Joy
El Festival Deportivo y el Incidente de la Rodilla Raspada
La segunda semana de primaria trajo consigo un evento que para los adultos era una simple jornada escolar, pero para los niños de seis años representaba la gloria o el olvido: el Festival Deportivo de Bienvenida. El patio de la escuela había sido transformado. Cuerdas de colores cruzaban el cielo, banderas de papel ondeaban con la brisa y el olor a tiza de las líneas blancas marcadas en el suelo llenaba el aire.
Megumi Fushiguro observaba el caos desde la sombra de un gran cerezo. Llevaba su uniforme deportivo impecable, con la camiseta blanca bien metida por dentro del pantalón corto azul. En su frente, una banda roja indicaba el equipo al que pertenecía. Estaba nervioso. No le gustaba llamar la atención y la idea de correr frente a todos los padres y profesores le revolvía el estómago.
—¡Megumi! ¡Mira, somos del mismo equipo! —Yuji apareció de la nada, saltando como si tuviera resortes en los pies. Él también llevaba la banda roja, aunque la suya estaba un poco torcida y caía sobre sus ojos—. ¡Vamos a ganar todas las medallas! ¡Y comeremos helado de premio!
Megumi suspiró, pero sus dedos buscaron instintivamente la punta de la banda de Yuji para acomodársela.
—No dan medallas de verdad, Yuji —le recordó con su habitual tono serio—. Solo dan pegatinas de estrellas doradas. Y no corras antes de empezar, te vas a cansar.
—¡Las estrellas doradas son casi como el oro! —Yuji se dejó hacer, quedándose quieto mientras Megumi ajustaba el nudo—. Mi abuelo dice que si ganamos, me llevará a las máquinas de gachapón. Si quieres, podemos ir juntos. Como somos novios, mis premios también son tuyos.
Megumi sintió un pequeño vuelco en el corazón. Todavía no se acostumbraba a la generosidad explosiva de Yuji.
—Está bien —murmuró Megumi—. Pero primero tenemos que sobrevivir a la carrera de obstáculos. Dicen que hay una parte donde hay que gatear por un túnel de tela.
—¡Yo iré primero! —prometió Yuji, dándose un golpe en el pecho—. Si hay monstruos en el túnel, los espantaré para que tú pases tranquilo.
La jornada comenzó con canciones y estiramientos grupales. Megumi intentaba seguir el ritmo, moviendo sus brazos delgados con precisión, mientras que a su lado, Yuji era un torbellino de energía desbordante, haciendo los ejercicios con el triple de fuerza de la necesaria. Desde las gradas, Tsumiki saludaba con entusiasmo, capturando fotos con una cámara pequeña.
Llegó el momento de la carrera de 50 metros lisos. Los niños de primer grado fueron divididos en grupos de cuatro. Megumi y Yuji quedaron en turnos diferentes. Cuando fue el turno de Yuji, él salió disparado como una flecha rosada en cuanto sonó el silbato. Sus piernas cortas se movían tan rápido que apenas parecían tocar el suelo. Ganó por una distancia considerable, llegando a la meta con una sonrisa que mostraba su diente faltante.
—¡Lo hice, Megumi! —gritó desde el otro extremo, agitando los brazos.
Luego fue el turno de Megumi. Se colocó en la línea de salida, con el corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. Miró hacia adelante; el camino parecía eterno.
—¡Ánimo, Megumi! ¡Tú puedes! ¡Eres como un lobo veloz! —La voz de Yuji sobresalió por encima de todos los demás gritos del patio.
Al escuchar su nombre, Megumi apretó los puños. No quería ganar por la gloria, quería ganar para que Yuji estuviera orgulloso de su "novio". Cuando el silbato sonó, Megumi corrió con una determinación que sorprendió incluso a los profesores. No era tan explosivo como Yuji, pero era constante. Quedó en segundo lugar, lo cual para él fue un triunfo absoluto.
—¡Estuviste increíble! —Yuji lo recibió con un abrazo que casi lo tira al suelo—. ¡Parecías un rayo!
—Casi me caigo al final —admitió Megumi, tratando de recuperar el aliento—, pero te escuché gritar.
—¡Claro! Los novios tienen que animarse —dijo Yuji con naturalidad—. Es la regla número cinco del manual de novios que inventé en mi cabeza.
Sin embargo, la verdadera prueba llegó con la carrera de obstáculos. Era la última prueba del día y el cansancio ya empezaba a hacer mella en los pequeños. El circuito consistía en saltar unos aros en el suelo, gatear por el túnel de tela y, finalmente, correr hacia la meta esquivando unos conos.
