Volver al resumen

Kimetsu no yaiba legacy

El Sacrificio de la Carne y el Silencio del Pecado

La noche en la Finca del Amor no trajo la paz que Ronder esperaba. El aire, que durante el día era dulce y ligero, se volvió denso, como si cada partícula de oxígeno estuviera impregnada de la maldad que acechaba en los rincones del mundo. El joven guerrero del sur se revolvía en su futón, con la frente perlada de un sudor gélido.

En su mente, la pesadilla había evolucionado. Ya no era solo Muzan burlándose de sus ancestros; ahora veía los rostros de su familia, desfigurados por el fuego azul, acusándolo de haber sobrevivido. Sus voces eran como cuchillas de obsidiana que le rebanaban el juicio. "Eres un traidor a tu sangre", le susurraban. "Disfrutas del calor de este país mientras nosotros nos enfriamos en la tierra".

Ronder se incorporó de golpe, con los ojos inyectados en sangre y la respiración entrecortada. El silencio de la finca era insoportable. Necesitaba algo que lo anclara a la realidad, algo que fuera más fuerte que el dolor de los recuerdos. Sus dedos, temblorosos, buscaron entre sus pertenencias rústicas hasta que dieron con un pequeño cuchillo de caza, una hoja de acero simple pero afilada.

—Solo un poco... —susurró para sí mismo, su voz apenas un hilo de desesperación—. Solo para sentir que sigo aquí.

Colocó la punta del cuchillo sobre la palma de su mano izquierda. El frío del metal fue un alivio momentáneo. Estaba a punto de presionar, de dejar que el rojo de su vida fluyera para acallar el azul de sus pesadillas, cuando una mano pequeña y gélida rodeó su muñeca.

Ronder se tensó, pero no atacó. Sabía perfectamente quién era. Nezuko estaba allí, arrodillada a su lado, con su kimono rosa desordenado y una mirada que desbordaba una intensidad casi animal. Con una fuerza sorprendente, le arrebató el cuchillo y lo lanzó lejos, hacia un rincón oscuro de la habitación.

—Nezuko... —jadeó Ronder, dejando caer los hombros—. No entiendes. Duele demasiado. Si no siento algo real, me voy a volver loco. El tipo de los ojos rojos... él no se va.

La demonio no emitió ningún sonido, pero sus pupilas se dilataron. El bocado de bambú estaba en el suelo, y sus labios, ligeramente entreabiertos, dejaban ver unos colmillos que brillaban bajo la luz de la luna. Ella recordaba la noche anterior, el consuelo que le había brindado, pero sabía que esta vez no sería suficiente. La oscuridad en Ronder era más profunda hoy, una grieta que amenazaba con devorarlo por completo.

Nezuko se acercó, invadiendo su espacio personal hasta que sus pechos rozaron el torso desnudo del chico. Una fragancia dulce y embriagadora comenzó a emanar de su piel, algo que no era natural. Eran sus feromonas de demonio, una esencia diseñada para seducir o someter, pero que en ese momento fluía con la intención de anestesiar el alma de Ronder.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él, sintiendo que su cabeza daba vueltas. El aroma era tan fuerte que sus sentidos empezaron a nublarse—. Nezuko, esto es diferente. Tus ojos... no me mires así.

Ella colocó sus manos sobre los hombros de Ronder, empujándolo suavemente hacia atrás hasta que él quedó recostado sobre el futón. Nezuko se posicionó sobre él, sus piernas entrelazándose con las del chico. No había inocencia en sus movimientos esta vez. Había una urgencia carnal, una determinación de usar su cuerpo no solo como refugio, sino como un sacrificio para salvarlo de su propio infierno.

—No podemos —susurró Ronder, aunque sus manos, traicionando su voluntad, se posaron en la cintura de la demonio—. Tanjiro está cerca... esto es un pecado, Nezuko. No deberías estar haciendo esto por alguien como yo.

Nezuko negó con la cabeza, emitiendo un gemido bajo y vibrante que resonó en el pecho de Ronder. Ella tomó la mano de él y la llevó hacia su pecho, presionándola contra el latido inexistente de su corazón demoníaco, pero contra el calor abrasador de su piel. Sus ojos rosados le suplicaban que se dejara llevar, que aceptara este intercambio de carne y energía como la única medicina posible.

Ronder sintió que su resistencia se desmoronaba. El aroma de ella estaba borrando las imágenes de los incendios y las muertes. El tacto de su piel era más real que cualquier pesadilla. En un acto de rendición absoluta, Ronder la atrajo hacia sí, sellando sus labios en un beso que sabía a desesperación y a una necesidad prohibida.

