, bajo el cielo de la tarde, eran simplemente dos niños que habían aprendido que el amor empezaba compartiendo una barrita de chocolate y terminaba con la promesa de no soltarse la mano, pasara lo que pasara.
—¡Mañana te traigo un dibujo de un lobo! —gritó Yuji mientras se alejaba con su abuelo, agitando el brazo con fuerza.
Megumi asintió, apretando el llavero del perro blanco en su bolsillo.
—Estaré esperando —susurró para sí mismo.
Y mientras caminaba a casa con Tsumiki, Megumi Fushiguro comprendió que, aunque todavía no entendía del todo qué significaba ser "novios", estaba seguro de una cosa: era la mejor aventura en la que se había embarcado jamás. Porque al final del día, no importaba cuántas hormigas observara o cuántos libros leyera; lo único que realmente importaba era que mañana, a primera hora, Yuji estaría allí, esperándolo con una sonrisa y una nueva historia que contar.