Megumi y Yuji salieron en el mismo grupo. Al sonar el silbato, ambos saltaron los aros con agilidad. Yuji iba un poco por delante. Entraron en el túnel de tela casi al mismo tiempo. Dentro, el mundo era de un color azul oscuro y olía a polvo.
—¡Ya casi salimos, Megumi! —se escuchó la voz de Yuji desde el interior.
Pero justo al salir del túnel, el desastre ocurrió. Megumi, al intentar ponerse de pie demasiado rápido, tropezó con el borde de la tela. Sus manos no llegaron a tiempo para amortiguar la caída y su rodilla derecha golpeó con fuerza el suelo de asfalto rugoso.
—¡Ay! —El grito fue pequeño, pero lleno de dolor.
Megumi se quedó sentado en el suelo, encogido. El resto de los niños pasaron de largo, enfocados en la meta. Yuji, que ya estaba a mitad de camino hacia los conos, se detuvo en seco. Miró hacia la meta y luego miró hacia atrás. Sin dudarlo ni un segundo, dio media vuelta y corrió hacia Megumi.
—¡Megumi! ¿Estás bien? —Yuji se arrodilló a su lado, ignorando que la carrera seguía ocurriendo a su alrededor.
Megumi tenía los ojos empañados por las lágrimas que luchaba por no dejar caer. Se miró la rodilla: el pantalón azul se había rasgado un poco y la piel estaba roja, comenzando a sangrar.
—Me duele —susurró Megumi, con la voz temblorosa—. Se rompió mi pantalón. Tsumiki se va a poner triste.
—No se va a poner triste, ella te quiere mucho —dijo Yuji, con una expresión de preocupación genuina—. Déjame ver.
Yuji sopló con suavidad sobre la herida, tal como había visto hacer a su abuelo.
—¡Fuera dolor, fuera! —exclamó Yuji con seriedad—. Ya está. Ahora tienes que levantarte.
—No puedo correr, Yuji. Ve tú, todavía puedes llegar a la meta.
Yuji negó con la cabeza con firmeza.
—No voy a dejarte aquí solo. Los novios no se dejan atrás, aunque haya estrellas doradas de por medio.
Yuji pasó el brazo de Megumi por encima de sus hombros y lo ayudó a levantarse. Megumi era delgado, pero para otro niño de seis años, sostener su peso no era tarea fácil. Sin embargo, Yuji parecía haber sacado fuerzas de algún lugar secreto.
—Apóyate en mí —instruyó Yuji—. Vamos a llegar juntos.
Caminaron cojeando por el resto del circuito. Los padres en las gradas comenzaron a murmurar, conmovidos por la escena de los dos niños ayudándose mutuamente. Tsumiki estaba de pie, con las manos entrelazadas sobre el pecho, sintiendo un orgullo inmenso por su hermano y por el pequeño de cabello rosado que no lo soltaba.
Cruzaron la línea de meta los últimos. No hubo aplausos estruendosos ni pegatinas doradas para ellos en esa ronda, pero en cuanto cruzaron, la enfermera de la escuela se acercó para llevar a Megumi a la enfermería.
—Yo voy con él —anunció Yuji, sin soltar la mano de Megumi.
—Solo puede entrar el herido, pequeño —dijo la enfermera con amabilidad.
—¡Pero yo soy su novio! —protestó Yuji, inflando las mejillas—. Tengo que cuidar que no llore cuando le pongan el desinfectante. El desinfectante pica como mil hormigas de fuego.
La enfermera miró a los dos niños, notando cómo Megumi apretaba la mano de Yuji como si fuera su único ancla en el mundo. Suspiró y sonrió.
—Está bien, puedes pasar. Pero te quedas en la silla de al lado sin tocar nada.
La enfermería era un lugar silencioso que olía a alcohol y algodón. Megumi fue sentado en una camilla alta, con las piernas colgando. Yuji se sentó en un taburete a su lado, observando cada movimiento de la enfermera con ojos de halcón.
—Esto va a escocer un poco, Megumi —advirtió la mujer, acercando un trozo de algodón empapado en líquido transparente.
Megumi cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes. Sintió que la mano de Yuji buscaba la suya y la apretaba con fuerza.
—Si duele, apriétame a mí —dijo Yuji en voz baja—. Yo aguantaré el dolor por ti.
Cuando el algodón tocó la herida, Megumi soltó un gemido ahogado. Realmente picaba. Pero el calor de la mano de Yuji y sus palabras distrajeron su mente lo suficiente como para no soltar ni una lágrima.
—Listo, ya pasó —dijo la enfermera, colocando una tirita grande con dibujos de ositos sobre la rodilla—. Eres un niño muy valiente, Megumi. Y tú eres un gran enfermero, jovencito.