El contacto inicial fue como una explosión de estática azul. Nezuko respondió con una ferocidad que sorprendió a Ronder; no era la niña sumisa que Tanjiro protegía, sino una criatura de instintos primordiales que reclamaba su derecho a dar consuelo a través del placer. Sus manos recorrieron la espalda rústica de Ronder, sus uñas enterrándose ligeramente en su piel, marcándolo no como un enemigo, sino como su igual en el sufrimiento.

—Es un error... —murmuró Ronder entre besos, su voz perdiéndose en el cuello de ella—. Vamos a arder por esto.

Nezuko lo acalló con otro beso, uno que sabía a sangre y a miel. Ella comenzó a despojarse de su kimono con movimientos rítmicos, dejando que la prenda cayera como una piel vieja. Ronder la observó, su cuerpo temblando no de miedo, sino de una anticipación que quemaba más que el fuego de sus ancestros. La belleza de la demonio bajo la luna era algo que desafiaba toda lógica; era perfecta, letal y, en ese momento, completamente suya.

Cuando sus cuerpos finalmente se unieron sin barreras, Ronder sintió que el mundo exterior desaparecía. El acto era explícito, crudo y cargado de una intensidad que rozaba lo violento. Cada movimiento de Nezuko, cada gemido ahogado contra el hombro de Ronder, era una barrera que se levantaba contra Muzan. Las feromonas de ella actuaban como un bálsamo en el cerebro de Ronder, reescribiendo sus traumas con sensaciones de un placer tan agudo que dolía.

La piel de Nezuko ardía bajo el tacto de Ronder. Él la sujetaba con una fuerza que en cualquier otra circunstancia habría sido excesiva, pero ella respondía con la misma intensidad, sus piernas rodeando su cintura, anclándolo al presente. El sudor de ambos se mezclaba, creando un brillo plateado en la penumbra de la habitación. Ronder se hundía en ella, buscando en la profundidad de ese pecado la redención que la virtud le había negado.

—Nezuko... —gimió él, su cabeza echada hacia atrás mientras el fuego azul de su interior vibraba en sincronía con el espasmo de placer que recorría su cuerpo.

Ella lo miró, sus ojos ahora completamente transformados por el deseo y la voluntad de salvarlo. En ese momento de clímax carnal, Nezuko transmitió algo más que placer: le entregó una parte de su propia fuerza vital, una chispa de su resistencia demoníaca para que él pudiera reconstruir sus muros mentales. El pecado era real, la transgresión contra las normas de los cazadores era absoluta, pero el alivio que Ronder sintió fue tan vasto como el océano que había cruzado.

Cuando finalmente el ritmo frenético cesó, ambos quedaron entrelazados, jadeando en la oscuridad. El silencio había vuelto, pero ya no era opresivo. Era el silencio de los que han compartido un secreto que nadie más podría entender.

Nezuko se acurrucó contra el pecho de Ronder, su cabeza descansando justo encima del collar de obsidiana. Sus dedos trazaron círculos perezosos sobre las cicatrices de él. Ronder, con la mente finalmente en calma, le acarició el cabello, sintiendo una gratitud que lo hacía querer llorar.

—Lo hiciste por mí —dijo Ronder en un susurro apenas audible—. Te convertiste en mi pecado para que yo pudiera seguir siendo un guerrero.

Nezuko cerró los ojos, soltando un suspiro de satisfacción. Ella sabía que Tanjiro nunca entendería esto, que los Pilares lo verían como una aberración, pero no le importaba. Ronder era el único que la miraba sin miedo y sin lástima, y ella le había devuelto el favor dándole la única cosa que Muzan nunca podría arrebatarle: el control sobre su propio dolor.

Antes de que el sol asomara por el horizonte, Nezuko se levantó con la gracia de un depredador satisfecho. Se vistió rápidamente, recuperando su apariencia de niña inocente, y se colocó el bocado de bambú. Antes de entrar en su caja, se detuvo junto a Ronder, quien la observaba desde el futón con una mirada de respeto renovado. Ella le dedicó una pequeña inclinación de cabeza, un gesto que sellaba su pacto silencioso.

Ronder se quedó solo en la habitación, el aroma de ella todavía impregnado en sus sábanas y en su piel. Sabía que lo que habían hecho era una mancha en su honor como cazador, pero mientras sentía la ausencia de las pesadillas por primera vez en años, comprendió que a veces, para derrotar al diablo, uno debe estar dispuesto a bailar con él en la oscuridad.

—Gracias, pequeña demonio —murmuró, cerrando los ojos para dormir un sueño profundo y sin sueños.

El guerrero del sur ya no tenía miedo de las sombras. Ahora sabía que tenía una aliada que estaba dispuesta a descender al abismo con él, y con ese conocimiento, Muzan Kibutsuji acababa de perder su arma más poderosa contra él: la soledad. El pecado estaba consumado, pero la voluntad de Ronder era ahora de acero y fuego azul, lista para quemar a cualquiera que se atreviera a tocar a la familia que lo había salvado de sí mismo.