—Es mi trabajo —respondió Yuji con orgullo, ayudando a Megumi a bajar de la camilla.
Salieron de la enfermería y se encontraron con Tsumiki y el abuelo de Yuji esperando en el pasillo. Tsumiki se arrodilló de inmediato para abrazar a Megumi.
—¿Estás bien, Megumi? Me diste un susto cuando te caíste.
—Estoy bien —dijo Megumi, señalando su rodilla—. Yuji me salvó. Volvió a buscarme.
El abuelo de Yuji soltó una carcajada y le revolvió el cabello a su nieto.
—Parece que mi nieto ha aprendido bien lo que significa cuidar a alguien. Buen trabajo, Yuji.
—¡Abuelo! ¡Fushiguro se cayó por mi culpa porque yo iba muy rápido! —exclamó Yuji, aunque su rostro mostraba alivio ahora que Megumi estaba curado.
—No fue tu culpa —intervino Megumi, dando un paso adelante—. Yo fui el que tropezó. Pero gracias por volver.
Esa tarde, después de que el Festival Deportivo terminara, las dos familias decidieron ir juntas a una pequeña tienda de dulces cercana. Los niños estaban sentados en un banco de madera, cada uno con un helado de dos bolas. El de Megumi era de vainilla y chocolate; el de Yuji, de fresa y chicle.
—Oye, Megumi —dijo Yuji, con la cara ya un poco manchada de helado rosa—. Siento que no hayamos ganado la estrella dorada en la carrera de obstáculos. Es mi culpa por detenerme.
Megumi miró su rodilla con la tirita de ositos y luego miró a Yuji.
—No importa la estrella —respondió Megumi con sinceridad—. Tsumiki dice que las estrellas se caen de la ropa y se pierden, pero que los amigos que te ayudan se quedan siempre.
Yuji parpadeó, sorprendido por la profundidad de las palabras de Megumi.
—¿Eso dijo? Pues Tsumiki es muy lista. Pero nosotros no somos solo amigos, somos novios. Así que es doblemente verdad.
—Sí —asintió Megumi—. Es doblemente verdad.
Se quedaron en silencio un momento, disfrutando de sus helados bajo la luz anaranjada del atardecer. El día había sido agotador, lleno de ruidos y caídas, pero Megumi se sentía extrañamente feliz. Había descubierto que el "amor" —o lo que ellos entendían por esa palabra— no solo se trataba de compartir dulces o darse la mano. También se trataba de estar ahí cuando el otro se caía, de renunciar a una estrella dorada para limpiar una rodilla raspada.
—Megumi, ¿puedo pedirte un favor de novios? —preguntó Yuji de repente.
—¿Qué pasa?
—¿Me dejas una de tus pegatinas de la otra carrera? Es que quiero pegarla en mi mochila para recordar que hoy fuimos un equipo.
Megumi buscó en su bolsillo y sacó la pegatina de estrella que había ganado en la carrera de 50 metros. Sin dudarlo, se la entregó a Yuji.
—Tómala. Yo no la necesito. Tengo el llavero que me diste.
Yuji pegó la estrella justo en el centro de su mochila roja con una sonrisa triunfal.
—¡Genial! Ahora todos sabrán que somos los mejores.
Mientras los adultos hablaban a unos metros de distancia, los dos niños terminaron sus helados. El sol se ocultaba tras los edificios, marcando el final de un día que ninguno de los dos olvidaría.
—Mañana en el recreo —dijo Megumi mientras se levantaban para irse—, podemos jugar a algo que no sea correr. Mis piernas están cansadas.
—¡Podemos jugar a los exploradores de hormigas! —propuso Yuji—. O podemos sentarnos en los columpios y ver quién llega más alto sin usar mucha fuerza.
—Me parece bien —aceptó Megumi.
Se despidieron con un choque de manos que ya se había convertido en su saludo secreto. Mientras Megumi caminaba de la mano con Tsumiki hacia su casa, sintió que el dolor de su rodilla ya casi no existía. Lo que sí existía, y de forma muy presente, era la sensación de seguridad que le daba saber que, sin importar cuántas veces tropezara en el futuro, siempre habría un niño de cabello rosado dispuesto a dar media vuelta y correr de regreso para ayudarlo a levantarse.
En su pequeña mente de seis años, Megumi Fushiguro llegó a una conclusión importante: ser novios era, posiblemente, lo más difícil y lo más bonito que le había pasado en la vida. Y mientras miraba la primera estrella real que aparecía en el cielo nocturno, deseó que la primaria durara para siempre, o al menos, que Yuji nunca dejara de estar a su lado.